Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

—No —responde Siegrid con rotundidad—. Es una superficie demasiado grande, y con las fuerzas a las que nos enfrentamos, es posible que los sifones ataquen en múltiples enclaves.

Pero si intentamos prepararnos para cada posible punto de ataque, estaremos demasiado dispersos.

Además, los granjeros se niegan a abandonar sus tierras y buscar refugio en otro lugar.

Aunque tuviéramos tropas adicionales para evacuarlos, no se irían.

Se pasa una mano por el rostro.

—Hay algo más, reina Meryn. La corrupción en la magia de los vinculados parece estar empeorando.

El corazón me da un vuelco. Hemos estado pendientes desde que tuvimos constancia de ello por primera vez. Pero Siegrid estaba segura de que se solucionaría en cuanto Tormun atrapara a Killian. En cuanto me librara de este maldito brazalete.

Qué ingenua.

He escuchado que cada vez más jinetes Daemos sufren consecuencias negativas cuando usan su poder, igual que aquel chico de la arena, aunque Stark no lo ha experimentado.

Noemi mencionó de pasada durante el viaje que, en ocasiones, sus escudos se habían vuelto demasiado fuertes, llegando incluso a bloquear a los vinculados.

Aunque no es que nos queden muchos Phylax de los que preocuparnos.

—¿El incremento de fuerza en la magia ayuda en algo? —pregunto. Desde que me puse la corona, la magia de todos ha aumentado.

Siegrid frunce los labios.

—No. Las tropas no han tenido tiempo de aprender el alcance de los cambios ni de ajustar nuestras maniobras de batalla para compensar las diferencias.

Nos quedamos en silencio mientras lo sopesamos.

Mi instinto intenta decirme algo. ¿Qué hacía en el cuadrilátero cuando las probabilidades estaban en mi contra?

Casi siempre conseguía ganar. Sin importar lo formidable que fuera mi oponente.

Era porque podía sorprenderlos. Me miraban y creían conocerme.

Pensaban que era una niñita débil que se rendiría fácilmente, que apenas ofrecería resistencia.

¿Qué as tenemos ahora bajo la manga?

—Debería usar la clarividencia —murmuro, ganando confianza a medida que lo digo—. No podemos aceptar la derrota antes de que ocurra. Nada es inevitable. Tal vez vislumbre un camino hacia la victoria.

Siegrid asiente levemente.

—Vale la pena intentarlo, alteza. ¿Os veis capaces de hacerlo ahora? Anticipamos que su ataque llegará mañana o, a más tardar, pasado mañana.

Trago saliva con dificultad. Estoy agotada por el viaje y por haber luchado contra los desertores que atacaron a Saela. Pero ¿qué otra opción tengo?

—Lo haré.

Stark me consigue la silla más cómoda de la tienda, y Noemi se coloca junto a la entrada para hacer guardia. Siegrid se sienta frente a mí, tras reunir tinta y pergamino para estar lista para anotar cualquier cosa que yo transmita.

Saco la corona de la bolsa que llevo ceñida a la cintura y me la coloco sobre la cabeza.

La oleada de poder que me invade es embriagadora, peligrosa. Es antinatural, apenas oculta mi agotamiento. Podría meterme en problemas si recurro con asiduidad a esta fuerza.

Cierro los ojos y me hundo en mí misma. Incluso en las mejores circunstancias, es difícil activar la clarividencia.

Pero me concentro en la sensación que me invade cuando vislumbro lo que está por venir, como esa imagen borrosa que se te queda en el interior de los párpados cuando miras directamente al sol sin querer.

La magia me arrastra.

Campo de batalla. Sifones por todas partes, cuerpos, sangre.

Columnas de humo a lo lejos que provienen de las granjas calcinadas.

Anassa y yo seguimos en pie mientras mantenemos en alto un escudo Phylax con la energía que nos queda, pero no es suficiente.

El alcance del escudo está fallando, y puedo ver a muchos de nuestros mejores guerreros en el suelo, muertos. Sus rostros me miran, vacíos.

Noemi. Su hermoso cabello rojo envuelto en llamas, con los ojos sin vida.

Venna. Igual que su hermana en la muerte. Rostro hermoso, congelado como el hielo.

Siegrid, desmembrada. Su temible huargo, Genicos, a su alrededor, como si todavía la protegiera.

Stark. Stark.

Me aparto de ese futuro, con el corazón desbocado. Busco otro camino por el que seguir.

Muerte.

Fuego.

Destrucción.

Todos los caminos acaban igual.

Hasta que…

Sombras. Anassa y yo, sombras por todas partes. Los sifones se retiran.

Jadeo y me aparto de las visiones.

—Tengo que enfrentarme a los sifones. Desatar el tuercesombras contra ellos —digo con voz temblorosa—. Es el único futuro en el que logramos hacerlos retroceder.

La respuesta de Siegrid es inmediata.

—No.

Me enfurezco. «No le partas el cuello. No le partas el cuello. No le…».

—Si recordáis —dice con tono despectivo—, los asuntos militares están bajo mi autoridad como alfa soberana.

No puedo permitir que la reina se arriesgue en un combate cuerpo a cuerpo, especialmente cuando carece de experiencia en el campo de batalla más allá del entorno controlado de las Pruebas.

Todavía no controláis el tuercesombras. Podrían mataros…

y también podríais matar a nuestra gente.

Me pongo recta, levanto la cabeza y le sostengo la mirada a la comandante.

—Ambas sabemos que la clarividencia es imprecisa, pero, como he dicho, todo lo que he visto ha sido muerte y destrucción. Esta es la única solución posible que se me ha mostrado.

Me quito la corona y estudio el ópalo, que brilla a la luz del brasero.

La pesadilla de mis visiones vuelve a oprimirme, y cierro los ojos con fuerza mientras una ola de cansancio me invade.

El grupo asimila mis palabras en un mutismo funesto.

—Iré sola —ofrezco en voz baja—. Así nadie más resultará herido si mis poderes se descontrolan.

—Meryn —dice Noemi con un suave jadeo—. No.

—Ni de coña —espeta Stark—. ¿Te has vuelto loca? Eres la reina. No puedes enfrentarte a nuestro enemigo sola.

Lo miro, suplicante.

—Stark…, si perdemos toda esta zona, nuestro país morirá de hambre. ¿Qué es una mujer en comparación con el hambre de miles?

—Irás con ella, Stark —añade Siegrid con sequedad.

Ambos nos giramos hacia su madre.

—¡¿Qué?!

—Como bien sabéis, la alfa soberana también tiene la capacidad de torcer las sombras —dice la comandante—. Gracias a los poderes de nuestra familia, Stark estará protegido. Vuestra fuerza no es una amenaza para él.

Una mirada oscura cruza el rostro de Stark.

—¿Cómo puedes estar segura de eso?

—Simplemente lo sé —le responde con brusquedad.

Otra cosa horrible de Siegrid es que le oculta información a Stark de forma deliberada. Yo ya he tenido suficientes secretos como para cien mil vidas.

—Mientras Meryn desata su poder —continúa Siegrid—, tú vigilarás los movimientos de los sifones. Si percibes que la reina está en desventaja, la protegerás y la traerás de vuelta al campamento de inmediato.

—Por supuesto que estará en desventaja —razona—. ¿Una mujer contra un regimiento de sifones y su poderoso general?

Levanto una mano para hacerlo callar.