Capítulo 21
Stark
Cratos y el resto de los huargos apenas han tenido oportunidad de descansar cuando una corriente de miedo recorre mi vínculo con Meryn —y el de Venna y Noemi, a juzgar por cómo ambas se quedan petrificadas—, seguida de inmediato por su voz.
«Venid rápido. Un soldado desertor tiene a Saela. No ataquéis. Intentaré hacerlo entrar en razón, pero estad preparados».
Se me escapa un gruñido. ¿Cómo se atreve ? Si para cuando lleguemos no ha sucedido aún nada, pienso sacarle las entrañas por la boca a ese tipo.
Los tres montamos en un tiempo récord. Nuestros huargos se mueven con rapidez y sigilo por el bosque hasta alcanzar el claro donde se encuentran Meryn y Saela. La luz del atardecer se filtra entre las hojas y lo cubre todo de sombras moteadas.
Nos bajamos de nuestros lobos para acercarnos más, pero siempre fuera de su vista.
Meryn y Saela están al otro lado del claro.
El soldado tiene una apariencia desaliñada y viste un uniforme de Nocturna; los ojos abiertos de par en par mientras presiona el cuchillo reluciente contra la garganta de Saela.
La niña, de una palidez extrema, aprieta los labios, convertidos en una fina línea temblorosa.
—¿Eres uno de mis soldados? —La voz de Meryn resuena a través del claro.
El rostro del hombre se tuerce con desprecio.
—¿ Tus soldados? En absoluto.
La rabia se acumula dentro de mí, ya casi a flor de piel.
El bosque que rodea al tipo cruje. Varias figuras emergen de las largas sombras proyectadas por el sol agonizante. Sus rostros entran y salen de la pálida luz azulada a medida que se acercan.
Más soldados. Cerca de unos treinta, todos con el mismo uniforme.
«Mierda».
—Quedaos aquí —les digo a Noemi y a Venna en voz baja—. Voy a desarmarlo. Estad listas para atacar, y aseguraos de que Skaia y Ephyse también estén preparados.
Venna me responde con señas; he debido de hablar demasiado bajo para que me entienda.
—¿Puedes repetirlo?
Intento replicar el mensaje en lengua de signos. He estado estudiando por mi cuenta desde que supe que una de las aliadas más cercanas de Meryn tenía problemas de audición. Ella asiente, así que tan mal no he debido de hacerlo.
«¿Anassa está a punto de llegar?», le pregunto a Cratos.
«Sí, le queda poco —responde—. Atacaremos a tu señal».
Asiento y empiezo a moverme en silencio alrededor del perímetro del claro.
—¡Somos soldados del rey Killian! —grita el atacante. Su voz es firme y retumba por el bosque voraz.
El cabronazo encima está orgulloso. Me da igual cómo termine esto, el suelo quedará empapado con su sangre. El soldado continúa con sus declaraciones ruidosas y beligerantes mientras me aproximo.
—¿Quién cojones te crees que eres? ¡Los Valtiere han reinado sobre Nocturna durante siglos! No puedes poner fin a nuestra lealtad con una orden repentina.
Saela permanece completamente quieta. Me sorprende que no esté temblando. Debe de correrle la misma valentía Hielormenta por las venas.
—Dejamos el frente y ahora viajamos a Cuervofrío para apoyar a nuestro rey. Encontrarnos contigo no es más que una coincidencia afortunada. —Sonríe con sorna.
Killian debe de contar con más apoyo militar del que anticipamos. Los muy idiotas. Se están dejando engañar.
«Casi estoy —le digo a Meryn—. Distráelo».
Ella se yergue un poco al oír mi voz. Su pelo plateado casi parece azul bajo la escasa luz del claro.
«No los mates. Por favor. También son mis ciudadanos».
«¿Estás de coña, princesa?».
«Por favor», suplica. Veo cómo recorre el bosque con la mirada, buscándome, implorando.
Niego con la cabeza, pero sigo avanzando. No haré promesas. Casi estoy junto al soldado; veo a Meryn desde donde me encuentro.
—Dame un par de minutos para hacerte cambiar de opinión.
—Meryn vuelve la mirada hacia el soldado, con voz firme—.
Entiendo por qué no confías en mí y por qué no quieres luchar por mí.
Pero soy la reina legítima. Si sueltas a mi hermana, si te tomas la molestia de hablar conmigo, creo que puedo convencerte de mi causa. Nadie tiene por qué acabar herido.
Él se limita a reírse con desprecio.
—No nos inclinaremos ante ninguna chiflada.
Murmullos de aprobación surgen desde el bosque que nos rodea.
Ah, así que de eso se trata. Su negativa no es solo por la lealtad a Killian, ni por el rechazo al reclamo de Meryn. Se niegan a que sea una mujer quien gobierne, lo que saca a relucir la misoginia putrefacta de este reino.
La mirada de Meryn se endurece y, de pronto, la sombra del claro se expande de una forma que nada tiene que ver con la caída del sol. Puede que este cabrón no sepa lo que significa, pero yo sí.
Nuestra reina está muy cabreada. Su ira enciende un fuego en mi interior.
«Déjate llevar —digo sin pensar—. Usa el tuercesombras, ¡acaba con ellos!».
Ella parpadea y aprieta los labios.
«No puedo. ¡No puedo! Podría heriros a todos. Y no quiero que Saela me vea así».
Otro hombre habla desde uno de los flancos. No logro distinguirlo, pero su voz es rasposa.
—Nos la suda lo poderosa que te creas, zorra psicópata. Somos mayoría.
Ya está. Nadie le habla así.
Pero antes de que pueda moverme, el bosque entero se oscurece, como si alguien hubiera arrancado el sol del cielo.
La mirada de Meryn se vuelve letal. Ya no busca la paz. Hay un filo voraz y despiadado en ella que me calienta la sangre.
Joder, está preciosa cuando se cabrea.
—Creo que lo que querías decir era: «Su alteza real zorra psicópata». —Su voz afilada podría cortar hasta la piel más gruesa.
«¿Hemos terminado?», le pregunto.
«Acaba con ellos —responde—. Yo protegeré a Saela».
No necesito que me lo diga dos veces.
Salgo de entre la maleza con la furia desatada arremolinándose dentro de mí. Antes de que les dé tiempo a reaccionar, planto mi hoja contra la garganta del soldado, un reflejo exacto de su amenaza contra Saela.
—Mala elección, colegas —gruño, saboreando ya la promesa de sangre. Mi envergadura eclipsa al debilucho que tengo frente a mí—. Puede que ella quiera mostraros misericordia como vuestra reina, pero yo no soy de la realeza.
Algún idiota tiene los huevos de preguntar:
—Ah, ¿sí? ¿Y quién cojones eres tú entonces?
Me encuentro con la mirada de Meryn; me arde todo el cuerpo.
—Soy la criatura de vuestras pesadillas, el arma que empuñan contra vosotros. Vuestras vidas no significan nada para mí.
Le rebano la garganta al hombre con un solo movimiento fluido.
La sangre brota y empapa la nuca y el pelo de Saela, que chilla y echa a correr hacia Meryn.
Esta la estrecha entre sus brazos al instante y levanta un escudo a su alrededor usando magia Phylax.
Asiento en dirección a Noemi al otro lado del claro.
Ella corre, se coloca frente a las hermanas y las encierra dentro de un segundo escudo.
Al menos Meryn acepta que la protejan cuando Saela está presente.
Los pelajes cruzan veloces entre los árboles cuando los huargos irrumpen como una tormenta de dientes y garras.
Anassa lanza a un soldado por los aires, que cae sobre otro; comienzan los gritos. Después pega un salto y se coloca delante de Saela y de Meryn para protegerlas junto a Noemi. Venna y Skaia emergen de entre el follaje con una velocidad aterradora.
Aunque los soldados nos superan en número, de pronto parecen mucho menos confiados. Por fin se dan cuenta de que no tendrían que haber amenazado a una reina.
Los lobos se lanzan a la acción. Los chillidos no cesan.
Levanto una mano cuando tres soldados intentan cargar contra mí y libero una ráfaga que los proyecta hacia atrás. El poder surge más fuerte y con más facilidad que nunca, algo que me ocurre desde que Meryn reclamó la corona.
Se oye un chasquido cuando la brutal fuerza de mi poder les rompe las costillas y los lanza por los aires.
Varios soldados más me rodean, aunque todos parecen dudar en ser los primeros en atacar. Desenvaino mis dos espadas de la espalda y me abalanzo sobre dos de ellos a la vez. Les rebano la garganta de un solo tajo.
Los hombres que se encuentran detrás de mí intentan huir, pero Cratos atrapa a uno con sus fauces y lo tritura. Al otro lo inmoviliza bajo una de sus enormes patas para después hundir las garras en su pecho mientras él grita.
Me acerco para silenciarlo rápidamente con mi hoja.
Noemi permanece cerca de Meryn, sin bajar el escudo, mientras mantiene a raya a los soldados con su espada. Ephyse añade otra capa de defensa y le arranca la pierna a uno de los atacantes con los dientes.
Giro sobre mí mismo en busca de cualquier otro soldado que hayamos pasado por alto. El número disminuye con rapidez.
Mientras Skaia salta de un lado a otro atrapando presas, Venna se ha deslizado entre las sombras para acabar con los combatientes sin ni siquiera darles tiempo a saber qué los ha golpeado. Vuelve a atacar y despacha a un soldado que intenta huir con una eficaz puñalada en el vientre.
Anassa rodea a Saela y a Meryn y muerde a cualquiera que se les acerque demasiado.
Es un alivio poder liberarme después de llevar semanas —meses, en realidad— manteniendo un comportamiento aceptable.
Este soy yo en mi mejor versión. En mi peor versión.
Yo mismo.
La sangre me salpica el rostro en una lluvia oscura cuando me giro para destripar a otro atacante.
Meryn me envía una advertencia, pero ya he detectado al enemigo a mi izquierda. Hundo la hoja entre el pecho y el mentón del hombre.
Durante un breve instante, mis ojos se encuentran con los de Meryn, incluso cuando otros dos vienen a por mí. Necesito ver que está justo donde quiero que esté.
A salvo. A mi espalda. Protegida.
La batalla apenas dura unos minutos. El último soldado cae ante Cratos, cuya mandíbula se cierra alrededor de su cráneo. Los gritos del hombre se cortan de forma abrupta cuando mi huargo aprieta las fauces.
Entonces, todo se sume en el silencio. Los pájaros han desaparecido.
Poco a poco, el bosque comienza a susurrar y a crujir, como si exhalara.
Noemi relaja su escudo, al igual que Meryn. Las sombras que invocó se apartan y el sol vuelve a salir. Esta última afloja el abrazo protector alrededor de Saela.
Se encuentra detrás de su hermana, por lo que no puede ver lo que ocurre, pero yo sí.
A Saela se le dilatan las pupilas hasta devorar por completo sus iris. Clava la mirada —innegablemente hambrienta— en el suelo empapado de sangre, en los cuerpos.
Meryn no es lo bastante rápida para retenerla. Saela se le escapa y se mueve con una velocidad inhumana.
—¡No! —grita Meryn, como si con ello fuera a frenarla.
La niña cae sobre el cadáver más cercano. Se aferra a él y lo desgarra con las manos. Mira que tengo un estómago de hierro a estas alturas, pero incluso yo siento un leve mareo cuando empiezan los sonidos. Jadea, succiona, engulle.
Saela parece un animal famélico despedazando a su presa.
Meryn y yo intercambiamos una mirada con el resto. Venna y Noemi observan a Saela en estado de shock, con expresiones de repulsión e incredulidad. Venna se lleva la mano a la boca. El dolor de sentirse traicionada se refleja en el rostro de Noemi.
«Mierda».