Capítulo 31
Stark
Estoy rodeado de enemigos a los que no puedo matar mientras cabalgo a lomos de una criatura extremadamente inferior a Cratos y, aun así, la mujer que tengo sentada delante de mí será el motivo de que me vuelva loco.
Ahora mismo, debería estar examinando el paisaje por el que avanzamos.
Cada momento que paso en Astreona es una oportunidad para recabar información que podría resultar decisiva en esta guerra.
En lugar de eso, lucho contra el impulso de atraer a Meryn aún más hacia mí, de presionar su cuerpo contra mi polla dura a través de la fina tela de sus pantalones cada vez que el movimiento del caballo nos hace rebotar.
Tener a Meryn tan cerca, empujándome a cruzar una puta línea roja que intento evitar, es lo último que necesito ahora mismo.
Lo de ayer fue simple y llanamente un error. Esa conexión mental nos llevó a un estado de frenesí en el que aumentábamos las sensaciones del otro y nos excitábamos mutuamente. No estábamos en nuestros cabales. Cuando todo terminó, solo sentí arrepentimiento.
Me da miedo haberla empujado a algo demasiado rápido, demasiado pronto.
Miedo a que no sea capaz de confiar en mí después de esto.
Miedo a perder el control y ponerla en peligro, o a que esto la acerque a lo que sea que Siegrid esté tramando.
Y miedo a que, ahora que conozco el sabor dulce e intenso de su calor, no pueda volver a probarlo.
Para proteger a Meryn, debo mantener la puta distancia.
Su trasero rebota contra mi polla de vez en cuando como si tratara de burlarse de mi determinación. El deseo me desgarra por dentro y echo la cabeza atrás para reprimir un gemido. ¿Por esto le gustan tanto los caballos a la gente?
«¿Qué acabas de decir? —pregunta Cratos desde el puesto. Su feroz curiosidad me invade—. ¿Vamos a comernos los caballos?».
«No hables en plural cuando hables de comer caballos. Y, por favor, déjalos en paz —espeto—. Con el brazo del sifón ya has tenido suficiente carne prohibida por hoy. Deja de fantasear con la merienda y no pierdas de vista a Saela».
Cratos gruñe e interrumpe la conexión.
Salimos de los campos. El camino de tierra se convierte en grava y luego en adoquines al llegar al pueblo.
El municipio está enclavado en la ladera de una colina verde, atravesado por estrechas calles empedradas.
Un humo perezoso sale de las chimeneas; las casas son robustas y están bien conservadas. Aquí todo es extrañamente idílico.
Hay huertos rebosantes entre las viviendas.
Estas cosas no se ven ni siquiera en la Ciudad Vinculada, donde el clima es demasiado inhóspito.
Aquí parece que los aldeanos pueden cultivar lo que les viene en gana.
El contraste entre este lugar y los pueblos nocturnianos es asombroso.
La gente que vemos por las calles tiene un aspecto distinto al de los plebeyos de Hielormenta, y tardo un minuto en darme cuenta de cuál es la diferencia: parecen bien alimentados.
Se suponía que Astreona era una mierda, no al revés.
Aun así, mantengo la mandíbula apretada y los músculos en tensión, listo para entrar en acción en cualquier momento. Meryn mira a su alrededor y se da cuenta de lo mismo.
—Davide —lo llama en voz baja. Él frena su montura hasta colocarse a nuestro nivel.
Quiero borrarle esa puta sonrisa de la cara de un puñetazo. Es evidente que ve el efecto que este pueblo en tan buenas condiciones tiene sobre nosotros. Se da la vuelta con las cejas arqueadas.
—¿Sí?
—¿Quién vive en este pueblo? ¿Sifones o humanos?
Él niega con la cabeza.
—Como en todas partes de Astreona, la población está mezclada. Pero en este pueblo en particular predominan los humanos.
Meryn se tensa en mis brazos y me invade la sorpresa.
Su padre había dicho que los humanos y los sifones conviven pacíficamente en Astreona, lo cual nos había dejado descolocados por completo porque creíamos que habían aniquilado a todos los humanos de estas tierras.
Pero ¿población mezclada? ¿Viven los unos al lado de los otros?
¿Están menos segregados que en Nocturna? O acaso…
Se me curvan los labios en una mueca de repugnancia. O a los sifones les gusta mantener a sus presas cerca, como ganado, hasta que llegue la hora de la matanza.
Está claro que Meryn está pensando lo mismo.
—Entonces ¿los humanos aquí se encuentran a merced de los sifones?
La gente que vemos caminando por la calle parece sorprendentemente tranquila, teniendo en cuenta que viven entre feroces depredadores.
Un hombre que parece humano y una mujer con una belleza evidentemente sifona cruzan la calle delante de nosotros.
Ella inclina la cabeza para escuchar algo que le está diciendo el humano.
Es casi como si fueran… amigos.
Davide habla con tono cansado, pero con palabras educadas.
—No exactamente. A pesar de que los sifones beben sangre animal como sustento básico, la sangre humana es superior y la prefieren. Sin embargo, hemos encontrado soluciones que funcionan para todos. Ya lo veréis. Ahí delante…
Al cabo de unos momentos, los caballos doblan una esquina y avanzan por un camino más ancho que asciende por la ladera de una colina.
Davide levanta la mano y señala un gran edificio con una estructura casi de templo, con ventanas altas y un gran arco en su fachada. Colgando de la parte superior del arco hay un farolillo rojo que ilumina un largo tramo de calle con su color.
—En este establecimiento los humanos pueden vender sangre a voluntad y reciben una generosa compensación por su servicio.
Se me ponen los pelos de punta. Así que esta es la capa de civilización que han pintado para ocultar la cruel verdad. Tienen a los humanos ofreciéndose como si fueran bolsas de sangre.
¿Y qué impide que los sifones tomen lo que desean en cualquier momento? Estos humanos de aspecto complaciente serían una presa fácil.
Davide tiene el descaro de mostrarse divertido ante mi disgusto.
—Hay sangre disponible para comprar en la mayoría de los mercados, aunque siempre es mejor tomarla fresca —apunta.
Hay algo que me inquieta.
—¿Y qué hay de los nocturnianos que no quieren? ¿Y los niños? Sabemos que su sangre es poderosa para vosotros, que la consideráis muy valiosa.
Elias ha ralentizado el paso para escuchar nuestra conversación y frunce el ceño.
—Beber de un niño es un crimen, tanto legal como moral.
Meryn y yo intercambiamos una mirada. Ahora sabemos que los rapiñadores de Hielormenta trabajaban a las órdenes del rey, pero aun así…
—Stark y yo participamos en una operación en la frontera hace unos meses —interviene Meryn—. Nos topamos con un templo antiguo. Estaba prácticamente abandonado cuando llegamos, pero habían retenido a niños allí.
Se forma una arruga en la frente de Elias.
—Un templo… ¡Ah! Sí, rescatamos a huérfanos de Nocturna.
El rostro de Meryn se arrebola y yo tenso la mano alrededor de la daga que llevo en la cadera.
—¿Disculpa? —pregunta en voz grave y tensa—. ¿Que hacéis qué?
Davide se cruza de brazos.
—Lo que ha dicho. Mirad a vuestro alrededor. Ya sabéis cómo es vuestro país. Cuando encontramos a huérfanos nocturnianos en el frente, los reubicamos con familias de Astreona. Es lo mejor para ellos.
Me invade la rabia. Qué puto descarado . Hay que reconocerle a Meryn el mérito de no apuñalarlo de inmediato. Aprieta la boca en una fina línea.
—Claro. Pues eso tendré que debatirlo con vuestro rey. Mis ciudadanos pertenecen a mi país.
«Todo lo que dice podría ser mentira», le advierto a Meryn.
«Evidentemente —responde con irritación. Me pregunto si ella también se arrepiente de lo que pasó entre nosotros—. Pero aun así es útil comprender las mentiras que pretenden contar».
Por supuesto, Meryn sabe demasiado bien que los sifones son unos mentirosos; no necesito recordarle que debe desconfiar.
—¿Cómo se controlan los sifones? —pregunta—. Me refiero a cómo evitan convertir en sifones a los donantes humanos.
El sifón se ríe.
—Hacéis que parezca… —La sonrisa divertida de Davide se desvanece—. Ah, disculpad. Es cierto que sabéis muy poco.
—Sé bastante —replica Meryn. Mantiene un tono ligero, pero tensa el cuerpo entero por la violencia reprimida—. Pero diría que ninguno sabemos demasiado sobre la cultura del otro. Así que quizá podrías guardarte tus opiniones sobre mis conocimientos.
David guarda silencio y Elias interviene con cautela.
—Por favor, aceptad mis disculpas en nombre de Davide, alteza. Intentaremos responder a vuestras preguntas sin hacer más comentarios.
¿O qué? ¿Cómo castigarían a Davide por estropear las negociaciones entre Meryn y su rey antes de que empiecen? Me entretengo imaginando diferentes opciones letales.
Davide pone cara de asco, pero responde a la pregunta de todos modos.
—La transformación de humanos en sifones en realidad es muy poco frecuente y está estrictamente regulada. No tendría sentido convertir a nuestra principal fuente de alimentación; es esencial mantener un equilibrio poblacional adecuado para la estabilidad de Astreona.
Meryn resopla.
—Qué palabras tan grandilocuentes para un ejército que transforma a nuestros soldados nocturnianos en chupasangres por capricho.
—Sé que imagina el rostro de su padre y que recuerda las historias que le he contado de soldados nuestros que se vuelven en nuestra contra en el frente y desgarran con los dientes a sus camaradas.
—A veces transformamos a soldados nocturnianos gravemente heridos como tu padre, pero por lo demás, convertirse en sifón requiere una resolución formal y la aprobación a través de los protocolos establecidos.
Y las transformaciones en el frente se evalúan y documentan para mantener un registro de la población.
Por supuesto, hay accidentes, sobre todo en el clamor de la batalla —responde Davide con brusquedad.