Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 25
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Capítulo 25

Meryn

Lord y lady Salvia tienen una casa de campo, abandonada hace mucho tiempo, cerca de la frontera que separa Nocturna de Astreona.

Quedó devastada durante la interminable guerra, pero se encuentra lo bastante lejos de las actuales zonas de conflicto como para parecer un lugar seguro para… entablar conversaciones de paz.

Por suerte, se nos ha otorgado un día más para decidir nuestro curso de acción.

Aunque no he aprovechado ese tiempo para pensar, sino que he dormido como un tronco debido a los efectos de la poderosa magia que desplegamos Stark y yo.

Tampoco es que haya dispuesto de demasiado tiempo todavía para reflexionar sobre eso.

Stark y Siegrid han accedido a acompañarme al encuentro, y los tres avanzamos a paso firme hacia la mansión.

Me concentro en la respiración agitada de Anassa debajo de mí y, de vez en cuando, miro de reojo a Stark y a Cratos cuando sé que Siegrid no se dará cuenta.

Eso me mantiene con los pies en la tierra. Al igual que el canto de los pájaros.

Stark y yo no hemos vuelto a hablar de lo que sucedió en el campo de batalla.

Esa… conexión que surgió entre nosotros.

No puedo dejar de pensar en ello. Sin embargo, todos hemos vuelto a reforzar nuestras barreras mentales ahora que la amenaza inmediata ha desaparecido, así que no tengo ni idea de qué se le pasa por la cabeza.

La mansión en ruinas aparece ante mis ojos, situada sobre un suave promontorio que ofrece una visibilidad total en todas las direcciones.

Sería muy complicado que alguien pudiera acercarse sin ser detectado, tanto si se trata de vinculados como de sifones.

Si es una emboscada, no nos pillará por sorpresa.

Por supuesto, insistí en que nos reuniéramos en el exterior. Si esto resulta ser una trampa bien urdida, me niego a quedar atrapada entre los muros medio derruidos de este edificio.

Ahora mismo, calculo un setenta por ciento de posibilidades de que el encuentro acabe en un baño de sangre. Aunque, si Ruby me toca las narices, las probabilidades subirán al cien por ciento.

Nos detenemos bajo la sombra de la torre de la mansión. Siegrid desmonta en primer lugar y Genicos se coloca a su lado. Vuelvo a mirar a Stark. Me está esperando. Cuando desmonto, me emula. Se sitúa a mi lado y se lleva la mano a la daga que le cuelga de su cadera.

Ante nosotros, se extiende un jardín. Es evidente que en su época debió de ser hermoso, con una extensa columnata y un viejo cenador.

Una depresión seca en mitad del terreno sugiere que una vez hubo un pequeño estanque.

Ahora está todo descuidado y plagado de maleza.

Las malas hierbas han acabado con las plantas, las columnas están cubiertas de hiedra seca y hay un banco de piedra volcado patas arriba junto al estanque vacío.

En el centro del jardín hay una enorme mesa de piedra de la que se ha arrancado la hiedra y despejado de escombros. Sentada ante ella, se encuentra una mujer hermosa y espeluznante a la que reconozco.

Ruby está acomodada en una silla de piedra con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos y la barbilla en alto.

Lleva el cabello negro suelto alrededor de los hombros y las sutiles ondas hacen resaltar los rasgos afilados de su rostro.

No lleva armadura, sino ropa de colores llamativos confeccionada a medida. Luce dos aros de oro en cada oreja.

Tras ella hay dos sirvientes, tan pétreos como la mesa. Estos van vestidos de manera más humilde y no nos miran cuando nos adentramos en el jardín, lo cual me parece toda una hazaña, teniendo en cuenta el tamaño de los huargos que nos acompañan.

Ruby se levanta para recibirnos. Intercambiamos sendos asentimientos antes de tomar posiciones. Me siento frente a ella, mientras que Stark y Siegrid permanecen en pie detrás de mí, uno a cada lado.

Finjo una serenidad absoluta al sentarme y mirar a Ruby directamente a los ojos.

—¿Vuestras condiciones?

Ruby ni siquiera pestañea ante mi brevedad.

—El auténtico enemigo de Astreona no ha sido nunca Nocturna ni su gente, sino Alistair Brilloscuro en concreto.

Ha usado vuestro trono para desafiar el reinado del rey Lucien durante cinco siglos.

Ahora que una nueva reina Hielormenta ostenta la corona, el rey Lucien ha visto la oportunidad de restablecer una alianza que en otro tiempo fue fructífera para centrarnos en el enemigo común.

Podemos hacer que el alto el fuego sea permanente.

Mantengo mi fachada diplomática, pero, por dentro, dejo escapar un largo suspiro de desconcierto. Me resulta casi imposible creer sus palabras.

Los sifones son, literalmente, monstruos chupasangre que se alimentan de humanos para sobrevivir. Llevan siglos intentando conquistar nuestras tierras para así darse un festín con los nocturnianos. Carne fresca, eso es lo que somos para ellos, ¿y ahora viene diciendo que podríamos ser aliados?

No obstante, en los últimos seis meses he aprendido que la historia la escriben quienes están al mando y a los demás nos toca leer entre líneas. Así que… sigo escuchando.

Frunzo los labios y pregunto:

—¿Por qué Astreona querría ofrecernos la paz de repente tras tantos años atemorizándonos? ¿Qué es lo que queréis a cambio en realidad ?

Los labios de Ruby se curvan en una sonrisita cómplice. Me da la impresión de que he pasado una prueba.

—A cambio de un alto el fuego inmediato, debéis acceder a viajar conmigo a la ciudad de Brilloscuro para reuniros con el rey Lucien y formalizar la alianza.

Stark estalla, da un puñetazo en la mesa en un gesto tan protector como amenazante. Emite un grave rugido y espeta un brusco:

—Que os jodan .

Me debato entre una ardiente satisfacción y la certeza de que no debería amenazar así a una embajadora.

Ruby desvía la mirada brevemente hacia él y vuelve a fijarla en mí casi con indolencia.

—Os sugiero que frenéis a vuestros matones y meditéis sobre la precaria situación de vuestro reino.

Anassa gruñe amenazante y Ruby se estremece, aunque de forma muy sutil. El huargo remata el gruñido con un ladrido burlón.

Sonrío con superioridad.

—Deberías tener en cuenta que aquí la matona es Anassa, y no le gusta que la pongan a prueba. Considera que las lenguas de sifón son una delicia y se muere por probar la tuya.

—Reina Hielormenta —continúa Ruby tras recomponerse—, es esencial que comprendáis la posición en la que os halláis ahora mismo.

—Extiende sus largos y perfectos dedos sobre la piedra rugosa—.

Habéis perdido a la manada Phylax al completo ante Alistair, lo cual deja vuestro cuello desprotegido.

Así pues, nuestros colmillos acechan peligrosamente cerca.

No hay ninguna táctica ingeniosa, ni siquiera con el poder de los huargos, que pueda salvar vuestra situación militar.

Y, dejando a un lado las fronteras que compartimos, sabemos que se avecina una guerra civil en vuestro propio reino.

Me inclino hacia delante y la atravieso con una mirada abrasadora.

—Sin embargo, sois vosotros los que queréis algo de mí . ¿Pretendes ganarte mi cooperación con amenazas, general Navarro?

—No —responde—. Espero convenceros al recordaros vuestra realidad actual.

Si queréis conseguir un alto el fuego y proporcionar un respiro a vuestros ciudadanos, viajaréis a la ciudad de Brilloscuro para debatir el tema de la alianza con nuestro rey.

Si no lo hacéis, asumiremos que no os interesa el acuerdo.

Entraremos en Nocturna de todos modos y perseguiremos a Alistair con nuestros propios métodos, empezando por aniquilar Villasabia para asegurarnos de que nadie aloja allí al traidor ni a ninguno de sus fieles.

Cultiváis cereales en esas zonas, ¿verdad?

¿Podría vuestro pueblo sobrevivir sin ese abastecimiento?

—Vaya, eso suena a una amenaza de mierda —replico con frialdad.

La general aprieta los labios.

—Os aseguro que no pretendía que lo fuera. No queremos adentrarnos en vuestra nación soberana sin vuestro permiso, pero si no conseguimos llegar a un acuerdo, lo haremos.

«Dame una razón de peso para no arrancarle la cabeza de cuajo a esta víbora —le siseo a Anassa a través del vínculo—. Lo digo en serio, necesito que seas la voz de la razón porque yo estoy a punto de perderla».

Detrás de mí, Stark también hierve con una ira contenida que me alcanza e intensifica la mía.

«Es una maleducada, pero capto sinceridad por su parte —dice Anassa—. La oferta me parece auténtica».

«Entonces ¿qué? ¿Viajamos a los confines de la nación enemiga siguiendo los deseos de su rey y dejamos a nuestro propio país sin líderes?

¿Y todo con la esperanza de que lo que nos aguarde allí sea mejor que arriesgarnos a desatar su ira?

—Me tomo una pausa para reflexionar—. Creo que deberíamos usar la clarividencia».

«Es una propuesta sensata —accede Anassa—, siempre que recuerdes que las visiones nunca están completas».

Cierro los ojos y me permito adentrarme de lleno en el vínculo, tirando de mi poder de Estrategos. Esta vez me resulta más fácil porque lo he usado recientemente. Es un camino que ya he recorrido antes. De pronto, las visiones llegan en tromba… de un modo brutal.

Si no accedo a ir con Ruby…

Campos calcinados. El pueblo en ruinas.

Niños vagando cubiertos de hollín, descalzos, entre los escombros. Llorando y llamando a sus padres. Rogando por comida.

Miseria y destrucción inmediatas.

Y si accedo a ir…

El sol implacable. Una corona dorada que no es la mía. Sangre goteando lentamente del cuello de alguien.

Tampoco es una perspectiva idílica, pero es mucho menos siniestra.

Se me cierra la garganta cuando abro los ojos de golpe.

Puedo ahorrarle la miseria a mi gente.

«Puedo tomar una decisión que nos evite ese futuro —le digo a Anassa—, pero ¿cómo puedo estar segura de que no dará como resultado algo peor a largo plazo? ¿Más adelante de lo que me permiten ver las visiones?».

Anassa guarda silencio unos instantes y, al cabo de un instante, contesta:

«No puedes saberlo y nunca lo sabrás. Este es el tipo de decisión que debes tomar como líder de tu país. Lo único que puedes hacer es elegir lo que parece mejor en el momento con la información de la que dispones y luego vivir con las consecuencias de tu elección».

Tengo ganas de llorar.

«Genial. Con la fama que me he ganado de impulsiva, soy la persona más adecuada para el puesto».

Anassa resopla a mi lado.

«Por eso los humanos necesitáis a los huargos. Nosotros no somos tan irracionales».

«Sí, me alegro mucho de que unos seres que se pasan el tiempo oliendo traseros nos den consejos».

Me da un mordisquito en el tobillo y, finalmente, miro de nuevo a Ruby.

—Vuestra posición ha quedado clara. Necesito hablar con mis consejeros antes de tomar una decisión tan importante.

Ruby inclina la cabeza en un leve gesto de reconocimiento. Si está frustrada, no lo demuestra. Solo transmite indiferencia cuando añade:

—La oferta expira en veinticuatro horas. Pasado ese tiempo, las hostilidades se reanudarán a toda potencia.

Me levanto de la silla.

—Veinticuatro horas —acepto.

Inesperadamente, la expresión de Ruby se transforma en algo parecido a la… diversión. Señal de alerta inmediata . Cuando se levanta, me tenso levemente.

—Para ayudar a la reina a considerar nuestra propuesta, tengo una muestra de nuestra buena voluntad en forma de regalo —declara.

Hace una señal a uno de sus sirvientes, que desaparece a un lado de la mansión. Cuando regresa momentos después acompañado de otra silueta, aprieto los puños.

Mi mundo entero se tambalea.

Por un instante, me da la sensación de que la mansión ha cedido al fin a su propio peso y se ha derrumbado. Me siento como si sus piedras me hubieran aplastado y me hubieran arrebatado todo el aire de los pulmones.

No puedo mantener la compostura. Se me escapa un leve gemido herido, de desamparo.

El sonido de una niña angustiada.

Ante mí veo a mi padre, quien sé que lleva muerto once años.

Lo han convertido en sifón.