Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

Venna asiente, y pienso que ojalá pudiéramos quedarnos en esta colina para siempre. Es la primera vez que hemos podido recordar a Izabel con un pensamiento agridulce desde su muerte. La primera vez que compartimos una reflexión sobre ella en lugar de solo lamentar nuestra pérdida.

—Si se me permite la sugerencia —interviene Elias, cerrando ese paréntesis de paz—, sería sensato que dejarais a los huargos en la naturaleza, fuera de los muros de la ciudad, y continuarais a pie.

A pesar de que los ciudadanos de Brilloscuro están acostumbrados a ver cosas inusuales, los lobos podrían sembrar un pánico innecesario entre la población.

Me tenso al instante. Hay una diferencia entre esto y separarme de Anassa en un pueblecito. Esta es la sede del poder del rey Lucien. Necesito a mi maldito huargo. Las ganas de violencia crecen en Anassa, pero Stark interviene antes de que pueda hacerlo yo.

—Ni de coña nos separaremos de nuestros lobos —contesta contundente.

Elias se encoge de hombros.

—Está bien.

Atravesamos las imponentes puertas de la ciudad y nos dirigimos hacia las calles sinuosas.

Al adentrarnos en ellas, el aire se enfría de inmediato.

El trazado de la ciudad está diseñado para mitigar el calor con la piedra que nos rodea, los corredores de brisa, la sombra de los árboles frutales y la presencia del agua cristalina.

A nuestro lado, Cratos emite un largo y pesado suspiro de alivio.

Con el pelaje negro, es probable que sufra aún más que Anassa.

Distingo detalles que desde arriba me habían pasado inadvertidos: fuentes talladas en casi todas las esquinas que borbotean agua fresca; campanarios que no parecen marcar las horas, sino que emiten un tintineo constante; azulejos de colores vivos dispuestos en patrones geométricos que adornan edificios y caminos.

En un primer momento, me distraigo con las vistas, pero pronto me doy cuenta de que estamos llamando la atención. Los ciudadanos jadean cuando ven que nos acercamos, las madres ocultan a sus hijos tras ellas y se alejan, los tenderos se apresuran a cerrar las puertas de sus establecimientos.

Me siento como una pesadilla andante, una historia de miedo para las mentes ajenas.

Lo ignoro lo mejor que puedo. Me ayuda que a Anassa no le importe lo más mínimo que esta gente le tenga miedo.

Les muestra los colmillos mientras avanzamos y me recuerda que no importa lo que piensen. Son el enemigo .

Tras un recorrido exasperantemente lento, llegamos por fin a la entrada principal del castillo. Elias detiene a su caballo justo antes del inicio del puente. El agua del foso fluye con calma y los peces nadan cerca de la superficie.

—Os guiaré a través de las puertas y luego nos separaremos momentáneamente —dice Elias—. Vuestra compañía durante el viaje no ha sido tan horrible como esperaba.

Stark tuerce la boca y Noemi se limita a observarlo impertérrita. Yo dejo escapar un suspiro; mi deseo hubiera sido que el viaje hubiera acabado con un final feliz.

—¿Preparada, Sae? —le pregunto, frotándole el brazo para intentar distraerme de esta incomodidad permanente.

—Sí —responde; se inclina hacia delante para observar las aguas cristalinas mientras Anassa sigue a nuestros acompañantes.

Las altas puertas se alzan imponentes ante nosotros.

Están cubiertas de intrincados diseños dorados y relucientes piedras preciosas.

Veo un símbolo sobre ellas: el sol con rayos ondulados de nuevo.

Hay un grupo de gente esperándonos entre las puertas.

A juzgar por su belleza, lo más probable es que sean sifones.

¿Será alguno de ellos el rey Lucien? Examino la multitud, pero no veo a nadie con un atuendo más regio que el resto.

Un hombre da un paso adelante con las manos entrelazadas.

Es alto y viste de manera impecable con una túnica larga y vaporosa decorada con flores de cerezo.

Lleva hasta un lazo alrededor del cuello.

En realidad, me doy cuenta de que muchos llevan lazos.

Debe de ser la alta costura astreonense.

El cabello negro azabache del hombre brilla bajo la luz.

Dibuja en su rostro en una sonrisa cortés e inclina levemente la cabeza. Muy levemente.

—Soy Felippe, el chambelán real del castillo de Brilloscuro.

Chambelán real. El rey Lucien ha enviado al chambelán a recibirme en lugar de hacerlo él mismo. Un grupo de políticos y sirvientes nos miran fijamente como si no fueran conscientes de lo insultante de la situación. Frunzo el ceño.

—¿Y dónde está tu rey?

Felippe junta los labios como si reprimiese una sonrisa y modula la voz en un tono parecido a la diversión.

—El rey no recibe personalmente a los visitantes en la puerta. Podréis verlo cuando os haga llamar ante su presencia.

La elección de palabras me pone de los nervios de inmediato. Anassa gruñe en silencio a través de nuestro vínculo. No sé si tratan de ofenderme intencionalmente.

Elias deja escapar un silbido penetrante y sobresalta a Felippe, quien lo mira con el ceño fruncido.

Nuestro guía hace un gesto circular con el dedo.

—Nuestro trabajo ha concluido.

Elias se gira para mirarme y, por primera vez desde que lo conozco, inclina el cuerpo en una reverencia auténtica y profunda. Cuando se levanta, su mirada permanece sobre mí. A continuación, tanto él como los demás montan sobre los caballos y atraviesan las puertas hacia el patio del castillo.

Felippe parece desorientado. Lo que sea que acaba de pasar, lo que acaba de hacer Elias, tiene un significado mayor del que puedo llegar a entender.

«Te ha mostrado respeto donde lo merecías. Cuando lo has necesitado», me explica Anassa.

Sonrío lentamente. Ahora, la confusión de Felippe tiene mucho más sentido. Elias me ha dignificado cuando Felippe intentaba menospreciarme. Se me borra la sonrisa cuando me doy cuenta de que mi padre sigue aquí, en la parte trasera del grupo. Puede que tampoco estén seguros de qué hacer con él.

Stark avanza a lomos de Cratos y algunos de los presentes retroceden con rapidez, alejándose del alcance de sus fauces.

—Necesitamos alojamiento para nuestros huargos. ¿Hay habitaciones con terrazas o algún espacio similar en el que nuestros lobos puedan estar cerca con acceso al exterior?

Una de las mujeres del séquito de Felippe deja escapar una risita.

—Aquí no tenemos a nuestras mascotas en el interior.

Cratos se abalanza hacia ella chasqueando los dientes. Su colmillo alcanza el lazo del cuello de la mujer, de un desafortunado tono carmesí. Al rasgarse, la tela cae como si fuera un jirón de sangre.

La protagonista de este desencuentro no es la única que chilla, y me percato de que Stark se toma su tiempo para calmar a Cratos y obligarlo a retroceder. Su expresión se ensombrece y dice con un tono gélido:

—Los huargos no son mascotas . La negativa a buscar un alojamiento adecuado para los lobos es una falta de respeto no solo hacia ellos, sino especialmente hacia la reina Meryn y Anassa, quienes han viajado hasta aquí a petición de Astreona .

La voz de Stark transmite amenaza. «Respeto o decapitación; vosotros decidís».

Ante la severidad de Stark y la reacción de los lobos, Felippe hace una rápida reverencia a modo de disculpa, mucho más profunda que la de antes, tanto que me hace pensar que en realidad nunca ha tenido la intención de ofenderme.

Puede que simplemente sea un ignorante, lo cual me resulta más fácil de perdonar.

—Hay un jardín trasero contiguo al castillo que da a las montañas. Lo prepararemos de inmediato para adecuarlo a los huargos con acceso directo a los aposentos nocturnianos —se apresura a decir Felippe.

En ese momento, Noemi se adelanta y desmonta de Ephyse. Muestra su sonrisa hermosa y radiante y añade en un tono que ahora reconozco como persuasivo:

—Gracias por la solución, chambelán. Si es tan amable, a mis amigos y a mí nos encantaría que nos mostrara nuestros aposentos. Llevamos muchos días de viaje y nos gustaría refrescarnos.

Felippe se endereza y asiente.

—Sí, por supuesto.

Levanta las manos y chasquea los dedos. Uno de los hombres que hay tras él da un paso adelante con aire dubitativo.

—Puedo… acompañarlos. A los jardines —dice—. A los lobos, me refiero. —Está claramente aterrorizado.