Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 30
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Capítulo 30

Meryn

Los caballos resoplan. Se mueven muy despacio, no pueden hablar y no dejan de cagarse en todas partes. Cagan mientras caminan . ¿Por qué?

Anassa gruñe en señal de asentimiento y esquiva otro montón de mierda.

Estamos las dos nerviosas y esta marcha tan lenta no hace más que empeorarlo todo.

Ni siquiera cuando Elias espolea a los caballos para que aceleren el paso nos acercamos a la velocidad natural de los huargos.

Ya me siento bastante incómoda, pero además he de contener los impulsos de Anassa de echar a correr o de matar y devorar a algunos equinos solo porque no son lobos.

Es como un círculo vicioso mental en el que mi frustración y la de Anassa se retroalimentan continuamente. Tampoco ayuda que todos mis sentidos me griten que estamos rodeados de enemigos. Siento el impulso constante de desenvainar la espada y decapitar a Elias. Podemos llegar solos hasta el sur.

Saela se remueve delante de mí, lo que me recuerda que debo intentar mantener las relaciones relativamente cordiales, al menos hasta que podamos hablar con su rey y descubrir todo lo posible sobre su condición.

Respiro hondo varias veces para calmarme.

No sirve de una mierda. Estoy a punto de estallar.

Durante las primeras horas de viaje, el paisaje permanece árido y desolado mientras atravesamos los páramos que separan nuestros reinos.

Mi cerebro me grita sin parar que tengo que estar preparada para sufrir una emboscada por parte de los sifones, a pesar de que literalmente cabalgamos con ellos.

Sin embargo, no encontramos resistencia, ni siquiera cuando nos adentramos en Astreona.

Principalmente porque no queda nada por lo que merezca la pena resistir.

Siglos de guerra han hecho estragos en esta tierra.

Solo quedan árboles raquíticos que brotan de una tierra estéril y escombros chamuscados de edificios de vez en cuando.

Concuerda con todo lo que me han enseñado sobre esta nación: un reino vacío e inhóspito lleno de muerte y oscuridad en el que habitan los sifones.

«No me extraña que estén desesperados por huir de este lugar y quedarse con lo nuestro».

Estar aquí se me hace raro. Durante las Pruebas me pasé meses esperando atravesar la frontera de Astreona y, ahora que ha sucedido, el viaje no se parece en nada a lo que esperaba. Me invade una desconcertante sensación de irrealidad. El ambiente entre los viajantes sigue tenso. Nadie dice nada.

Al fin, llegamos a un pequeño círculo de edificios en ruinas que parecen cabañas pequeñas.

En mitad del semicírculo de los restos hay un diminuto estanque.

Elias frena a su caballo. La cola del animal se agita hacia el hocico de Anassa, quien ruge y le muestra los dientes. El guía la mira a ella y después a mí.

—Los caballos necesitan agua. ¿Vuestros lobos también?

«Preferiría comerme al caballo y ahorrarnos tiempo», gruñe Anassa.

Resoplo, lo cual deja a Elias perplejo, pero no me interesa alimentar su confusión.

—Avísanos cuando vayamos a seguir —le digo, y guío a Anassa lejos de él.

Nos colocamos al otro lado del estanque embarrado que ha encontrado Elias.

Venna clava sus ojos en los sifones con expresión cazadora.

Stark permanece cerca de mí, pero siempre en silencio y esquivando mi mirada.

He intentado contactar con él mentalmente varias veces, pero el muy capullo ha levantado un muro para protegerse de mí.

Tiene suerte de que estemos rodeados porque, en cuanto nos quedemos a solas, voy a estrangularlo.

Capto que mi padre nos observa mientras le acaricia el hocico a su caballo, pero disimula en cuanto se percata de que lo he advertido.

Cuando reanudamos la marcha, me preocupa la llegada de una nueva amenaza: la muerte por aburrimiento.

En ese momento, Anassa contrae levemente el hocico.

«¿Qué pasa?», pregunto.

Se detiene e inclina la cabeza para olisquear. Me agacho y miro por delante de Saela para ver qué está investigando el huargo. Es… un pequeño brote verde, una brizna de hierba que se abre paso a duras penas en una fisura entre dos rocas escarpadas.

Así es como empieza.

Pronto está por todas partes. El aire se vuelve limpio y fresco. El frío deja paso a una suave calidez sobre mi piel. Calor. Nunca había sentido nada parecido. Se intensifica a medida que se separan las nubes para dejar espacio al sol y comienzo a sudar bajo las prendas de cuero.

La tierra se vuelve más verde. Al principio solo son zonas aisladas de hierba.

Luego arbustos. Árboles jóvenes. La vida brota entre las ruinas hacia la luz del sol, cada vez más intensa.

Pasamos por delante de otra ruina, pero esta está cubierta de vides y ha crecido un árbol a través del techo derrumbado.

De repente, hay naturaleza por todas partes y un aroma a vida flota en el aire húmedo.

Se me entreabren los labios con asombro al ver el reflejo de un arroyo en el horizonte, y Elias se comporta como si nada mientras guía a su caballo para que chapotee por las aguas cristalinas y poco profundas.

Coronamos la cima de una colina y nos recibe una brisa cálida desde abajo.

Mi cabello plateado se agita ante mis ojos mientras el valle se despliega ante nosotros.

Se extienden ondulantes colinas verdes y una vegetación exuberante hasta donde alcanza la vista.

Siguiendo el camino de tierra, queda claro que no es todo naturaleza silvestre.

Los campos están cultivados, hay hileras de diferentes cultivos y unos bancales escalonados forman una especie de sistema de irrigación.

A lo lejos se distinguen pequeños asentamientos.

Pueblos. Gente que probablemente viva de toda esta vegetación, cuide la tierra y respire naturaleza.

Esto no es Astreona. No lo es. No puede serlo.

Se supone que es todo un páramo desolado y horrible.

Un lugar inhóspito para los humanos. Algunos espías de Kryptos se infiltraron en este país, atravesaron la frontera para recopilar información y nunca avisaron de algo así.

Pero ahora lo veo con mis propios ojos: este lugar rebosa un gran potencial.

La tierra es vasta y verde. Un maldito paisaje bucólico de ensueño, próspero y definitivamente hermoso.

No soy la única que está desorientada. Stark tiene la mandíbula apretada y recorre la escena con la mirada.

Saela deja escapar pequeños jadeos cada vez que ve algo nuevo.

Noemi está literalmente boquiabierta. Venna es la única que no contempla el paisaje con expresión maravillada.

Insto a Anassa a avanzar hasta que nos situamos junto a ella y Skaia.

—¿No te impresiona?

Se gira hacia mí con una ceja arqueada.

—¿Cómo dices?

«¿No te impresiona?», pregunto de nuevo, cambiando a la comunicación mental; me regaño a mí misma por haber olvidado que, cuando es posible, es una vía más fácil.

Venna parece sorprendida.

«¿Impresionarme? ¿Este páramo desolado en el que habitan nuestros enemigos? ¿O te refieres al sol abrasador?».

¿Qué?

«Pero la… vegetación… ¿Es que no…?».

Algo va mal, y capto el momento en el que Venna también se da cuenta. Un murmullo dulce me invade la nariz. Estos capullos están usando magia.

Delante de nosotras, dos de los sirvientes sifones de Elias susurran sin parar. Uno se ríe, y el sonido de su carcajada me pone los nervios de punta.

Mantengo la compostura y avanzo con Saela hasta colocarme entre los sifones.

—Sea lo que sea lo que estáis haciendo, parad de inmediato. —No tengo tiempo para jueguecitos y lo que está sucediendo no me hace ninguna gracia.

Ese al que he oído llamar Davide avista el rostro confundido de Venna y curva los labios en una mueca de desprecio.

—Pensamos que os gustaría presenciar una pequeña… demostración. —Señala a nuestro alrededor—. Esa muchacha es una de vuestras espías, ¿verdad?

«Si no deja de decir gilipolleces con tono condescendiente, esta será la misión diplomática más corta de la historia», le digo a Anassa. No me digno a responderle al sifón en voz alta, sino que me limito a arquear las cejas.

Él suspira.

—Perdonad por la bromita. Es solo que Hanlen —señala a otro de los acompañantes de Elias— tiene la costumbre de mostrar cierto lado de nuestra tierra a vuestros espías, quienes creen ser capaces de esconderse de nosotros.

Engañar a sus huargos es un desafío particularmente interesante, puesto que nuestros poderes se limitan a la vista y no al olfato.

Hanlen asiente y adopta una expresión de concentración. Detrás de mí, Venna grita y empieza a apuñalar el aire con una daga. Skaia y ella se ponen a dar vueltas como si se estuvieran enfrentando a enemigos invisibles. Ahora todos los sifones presentes se están riendo.

«Magia ilusoria —me recuerda Anassa con aire sombrío—. Debe de ser así como han mantenido en secreto toda esta vegetación a los nocturnianos».

Me giro cabreada hacia Hanlen, pero Cratos se me adelanta.

Stark y él se abalanzan sobre los sifones y sus caballos.

Lo siguiente que sé es que Hanlen está en el suelo y su caballo se aleja galopando del grupo, aterrorizado y echando espuma por la boca.

A Hanlen le brota sangre del hombro derecho, donde hasta hace un instante tenía el brazo.

Grita de dolor entre convulsiones. Cratos lanza el brazo mutilado al aire antes de devorarlo de un único y repugnante bocado.

Más rápido de lo que mis ojos pueden rastrear, el resto de los sifones desmonta y desenvaina las armas.

Stark grita cuando uno carga hacia Noemi y él, y ella lanza una ráfaga de magia de protección.

El sifón rebota en la barrera invisible y luego gira sobre sí mismo, buscando un modo de atravesarla.

Venna y Skaia ya han superado el momento de confusión y se ponen en guardia delante de Anassa y de mí.

Anassa echa las orejas hacia atrás, lista para salir corriendo si tenemos que proteger a mi hermana.

Skaia gruñe a los sifones, que nos observan con fijeza.