Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 29
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Capítulo 29

Meryn

De vuelta en Villasabia, un brasero ilumina tenuemente la tienda de guerra.

Proyecta sombras en la penumbra que tiemblan y parpadean contra la lona.

Sin embargo, yo me mantengo firme ante la mesa de mando mientras estudio los mapas de la región fronteriza.

Están todos marcados con la posición actual tanto de Nocturna como de las fuerzas sifonas y ninguno augura nada bueno.

Siegrid no se anda con rodeos.

—La oferta de Astreona tiene toda la pinta de ser una trampa. ¿Un alto el fuego a cambio del simple hecho de entregarles a nuestra reina?

Stark se remueve a mi lado y apoya una mano sobre la mesa al recorrer los mapas con la mirada. Hannelore, la alfa de Kryptos, nos observa en silencio, cambiando la atención continuamente entre Siegrid, Stark y yo.

—Estoy de acuerdo en que parece sospechoso —admito—, pero hay que aceptar la realidad. —Enfatizo mis palabras señalando los sombríos mapas que tenemos delante—. ¿Qué alternativa tenemos?

Siegrid se muestra impasible y Hannelore asiente con el ceño fruncido. Me enderezo y niego con la cabeza.

—Sin Phylax, el alto el fuego es absolutamente necesario para contener a Astreona. Nos llevan una gran ventaja. Y si deciden enviar aquí a más tropas y tomar Villasabia, toda Nocturna sufrirá las consecuencias.

—¿Conclusión? —insiste Siegrid.

—Estamos en inferioridad numérica y estratégica —explico—.

Y más después de la deserción de Phylax.

Si elegimos combatir, ¿luego qué? Habrá más muertes de ciudadanos nocturnianos y los sifones entrarán igualmente en nuestras tierras.

Queremos la cabeza de Killian. Y, al parecer, ellos también.

¿Por qué dejar que se hagan con ella pagando el coste en vidas de los nuestros cuando tenemos la posibilidad de hacerlo juntos?

Para mi sorpresa, Siegrid se limita a cruzarse de brazos y decir:

—Estoy de acuerdo.

—¿En serio? —espeto.

—Pues sí —confirma—. No veo otra opción. Pero tenemos que establecer nuestras propias condiciones. No vais a atravesar la frontera sin que tengamos un rehén valioso por su parte. Necesitamos tener a alguien importante para ellos bajo nuestra vigilancia para garantizar vuestra seguridad.

Es infantil. Soy consciente de que lo es. Ella es la opción correcta por motivos políticos, pero mis razones son del todo personales.

—Tomemos a la propia general Navarro. Solo aceptaremos si ella lo hace.

Siegrid asiente.

—Pues mañana se lo notificaremos y viajaréis a Astreona. —Dirige la mirada a su hijo—. Stark os acompañará. Yo puedo dirigir las fuerzas de Daemos en su lugar con la ayuda de su beta.

Stark no dice nada, sino que mantiene el ceño fruncido y su permanente expresión indescifrable. Me imaginaba que no se quedaría de brazos cruzados y dejaría que me adentrara sola en la nación enemiga, pero… ¿ni una mínima reacción?

Descarto ese pensamiento por el momento y digo:

—Mi hermana también.

—Sin duda, la princesa estaría más segura aquí —interviene Hannelore.

Siegrid me mira con preocupación. Es una de las pocas personas al tanto de la condición de Saela y sabe que mi hermana no puede quedarse aquí sin mí.

—Está bien —dice la alfa soberana. Una sombra calculadora atraviesa su mirada e inclina la cabeza como si estuviera escuchando a alguien…

, probablemente se trate de un consejo de Genicos—.

Llevaos también a Venna y a Noemi. Venna es leal y habilidosa, os será de ayuda.

Y digamos que Noemi es más diplomática que vos.

Podría resultar útil en la corte de Astreona.

Siegrid ha vuelto a sorprenderme, pero no voy a negarme.

No podría dejar sola a Venna, y menos con la muerte de Izabel tan reciente.

Y, a pesar de que todavía no conozco demasiado a Noemi, no puedo negar que tiene mucho tacto y sabe desenvolverse, unas cualidades que podrían sernos de ayuda.

Aunque, ¿es ese el motivo por el que Stark se está distanciando de mí de repente? ¿Por ella ?

Contacto de modo urgente con Anassa y le pregunto:

«¿Qué pasa entre Stark y Noemi? Él me dijo que era como una hermana para él, pero ahora apenas me habla. Cratos te habrá contado algo, ¿verdad?».

Capto el disgusto de Anassa antes de oírlo en su voz:

«Me lo ha contado, sí».

«Anassa —suplico—, prometimos ser sinceras la una con la otra».

Resopla.

«Estoy siendo sincera contigo, pero hay una diferencia entre la sinceridad y el cotilleo. Los huargos no cotilleamos. Es un rasgo humano inútil y ocioso. Si sientes curiosidad por su relación, puedes comportarte como la reina que eres y preguntárselo directamente».

Putos lobos. Me quito de encima los «patéticos celos» como diría Anassa y me centro en la conversación que tenemos entre manos.

—Supongo que podrás arreglártelas sin mí, ¿no? —le pregunto a Siegrid con un tono algo más cortante de lo que pretendía.

Asiente.

—Estaré en comunicación constante con vos, mi reina. No tomaré ninguna decisión sin vuestra instrucción directa.

Es un alivio, aunque una parte de mí sabe que no dudaría en apropiarse del poder si se le presentara la oportunidad. Una vez está todo decidido, los alfas hacen una reverencia y se marchan. Por un breve instante, Stark y yo nos quedamos a solas en la tienda. Su mirada oscura pesa sobre mí.

Me siento atrapada, soy incapaz de hablar, incapaz de apartar la vista. Se me acelera el corazón y se me olvida lo que debería estar haciendo, adónde debería estar yendo. ¿Sucederá lo mismo cada puta vez que me mire?

Acto seguido, se gira con brusquedad y se marcha. ¿Qué coño le pasa ?

Me invade la irritación, acompañada por un dolor en el pecho. ¿Fue una estupidez abrirme así ante él? ¿Aceptar de buen grado la conexión que compartimos? En ese momento, me pareció la elección correcta, pero ahora me han entrado las dudas. Sin embargo, estoy demasiado cansada para perseguirlo.

Vuelvo a las habitaciones, donde ya está Saela durmiendo. Se me encoge el estómago cuando me siento a su lado. No es justo que vaya a cambiarle la vida de nuevo. Está tan atrapada en este embrollo como yo y soy la única que puede ayudarla.

Solo espero no joderlo todo.

Respiro hondo y la despierto suavemente. Me observa con los ojos entornados y murmura mi nombre.

—Tengo noticias —le digo.

El movimiento frenético que sacude el campamento a la mañana siguiente es un reflejo de lo que siento en mi interior.

Reina la sensación persistente de que algo no va bien.

Viajar a Astreona ha sido mi decisión, pero el inminente viaje a una tierra que lleva siglos siendo territorio enemigo es difícil de afrontar.

Hay demasiados ojos puestos sobre mí. Es evidente que la noticia se ha extendido por todo el campamento.

—Muy bien, Sae —le digo a mi hermana mientras entrelazo los dedos.

Ya conoce la rutina, así que apoya el pie sobre mis manos.

Al mismo tiempo, se aferra al pelaje de Anassa y permite que la suba a lomos de mi huargo.

A continuación, le acaricio el costado a la loba y miro a mi hermana.

Tiene los hombros encorvados mientras toca el pelaje de Anassa.

Desde que le conté que nuestro padre vive y que es inevitable que nos topemos con él, no me ha hablado mucho. O más bien nada.

He intentado hacerle entender que no le debe nada y que yo la mantendré a salvo.

No tengo claro si me ha escuchado, puesto que no ha levantado la vista de sus botas en toda la mañana.

Ni siquiera distraerla ha funcionado. He intentado entablar una conversación con ella sobre las Lágrimas de Diosa.

Después de lo que pasó cuando le quité el collar, estoy más ansiosa que nunca por descubrir algo más sobre ellas.

La suma sacerdotisa dijo que creía que las lágrimas se habían perdido ante los sifones.

Así que… ¿significa eso que podríamos encontrar respuestas por fin en Astreona?

Puede que los astreonenses también sepan algo sobre el metal con el que se fabricó la ya rota Acero Feroz.

O incluso… mi brazalete. Pero ni siquiera estos apasionantes misterios han logrado despertar su curiosidad.

Levanto una mano para ajustarle una correa de la mochila a Saela.

—¿Estás bien?

Se encoge de hombros y mira hacia el horizonte.

Todos los demás se reúnen y montan en sus huargos: Venna y Noemi.

Siegrid. Hannelore, que se ha unido como refuerzo.

Y, por supuesto, Stark. Quien sigue sin dirigirme una sola palabra.

Al parecer, soy una amante lamentable. El dolor del rechazo ha disminuido y ahora su semblante hermoso y melancólico solo me cabrea.

Estaría ardiendo de humillación si no tuviera ante mí a mi hermana temblando como una hoja al viento.

Una hora después, nos reunimos con la delegación sifona en el punto de encuentro acordado, a las afueras de las ruinas de Salvia.

Los sifones se agrupan alrededor de la silueta alta y elegante de Ruby.

Consternada, me doy cuenta de que van a caballo.

Pueden moverse a una velocidad increíble, pero es lógico pensar que no pueden aguantar largas distancias y que necesitan algún tipo de transporte.

Pero los caballos son muy lentos . Ya estoy de los nervios mientras el sol del mediodía me calienta la ropa de cuero e insto a Anassa a que se acerque a la facción sifona de este grupo abominable.

—Hagas lo que hagas, no te comas a ninguno —le digo en voz alta mientras nos aproximamos.

Anassa me transmite algo a medio camino entre el fastidio y la diversión.

Venna resopla y se detiene junto a nosotras.

—¿Se lo recuerdas a Anassa o a ti misma?

Me río.

—A ambas, evidentemente.

Cuando estamos lo bastante cerca, Ruby se inclina a regañadientes y estira el cuello para mirarme.

—Reina Hielormenta, este es Elias. —Señala a un sifón de su grupo de sirvientes.

Es alto, de piel bronceada y posee esa belleza tan característica de los sifones.

Tiene el cabello oscuro y brillante, cuyo corte a la altura de la nuca deja al descubierto el reflejo de un pendiente en su oreja izquierda—. Él será vuestro guía en Astreona.

—Es un placer conocerte —digo, y apenas consigo pronunciar las palabras sin tropezar con ellas, porque otra figura da un paso al frente y se coloca ante nuestros lobos. Es mi supuesto progenitor. Me vuelve toda la ira .

Saela lo reconoce al instante. ¿Cómo no iba a hacerlo?

Debe de verse reflejada en él: ojos ambarinos, cabello oscuro y nariz fuerte.

Mi hermana tiembla ligeramente. Durante un instante de tensión, nadie dice nada.

La presencia de mi padre pesa sobre nosotros, abrumadora e indeseada.

Da un paso adelante entre titubeos mientras se gira hacia Saela.

Le apoyo la mano en el hombro de inmediato, y se fortalece un poco con mi tacto. Tiene los dedos hundidos en el pelaje de Anassa y los mueve como si ahí pudiera encontrar lo que busca.

—Soy… —El falso muerto tensa la mandíbula y frunce los labios. Parece que tiene dificultades, pero por suerte se recompone e intenta esbozar algo parecido a una sonrisa—. Soy Fredrich, tu padre.

Saela emite un leve sonidito a medio camino entre una confirmación y un chillido de confusión. Tanto Anassa como yo nos erizamos al instante con un instinto protector, y le aprieto el hombro a mi hermana para decirle que estoy ahí para ella.

—Hola —lo saluda. A continuación, agacha la cabeza con timidez y se centra en el pelaje de Anassa.

Está abrumada. Le tiro de la trenza de manera afectuosa y vuelvo a fijar la vista en mi padre, quien inclina la cabeza y retrocede.

Ruby se une al grupo, saltando su atención de Saela a mí y de mí a Saela continuamente. Entonces, con una franqueza alarmante, espeta:

—Qué interesante que tengáis a un sifón entre los vuestros.

Me esfuerzo al máximo por no ponerme tensa y girarme hacia los vinculados, por mantener la sangre del rostro donde debe estar. Sin embargo, compruebo mentalmente los vínculos para asegurarme de que Hannelore no haya oído ese comentario.

—¿Quién es su señor? ¿Quién la convirtió? —pregunta Ruby.

Su interrogatorio me coge desprevenida y me confirma que los astreonenses tienen la habilidad de percibir la naturaleza de Saela a pesar de su apariencia humana corriente.

Empieza a sudarme la espalda. Sopeso enseguida los riesgos de contar la verdad y admitir que el enemigo que tenemos en común es el señor de mi hermana o mentir. ¿Qué sería más seguro para ella?

—No recuerda el momento en el que la transformaron. —Es cierto… más o menos.

—Ajá, bueno, es algo que debemos tener en cuenta. Los vínculos señoriales pueden ser fuertes. Lucien puede ayudarte a manejarlo —añade—. Hay maneras de bloquearlo.

—No será necesario —aseguro—. Tenemos un colgante que parece proteger a Saela del vínculo.

La confusión se refleja en el semblante de Ruby.

—Informad de esto también al rey Lucien.

Ruby se gira y se acerca a mi padre. Le envuelve el cuello con los brazos y ambos se sumergen en una de las muestras de atención públicas más asquerosas que he visto en la vida.

Padre parece que quiera envolverla entera con la lengua.

Ruby le baja las manos por la espalda y le aprieta el culo . ¿Delante de sus hijas?

Saela deja escapar un gemido ahogado y se da la vuelta. Cuando por fin se separan, me he puesto verde.

Tras los últimos arreglos, Ruby se marcha con Hannelore y Siegrid hacia el campamento de Nocturna.

Deja atrás a Elias y su grupo, compuesto mayormente por sirvientes y guardias, más mi padre y sus perezosos caballos, para que nos guíen a mí y a los míos a través de la frontera hacia Astreona.

Cuando los sifones montan, sus compañeros equinos se sobresaltan ligeramente y empiezan a relinchar al acercarse los lobos.

No puedo culparlos. Son animales de presa y los huargos son los depredadores más fuertes que existen.

Si eso no es una señal de incompatibilidad, no sé qué lo es.

La gravedad de lo que estamos a punto de hacer cae sobre mí.

La extraña sensación de inquietud que he sentido antes me sube por los brazos mientras le froto la espalda a Saela.

Esta será la primera comitiva nocturniana que entra en Astreona en cinco siglos.

Es tan intensa que me cuesta hasta respirar.

Venna y Noemi se colocan detrás de mí a lomos de sus huargos. Stark monta a mi lado y su presencia es como una sombra acuciante y silenciosa. Estrecho los brazos alrededor de mi hermana y le dirijo un asentimiento a Elias.

Estamos preparados para emprender el viaje hacia lo desconocido.