Capítulo 31 #3
En ese momento, un chillido atraviesa el aire y nos interrumpe.
Meryn se sobresalta. Es una mujer en peligro; ambos lo sabemos al instante.
Nuestras mentes se separan y volvemos a ser nosotros mismos cuando echamos a correr hacia el ruido sin decir nada.
Atravesamos el callejón a toda prisa y, al doblar la esquina, ambos hemos desenvainado las armas.
El origen del grito es evidente. Hay una mujer rubia postrada sobre una escalinata de piedra delante de una casa.
Dos sifones se ciernen sobre ella con los colmillos al descubierto: uno delgado y de piel pálida y otro más corpulento con una sonrisa malévola.
La puerta de la casa permanece abierta y alcanzo a ver unos ojos asustados cuando un niño pequeño se asoma y vuelve a esconderse.
El pálido está a punto de desgarrarle la carne a la mujer cuando la voz de Meryn resuena fuerte e imperiosa.
—¡Alto! ¿Qué estáis haciendo?
El sifón nos mira y Meryn palidece ante la fría indiferencia que refleja su semblante.
—Estamos cobrándole el alquiler a nuestra inquilina. —Niega con la cabeza como si le hubiera molestado la interrupción—. Se ha atrasado en el pago, así que va a pagar lo que nos debe.
Su corpulento compañero observa con indolencia mientras el sifón delgado se inclina para morderla. La mujer solloza, temblando de miedo. Esto no está nada bien.
—¡Y una mierda! —Mis dagas entran en acción antes de que mi boca termine de pronunciar las palabras.
Le arranco la cabeza al sifón delgado, la cual golpea contra el suelo de piedra y rebota una vez antes de rodar hasta la canaleta. La mujer grita de nuevo, empapada de sangre. Es un gemido largo y agudo.
El sifón grueso nos mira a Meryn y a mí, sorprendido y ultrajado.
—¿Quién cojones os creéis que sois?
A la velocidad del rayo, agarra a Meryn y le rodea el cráneo con las manos en una clara advertencia. Está dispuesto a partirle el cuello ante el menor movimiento por mi parte. Me quedo paralizado, midiendo mis fuerzas para no provocar un desenlace fatal.
En ese momento, llegan Elias y Davide corriendo hacia nosotros desde el otro lado del callejón.
—Suéltala de inmediato —espeta Davide.
Los sifones se mantienen a cierta distancia, los tres con los colmillos expuestos.
—Considéralo una orden de tu rey —añade Elias con frialdad. Se mete una mano en el bolsillo de la túnica y saca un broche dorado, un sol con rayos ondulados.
Durante una tensa pausa no se mueve nadie. Entonces, el sifón retrocede a regañadientes, suelta a Meryn y la aparta. Queda claro que ese broche debe de significar algo. Tal vez sea el símbolo de Lucien Brilloscuro.
—Nuestros amigos son nuevos en el pueblo —interviene Davide con tono conciliador. Le entrega al sifón enfadado dos de las bolsas que lleva en el brazo—. No saben cómo funcionan las cosas aquí. Por favor, acepta esto como disculpa por los inconvenientes.
Elias coge a Meryn por el brazo y la aleja de la escena. Los sigo.
—Es increíble —murmura entre dientes—. Os ha faltado tiempo para matar a un civil en cuanto os he perdido de vista.
Finalmente la suelta cuando estamos a varias calles de distancia.
—¿Qué coño ha sido eso, Elias? —espeta Meryn.
Elias y Davide intercambian una mirada.
—En Astreona, si los humanos no pueden pagar con dinero, los sifones tienen derecho a cobrárselo en sangre. Ese arrendador no estaba violando ninguna ley. —Elias explica ese acto bárbaro con el rostro impasible.
Aprieto los puños. Y yo que creía que este lugar sería mejor que Nocturna. Meryn tiembla de ira.
—¿Me estás diciendo que hemos dejado a esa mujer con un sifón que va a alimentarse de ella sin su consentimiento? ¡Y encima está permitido !
Elias se cruza de brazos.
—Es un método de pago. Lo que no está permitido es ejercer vuestro propio sentido de la justicia sin preocuparos por las leyes del país en el que os encontráis. Además, ha muerto una persona y considerarán responsable a esa humana a la que creíais que estabais ayudando.
Meryn enrojece de ira.
—¿Qué significa eso?
Como no obtiene respuesta, se aleja enfadada.
Todos subimos de nuevo a los caballos en silencio.
Meryn se separa de mí todo lo que puede en la silla y consigue que realicemos todo el trayecto de regreso sin tocarnos.
Cuando llegamos a los establos, irradia cólera.
Me sorprende que no haya convocado sus sombras.
Bajo del caballo y le ofrezco una mano, pero ella la aparta y baja sin ayuda.
Se gira para alejarse, pero entonces se detiene y se coloca ante mí con una expresión inescrutable.
—Eres un hombre roto —espeta con brusquedad; dice solo verdades—. Mis pedazos reconocen tus pedazos y por eso voy a decirte algo: te daré tiempo.
Quiero volver a decirle que no , pero está acabando con mi control y puede que lo vea en mi rostro, porque insiste.
—Te daré tiempo, pero no una eternidad. Así que piensa en lo que te he dicho. Atrévete, Stark. Puede que sí acabe en destrucción. O puede que acabe en dos personas rotas que encuentran el modo de construir algo nuevo entre los escombros.
Se marcha hecha una furia y me deja en el establo lleno de heno que apesta a mierda de caballo. La yegua en la que hemos montado relincha.
—¿Estás de su parte?
No dice nada, por supuesto. Qué criatura tan inútil.
¿Tendrá razón Meryn? Si cada parte de mí me grita que acorte la distancia que nos separa, ¿tan mal estaría ceder?