Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 27
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Capítulo 27

Stark

Meryn sale disparada a lomos de Anassa como una flecha de ballesta.

Salto sobre Cratos y las seguimos, aumentando la velocidad mientras Anassa corre cada vez más rápido. Su vínculo es como un bucle que envía un tumulto de ira de un lado a otro de forma continua.

No sé qué ha pasado exactamente en el jardín de ese castillo en ruinas, pero las emociones de Meryn son demasiado intensas para contenerlas.

Se filtran a través del vínculo de pareja y forman un potente cóctel que hace que se me tensen los músculos, ansioso por entrar en acción y eliminar la amenaza.

Pasamos a toda velocidad por bosques y tierras de cultivo; subimos y bajamos colinas. Los sentimientos enredados y confusos de Meryn empiezan a manifestarse físicamente en forma de tentáculos de oscuridad que la envuelven, se enroscan y se retuercen.

«Anassa está consumida por la rabia —me confía Cratos—. Intenta sobrellevar la carga de Meryn, pero están ambas al límite. Tenemos que intervenir».

Asiento en silencio y mi huargo aumenta el ritmo. Cabalgamos hasta colocarnos junto a Anassa y Meryn, con el viento azotándonos.

En el campo de batalla, pude sentir cómo su poder la arrastraba.

No entiendo lo que ha sucedido después, pero la puerta que ha abierto en su magia, de algún modo, se ha abierto también para mí.

Si no la hubiera ayudado a mantenerla abierta, quizá no habría podido salir del abismo.

No he querido pensar en todo lo que eso conlleva: la abrumadora conexión entre nosotros y el deseo insistente e insoportable que me ha atravesado como una enfermedad.

Y ahora se está tambaleando de nuevo al borde del precipicio.

Meryn se gira hacia mí con la angustia reflejada en sus ojos ambarinos.

«Estoy aquí —le digo—. No tienes que soportarlo sola».

Sin embargo, no se abre a mí. Cuando compruebo nuestro vínculo, veo que tiene la mente cerrada como un jardín amurallado.

Cratos nos guía hacia la espesura del bosque mientras dejamos atrás los senderos rurales de tierra y las suaves pendientes de las colinas. Anassa sigue erizada y gruñe, a pesar de que aminoramos la marcha.

Cuando llegamos a un claro, bajo del lomo de Cratos y me giro para ver cómo desmonta Meryn.

Se tambalea hacia mí y se detiene de repente con los ojos muy abiertos.

A continuación, deja escapar un grito desgarrador de frustración.

El sonido atraviesa los bosques y quiebra la paz del paraje natural como un martillazo.

Los pájaros alzan el vuelo desde los árboles que nos rodean, y las sombras mágicas de Meryn se arremolinan y los persiguen como un eco de su descontento.

Detrás de nosotros, Anassa está igual de alterada y con el pelaje erizado. Le lanza un mordisco a Cratos, quien se lo devuelve. Ambos se rodean mutuamente y echan a correr, desahogándose a su manera.

—Déjalo salir —le ordeno a Meryn con una mirada severa. Sé que hay más ira ahí dentro. Lo sé porque puedo sentirla bullir en su interior, apenas enjaulada.

El siguiente sonido que sale de su garganta es un gruñido casi animal.

Tras él, las sombras que la rodean salen disparadas en todas direcciones.

La oscuridad recorre el bosque como una oleada.

A nuestro alrededor, los troncos de los árboles crujen; algunos incluso se parten y caen al suelo en un eco del clamoroso grito de dolor de Meryn.

La negrura fluye sobre mí y pasa de largo, pero me deja susurros en la piel.

Algunos tentáculos persisten mientras que el resto de su magia se expande y late, murmurándome al oído, alborotándome el pelo y dejándome la piel escocida como si fuera la ira encarnada.

Y, así y todo, sigue acumulada en su interior.

He hecho un gran esfuerzo por comportarme.

Por mantener la calma y el control… por ella.

Por ayudarla, por ser la voz de la tranquilidad para ella, su refugio en la tormenta.

Pero tal vez no sea eso lo que necesita.

Tal vez no necesita un ancla firme y silenciosa a la que aferrarse.

Tal vez lo que necesita es que alguien esté con ella en su situación actual, que reciba la violencia con violencia.

Tal vez necesita a alguien que tenga la fuerza para cabalgar con ella la ola de su ferocidad.

—Pégame —le pido.

Da un paso hacia mí y levanta la cara para mirarme entre la furia. Tiene la respiración entrecortada y el pecho agitado.

—¿Qué?

Bajo el rostro hacia el suyo. No sé qué ve en él, pero está a punto de estremecerse. Le rodeo el cuello con la mano en un gesto de advertencia, pero también con delicadeza. Intento no acariciar los tatuajes que dejé marcados meticulosamente en su suave piel.

—No me gusta tener que repetirme, princesa. No soy un hombre conocido por su paciencia. Deja de reprimir tus putos sentimientos. ¿Necesitas ayuda para sacarlos? Voy a decírtelo una última vez: pégame . Hazme daño . Puedo soportarlo.

La verdad es que lo deseo. Anhelo sentir su poder sobre mí, su puño en mi cara… El dolor me proporcionará una buena distracción para el tormento que me supone su presencia.

Ella ladea la cara, tan cabezota como siempre.

—¿O qué, alfa?

Me acerco para susurrarle al oído y que no se pierda ni una sola palabra; se queda quieta ante el movimiento.

—O tendré que ponerte sobre mis rodillas y azotarte como la cría obstinada que eres.

Meryn me empuja con fuerza y se aparta con rapidez. Sus labios carnosos y rosados se abren de golpe por la sorpresa. Necesito toda mi fuerza de voluntad para no meterle un dedo en la boca y comprobar cómo reaccionaría, si lo apretaría con esos labios húmedos o si me mordería sin piedad.

En su semblante se suceden varias emociones a toda velocidad: ofensa, indignación y, luego, ira. Pero tiene las mejillas ruborizadas y los ojos vidriosos por la evidente excitación.

Interesante.

Antes de que pueda incitarla aún más solo con mis palabras, actúa por fin.

Gruñe, me apunta con una mano y desata una ráfaga impulsiva.

La esquivo, pero aun así me da en el hombro.

Mi ferocidad me empuja a responder, y mi propio poder acecha como un depredador en mi interior.

Retrocedo unos pasos y levanto los brazos, proporcionándole así un momento para prepararse antes de que mi magia la golpee.

Su poder se eleva para toparse con el mío. Las sombras de su tuercesombras forman un muro ante ella. Tengo la sospecha de que actúan por voluntad propia en respuesta a su furia. Nuestros poderes chocan, dos olas de fuerza que impactan una contra la otra y aplastan todo lo que queda entre ellas.

Sus sombras explotan hacia afuera, siseando hacia las copas de los árboles y deslizándose por el frondoso suelo del bosque. Los labios de Meryn se curvan en una sonrisa amenazante que prende una llama en mí. Las sombras se reúnen para golpear de nuevo sin vacilar, y yo ataco otra vez.

El segundo impacto es más fuerte. Y el tercero, más aún. Las vibraciones hacen temblar los árboles, desatando una lluvia de hojas y agujas de pino que cae en una cascada verde.

Trazamos círculos alrededor del otro, moviendo los pies y cambiando la postura.

Atacamos desde diferentes ángulos, captamos el poder del otro y contraatacamos.

Bailamos al son de nuestros latidos enrabiados, que resuenan en nuestros oídos.

El ritmo se intensifica y se acelera con cada impacto hasta convertirse en una avalancha implacable en la que mi magia ataca y la suya la recibe golpe a golpe.

Se produce un cambio en su rostro cuando saca una daga y me apunta con ella. Aparece y desaparece a medida que se acerca, ejerciendo el poder de la fisura como un Kryptos. Yo suelto el agarre sobre mi poder y saco mi propio cuchillo, esperando a que se acerque.

Meryn se agacha bajo mi última embestida y se lanza. Su filo viene hacia mí, pero yo ya estoy girando a un lado. Mi cuerpo se enciende con una satisfacción perversa.

Ambos adoptamos posturas de combate como en las horas que pasamos entrenando en mi despacho.

A pesar de que estoy disfrutando de la pelea, hay una parte de mí que no puede evitar evaluar su postura y sus ángulos, tomando nota para decirle más adelante en qué necesita seguir trabajando para guiarla y ayudarla a mejorar.

Meryn ataca y levanto el cuchillo contra el suyo.

El metal chirría al encontrarse con el acero reluciente bajo la luz moteada del bosque.

Mi cuerpo y mi mente están en sintonía con ella.

Está tan concentrada que empieza a bajar los muros, y la conexión de pareja de nuestros huargos se filtra entre nosotros.

Siento que necesita más y la ataco con otra ráfaga de golpes.

Ella me responde con una sonrisa amenazante. Esta mujer salvaje y preciosa será mi fin o el inicio de algo a lo que no sé cómo enfrentarme. Nuestras extremidades se encuentran, las dagas impactan. No me contengo. Ella no quiere que me contenga. Es una sensación eléctrica.

Luchamos hasta que estamos empapados de sudor y nos cuesta seguir con los ataques. La desarmo y la daga sale disparada de su mano, pero en esa misma respiración se saca otro cuchillo de la cadera y arremete de nuevo. Siseo cuando el filo se desliza por mi costado y dibuja una línea de sangre.

Ella titubea, preguntándose si me ha hecho daño. Aprovecho que ha bajado la guardia para abalanzarme sobre ella. Seguimos intercambiando golpe tras golpe, asestando uno o dos cada uno y esquivando o bloqueando el resto.

Finalmente, la obligo a ponerse a la defensiva y consigo flanquear sus defensas.

La desarmo de nuevo y avanzo a la par que preparo otro golpe.

Sin embargo, no me había anticipado a sus trucos sucios.

Me golpea con un potente impacto por la espalda, me da una patada en las espinillas y me tambaleo.

Meryn aprovecha su ventaja en un instante y consigue derribarme e inmovilizarme.

Me aprieta el cuello aplicando la presión justa para declararse victoriosa.

Trago saliva con sus dedos todavía en mi cuello, un movimiento que sigue con la mirada hasta fijarla en mis ojos.

Su cuerpo cálido está apretado contra el mío y su pecho sube y baja al ritmo de sus jadeos.

Le cae una gota de sudor por la barbilla que viene a parar a mi pecho.

Quiero inclinarme y lamerle las otras gotas de la piel.

¿Su sabor es tan dulce como su olor? Dejo de forcejear contra su agarre y dejo caer el cuchillo.

A continuación, libero las manos y la cojo por la cintura para atraerla hacia mí.

Este puto juego es muy peligroso. Meryn me mira a los ojos y la electricidad chisporrotea entre nosotros.

—¿Qué fue lo de ayer, Stark? —pregunta en voz baja, pero acalorada—. ¿Qué pasó entre nosotros con mi poder?

Necesito toda mi fuerza de voluntad para apartar la mirada de sus labios, que se mueven demasiado cerca de los míos.

—No lo sé —admito.

Cratos tampoco lo sabe; lo único que tenemos claro es que se trataba de algo separado del vínculo de pareja que él comparte con Anassa.

Es algo que parece especialmente diseñado para Meryn y para mí.

Y durante las últimas veinticuatro horas he intentado con todas mis fuerzas no obsesionarme con ello, con el modo en que me sentí cuando nos unimos mentalmente y con lo que esa conexión desató en ambos.

—¿Deberíamos intentarlo de nuevo? —pregunta con timidez, y estoy a punto de apartarla de mí.

No sé qué haré si esa conexión regresa de golpe, si vuelve a aflorar la fascinación que siento por ella, la atracción que he intentado reprimir a toda costa desde el momento en el que la vi luchar por primera vez.

Desde que vi el fuego desatado en su mirada, anhelé liberarlo.

Quería regocijarme en su ardor, tener la suerte de estar dentro de su calor.

La anhelo y la odio por ello.

Me odio a mí mismo por no ser lo bastante bueno para ella, por sacar su peor faceta.

Y, joder, detesto a la alfa soberana por exigirme algo a lo que debo oponerme, por ponerme en una posición en la que cumplir mi deber de proteger a Meryn implica que deba negarme a mí mismo lo que más deseo en este mundo.

Y, a pesar de todo esto, cuando abro la boca, lo que habla es mi anhelo.

—Sí.

Ahora está más tranquila y, sin embargo, no necesita que su ira lo desencadene.

Meryn debe sentir dónde reside el vínculo entre nosotros porque capto el momento en el que derriba sus muros.

Esa oscura conexión entre ambos se intensifica, su poder se abalanza sobre mí y mi mente se prepara para recibirlo. Para recibirla a ella . Es embriagador.

Estoy dentro de cada centímetro de Meryn, aunque sigo separado, observándola con mis propios ojos.

Percibo cómo la afecta el calor de mis manos en su cintura.

Noto cómo se le acelera la respiración cuando me mira la boca y levanta la mirada para encontrarse con mis ojos.

Sensaciones por todas partes. Y también poder.

Nuestras mentes están entrelazadas. Ya no soy capaz de ocultar el deseo que me atraviesa.

La observo mientras ella comprende la profundidad de mi anhelo.

Se le aceleran los latidos por un motivo diferente y se le endurecen los pezones.

Distingo el momento en el que empieza a excitarse por mí.

Aprieto los dientes para resistirme. El único modo de protegerla de Siegrid y de mí mismo es resistir a esta atracción.

Joder , ¿por qué me he dejado llevar por esto? ¿Por la necesidad que siento de tocarla y de oír sus gemidos, sabiendo que soy yo quien se los provoca?

Se retuerce contra mi agarre, tan abrumada como yo.

Arrastra accidentalmente el culo por mi entrepierna y soy consciente de que nota el momento en el que se me pone dura.

Toda la sangre de mi cuerpo baja hasta mi polla y eso también lo nota.

Con un gemido que le sale de las profundidades de la garganta, se restriega de nuevo contra mí, esta vez a propósito. Y otra vez más.

Sus mejillas vuelven a sonrojarse. Puedo sentir su cálido aliento cuando jadea, la agitación de su pecho.

Su excitación se mezcla con la mía hasta alcanzar el punto álgido.

Poco a poco, Meryn baja el rostro hacia mí y luego se detiene.

Se contiene, no propasa los límites. Casi puedo notar el sabor de su deseo, ardiente y salvaje.

Abre la boca.

«A la mierda».

Estoy harto de negarme lo que deseo.

Me levanto con brusquedad, la giro para que quede debajo de mí, y acerco la boca a la suya.