Capítulo 24 #3
Stark y yo observamos confundidos cómo el grupo que hemos divisado se aleja. Me invade la alegría. Estoy hecha un trapo. Invocar de nuevo ese poder me ha hecho sentir que iba a arder hasta quedar reducida a cenizas.
No obstante, no tiene sentido. Sí, hemos aniquilado a decenas de miembros del contingente enemigo, quizá incluso a cientos. Pero sus fuerzas de combate se contaban por miles, según los datos recabados por nuestros espías. No van a rendirse sin más, ¿verdad?
«Algo no va bien», le digo a Anassa. Ella opina lo mismo.
Emergen más sifones de partes distantes del campamento, pero ninguno se acerca a nosotros. En lugar de eso, se mueven hacia el grupo de antes, distanciándose de nosotros.
Soy experta en ver la debilidad donde no la hay. Es lo mío .
El silencio es espeluznante. Acecha en la niebla de la batalla, denso e intrusivo. Frunzo los labios y miro fijamente la línea que se retira mientras trato de distinguir lo que están haciendo, lo que está pasando.
A continuación, se separan y fluyen como el agua. La veo agitarse y avanzar por un amplio corredor entre las distantes tiendas del campamento.
Una bandera blanca ondea contra el amanecer rosa y grisáceo, sobre el campamento teñido de carmesí; una bandera de paz.
De inmediato, se me remueve todo, impulsado por la ira.
Cratos y Stark se acercan; me fijo con aire ausente en que el pelaje del huargo está empapado de sangre.
Stark está tan sucio como su lobo. Tiene una marca carmesí en el cuello, como si hubiera sufrido un profundo corte cerca de la oreja que Cratos le hubiera curado con rapidez.
—Podría ser una trampa. No podemos confiar —dice grave.
Se me curvan los labios hacia arriba.
—Lo sé.
Parece sorprendido, luego aliviado y, por último, divertido.
Lo demuestra todo con sutiles tics que, de algún modo, sé interpretar.
De todos modos, tiene razón. Lo más probable es que sea una trampa; me lo grita cada pizca magullada y exhausta de mi ser, pero estamos preparados para afrontarla juntos.
Y si esto me proporciona un tiempo crucial para recuperar energías y prepararme para otro estallido de magia, mejor que mejor.
La bandera ondeante y su portador se acercan a nosotros. Nos quedamos de pie, a la espera, reacios a ceder nuestra posición. Con todo aplastado a nuestro alrededor, tenemos una línea de visión clara por si alguien intenta atacar de repente.
Los primeros rayos de sol iluminan la brillante armadura de la silueta, resplandeciente y sorprendentemente limpia en comparación con el barro y la sangre que nos cubren a nosotros y a todo cuanto nos rodea.
Me doy cuenta de que es una mujer. Lleva el cabello oscuro recogido y luce un rostro de una belleza etérea.
Está casi encima de nosotros y puedo contemplar sus pómulos prominentes, su mandíbula delicada y su cuello esbelto.
Su piel morena refleja los tonos anaranjados del amanecer.
Tanta belleza envuelta alrededor de algo tan letal.
De inmediato entiendo que no es un mero soldado. Mantiene los hombros erguidos del mismo modo que Siegrid, como si fuera dueña de la tierra que pisa por el simple hecho de caminar sobre ella. Debe de ser la general sifón de la que oímos hablar.
Viene directamente hacia nosotros y no se inmuta cuando Anassa chasquea los dientes.
La mira y luego estira el cuello para girarse hacia nosotros.
Clava la bandera blanca en el suelo junto a sus pies y cruza las manos en la espalda.
Ese sutil gesto parece un insulto viniendo de ella.
Da la sensación de que nos esté diciendo que, aunque decidiéramos atacarla ahora, no le harían falta las manos para acabar con nuestras vidas.
Una gota de sudor se me desliza por la espalda. Ensancha las fosas nasales como si pudiera olerla. Sin embargo, en lugar de mostrar los colmillos, inclina la cabeza, pero no en señal de deferencia. Es apenas un saludo.
—Soy la general Ruby Navarro y vengo en representación del soberano Lucien Brilloscuro de Astreona en calidad de embajadora —dice con voz dulce y seductora—. Sois la reina, ¿verdad? El rey Lucien quiere proponer un alto el fuego a la reina Meryn Hielormenta.
Una sacudida me recorre todo el cuerpo y por poco no me caigo de Anassa de la impresión.
—Debes de estar de delirando —espeto y desvío la mirada hacia Stark, cuyo semblante también denota confusión.
¿Quinientos años de guerra en pausa en un primer alto el fuego? ¿En el momento en el que los sifones tienen más probabilidades que nunca de ganar más terreno en Nocturna? Me recupero rápidamente e intento reflejar dureza en la voz.
—¿Qué significa todo esto?
Ruby arquea una ceja con aire elegante.
—Nuestra batalla no es contra vos, alteza, ni contra vuestro pueblo —responde llanamente—. Ha llegado el momento de que Astreona y Nocturna nos unamos contra un enemigo común.
Ladea la cabeza y un brillo malicioso se refleja en su mirada. A continuación, sisea su nombre como si se tratara de una maldición:
—Alistair Brilloscuro.