Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 22 #3
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Capítulo 22 #3

—Deberíamos dormir un poco —dice Stark en voz baja—. Mañana nos espera un viaje muy largo.

Callados, preparamos los jergones. Nos acostamos uno al lado del otro, en silencio. Cerramos los ojos, fingiendo dormir. Al menos, yo finjo.

Porque me paso toda la noche ardiendo y ardiendo y ardiendo.

La mañana tarda en llegar una eternidad.

La fogata se ha convertido en brasas y el cielo apenas empieza a clarear cuando oigo pasos acercándose. Anassa gira las orejas. Alza la cabeza para olfatear. Pero no me hace falta su olfato para saber que esas pisadas pesadas no pertenecen a huargos. Me pongo en pie ante el sonido.

Respiro hondo y dejo que la fisura se disipe para revelar el resto del campamento a una Venna de aspecto cansado y a una Noemi irritantemente preciosa. Parece no haber perdido ni un solo minuto de sueño. Intento no mirar cuando ella y Stark se abrazan.

Venna se acerca a mí sin decir nada. Cuando me rodea con los brazos, las emociones me invaden. Culpa por no haberle contado la verdad, pero también un dulce alivio teñido de tristeza. Ya no tenemos a Iz, pero nos tenemos la una a la otra. Gracias a la Diosa, nos tenemos la una a la otra.

Cuando nos separamos, no aparta las manos de mis brazos.

—¿Estamos bien? —pregunto, dejando que la esperanza y el miedo se reflejen en mi rostro.

Su expresión es solemne.

—Sé que ahora eres reina, Meryn, y que no siempre estaré al tanto de tus decisiones. Pero lo que hiciste me dolió. ¿Puedes prometerme que me contarás todo lo que puedas, sobre todo si puede afectar a mi seguridad?

—Te lo prometo —respondo al instante—. Lo haré lo mejor que pueda.

Venna asiente una vez.

—Entonces estaremos bien —dice con una seguridad que probablemente no merezco.

Creo que entiende que fue el miedo lo que me impulsó, pero, aun así, me enfado conmigo misma. Una vez me enfadé muchísimo con Anassa por ocultarme la verdad. ¿Y ahora voy yo y hago lo mismo con una de mis mejores amigas? Hace que me odie un poco, aunque tuviera un buen motivo.

Cuando Venna se aparta, Noemi ocupa su lugar.

—¿Estamos bien? —me pregunta con suavidad.

—Eh…, sí —digo—. Quiero decir…, ¿lo estamos?

Hay tantas cosas que todavía no entiendo sobre Noemi, especialmente su relación con Stark. ¿Qué son el uno para el otro? ¿Ella también lo quiere? ¿Puedo dejar de obsesionarme con este tema cada vez que mi mente tiene un momento de calma?

Noemi se encoge de hombros con elegancia y se aparta el largo pelo rojo.

—No dejes que me muerda y todo estará bien.

Es probable que sea la reacción más positiva que puedo esperar ante un «oye, por cierto, mi hermana es un sifón», así que le dedico una sonrisa tensa y empiezo a desmontar la tienda.

Finalmente despierto a Saela, que todavía duerme apoyada contra el costado de Anassa. Mira su ropa manchada de sangre, después a Venna y a Noemi, y rompe a llorar.

—No pasa nada —le digo mientras la conduzco a la espesura para que se cambie.

Me cuesta convencerla de que vuelva con nosotros. Saela se mortifica y se avergüenza de lo que es. Pero cuando salimos de entre los árboles, Venna le tiende el brazo y Saela va hacia ella. Se abrazan en silencio durante un buen rato.

Después es hora de retomar el viaje. Cabalgamos con rapidez, pero Saela parece más fuerte.

O, al menos, más alerta y menos retraída de lo que ha estado desde su transformación.

Sigue manteniéndose cerca de la loba cuando hacemos paradas para que estire las piernas, pero una pequeña chispa de esperanza se enciende dentro de mí.

Las sombras se alargan sobre el suelo frío mientras cabalgamos hacia Villasabia. El amanecer se convierte en mediodía y el mediodía en tarde. El paisaje empieza a cambiar. El bosque da paso a un terreno abierto con grandes extensiones divididas en granjas.

La primera señal de que nos acercamos al frente es el humo. Lo vemos a leguas de distancia. No recuerdo la presencia de esa niebla sofocante la última vez que vine a la zona de guerra con Stark.

No es buena señal.

Me conecto al mar de comunicación de mi mente con la mayor suavidad posible. La oleada de ansiedad que consume a todos los presentes en este lugar hace que casi me caiga de la grupa de Anassa. Se intensifica a medida que nos acercamos.

Coronamos una colina y contemplamos la magnitud del caos.

A lo lejos, las columnas de humo se elevan más allá de la línea defensiva, prueba del éxito de las incursiones astreonenses en nuestras preciadas tierras de cultivo, un territorio que hasta ahora era seguro.

Es un presagio que parece devorar el cielo, una ola de horror en el aire que se aproxima cada vez más.

Lenta y metódicamente, los sifones nos están superando.

Un escalofrío me recorre la espalda y giro la cabeza. Stark me está mirando. Sé lo que piensa. El panorama es peor de lo que anticipábamos. Lo que sea que nos espere dentro de ese campamento, estamos cabalgando hacia una crisis que quizá ya no podamos solventar.

«¿Qué nos espera?», le pregunto a Anassa a través del vínculo.

No responde. Simplemente sigue avanzando, descendiendo en dirección al caos del frente.