Capítulo 22
Meryn
Venna y Noemi tienen la elegancia de no gritar. En cuestión de segundos, noto que ambas han hecho sus cálculos —yo no estoy sorprendida ni asustada, y Stark tampoco— y se han obligado a adoptar una expresión neutral.
Me siento abrumada por todo. El miedo por mi hermana, el derramamiento brutal de sangre, la revelación de la terrible verdad ante mis amigas. Mi cuerpo y mi mente están completamente exhaustos.
Y me duele el rechazo. Hombres que deberían haber sido mis soldados, a quienes sentía el deber de proteger…
, me han rechazado así, sin más. ¿Cuántos más como ellos habrá ahí fuera?
¿Cuántos más han desertado? ¿Cuántas personas se niegan a reconocer mi reinado por el simple hecho de que soy una mujer?
¿Y cómo podré ganarme su lealtad si me la niegan por algo que no puedo cambiar?
—Deberíamos hacer algo con los cuerpos —digo aturdida, como si mi hermana no estuviera dándose un festín con uno justo delante de todos nosotros—. No me parece bien… dejarlos aquí.
«Los lobos podemos cavar una tumba poco profunda y enterrarlos. Eso debería bastar», interviene Anassa.
Asiento, aunque una parte de mí se resiente. A pesar de lo despreciable que ha sido el comportamiento de estos hombres, eran personas con familias o amigos, igual que lo era mi padre. Que no regresen a casa, que nadie llegue a saber nunca lo que les ocurrió, le hará daño a alguien, en algún lugar.
Los cuatro lobos comienzan a cavar y a enterrar los cuerpos. Mientras tanto, Saela termina su… tentempié…, y parece sumida en una especie de estupor confuso por la comida.
Es la primera vez que prueba la sangre humana desde el día en que se convirtió. Me pregunto si eso le estará afectando de otra manera.
Se aparta del cadáver y gatea hacia mí.
Parece una pesadilla: las manos, el mentón y la ropa empapados en un líquido escarlata; la mirada desenfocada; el cabello apelmazado y brillante a causa de la sangre. El semblante de Venna se contrae en una expresión demasiado compleja como para descifrarla.
Me acerco a mi hermana y la ayudo a levantarse; prácticamente cargo con ella hasta el borde del claro. Después la siento contra un árbol, donde enseguida se queda dormida.
Cuando me aseguro de que está a salvo, doy un par de zancadas rápidas hacia Noemi y Venna.
—Nos hubiera sido útil saber que viajábamos con un sifón antes de salir del castillo —dice Noemi con sequedad, con los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho. Su hermosa cara está ligeramente tensa por la irritación, y mira a lo lejos, hacia donde Stark supervisa el trabajo de los lobos.
La mirada de Venna me atraviesa.
—¿Desde cuándo?
Las náuseas me revuelven el estómago.
—Ven…
—¿Desde cuándo, Meryn?
—Desde que la liberaste —respondo, resignada—. Killian la transformó en algún momento entre que la encontramos en las mazmorras y vuestra llegada. Ella no recuerda que sucediera. Le alteró la memoria.
El rostro de Venna se descompone.
—Pobre niña.
—Lo siento mucho —le digo, con la garganta cerrada—. No quería ocultároslo, pero… no sabía qué más hacer.
—No sé qué quieres que te diga, Meryn —responde—.
Estoy muy cabreada contigo ahora mismo. Los sifones son nuestros enemigos.
Son peligrosos. Y has tenido a uno viviendo delante de nuestras narices todo este tiempo.
Me dejaste que pasara mucho tiempo a solas con ella, darle clases, sin advertirme del peligro que corría.
La agarro del brazo, pero me aparta.
—Ven, confío en ti, te lo juro —suplico—. Pero cuanta menos gente lo supiera, mejor. Es mi hermana. La única familia que me queda. Sabes que haría cualquier cosa por ella.
Gira la cabeza y observa cómo Saela duerme apoyada contra el árbol. Ojalá vea lo mismo que yo: una niña pequeña, inocente, herida.
Alguien a quien proteger, no a quien temer.
—La hemos estado alimentando con sangre animal —continúo—.
Ha estado vigilada en todo momento; sí, incluso cuando le enseñabas lengua de signos.
¿Nunca te preguntaste por qué Helene y Grigore siempre estaban haciendo guardia?
Dejando a un lado los colmillos, nunca ha sido una amenaza para nadie.
Y estoy intentando averiguar cómo revertirlo. Voy a salvarla.
Los labios de Venna forman una línea tensa; sus ojos oscuros se vuelven vidriosos.
—Lo entiendo —dice al fin—. No hay nada más importante que una hermana.
Las palabras me retuercen las entrañas en un doloroso nudo. Vuelvo a extender la mano, pero ella levanta la suya y me detiene.
—Necesito algo de tiempo para pensarlo, alteza —dice, con voz distante.
Se me encoge el corazón.
—Por favor, Ven.
El viento agita los mechones cortos de su pelo, negro y brillante, alrededor de su rostro.
—Lo entiendo de una hermana a otra, pero de amiga a amiga… Necesito tiempo, Meryn.
Noemi por fin interviene.
—¿Por qué no nos vamos adelantando Venna y yo hacia Tardorlin? Pasaremos la noche allí con los nobles, como estaba previsto, y les diremos que Stark y tú tuvisteis que seguir avanzando.
Paso la mirada de una a otra. Venna sigue sin mirarme.
—No es mala idea —respondo despacio—. La Diosa sabe que no podemos llevar a Saela allí ahora mismo. Stark y yo acamparemos en algún sitio cercano; podéis reuniros con nosotros por la mañana.
Suponiendo que no decidan dar media vuelta y regresar a Hielormenta. Tampoco podría culparlas.
Ephyse y Skaia se acercan con los hocicos ensangrentados y las patas cubiertas de tierra tras su horrenda tarea.
Stark las sigue y aparta a Noemi a un lado para hablar con ella en voz baja.
Están tan cerca el uno del otro que aparto la mirada, siento como si estuviera interrumpiendo algo.
Cuando se separan, Venna y Noemi montan sobre sus huargos.
Noemi me dedica un leve asentimiento, y luego ambas se alejan hacia la oscuridad.
Stark se acerca a mí con Cratos y Anassa.
—Parece que tendremos que acampar esta noche —le digo.
Él gruñe.
—Por suerte tengo un par de mochilas para eso. Las descargué en el bosque cuando nos dimos cuenta de lo que os estaba pasando. Vamos a por ellas y busquemos un claro que no apeste a muerte.
Stark me ayuda a colocar el frágil cuerpo de Saela sobre el lomo de Anassa, y luego ambos montamos sobre nuestros lobos. En menos de una hora encontramos un emplazamiento adecuado, algo más cerca de Tardorlin, y encendemos una hoguera para calentarnos en el aire fresco de la noche.
Extiendo las sombras a nuestro alrededor, una forma amplificada del poder de fisura de Kryptos. Oculta nuestra ubicación por completo. La facilidad y la fuerza de los poderes de manada nunca dejan de asombrarme, aunque sé que Anassa me ayuda a canalizarlos.
Al menos una de las dos es sabia y tiene experiencia en las prácticas de los vinculados.
Mi huargo se ha tumbado al otro lado de las llamas.
Saela está acurrucada contra su costado, dormida.
Saco una manta de lana áspera de una de las mochilas de Stark y la tapo con ella.
No sé cuánto tiempo seguirá inconsciente, pero entre el calor de Anassa, la fogata y la manta, debería estar cómoda toda la noche.
Cuando por fin dejo de mantenerme ocupada, me dejo caer en un gran tronco caído que hemos colocado frente a la hoguera. Me cubro el rostro con las manos, aferrándome al calor de mis propias palmas.
Como no pare de pensar en la mirada que me lanzó Venna cuando entendió lo que estaba pasando…, me vendré abajo.
Stark arroja otro tronco al fuego y yo levanto la mirada, sobresaltada por el sonido. Está tal y como dicta su reputación: con la camisa y la chaqueta cubiertas de sangre y vísceras. Un tajo rojo rubí le cruza la mejilla, pero sé que el líquido viscoso no es suyo.
No es la primera vez que lo veo luchar, siempre me ha impresionado su fuerza en la batalla. Pero lo de hoy…
Venna y Noemi también colaboraron, pero Stark mató al menos a veinte de esos hombres él solo. Sin dudarlo. Sin vacilar, sin titubear. Su dominio letal fue espeluznante de ver, incluso para mí.
Es asombroso que un vinculado tenga tanto poder sin haber hecho ningún pacto corrupto.
Percibe que lo observo y alza la vista hacia mí antes de volver a mirarse a sí mismo.
—Debería cambiarme, ¿no? Pues nada, una camisa menos. La sangre seca es imposible de limpiar.
Habla por experiencia.
Cualquier persona con un mínimo instinto de supervivencia estaría temblando ahora mismo.
En cambio, trago saliva con dificultad, mientras un ardor ajeno al calor de la hoguera se propaga por mi vientre.
—Sí, deberías.
Primero se quita la chaqueta, la cual arroja a las llamas. Luego pasa el brazo por encima de la cabeza, agarra la parte trasera de la camisa y se la arranca de un tirón.
De repente, Stark Therion está con el torso desnudo frente al fuego, y mi mente calenturienta quiere aullar ante esa imagen.
Creía saber lo que me gustaba de la anatomía de un hombre. Pero nunca había visto uno como este.
Tiene el torso igual de ancho que el resto del cuerpo, solo se le estrecha a la altura de la cintura.
Una ligera capa de vello le cubre el pecho, y debajo…
puro músculo. Muchísimos músculos. ¿De verdad el ser humano tiene tantos músculos?
Al parecer sí, y Stark ha perfeccionado cada uno de ellos. Noemi es una mujer con suerte.
Sus pectorales son firmes y voluminosos, y descienden hacia unos abdominales interminables, tan definidos que podrían cortar cristal. Debajo, una V marcada hace que mi estúpida boca empiece a salivar. Estoy desesperada por tocarla, por descubrir hacia dónde conduce.
Es provocador, no hay otra forma de describirlo.
Y luego, cómo no, están esos tatuajes de muerte —con estilo rúnico, aplicados por distintas manos— que le cubren la piel en una danza oscura y peligrosa que solo enfatiza lo letal que es. Casi toda la piel se encuentra tatuada.
Estoy tan ocupada contemplándolo que casi se me pasan por alto…, pero no. Los tatuajes no logran ocultarlas.
Cicatrices. Por todas partes.