Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

Envuelvo a Saela entre mis brazos mientras evalúo la ubicación de los sifones. Me pregunto cuál será el mejor modo de protegerla de este caos. Las sombras se agitan y acudo a ellas; su resbaladiza oscuridad sube y me rodea los brazos.

—¡Paz! —grita mi padre. Da un paso hacia Venna y hacia mí con los brazos extendidos—. ¿Acaso no recordáis que esto es una tregua?

El aire sigue cargado de tensión mientras todos acechamos al otro bando, esperando a ver quién es el primero en moverse.

A continuación, Elias vuelve a subirse al caballo y envaina la espada.

Su autoridad frena a los sifones, quienes retroceden y guardan las armas, aunque ninguno parece muy contento con la situación.

Mi padre se arrodilla para atender a Hanlen, quien gime de dolor en el suelo.

—Deja de quejarte, todos sabemos que no te vas a morir por una extremidad amputada —espeta Venna.

El que se llama Davide sisea junto a Hanlen y fija los ojos en Stark y Cratos con un odio evidente.

—Consideradlo una demostración de cómo tratamos a los espías en Nocturna —sugiero con un tono cargado de veneno—.

Y Elias… —Capto su atención—. Si Hanlen desea mantener sus otras tres extremidades, será mejor que les ordenes a él y al resto de los chupasangres que se reserven la magia para ellos mismos durante lo que queda de trayecto.

Elias me observa con el rostro extrañamente inexpresivo y un brillo calculador en la mirada. A continuación, me dedica una sonrisa que deja entrever sus colmillos.

—Así será, alteza —asegura.

Descansamos en dos grupos separados y mantenemos la distancia de forma deliberada mientras los sifones terminan de curarle la herida a Hanlen. Cratos se relame cada vez que pilla a un sifón mirándonos. No puedo culparlo, pero eso no ayuda precisamente a que se calmen los ánimos.

«No puede evitarlo —me dice Anassa con cariño—. Nació para despedazar sifones».

El viaje no empieza de la manera más prometedora.

El sol comienza a descender despacio por el cielo y tiñe el horizonte de un color dorado como la miel.

La luz del atardecer pinta el valle con tonos apagados y sombras suaves.

El hermoso paisaje contrasta con la ira contenida del grupo dividido.

Por fin, todos volvemos a montar, sumidos en una especie de tregua tensa. Viajamos en un silencio sepulcral.

Elias nos guía hacia el valle. Me informa de que por la noche descansaremos en un puesto militar, una estación de paso diseñada específicamente para militares con instalaciones para los caballos.

—Evitaremos entrar directos en el pueblo que hay cerca porque la presencia de los huargos asustaría a los habitantes.

Nuestro objetivo es que no los vea nadie durante el viaje, a ser posible —me informa Elias.

Fija sus ojos en mí y añade—: En Astreona se cuentan muchas historias sobre la ferocidad de vuestras bestias.

Me enfurezco ante su forma de expresarse, pero me ahorro la réplica. Diplomacia . Cuando se corra la voz de lo que le ha sucedido a Hanlen, habrá una historia más en circulación. No obstante, no siento ningún remordimiento.

El puesto de avanzada es pequeño. Hay un gran edificio de madera que parece funcionar como almacén, un establo largo al aire libre, unas cuantas estructuras de piedra desgastadas y, en el medio, un pozo cubierto.

El lugar está casi vacío. Probablemente, habitado solo por las personas necesarias para mantenerlo operativo.

A nuestra llegada, algunos mozos de cuadra se acercan para recibir a los caballos y escudriñan con temor a los huargos antes de alejarse a toda prisa.

Otros deambulan por el complejo abierto con aspecto de ir a realizar sus tareas.

Se percibe el inconfundible y penetrante olor a forja, así como el de carne asada.

Mantengo vigilado a Elias mientras ayudo a descargar los suministros de los lobos y a establecer nuestro campamento.

Habla acelerado con algunos de sus sirvientes, quienes se apresuran a completar tareas misteriosas.

Cuando libero a Anassa del equipaje, miro de nuevo a Elias y veo que una de las personas a las que había encargado algo ha regresado con un par de caballos nuevos.

Me pica la curiosidad. Me acerco a él con los brazos cruzados sobre el pecho.

—¿Vas a alguna parte?

—Davide y yo vamos al pueblo a por más comida y suministros —responde.

«¿A qué jueguecito de sifones pretenden jugar ahora?», le pregunto a Anassa.

Me transmite el equivalente a un encogimiento de hombros mental.

—Seguro que comprendes por qué la confianza de los míos pende de un hilo —le digo—. Así que me gustaría acompañaros. —Mi tono deja claro que no es una sugerencia.

—No irás sola —gruñe Stark. Capto su presencia a mi espalda y me giro para fulminarlo con la mirada.

Así que resulta que puede hablar. Al parecer, comerme el coño no acabó con la funcionalidad de su lengua.

Sin embargo, se limita a dirigirme una ojeada que dice: «Si crees que voy a permitir que te pasees entre un enjambre de sifones sin protección, es que has perdido todo el sentido de la realidad».

Elias inclina la cabeza y dice:

—Será un placer que nos acompañéis. —Levanta la vista brevemente por encima de mi hombro para observar a Anassa y a los demás lobos—. Pero los huargos tendrán que quedarse.

«Y una mierda», le digo a Anassa, furiosa.

«Estoy de acuerdo —responde—. Preferiría acompañarte, pero también entiendo que no es posible si pretendes visitar un pueblo sifón sin llamar la atención».

Asiento. Está bien. Pero no me gusta.

Davide da un paso adelante y pasa una mano por el costado de su caballo con elegancia mientras se une a nosotros. Tiene ojos pálidos y mirada intensa.

—Pediré más caballos.

Mi hermana decide aguardar en el puesto con Venna, Noemi y… nuestro padre. Me siento dividida, no sé si será más seguro para ella permanecer aquí o venir con Stark y conmigo.

«No le quitaré el ojo de encima», me asegura Anassa.

Resulta que no hay más caballos disponibles aparte de los animales agotados con los que los sifones han llegado hasta aquí.

Solo consiguen uno más y acabo teniendo que compartir silla de montar con Stark.

Me ofrece una mano sin decir nada después de montar él.

La suelto en cuanto me acomodo sobre la grupa del animal.

Las manos de Stark descansan un breve instante en mis caderas antes de retirarlas para coger las riendas.

Hasta ese roce momentáneo me provoca una oleada de calor por todo el cuerpo.

Qué puto asco me doy.

A pesar de que la tensión y todo el drama del día deberían mantenerme en alerta constante, me cuesta centrarme en el trayecto que tenemos por delante. Mi cuerpo no deja de sentir la presión de Stark detrás de mí, con sus brazos a ambos lados de mi torso.

He estado esforzándome al máximo por no darle demasiadas vueltas a lo que sucedió entre nosotros, sobre todo después de su silencio malhumorado. Si pretende ignorar lo que pasó, está bien; yo también sé jugar a eso.

Sin embargo, el roce de nuestros cuerpos sigue reavivando los recuerdos. Mis caderas se frotan repetidas veces contra las suyas, lo que hace que me suba la temperatura por momentos. Sus labios. Sus manos. Su boca . Joder.

Mantengo la mirada fija al frente; no quiero mostrar debilidad ante Elias y Davide. Debilidad como las chispas que me recorren cada vez que el movimiento del caballo nos empuja y lanza el cuerpo de Stark contra el mío. Tampoco ayuda que, cada vez que reboto, noto que provoco lo mismo en él.

A la mierda las amenazas que acechan en el pueblo sifón que tenemos delante. No estoy segura de poder sobrevivir cinco minutos más sin besar o matar al hombre que tengo detrás.