Capítulo 20 #2
—¡Y yo no puedo sacarme este puto brazalete! —La última palabra sale como un lamento, y me doy cuenta de que he vuelto a darle vueltas, una tras otra, como si sirviera de algo.
Se me vienen a la cabeza las palabras del contacto de Venna: si intentara quitármelo, podría morir.
Stark extiende la mano para detener la mía. Está temblando, y yo alzo la vista, sorprendida. Tiene las facciones rígidas por la rabia, que emana de él en oleadas, como si su magia y su fuerza física se estuvieran fusionando para atacar.
Respira hondo, me suelta la mano y se sienta a mi lado en la cama.
—No necesitas que te diga que eres fuerte.
—No. —Le doy la razón con una sonrisa débil—. Quizá Killian tenga razón. Quizá yo sea arrogante, pero sé que soy fuerte. Soy más fuerte que ese payaso malcriado que creció creyendo que todo le pertenece. Y pienso demostrárselo, joder.
Stark asiente; vuelvo a mirarlo a los ojos, con nuestros rostros demasiado cerca en el dormitorio en penumbra.
—Y sé que tampoco necesitas que te diga que me lo cargaría en este mundo y que luego lo perseguiría hasta la muerte para matarlo en cualquier otro. —Su voz refleja violencia contenida.
—No, no lo necesito —respondo, sosteniéndole la mirada; dejo que esa violencia se filtre en mi piel para saborearla—. Porque ambos sabemos que no descansaré tranquila hasta que tenga las manos cubiertas de su sangre.
Busca mi mirada. Vuelve a asentir, y estoy lo bastante cerca como para ver cómo se le tensan los músculos del cuello con el movimiento; los tatuajes parecen danzar bajo la luz de la lámpara.
—Entonces dime qué necesitas, Meryn.
Suelto el aire que tenía atrapado en el pecho; la cabeza me da vueltas. Su presencia me hace estar en tensión, me dificulta pensar con claridad. Pero hay una pregunta que necesito hacer.
—¿Por qué te importa, Stark?
Mi curiosidad ha ido creciendo. La mitad del tiempo noto que odia estar cerca de mí. La otra mitad, bueno…, no sé qué pensar.
Baja la mirada, y el cabello oscuro le cae sobre el rostro. Intento no imaginarme el roce de su textura sedosa entre mis dedos.
—En serio —insisto—. Ya has cumplido con tu deber. He reclamado la corona. No… no necesito a alguien a mi lado que se sienta obligado a estar aquí. Sé que no elegiste esto. Así que, por lo que a mí respecta, no me debes nada.
Stark entrelaza sus enormes manos, cubiertas de tatuajes y cicatrices.
—No pienso irme a ninguna parte.
Sigue sin mirarme.
—¿Es por Anassa y Cratos? —le interrogo—. Sé que… sé que el vínculo de pareja puede llegar a ser confuso. Bloquéalo. Es lo que hago yo.
Levanta la cabeza de golpe. Su mirada es abrasadora, como un incendio, y si me acerco demasiado, me consumirá por completo.
Tomo una bocanada de aire temblorosa, y él la oye, pues baja la vista hasta mis labios y la deja en ellos durante un instante.
—No es por el vínculo de pareja, Meryn —responde finalmente, antes de encontrarse de nuevo con mi mirada. Su voz es un retumbar grave que hace que se me dispare el pulso—. Ni tampoco porque me sienta obligado.
—Entonces ¿por qué? —Mis palabras son apenas un susurro.
—Me he pasado toda la vida rodeado de personas que solo ansían el poder por pura ambición. Que quieren demostrar su dominio y forzar a los demás a serles sumisos. Desconocía que existiera otra forma de entender el mundo. Pero entonces te conocí a ti.
Creo que he dejado de respirar.
—Te veo, Meryn Hielormenta. Veo quién eres y quién podrías llegar a ser.
Se trata de la esperanza que me das de un futuro mejor para nuestro país y de mi deseo egoísta de verlo hecho realidad.
Elijo servir a tu lado porque es lo que quiero.
Así que dime qué necesitas, porque es muy tarde y se me está acabando la paciencia.
Trago saliva. El pulso me late con fuerza y la piel me arde.
—Necesito… —Otro escalofrío me sacude y, de pronto, estoy muy cansada, más cansada de lo que he estado jamás—. Necesito dormir. Quiero ser útil cuando vayamos a Villasabia y no sé cómo lograrlo si no consigo dormir ni una maldita hora.
Aprieto los ojos con frustración.
—E Izabel… No puedo dejar de pensar en ella. Fui yo quien le pidió que se quedara conmigo, que no fuera al frente con el resto de la manada. Es mi culpa que estuviera aquí. Bebió una copa de vinascua que era para mí.
Se me revuelve el estómago; la pena y el agotamiento me anudan las entrañas y mi corazón empieza a desbocarse de nuevo.
—Eh —dice Stark con urgencia, mientras me sujeta el antebrazo con fuerza. Abro los ojos y lo miro—. Estés donde estés ahora mismo, no lo hagas —murmura con suavidad—. Respira hondo y vuelve a la cama.
No sé qué más hacer, así que obedezco. La primera respiración casi duele, pero a la segunda o tercera, el corazón se me calma y el cansancio tira de mí.
Me pongo en pie y aliso las sábanas, enredadas por mis movimientos.
La cama se ha enfriado y las sábanas ya no me oprimen tanto cuando vuelvo a meterme en ella.
Apago la lámpara de nuevo y observo cómo Stark también se levanta, se quita las botas y rodea la cama hasta el lado contrario.
—¿Qué estás haciendo? —Estoy tan agotada que apenas me funciona la cabeza.
—Has dicho que necesitas dormir. Pues duerme.
—Se acomoda sobre las mantas; sus hombros anchos hacen que la enorme cama parezca pequeña—.
Haré guardia. Antes percibí que algo iba mal, quizá a causa del vínculo de pareja de los lobos.
Ahora que lo sé, si vuelvo a notarlo, si siento que te arrastran a ese mundo de sombras, te despertaré.
Observo la oscuridad del techo.
—Vale.
Es raro, pero, al mismo tiempo, reconfortante. Su cálido cuerpo está tan cerca que bastaría con alargar la mano para tocarlo. Pero no lo hago.
Me tumbo de lado para darle la espalda, aunque soy muy consciente de su presencia detrás de mí. Vigilándome.
En cuanto cierro los ojos, se me acelera de nuevo el corazón.
Mi respiración se vuelve superficial y el rostro de Killian emerge en la oscuridad y se funde con el de Izabel: su cara al beber de mi copa, sus espasmos mientras se ahogaba.
Abro los ojos de golpe, pero la imagen sigue ahí, grabada en mi mente. Incapaz de contenerme, rompo a llorar.
Stark me rodea con uno de sus fuertes brazos y me presiona con suavidad el estómago a través de las mantas. Giro el cuello para mirarlo, sorprendida.
—¿Así mejor? —Su voz grave suena inusualmente insegura.
—Mejor. —Un súbito calor me desborda desde dentro, empezando por el lugar en donde reposa su mano.
Vuelvo a darle la espalda. Él ciñe su brazo con más firmeza a mi alrededor y se arrima ligeramente a mi espalda. El calor y el peso de su cuerpo me sosiegan. Calman mi respiración, me ayudan a recordar que debo inspirar hondo una y otra vez.
Cierro los ojos con cautela, concentrada en la sensación de su fuerza envolvente. Esta vez no llegan más visiones.
No noto el momento en el que paso de la vigilia al sueño, profundo y sin pesadillas. El primero en semanas.