Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 32
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Capítulo 32

Meryn

Pasan los días. Compartimos comidas. Nos detenemos para reponer agua y suministros.

Nos acostamos noche tras noche en catres incómodos.

El clima se vuelve más cálido a medida que avanzamos hacia el sur, hasta que llega un momento en el que Elias decide adentrarse en la ciudad de Agujalba para conseguir prendas más ligeras para todos.

Es un alivio, pero sigue sin ser suficiente.

Nunca he experimentado un calor así, y el modo en el que mi cuerpo reacciona es simplemente…

desagradable. Sudor. Constantemente. Sin hacer ningún esfuerzo.

A pesar de todo, mantengo la muñeca cubierta, incluso con la ropa ligera.

No necesito que los sifones se enteren de lo del brazalete de compromiso…

Al menos, no todavía. Tal vez aquí pueda obtener respuestas sobre cómo quitármelo, pero quiero que esa conversación se produzca bajo mis propios términos.

Sin embargo, de vez en cuando juraría que se aprieta, y mi mente vuelve hacia Killian muy a mi pesar.

En mis conversaciones diarias con Siegrid, me informa de que no se sabe nada de él desde la deserción de Phylax, lo que me mantiene en alerta permanente.

A lo largo del viaje, el paisaje sigue transformándose a nuestro alrededor y se vuelve cada vez más árido.

La vegetación exuberante desaparece, reemplazada por largos tramos de caminos polvorientos y arbustos marchitos.

La flora también muta y se vuelve más vibrante: pétalos afilados en estallidos de tonos rojos, naranjas y amarillos, como llamas resilientes.

Los pueblecitos por los que pasamos tienen una arquitectura cada vez más ornamentada y elaborada.

El material de construcción cambia y pasa a ser arcillas rojas, ladrillos y tejados de tejas.

Stark y yo nos evitamos con descaro, excepto a la hora de dormir.

Ha sido tremendamente incómodo y todo el mundo lo ha notado.

Venna se mantiene a mi lado y Noemi sigue a Stark a todas partes.

Me pregunto si estará disfrutando de que él le preste toda su atención, y luego me regaño a mí misma por preocuparme por algo así.

Me pregunto también qué opinará ella de que durmamos los dos juntos. ¿Le importará?

Venna me pilla mirándolos y dice:

—Madre mía, ¿qué te ha hecho Noemi? La miras como si hubiera mutilado a Anassa.

«Como si pudiera acercarse lo suficiente —resopla Anassa—. No me metáis en vuestros ilógicos dramas de humanas».

Me invento una excusa, le digo que me ha entrado arena en el ojo y que no tiene nada que ver con Noemi, e intento reforzar las defensas de mi corazón.

Aunque, por supuesto, no puedo evitar que me importe.

No ahora que he visto lo que podríamos llegar a ser juntos.

Puto cabezota. Obseso del control. Pensar en Stark y el control hace que se me remueva todo por dentro.

El calor que se fragua en mis entrañas es peor que el incesante embate del sol.

Una de las veces que paramos, me encuentro a Saela sentada con nuestro padre en un rincón tranquilo del patio del puesto de avanzada.

Los veo acurrucados uno al lado del otro sobre una barrera baja de piedra que separa el patio del edificio contiguo.

Están absortos en una conversación, inclinados el uno hacia el otro.

Los observo interactuar, inmóvil. Saela habla abiertamente con él, agitando las manos para enfatizar sus palabras.

Nuestro padre la escucha con atención y asiente de vez en cuando.

Saela casi parece la misma de antes. O, al menos, es lo más cerca que ha estado de serlo desde lo de Killian.

Intento desentrañar la composición exacta de la terrible oleada de emociones que me invade. Sigo enfadada con nuestro padre, pero hay algo más, algo que se esconde detrás de todo al verlos juntos. Algo que reluce como nieve recién caída. Hay potencial. Hay peso. Hay belleza. Hay silencio.

Saela nunca ha experimentado lo que es recibir la atención y el interés incondicional de un padre.

La enfermedad mental de nuestra madre le impidió establecer con ella el vínculo maternal del que yo disfruté de pequeña, antes de que todo cambiara.

Nunca pudo llegar a confiar en nuestra madre y, poco a poco, dejó de acudir a ella para nada.

Yo lo intenté, pero… Me alegra verla así.

Está feliz, y mi deber es proteger esa felicidad, aunque también me oprima el corazón.

Oigo el arrastre de unos pies y veo a Noemi pasar cerca. Se da cuenta de lo que estoy mirando y comenta con sequedad:

—Padres, ¿verdad?

Suelto una carcajada tensa.

Se muerde el labio, titubea y dice:

—Oye, sé que no nos conocemos todavía, pero de una hija herida a otra, puedo asegurarte que tu padre lo está intentando. No lo perdones si no puedes, pero… tenlo en cuenta.

Su consejo me reconforta ligeramente.

Mientras Noemi se aleja, Saela se da cuenta de que los estoy mirando y borra con rapidez su expresión.

Encoge los hombros, baja la cabeza y se aleja de Fredrich como si la hubiera pillado haciendo algo prohibido.

Me duele. No quiero que se sienta culpable por haber encontrado la felicidad, a pesar de que mi relación con él sea complicada. Esto no va de mí.

—Voy a ver si los lobos quieren que los cepille —murmura mi hermana, con la vista fija en el suelo.

No es algo que quieran en absoluto , pero tanto Anassa como Cratos se han rendido a las atenciones de Saela, que los cepilla a diario con herramientas de cuidado de caballos que robó de uno de los puestos. Y, hasta ahora, ninguno le ha arrancado la mano de un mordisco.

«Hora de acicalarse», le advierto a mi loba, y ella me responde con un gruñido mental.

«Tendré que decirle a Cratos que se vaya a dar un paseo. Se le está acabando la paciencia. Ayer intentó ponerle un lacito».

Mientras Saela se aleja para buscar a mi huargo, me dirijo apresurada hacia mi padre.

—Voy a hacerte una pregunta y tienes que responder con sinceridad.

—Claro que lo haré —contesta Fredrich con una amabilidad que me cabrea aún más.

Me paso los dedos por el pelo y me miro las botas.

—¿Hay alguna posibilidad, algún método o magia que pueda revertir lo que le ha sucedido? ¿Saela podría volver a ser humana?

Mientras formulo la pregunta, ya sé cuál es la respuesta, pero hay una parte de mi ser que necesita oírla. Necesito que el peso de las palabras dichas en voz alta rompa la resistencia de mi alma.

—Creía que… quizá en Astreona, donde se originaron los sifones, podría haber una cura desconocida —comento.

Él guarda silencio. Sé lo que voy a ver, pero levanto la mirada igualmente. Al hacerlo, mi última brizna de esperanza se hace añicos. Veo una tristeza auténtica e incontenible en sus ojos.

—No —contesta, negando con la cabeza—. No, no hay nada que revierta la transformación. Una vez te conviertes, lo haces de manera completa y permanente. Lo… investigué.

Cierro los ojos y me muero un poco por dentro. Solo durante unos instantes. A continuación, como quiero asestarle un golpe bajo, añado:

—Puede que no buscaras lo suficiente.

Cuando me alejo, el retumbar de mis latidos en los oídos casi amortigua el dolor que siento en el pecho.

Al día siguiente, llegamos por fin a la ciudad de Brilloscuro. Al coronar la última colina, el grupo entero se detiene de inmediato, paralizado por la admiración.

Brilloscuro se alza desde el fondo del valle como salida de un sueño, construida principalmente con una singular piedra rosa y blanquecina que parece relucir bajo la luz del sol.

A diferencia de los edificios prácticos y oscuros de Hielormenta, diseñados para proteger del frío y aprovechar la poca luz solar que recibimos, esta ciudad se caracteriza por sus arcos amplios, chapiteles delicados y fachadas ornamentadas.

Hay una gran variedad de espacios abiertos dedicados a atrapar y canalizar la brisa.

Llueve tan poco que hay edificios con tejados abiertos.

En el interior de la ciudad hay vastos espacios verdes rodeados de muros de protección y árboles pensados para proporcionar sombra y alivio del calor abrasador.

Por el centro serpentea un canal por el que la gente se desliza en pequeñas barcas de recreo, con el agua reluciendo bajo el sol.

Los chapiteles esparcidos por toda la ciudad se romperían bajo la nieve en Hielormenta o acabarían partidos por alguna ventisca.

Aquí se alzan hermosos y delicados, adentrándose en las nubes y el cielo azul.

El castillo real domina el paisaje, construido con la misma piedra rosa blanquecina que el resto de la majestuosa obra que tenemos delante.

Se alza sobre el punto más alto, y un sinuoso camino recorre la colina que le sirve como trono.

La magnífica estructura está rodeada por jardines divididos en terrazas.

Sus muros contienen numerosas ventanas arqueadas y balcones abiertos al aire libre.

Un foso alimentado por el canal rodea la base del castillo, y tres estrechos puentes conectan el complejo palaciego con el resto de la ciudad.

—Es increíble —suelta Venna cuando nos acercamos a las afueras de la ciudad.

—¿Eso es… bueno? —pregunta Davide con una ceja arqueada.

—No tengo ni idea —respondo mirando a mi amiga con aire inquisitivo.

Ella se limita a encogerse de hombros.

«¿Estás pensando lo mismo que yo?», le pregunto mentalmente.

«¿Que a Izabel le habría encantado esto?

—Hay un deje melancólico en su voz. Frunce los labios y le brillan los ojos—.

Las ciudades no tienen derecho a ser tan bonitas.

Creo que, si hubiera visto Brilloscuro, habría insistido en mudarse aquí de manera permanente, sin importar la existencia de los chupasangres».

«Es bonito verlo desde su perspectiva —respondo—. Me hace sentir menos como una rehén que camina hacia una muerte casi segura y más como alguien que vive una aventura romántica».