Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 20 #3
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Capítulo 20 #3

Stark también duerme conmigo al día siguiente… y, de nuevo, paso una noche perfecta, sin pesadillas. Cuando le pregunto al respecto, dice que siente cómo descienden las sombras. Me toca cuando lo percibe, y eso nos arranca a ambos de allí.

Gracias a las horas de descanso, empiezo a ser yo misma de nuevo. Sigo traumatizada y con el corazón roto, pero por fin siento que soy capaz de seguir adelante por pura tozudez; mi especialidad.

Y entonces llega el momento de partir hacia Villasabia. Al final, Venna decide unirse a nosotros. Intenté convencerla de que se quedara con su familia, pero se negó. Necesita un propósito para seguir adelante.

Nevah permanecerá en Hielormenta. Será mi intermediaria en el castillo… y también se encargará de vigilar a Tomison. Sus palabras y sus acciones siguen supurando como una herida, pero es mi amigo. Necesito saber que está bien.

Por alguna razón, decido llevar conmigo los fragmentos del Acero Feroz. No es que vayan a servir de mucho en este estado, pero me incomodaba dejarlos atrás, y quizá encontremos a alguien fuera de Hielormenta que sepa cómo juntarlos.

Ahora las piezas están envueltas en tela y guardadas en una bolsa bien sujeta a la grupa de Anassa. Otra carga más que la pobre tiene que soportar.

Cabalgamos con energía hacia el frente: Stark, Noemi, Venna, yo… y Saela.

Mi hermana se mueve delante de mí sobre el lomo firme de Anassa. Por fin han cesado los hipidos de sus sollozos.

«La pequeña estará bien —me dice la loba al oír mis pensamientos—. Su lugar está junto a nosotros, junto a su familia».

Saela y yo tuvimos una discusión terrible. Intenté convencerla de que se quedara en el castillo, donde Aldrich, Helene y Grigore podrían cuidarla y mantenerla a salvo. El frente no es un lugar para una niña… y menos en su estado.

Lloró durante dos días seguidos, suplicándome que la llevara con nosotros. Al final cedí, animada por Anassa. Bueno, puede que «animada» no sea la palabra adecuada; me dejó claro que me pegaría un mordisco si no obedecía su orden.

«Si tú lo dices», respondo, escocida por la irritación. ¿Cómo voy a discutir con una huargo cabezota con una boca repleta de colmillos?

Por suerte, la cabeza ya no me martillea por reforzar ese muro contra Killian. Ya no lo siento; ha desaparecido de los vínculos de comunicación junto con la manada Phylax.

El sol desciende y tiñe el cielo de púrpura y rosa. El aire es fresco. Los árboles que flanquean el camino son densos y están espolvoreados de nieve. Avanzamos por el bosque como si fuéramos parte de él: garras que se hunden en el barro, el azote de las colas, pelajes ondulantes.

Según Stark, nos estamos acercando a Tardorlin, donde nos detendremos a pasar la noche. Pero no estamos lo bastante cerca.

Saela se impacienta, se retuerce y se rasca los brazos. En un momento dado, se inclina para oler el pelaje de Anassa, como si intentara aferrarse a algo. Empieza a tener hambre.

«Deberíamos parar antes de llegar a la ciudad para que pueda cazarle algo», me dice Anassa. Tiene sentido que Saela se alimente antes de entrar en una zona concurrida. Quiero facilitarle las cosas.

Acaricio el costado de mi loba en señal de confirmación y ella reduce el paso de inmediato. Aviso a los demás de que haremos una breve parada a través del vínculo. Les digo que Saela necesita ir al baño para que entiendan que queremos intimidad y guío a Anassa hacia las profundidades del bosque.

Cuando estamos lo bastante lejos del camino principal, me bajo del lomo de Anassa en un pequeño claro.

Ella aguarda paciente mientras ayudo a Saela y desato un par de alforjas. Quiero que vaya lo más ligera posible para que pueda atrapar algo rápido. Anassa se desliza entre los árboles y Saela se apoya contra un abeto alto.

Está tensa, consumida por la necesidad de sangre.

Permanecemos en silencio un buen rato. La luz dorada todavía se cuela entre las ramas. En algún lugar, una paloma gris emite arrullos rítmicos. Suponía que seguiría haciéndome el vacío, pero la voz de Saela se une a los sonidos del bosque, ronca, como si tuviese la garganta demasiado seca.

—Así será mi vida a partir de ahora —murmura—. Tendré que ocultar para siempre lo que soy.

Niego con la cabeza.

—Sae, te prometo que Aldrich y yo estamos haciendo todo lo que podemos. Encontraremos una cura.

Se pone roja.

—Si es que hay una cura, Meryn. Si es que la hay.

—Sae…

—Para, por favor. No deberías prometer cosas así. ¿Y si no das con ella, Mer? ¿Y si soy un sifón para siempre? ¿Te has parado a pensarlo? Porque yo sí. Todo el tiempo.

Sus palabras me golpean como un puñetazo en el estómago. No quiero que pierda la esperanza. Me mira con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Qué harás conmigo cuando fracases? ¿Me encerrarás en algún sitio? ¿Me desterrarás? ¿Me dejarás atrás, como has intentado hacer hoy?

Me aparto, herida, asustada. Quiero decirle que no hay nada más importante para mí que ella, pero…

Una rama cruje detrás de Saela. Me doy la vuelta, esperando ver a Anassa regresar con una presa. Pero se trata de un hombre alto y uniformado, con el rostro retorcido por el odio. Y tiene un cuchillo rozando la garganta de mi hermana.

—Te tengo, usurpadora —gruñe.