Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

Meryn

Al avanzar en dirección a la muerte que se extiende a nuestros pies y que nos aguarda, tengo algo muy claro: no puedo llevar a Saela ahí abajo sin un plan. Quizá sea algo psicológico, pero juraría que huelo la sangre desde aquí.

«No, es el olor de la sangre», me confirma Anassa.

Genial. Siempre tan servicial, Anassa.

Resopla y sacude la cabeza.

Hago una señal para que nuestro grupo se detenga. El lobo de Venna, Skaia, se estremece con incomodidad ante la vista que tenemos delante. Anassa emite un gruñido bajo que resulta reconfortante y amenazante a la vez.

Mi hermana necesita estar en un lugar seguro: tanto para ahorrarle los horrores que nos esperan en el frente como para alejarla de cualquier cosa que pueda despertar su sed de sangre.

Respiro hondo e intento calmarme.

—Saela —digo.

Stark me entiende.

—Hay algunas tiendas semipermanentes en el perímetro exterior de la base, donde los soldados y los vinculados rotan durante los periodos de descanso.

Muchas deberían de estar vacías ahora mismo…

—añade con tristeza. Cratos se mueve debajo de él, y Stark se tensa para compensar el desplazamiento de su peso—.

Tendrá privacidad y estará protegida en una de las tiendas de la sección de los vinculados. Y más cómoda.

—Puedo acompañarla y montar guardia —ofrece Venna de inmediato—. Podemos pedirles a los lobos que cacen animales si Saela necesita alimentarse.

Una descarga de gratitud me recorre la columna. Cuando me llega al pecho, se me atasca en el corazón y me filtra fuerza en la sangre. Significa mucho para mí que Venna acepte la condición de Saela con tanta naturalidad.

—Gracias —les digo mientras bajo de Anassa para ayudar a Saela.

Ella me deja guiarla, pero cuando sus pies tocan el suelo, no me suelta. Me arruga la tela de la camisa con las manos. Reconozco la forma en la que se encoge sobre sí misma. Esa leve inclinación de cabeza siempre ha sido una señal de que está nerviosa o asustada.

—No debería haber venido —susurra—. Ha sido un error. Lo siento, Mer.

Verbaliza mi propia incertidumbre. Me convencí de que conmigo estaría a salvo, pero al ver esto, al comprender lo que implica estar en una zona de guerra activa donde nuestro propio bando pierde terreno con gran rapidez… ¿He cometido un grave error?

No puedo mostrarme vacilante. Necesita mi aplomo, no mis dudas.

Me arrodillo ante ella, alzo las manos y le sujeto las muñecas con suavidad.

—Hemos llegado, y eso es lo único que importa ahora mismo. Eres una princesa de Nocturna y tienes responsabilidades con tu pueblo. —Saela abre los ojos un poco más—. Debes ser valiente por ellos. Venna te protegerá. Me reuniré contigo esta noche, cuando termine en el comando central.

Da un paso al frente y me abraza. Me cuesta lo que no está escrito no romper a llorar. La envuelvo entre mis brazos con fuerza.

El abrazo dura mucho menos de lo que me gustaría, y luego se aparta. Venna la ayuda a subir al lomo de Skaia, y ambas se marchan en dirección a las tiendas.

Saela, sin embargo, vuelve la vista hacia mí con una expresión que me rompe el corazón.

Me quedo allí quieta, viendo cómo se aleja. La observo hasta que las yemas de Stark me rozan la parte superior del hombro. Se me tensan los dedos, como si quisieran devolverle el gesto. Pero, cuando lo miro, no sé si me está consolando o diciendo que debemos seguir adelante.

Así que no digo nada y continúo hacia el comando central, en el corazón del campamento.

A medida que descendemos, el hedor de los cuerpos y la muerte se vuelve innegable.

El campamento es una extraña mezcla de triaje tumultuoso y vacío inquietante.

Las fuerzas Phylax han estado apostadas aquí de forma intermitente durante décadas.

Y ahora se han ido, y los refuerzos tardarán días en llegar.

Los pabellones desiertos hacen que el lugar parezca un pueblo fantasma.

Lo cual no es que sea especialmente tranquilizador.

Atravesamos la zona del triaje, con los pies hundiéndose en el barro.

No sé mucho sobre cuidados médicos, pero incluso yo veo que aquí faltan manos.

Los pocos médicos que hay van y vienen sin pararse a descansar.

Y a nuestra izquierda, un carro que sostiene varios cuerpos sin vida… está ahí, sin más.

Estoy convencida de que alguien vendrá a por ellos, de que se asegurará de que vuelvan a casa con sus familias para que puedan llorarlos como es debido. Aun así, verlos ahí tirados me resulta perturbador.

Vuelvo a mirar cuando pasamos más cerca de los muertos, y se me corta la respiración. Reconozco a uno de ellos. Roddert. De Estrategos. De mi cohorte de entrenamiento.

Se sentaba a desayunar con nosotros. Me acuerdo de cómo miraba a Izabel, como si estuviera hecha de diamantes. Recuerdo que entrenaba con Nevah. Ella decía que tenía una habilidad asombrosa para bloquear ataques. Supongo que no era lo bastante asombrosa.

Me golpea. En realidad, me envuelve como una tormenta de nieve. Me estoy ahogando y ardo al mismo tiempo. Porque no son solo bajas anónimas. Estar aquí, verlo, sentirlo. Saberlo. Es imposible poner distancia entre las vidas que se están perdiendo y yo. ¿Cuántos rostros familiares no volveré a ver?

El nombre de Izabel resuena en mis oídos.

—Meryn.

Levanto la cabeza y advierto que hemos llegado a la tienda del comando central. Stark sostiene la solapa abierta para que pase yo primero.

Exhalo profundamente y me agacho para entrar. El interior está oscuro, salvo por un par de rayos de luz que se cuelan por las rendijas de la lona, unas cuantas linternas, y un brasero que deja escapar el humo por un conducto de ventilación.

Varias personas se agrupan alrededor de una mesa. Hay copas desperdigadas sobre la superficie, así como mapas y figuras que representan la situación estratégica actual. Una daga sobresale de la madera, como si la hubieran clavado en mitad de una discusión y luego la hubieran dejado ahí olvidada.

Como de costumbre, Siegrid tiene una posición imponente.

Está inclinada sobre los mapas, con el rostro sombrío, mientras recibe informes de los soldados.

Tiene los brazos extendidos, cubiertos por cicatrices y tatuajes, y la cabeza ladeada.

Los escucha como si cada palabra pudiera ser la última, dependiendo de su humor.

Stark y Noemi entran después de mí, y los tres esperamos a que se produzca una pausa. Un murmullo recorre la tienda cuando la gente se da cuenta de que he llegado, y Siegrid levanta la cabeza.

Al verme, su postura no cambia. Permanece con las manos apoyadas, los hombros anchos expuestos, los bíceps tensos. Y entonces, en lugar de dirigirse a mí, desvía la atención y dice:

—Noemi, es un placer tenerte con nosotros. —Se vuelve hacia los demás líderes de manada reunidos y explica—: Noemi se resistió a la deserción Phylax y se negó a seguir a su manada cuando le declararon lealtad a Killian.

Los ojos de Noemi se vuelven nubes de tormenta.

Su cuerpo está tan tenso como la cuerda de un arco.

Un gamma de Kryptos la recibe con una mirada demasiado franca.

Hay algo en su forma de observarla que me pone la piel de gallina.

No me da tiempo a pensar en ello, pues Siegrid despide a sus oficiales con una orden tajante.

Me vuelvo hacia ella mientras los demás hombres y mujeres salen. Algunos nos miran a mí y a Noemi antes de apartar la vista rápidamente. Ni uno solo repara en Stark.

Entonces nos quedamos los cuatro solos dentro de la tienda.

De pronto recuerdo todo lo que Stark me contó sobre Siegrid.

La mujer que es. Me hierve la sangre, las sombras empiezan a agitarse, y siento el ridículo impulso de ponerme entre ambos.

De protegerlo. De cubrirle la garganta. De pegarle un puñetazo a ella en toda la cara.

Ahora mismo es como si me estuviera pidiendo a gritos que se la partiera.

—La situación nunca había sido tan grave —dice Siegrid con franqueza, lo que me saca de mis violentas cavilaciones.

Cierto. En el frente están al límite de sus fuerzas. No le des una paliza a tu comandante… aún.

Entrelaza las manos detrás de la espalda y rodea la mesa para colocarse frente a nosotros.

—Los sifones han llevado a cabo numerosas incursiones en las tierras de cultivo, como probablemente hayáis visto al llegar. Nuestro perímetro original, el que controlaba la manada Phylax, ha desaparecido.

Respira hondo, mostrando un extraño momento de inquietud. Me sorprende verla tan alterada.

—Alteza, como sabréis, nuestro plan era utilizar vuestra fuerza como último recurso para reforzar nuestra segunda línea de defensa.

Pero las cosas han cambiado. —Se recompone y adquiere su habitual expresión impasible mientras nos ofrece la peor parte de las noticias—.

Por ahora, Villasabia y la mayor parte de nuestras tierras agrícolas permanecen intactas.

Pero anoche descubrimos que Astreona ha enviado refuerzos: un general sifón muy poderoso con una nueva horda de tropas.

Esto ya no es solo una misión defensiva.

Los sifones se han percatado de nuestra debilidad, y anticipamos un ataque de gran importancia.

No verbaliza la conclusión obvia, pero todos la pensamos: «Va a ser una masacre».

Por irónico que parezca, la noticia de que estamos en desventaja me proporciona una especie de calma. Es como la descarga que sentía antes de una pelea en los cuadriláteros clandestinos. Enfrentarme a alguien más grande y fuerte que yo. Saber que esta podría ser la vez en la que acabaran ganándome.

Ahora, como entonces, mi determinación se vuelve fría como el acero.

Vivo para las probabilidades peligrosas.

Me acerco a la mesa y estudio los diagramas de batalla.

—¿Cuál es el plan? ¿Sigue en pie lo de aprovechar mi poder de contención hasta que podamos conseguir refuerzos?