Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 24
43%

Capítulo 24

Meryn

Stark y yo cabalgamos hacia el campamento de los sifones sin gran ostentación.

Evidentemente, nuestra intención es sorprender a las fuerzas sifonas, así que no tendría sentido hacer grandes alardes. Aun así, me decepciona un poco.

No dejo de extender la mano hacia el ópalo de la corona lobuna en busca de consuelo. El poder amplificado que me proporciona se retuerce, vivo en mis venas. Agradezco su fuerza, aunque no me gusta tener que depender tanto de él.

La ruta que seguimos nos lleva por los campos y las granjas que luchamos por proteger.

Incluso en la penumbra, el paisaje es hermoso: el aire frío de la mañana envuelve las colinas de suaves pendientes en una niebla suspendida.

Hileras de pinos y robles marcan los límites de las diferentes propiedades.

Aun las granjas destartaladas adquieren un aire romántico a estas horas del día, bañadas en sombras.

En ese momento, el viento cambia, transporta hacia nosotros el humo de los campos de batalla y hace pedazos mis ilusiones de una idílica campiña nocturniana.

«Acabaremos apestando a madera chamuscada», se queja Anassa. Sonrío contra su cuello y me aferro con fuerza a su pelaje mientras avanzamos a toda velocidad hacia el frente.

«Pues me parece una mejoría respecto al olor a perro sucio», replico.

Anassa resopla con aire ofendido.

«Como ser con un sentido del olfato superior, puedo asegurarte de que tienes suerte de que mi olor enmascare el tuyo».

Nuestro distendido intercambio se relaja a medida que aminoramos la velocidad y pasamos a movernos con más cautela. El riesgo de revelar nuestros planes se incrementa conforme nos acercamos. Cabalgamos entre laberintos de zanjas e hileras de púas colocados para frenar aún más el avance enemigo.

Se me parte el corazón al ver lo débiles que son nuestras defensas.

No hay ni de lejos tantos combatientes como debería, ni vinculados ni sifones.

Un grupo disperso de jinetes de Daemos patrulla con sus huargos y todos saludan con respeto cuando ven pasar a su alfa y su reina.

Veo varios grupos de soldados de infantería refugiados, con las armas a mano por si se produce otro ataque.

Nos tomamos nuestro tiempo para avanzar en silencio por la línea y dejamos que los soldados y los vinculados nos vean y nos reconozcan.

Aunque puede que eso nos lleve algo más de tiempo, el hecho de ser visibles forma parte de nuestro objetivo, independientemente de que Stark y yo tengamos éxito en la misión de hoy.

Pase lo que pase, tenemos que demostrar a nuestros combatientes que la reina y sus líderes estamos dispuestos a jugarnos la vida en el frente por ellos.

Es algo que no obtuvieron de los gobernantes precedentes.

La moral está demasiado baja como para desaprovechar esta oportunidad, solo puedo albergar esperanzas de lograr marcar la diferencia con mis actos.

Y de vivir lo suficiente para ver si ha funcionado.

Cuando finalmente giramos para atravesar nuestras líneas defensivas y nos dirigimos al territorio sifón, convoco el poder de fisura que he estado practicando y lo canalizo a través de la corona.

Puedo ocultar nuestra presencia en la penumbra del crepúsculo.

Stark y yo nos fundimos con las sombras mientras nos acercamos cada vez más a las filas sifonas.

«Espero ser capaz de invocar mis poderes cuando llegue el momento», le comento a Anassa con preocupación. Si no logro activar el tuercesombras hoy, esto será básicamente una misión suicida.

«Lo harás», responde con calma.

Ahora mismo estamos atravesando la tierra de nadie que queda entre nuestras fronteras.

Aquí todo el terreno está calcinado, seco.

Los árboles están quemados o rotos y no hay dónde esconderse.

Dirijo toda mi concentración al poder de fisura a la par que doblego las luces y las sombras para mantenernos lo más invisibles que puedo.

Mientras tanto, Stark se acerca sigilosamente al primer centinela sifón que nos encontramos y lo rodea en silencio como si fuera la personificación de la muerte.

De un solo golpe limpio, le arranca la cabeza al oteador.

La semioscuridad va dejando paso a la luz a medida que nos movemos e insto a Anassa a ir más rápido.

Su hocico nos alerta de que hay otro oponente cerca.

Rodeo un bosquecillo de árboles quemados y me acerco a la mujer sifón por detrás.

Algo la alerta de nuestra presencia y se da la vuelta desenvainando la espada.

Un dulzor punzante impregna el aire cuando intenta invocar su magia sifona.

Pero yo soy más rápida. Una daga arrojadiza en el cuello la silencia y garantiza nuestra discreción. Acto seguido, Anassa y yo nos lanzamos hacia ella para arrancarle la cabeza.

Seguimos hacia delante del mismo modo, acabando con cualquiera que pueda dar la voz de alarma. Noto que la energía me corre por las venas. Anassa y yo hervimos con una satisfacción sombría. ¿Cabalgar con Stark y Cratos mientras damos muerte a nuestros enemigos? Me siento en la gloria.

Finalmente, nos atrapa el amanecer y tiñe el cielo de tonos púrpura y amarillos.

«Ha llegado el momento», digo a través del vínculo.

A continuación, suelto el agarre de la magia.

Anassa y Cratos salen disparados a toda velocidad hacia las líneas de los sifones.

Debemos de parecer una raya blanca y otra negra sobre el terreno, teniendo en cuenta la rapidez a la que nos movemos.

Ya estamos a medio camino cuando alguien nos ve y da la voz de alarma.

Los gritos recorren el campamento, suenan los cuernos.

Los enemigos salen de sus tiendas, cogen las armas y se ponen las armaduras apresuradamente.

Pero es demasiado tarde. Su velocidad antinatural es una ayuda, pero no basta para detener la muerte que hacemos caer sobre ellos.

Stark y yo nos movemos en tándem mientras rebanamos los cuellos de los sifones que osan acercarse, uno tras otro.

Mis cuchillos parecen tener vida propia y dirigen mis brazos en una danza mortífera.

Llegamos a un claro entre las tiendas que parece ser el centro del campamento. Contacto mentalmente con Stark.

«Este lugar es perfecto. ¿Me cubres?».

«Será un placer».

Cratos y él se dan la vuelta para hacerse cargo del siguiente atacante.

Acto seguido, se acercan cuatro sifones más y ambos se convierten en un remolino de filos y dientes con movimientos demasiado rápidos y vertiginosos para seguirlos con la mirada.

Anassa ayuda dándole un zarpado a otro soldado que se acerca demasiado a mí. Lo decapita de un cruel bocado.

Mientras tanto, busco en el interior de mi corazón el lugar en el que moran las sombras, rezando por que funcione.

Me concentro plenamente tal y como he practicado con Siegrid.

Me veía a mí misma en la visión. Sé que puedo hacerlo.

Lo he visto . Por un momento, no pasa nada mientras lucho por bloquear los sonidos y las imágenes del combate a mi alrededor.

El lugar en el que vive la magia es como un moretón psíquico en mi interior, potente y sensible. Mi cuerpo recuerda que las sombras se activaron y bailaron a mi voluntad. Aun así…, no sucede nada y dejo escapar un gruñido de frustración.

¿Esto es todo? ¿Nos he condenado a muerte solo porque la inútil reina Hielormenta no es capaz de hacer que sus poderes funcionen cuando más falta hace?

Esa chispa de ira e irritación deja escapar un tentáculo de sombra de ese lugar cerrado y secreto en mi interior.

Es un susurro extremadamente débil, pero aun así…

«Úsalo —dice Anassa atravesando mi concentración—.

Tú no eres Siegrid. Eres Meryn Hielormenta, reina de Nocturna.

Eres mi jinete. Tú y yo hacemos las cosas a nuestro modo.

No reprimas la ira porque alguien te haya dicho que no es educado o apropiado.

Cuando se blande de manera correcta, la ira puede cambiar el mundo».

Aprieto los dientes. Anassa tiene razón. A la mierda Siegrid y su maldita calma. A mí lo que me funciona es esto .

Canalizo cada pizca de mi ser que arde de rabia. La llama de mi ira está encerrada en lo más profundo, infligiendo un dolor eterno. Pero está aquí , me acompaña siempre. Soy yo .

Veo imágenes pasar por detrás de mis párpados.

Saela entre rejas, cubierta de sangre, con el semblante pálido como el de un fantasma.

Los ojos vidriosos de Izabel mientras su cuerpo la traiciona y convulsiona en el suelo.

Mi madre, perdida en un enjambre de visiones que nunca tuvo la oportunidad de entender.

Anassa, sola durante siglos, huérfana por culpa de los sifones, esperando eternamente un vínculo que podría no llegar jamás.

Los ojos malditos de Alistair Brilloscuro en el rostro hermoso y lleno de mentiras de Killian.

Una oquedad se abre en mi interior, un abismo mucho más profundo de lo que jamás había imaginado. En los límites, capto la influencia de Killian. Si no fuera por el brazalete que llevo en la muñeca, podría partir el mundo en dos. No obstante, es una cantidad de poder abrumadora y aterradora.

Y entonces… es como si el amanecer empezara a revertir.

Por todo el campamento, las sombras se tuercen, se enroscan y danzan a medida que se encuentran unas a otras, se fusionan y se transforman en ríos de oscuridad.

Ese poder negro como la brea proviene de todas partes, se expande y ruge sobre las tierras de cultivo, los campos de batalla calcinados y el acuartelamiento sifón.

Extiendo los brazos y dejo que la magia me llene.

El poder es como una hoguera de hielo en mi pecho.

Unas llamas gélidas me lamen los brazos y las manos hasta la yema de los dedos.

Ahora que no me resisto, me resulta muy fácil.

Demasiado fácil. Oigo una risa demente y me doy cuenta de que soy yo quien emite ese sonido.

«¡Ahora, Meryn!», exclama Anassa devolviéndome a mi deber.