Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 26
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Capítulo 26

Meryn

Nunca vimos el cuerpo. Nunca vimos el cuerpo. Nunca vimos el cuerpo .

Es lo único que puedo oír, lo único en lo que puedo pensar. Creía que estaba muerto y ahora está ante mí, convertido en sifón.

Tiene exactamente el mismo aspecto. Y, al mismo tiempo, no parece él.

Sus rasgos se han afilado; no ha envejecido ni un día en los años que llevo sin él.

Tiene el mismo cabello oscuro, la misma nariz aguileña, el mismo mentón obstinado.

El mentón de Saela. Sin embargo, sus ojos parecen un poco más grandes.

Hay algo en él que, tras tanto tiempo, ha incrementado su belleza.

No puedo con esto. No puedo .

Mi magia reacciona al torbellino de emociones de mi interior. Empieza a desgarrarme desde dentro, a manar de mis poros y a trazar círculos lentos alrededor de mis dedos. El jardín se oscurece.

Necesito toda mi fuerza de voluntad, todo lo que su muerte dejó atrás, para mantener el control.

Anassa capta mi tormento. Se desborda en su interior, se derrama a través de nuestro vínculo y deja escapar un gruñido de advertencia de inmediato al hombre que espera ante nosotras. Se acerca a él mostrándole los dientes, con las orejas hacia atrás, y se coloca en posición protectora a mi lado.

Los ojos del hombre, iguales que los míos, se abren de par en par ante los oscuros tentáculos de magia que se extienden hacia él, ante las sombras ansiosas por arrebatarle la vida. El hombre que una vez conocí levanta la mano en un gesto apaciguador, como si pretendiera decir que no me hará daño.

Pero no me importa, porque el mero hecho de verlo me inflige más dolor del que podría provocarme cualquier filo.

En cuanto levanta la mano con las palmas extendidas, lo veo y me viene un recuerdo claro como el agua.

Mi madre, embarazada de Saela, sentada en nuestra pequeña cocina, llorando sobre una cajita. Le pedí que me dejara ver el contenido y se negó. Yo era pequeña y no entendía por qué esa cajita era tan importante. Todavía no.

Pasarían meses antes de que por fin comprendiera que no había cuerpo que enterrar, que lo único que quedaba de él en el mundo, lo único , estaba en esa pequeña caja.

Un solo dedo, como si eso pudiera bastar. Como si algo pudiera bastar.

Al mirarlo ahora, veo que le falta un dedo en la mano izquierda y me entran ganas de gritar.

Me agarro al pelaje de Anassa buscando estabilizarme mientras las sombras sisean a mi alrededor.

—Que todo el mundo nos deje a solas —ordeno con voz ronca.

No puedo hacer esto con todos mirando. Con Ruby al acecho, disfrutando del caos que ha desatado. Con el ceño fruncido de Siegrid en desaprobación a mi espectáculo de emociones.

Esto tiene que pasar sin testigos.

Siegrid y Stark no hacen ademán de marcharse hasta que abro nuestra conexión mental y les explico que el hombre que tengo delante se supone que es mi padre muerto. Siegrid se tensa y Stark da un paso adelante, ensanchando las fosas nasales.

Sé que no quiere dejarme a solas con mi dolor, pero también confía en que soy capaz de protegerme por mí misma. Aun así, se marcha sin dejar de mirarme fijamente.

«Estaré justo al lado de la pared de la mansión por si me necesitas», promete.

Siegrid inclina la cabeza hacia mí.

«Yo volveré a la base y retomaré mis deberes allí».

—Reina Hielormenta —advierte Ruby—, no olvidéis que tenéis hasta mañana por la tarde para tomar una decisión o se reanudarán los ataques con todas nuestras fuerzas.

Acto seguido, tanto ella como sus sirvientes se retiran. Las pesadas pisadas de Cratos y Genicos resuenan sobre el antiguo suelo de piedra.

Anassa y yo nos quedamos a solas con él.

El hombre que se parece a mi padre.

En cuanto se van todos, saco la daga y doy un paso adelante, envuelta en sombras que se retuercen a mi alrededor.

—¿Quién eres ? —espeto. Me tiembla la voz por la ira apenas contenida—. Mi padre murió hace once años en la batalla.

—Meryn…

—¡ No te atrevas a pronunciar mi nombre! —grito—. ¿Eres como Killi…? —Me interrumpo en seco al pensarlo mejor—. ¿Eres como Alistair ? ¿Eres un sifón que se ha apoderado del cuerpo de mi padre?

Todo se me nubla. Algo se rompió en mí cuando vi a Killian poner los ojos en blanco.

Cuando lo vi convertirse en otra persona.

La herida se profundizó aún más cuando me di cuenta de que Saela se había convertido en un ser fantasmal.

Ahora hasta me resulta difícil creer que la gente a la que quiero, aquella a la que quise una vez, sea real.

Tengo la daga presionada contra su pecho, apuntando a su corazón. Anassa aguarda detrás de nosotros emitiendo unos gruñidos tan profundos que resuenan a través de mi cuerpo, y eso que no nos estamos tocando.

No obstante, el hombre habla con calma.

—Soy tu padre.

Niego con la cabeza.

—Demuéstralo.

—¿Cómo?

—Dime algo que solo mi verdadero padre sabría —exijo.

No vacila ni un instante. De inmediato, como si sacara el recuerdo de la superficie de su alma, afirma:

—En tu noveno día del nombre, te llevé a cazar al bosque que hay al sur de Hielormenta.

Tenso la mandíbula hasta el punto de que me chirrían los dientes.

—Aprendiste muy rápido —continúa—. No tenías miedo, a pesar de que me preocupaba que matar a un alce te asustara. Te dije que serviría para alimentarnos a nosotros, a tu madre y a los vecinos. Y lo entendiste a la perfección, a pesar de que tenías solo nueve años. Estabas decidida a ayudar.

Me escuecen los ojos. No quiero llorar. No quiero sentirme así.

—Al día siguiente, pusiste una trampa y atrapaste a un pequeño conejito. Pero no te viste con corazón para matarlo. Me suplicaste que liberara al animalito. Dijiste que no veías sentido en hacerle daño a algo tan pequeño y hermoso.

El recuerdo me atraviesa el pecho con una llamarada. Diosa , hasta ahora, había olvidado esa parte. Cuando pensaba en él, bloqueaba la historia completa.

Solo quería recordar las partes buenas. Quería recordar al padre que pasaba tiempo a solas conmigo y se aseguraba de que estuviera bien alimentada.

—Me dijiste que tenía que volverme más dura —espeto entre dientes—. Que tenía que ser realista con el mundo que nos había tocado vivir. Le partiste el cuello.

Sonríe levemente al recordarlo.

—Preparamos estofado de conejo y tu madre te hizo un gorro calentito con la piel.

Me atraviesa un escalofrío. Mis recuerdos de él se habían vuelto pulcros, idealizados. Con una madre enferma como la mía, los buenos momentos con mi padre habían ido cobrando importancia hasta bloquear los malos por completo. En mi mente, se había convertido en un héroe.

Refuerzo el agarre de la daga y me niego a dejarla caer. Pero ahora hablo con frialdad y calma, ya no siento desesperación por despedazarlo, estoy más interesada en obtener respuestas.

—La historia es cierta, pero la niña inocente y piadosa que recuerdas murió cuando lo hizo su padre.

—Él suspira y se pasa una mano por el pelo—.

Esa niña fue reemplazada por alguien que tenía que crecer y sobrevivir.

Así que supongo que, en cierto sentido, conseguiste lo que querías.

—Observo la daga con intención, como si quisiera decir que ahora mataría al conejo sin dudar ni un instante.

Que lo mataría incluso a él —. Puede que no te guste la persona en la que me he convertido.

Acto seguido, doy un paso atrás y dejo que la ira tome el control.

Las sombras se extienden hacia delante. Lo agarran por las extremidades y lo obligan a retroceder como si leyeran mis intenciones.

Él no se resiste cuando esos oscuros tentáculos lo empujan hasta la silla de piedra y lo retienen con dedos de oscuridad.

Bien. Si quiere hablar, lo hará bajo mi control. Anassa gruñe a modo de aprobación y se acerca hasta colocarse a mi lado.

—Si has estado vivo todo este tiempo, ¿dónde has estado los últimos once años? ¿Por qué no volviste nunca con nosotras?

Sigo teniendo la daga en la mano. No me veo capaz de soltarla. No obstante, permito que mi otra mano se eleve para enredarse en el pelaje de Anassa.

—Mi batallón sufrió una emboscada y quedé gravemente herido.

Me dejaron moribundo en el campo de batalla.

Sin embargo… —Baja la mirada hacia mi magia, traga saliva y me mira a los ojos—.

Ruby me encontró y me ofreció la transformación en lugar de la muerte.

Estaba sufriendo mucho y tenía miedo. Sé que se supone que un padre jamás debería admitir algo así, pero estaba aterrorizado , así que acepté.

Un padre desaparecido, un hombre aterrorizado, un sifón no deseado; nada de esto me parece real.

—Creía que, al mantenerme alejado, os estaba protegiendo y que si volvía a Nocturna transformado en sifón, os pintaría una diana en la espalda. Y, si te soy del todo sincero, la idea de abandonar a mi señora me resultaba… desagradable.

Resoplo. ¿Abandonó a su familia porque no quería dejar atrás a la hermosa general que lo había convertido en sifón?

—Sabía que tu madre y tú erais lo bastante fuertes para arreglároslas sin mí —dice con una confianza inmerecida—. Sabía que estaríais bien.

—¡¿ Bien ?! —grito.

La ira ha regresado y veo que las sombras se estrechan a su alrededor. Disfruto de su expresión atemorizada. Hay mucho dolor en mi interior. Muchísimo. Él está aquí y me siento como si por fin tuviera un lugar en el que desatarlo. Quiero hacerle daño .

—¡Madre estaba embarazada cuando «moriste»!

Abre mucho los ojos.

—¿Qué?

Me parece que, por primera vez en toda la conversación, lo he sorprendido. Lo cual implica que, en los últimos once años, ni siquiera se ha preocupado por comprobar cómo nos iba.

—Tu desaparición destrozó su estabilidad mental. Tuve que ejercer tanto de hermana como de madre. Tuve que ocuparme de cosas de las que jamás debería preocuparse una niña. La vida de mi hermana pesaba sobre mis hombros. ¿Acaso te importa? ¿Te importa siquiera que tu mujer esté muerta ?

Frunce los labios y aparta la mirada. Cuando se gira de nuevo hacia mí, veo algo parecido al arrepentimiento en su mirada.