Capítulo 26 #2
—Meryn, he estado muerto para vosotras todo este tiempo y yo sentía lo mismo respecto a vosotras. Tu madre y tú formabais parte de una vida a la que no podía regresar, por mucho que prefiriera estar a vuestro lado. Tuve que hacer las paces con ese hecho. Tuve que pasar página.
La rabia crece de nuevo en mi interior.
—¿Pasar página ? ¿Te refieres a pasar página con otra mujer?
Sus ojos se dirigen hacia el edificio, donde espera Ruby con los sirvientes.
—Ruby y yo hemos…
—Para —digo con la mano levantada. Siento que me invaden las náuseas.
—Así es como descubrimos quién eras. Ruby recibió información sobre la nueva reina de Nocturna, que hasta ahora había vivido como plebeya bajo el nombre de Meryn Cooper. No podía haber más de una Meryn Cooper en Hielormenta. Le dije de inmediato que eras mi hija.
—¿No es demasiado joven para ti? —espeto con rencor—. Esa mujer no me sacará más de tres años.
Tensa las manos en los reposabrazos de la silla.
—Tiene cuatrocientos años, así que, en todo caso, sería al revés.
Qué asco . Aparto la mirada y empiezo a caminar de un lado a otro con la cabeza hecha una maraña de ira y confusión. Anassa me da un empujoncito con el hocico y se gira para fulminar a mi padre con la mirada.
—Lamento mucho enterarme de lo de Nathalia… Tanto lo de su muerte como lo de su salud mental. Lamento mucho la carga que recayó sobre ti en mi ausencia. Y también…
Se le quiebra la voz y me giro para mirarlo. Parece que va a estallar a llorar, pero se contiene.
Ojalá pudiera sentir satisfacción al verlo al borde de las lágrimas, al ver que mi arrebato ha conseguido su propósito. Ojalá no hubiera ya más espacio para el dolor. No obstante, lo único que siento es un vacío enturbiado por una ira latente.
—Me gustaría saber algo más de tu hermana —termina en voz baja—. ¿Cómo se llama?
Dejo de dar vueltas y vuelvo con Anassa. Lo observamos en silencio. No le digo nada.
—¿Me odias?
Sigo sin decir nada. Anassa y yo lo miramos fijamente, inmóviles como estatuas.
A continuación, cierra los ojos y aprieta la mandíbula. Si esto también le duele, que así sea . Luego toma aire de manera entrecortada y dice:
—Por favor, no dejes que lo que sientes por mí te haga rechazar la oferta de Ruby.
Chasqueo la lengua y vuelvo a alejarme de él, frustrada. Hago girar la daga sobre la palma de la mano para descargar parte del exceso de energía.
—Astreona no se parece en nada a lo que se enseña a los nocturnianos —implora, suplicando que lo crea—.
Allí los humanos viven en paz junto con los sifones.
No como presas, sino como ciudadanos. Si estuvieras dispuesta a verlo por ti misma, entenderías que la realidad dista mucho de la propaganda en la que te criaste.
Realidad. Propaganda. ¿Quién es este hombre? Toda su existencia es una mentira. ¿Cómo puede hablarme él de verdades?
—Puedes confiar en ellos. Astreona y el rey Lucien serán buenos aliados —me dice.
Cojo la empuñadura de la daga y la sostengo con fuerza mientras lo fulmino con la mirada.
—¿Cómo puedo confiar en ti cuando ni siquiera te conozco ? Has estado ausente la mitad de mi vida. ¿Qué derecho tienes a darme consejos sobre alianzas y reinados tras haber abandonado a tu propia familia?
Parece que mi ira empieza a afectarlo; se le tensan de nuevo los brazos y vuelve a tener los ojos vidriosos.
—Sé… que no merezco tu confianza, pero te pido, te suplico , que me des la oportunidad de ganármela. De llegar a conocerte de nuevo. Y de conocer a la hija cuya existencia ignoraba.
La voz de Anassa atraviesa el caos que se arremolina en mi interior.
«En realidad, traer a Saela a Astreona podría beneficiarnos. Si hay un reino capaz de saber cómo ayudar a un sifón recién transformado a controlar el hambre, o incluso si hay posibilidades de revertir la transformación, es Astreona».
Me detengo al oír sus palabras. La posibilidad de ayudar a Saela recae con fuerza sobre mí.
Mi mente se aleja de mi padre y se centra en mi hermana.
Él me observa mientras lo reflexiono, pero no le digo nada.
Dejo que se consuma en su dolor, que aguarde y albergue una esperanza inútil como hice yo tiempo atrás hasta que llegó esa cajita.
Pronto me queda claro que no voy a encontrar respuestas significativas en este estado. Necesito reconsiderarlo todo con más calma.
Respiro hondo para tranquilizar mi corazón acelerado. Mis sombras continúan retorciéndose alrededor de mi padre, inmovilizándolo en el sitio. Y, con cada respiración, aflojan su agarre hasta que por fin se disuelven y desaparecen.
«Bien hecho», dice Anassa al notar que cada vez controlo más mis poderes.
No estoy en condiciones de apreciar el logro.
—Sal de mi vista antes de que acabe contigo, y esta vez de verdad —espeto con voz demasiado serena para todo lo que estoy reprimiendo.
Arquea las cejas. Veo que me cree, que se siente como un conejo en una trampa. Puede que hoy le haya perdonado la vida, pero mi misericordia tiene un límite.
Se levanta poco a poco de la silla, con el semblante ensombrecido por el arrepentimiento. No me importa. No me da ninguna lástima. Dejó que el peso de una familia entera recayera sobre los hombros de una niña.
¿Acaso creía que el reencuentro iba a ser emotivo y lleno de agradecimientos? ¿Después de todo lo que he sufrido por su culpa? Ojalá hubiera muerto de verdad en ese campo de batalla.
Me dirige una última mirada prolongada. Está memorizando mis rasgos. Se lo permito. Dejo que vea que el amor que una vez sentí por él ahora está muerto. A continuación, se gira y se encamina hacia la mansión, donde espera Ruby, su monstruosa amante, y sus sirvientes chupasangre.
Cuando se ha alejado lo suficiente, dejo que el dolor se refleje en mi rostro, ahora que ya no existe el riesgo de que confunda mi agonía con un anhelo infantil. Pierdo la compostura y mi magia vuelve a liberarse. Las sombras brotan a mi alrededor y empiezan a enroscarse.
Lo buscan a él, a la fuente de mi dolor. Quieren extinguirlo.
La rabia, el dolor y la soledad de toda una vida amenazan con abrumarme. Me entran ganas de llorar. De gritar.
Pero las lágrimas no acuden a mí. Mi voz no funciona. Me clavo las uñas en las palmas de las manos y las emociones no se mueven, se quedan alojadas en mi garganta, ahogándome hasta la muerte. Explotarán y acabarán conmigo si no les busco una salida.
Me arrastro de vuelta a donde me espera Stark, con Anassa siguiéndome de cerca. En cuanto me ve, Stark se aleja de los escombros con expresión seria. Tengo todo el cuerpo tenso y dolorido por las emociones apenas contenidas.
—Necesito hacerle daño a algo —le digo.
—En eso puedo ayudarte —responde al instante y se gira para alejarme de la mansión y las miradas indiscretas, acompañado de Cratos.
Lo sigo, con las sombras y los fantasmas pisándome los talones.