Capítulo 20
Meryn
Esta noche lucho contra el sueño, como cada noche, pero el agotamiento me vence. Después de todo lo que ha pasado en los últimos días —la coronación, Izabel , la traición de Phylax—, mi cuerpo ha llegado al límite.
Apenas he cerrado los ojos cuando los abro en ese espacio borroso y sombrío, el lugar donde la magia de Killian y la mía se entrelazan.
Me doy la vuelta con temor, consciente de que estará ahí. Lo encuentro recostado en lo que parece un trono hecho de sombras. Espirales complejas y nudos de magia oscura se mueven con lentitud, de forma perezosa, creando la inquietante impresión de que el trono está vivo.
A Killian le brillan los ojos y, al sonreírme, revela el filo de un colmillo.
Incluso ahora, con todo lo que ha pasado, la imagen me parece tan inverosímil que se me eriza la piel. Cierro los ojos con fuerza, obligándome a salir de este lugar y volver a la seguridad de mi cama.
No puedo lidiar con él ahora mismo. Ni nunca.
—Venga, Meryn, no te pongas así. —Su voz familiar me recorre como una oleada de frío y calor—. Habla conmigo. Siento lo de Izabel, sé que era importante para ti.
Aprieto los dientes; me niego a mirarlo.
—¿Fuiste tú? —le espeto—. ¿Tú pusiste el veneno?
Killian suspira.
—¿No he sido lo bastante claro, gatita? —El viejo apodo me atraviesa como un puñal. Clavo la mirada en sus ojos entrecerrados—. No quiero matarte, Meryn. Te quiero. Vamos, podríamos ahorrarnos todos estos problemas si simplemente me dejaras amarte como mereces.
Se le curva la comisura de la boca en una sonrisa ladeada mientras me recorre con la mirada. Me estremezco. Odio los recuerdos que se deslizan por mi mente sin mi permiso: él mientras me lava la espalda, sus labios en mi oreja, en mi cuello.
Sus manos tocándome, deshaciéndome.
—¿Y los Phylax? —Las sombras se concentran y giran alrededor de mis pies como una niebla espesa y negra mientras me acerco a su asiento. Me detengo a unos pasos y le sostengo la mirada; me niego a dejarme intimidar por este mentiroso traidor.
—Pues claro que los Phylax han acudido a mí; siempre han sido leales —responde Killian con suavidad al ponerse en pie—.
Saben que no deben abandonar a su legítimo rey.
El alfa Tormun vio la verdad. Los Phylax son los guardianes, los protectores.
Y ahora creen que su deber es proteger al pueblo de ti.
—N-no te creo —balbuceo. Los vinculados estaban encantados con lo que hice en la coronación. No tiene sentido que una manada entera me dé la espalda de forma voluntaria. Killian debe de haber… hecho algo.
Hasta donde sabemos, Alistair Brilloscuro es el sifón más poderoso de la historia. Si hubiera alguien capaz de engañar a un alfa vinculado, serían él y Killian.
—¿No? —Los ojos de Killian me atraviesan mientras se acerca, su voz apenas un susurro—. Los nobles lo han visto con sus propios ojos. Saben que no controlas tus poderes. Huyeron a sus feudos aterrorizados, Mer. ¿Sabes cómo te llaman? La chiflada de Hielormenta.
Se me llenan los ojos de lágrimas y la vergüenza me inunda por dentro. No le creo, pero aun así sé que hay algo de verdad en sus palabras.
Da otro paso hacia mí.
—Te estás jugando todo nuestro reino. ¿Qué pasará ahora que el frente se ha debilitado?
La oscuridad es densa, aplastante. Tomo una bocanada de aire, pero siento que me ahogo. Killian se acerca todavía más y levanta una elegante mano para acariciarme la mejilla con suavidad usando el pulgar.
—No es demasiado tarde para nosotros. —Su voz es seductora, su tacto familiar.
Por un instante, mi cuerpo me traiciona y me inclino hacia él—.
Déjame perdonarte, gatita. Déjame recuperarte.
Podemos gobernar juntos si te sometes a mí.
Juntos encontraremos la forma de acabar con Alistair.
Puedo ser el rey que este país siempre mereció.
Hace una pausa para escrutar mi rostro antes de continuar.
—¿De verdad vas a entregar nuestra nación a Astreona por tu ego y tu arrogancia? ¿Vas a arrastrarnos a una guerra civil solo por elegir una corona antes que al hombre que te ama?
Ante la palabra «hombre», mi instinto de supervivencia por fin se despierta. Me aparto de él con brusquedad hasta quedar fuera de su alcance. Me arde la cara donde antes sentí su caricia.
—No eres ningún hombre —gruño—. Prefiero morir antes que gobernar junto a un parásito monstruoso y chupasangre, poseído por un profanador de cuerpos. Yo soy la reina legítima. Fue a mí a quien llamó la corona.
El semblante de Killian se deforma por la rabia y se le cae la máscara. Las sombras se vuelven violentas y nos azotan como un tornado. Se abalanza sobre mí y me coge de la muñeca. Me aprieta ese asqueroso brazalete de compromiso con tanta fuerza que me duele cuando se hunde en mi piel.
—Eres mía , Meryn. Por mucho que tú finjas lo contrario, yo no lo olvidaré. Por cierto, ¿cómo se encuentra tu hermana?
Ante esas palabras, mi furia estalla y algo se rompe. Una luz brilla en mi mente; percibo los límites de este reino y, más allá, algo más. Como si todo esto se tratara de una gruesa capa que podría arrancar si me concentro.
Me distancio de Killian, cierro los ojos con fuerza y concentro toda mi energía en rechazar este reino de sombras. Me obligo a despertar. En algún sitio, al otro lado del muro sombrío, está Anassa. Casi puedo oír su voz en mi cabeza.
Las sombras tiran de mí, envolventes; intentan retenerme, pero me zafo de ellas. La voz de Killian se retuerce y se deforma, como si me hablara a través del agua. Justo… ahí, al otro lado de esta oscuridad enfermiza, hay algo…
Me despierto con un sobresalto. El pijama se me pega al cuerpo a causa del sudor, por lo que retiro las sofocantes mantas.
Me duele la muñeca. Bajo la vista al brazalete, lo deslizo un poco hacia arriba y observo el anillo rojizo; parece una quemadura grabada en mi piel.
Quiero quitármelo. Diosa, quiero deshacerme de él con todas mis fuerzas.
Depositamos todas nuestras esperanzas en que Tormun capturara a Killian, y ahora…
¿Cuándo me libraré de esto? ¿Estaré atada a él para siempre por culpa de esta maldita cosa?
¿Dejaré que corrompa la magia de la manada y drene la mía?
La habitación está por completo a oscuras salvo por una lámpara de aceite que chisporrotea, pero esta oscuridad es totalmente distinta de la del mundo onírico: es fresca y vacía, en lugar de esa presión densa y enfermiza.
Por un segundo, todavía siento que me oprime.
Me froto los ojos para intentar deshacerme de esa sensación, del eco de las amenazas de Killian.
Me permito un único grito desgarrado de rabia, de desesperación, de dolor.
Entonces, algo raspa con fuerza el suelo y casi salto de la cama.
—Esta vez —dice una voz grave y controlada desde el rincón oscuro junto a la puerta— dime la verdad. ¿Qué te está pasando?
Parpadeo cuando Stark emerge de entre las sombras; su enorme figura se incorpora del sillón de la esquina. ¿Me ha estado vigilando mientras dormía?
Me observa con aspecto severo, y entonces lo sé: no se irá de mis aposentos hasta que le dé respuestas.
Todavía me tiemblan las manos por el encuentro en el mundo de sombras cuando alzo la vista hacia Stark, una pesadilla corpórea.
Está a apenas uno o dos pasos de mí, con uno de sus fuertes brazos apoyado contra el poste de esta cama maldita por la Diosa y con expresión inflexible.
Sus ojos oscuros arden con una emoción que no logro describir.
Es aterrador, como siempre.
Y hermoso, como siempre.
Ahora mismo me siento demasiado agotada y vacía como para enzarzarme en una de nuestras pequeñas discusiones. Desahogarme casi suena como un alivio.
—Vale. Pensaba contártelo de todas formas.
Lo rodeo y subo la intensidad de la lámpara de mi mesita de noche, una pieza ornamentada y facetada.
En la mesa de centro hay una jarra de agua con dos vasos; me sirvo uno, me lo bebo de un trago y vuelvo a llenarlo.
El agua me calma la garganta y me refresca lo suficiente como para poner en orden mis pensamientos.
—No duermo bien desde hace… semanas, supongo. Cuando duermo, a veces es todo normal, sin sueños o con alguna que otra imagen sin sentido. Pero otras veces termino en ese… lugar. Es como un reino entero hecho de sombras, la magia que poseo…
Stark me observa en silencio.
—… y que también posee Killian, por culpa de este dichoso brazalete.
—Trago saliva y le doy otro sorbo al agua—.
Es real. No es un sueño como otro cualquiera.
No sé cómo explicarlo. Es como si hubieran manipulado mi magia para crear un lugar en el que podamos hablar e interactuar, aunque esté a leguas de distancia.
Me dijo que no fue él quien lo creó, pero no me lo trago.
En una ocasión también escuché… una voz.
Stark entrecierra los ojos.
—¿Una voz?
Dejo el vaso sobre la mesa.
—Una voz masculina y grave.
—¿Alistair? —pregunta Stark.
Niego con la cabeza.
—No. Killian dijo que Alistair no puede acceder a ese lugar. Oí la voz antes de que Killian empezara a aparecer. Yo…
No sé qué pensar. Me preocupa estar enloqueciendo. Que mi poder me esté llevando al límite y que cruce un umbral del que no pueda retornar.
Mi madre oía voces. Y tal vez fue a causa de la magia reprimida y del derecho de nacimiento que nunca reclamó, pero… quizá fue algo más.
—Puede que eso último sí que fuera un sueño —digo.
Regreso al pie de la cama y me siento, reconfortada y alerta al mismo tiempo por la presencia apabullante de Stark.
—Solo es la segunda vez que me pasa —continúo, sin dejar de mirarlo—. No puedo dormir. Vivo con miedo de que, si cierro los ojos, acabe allí de nuevo. Fue horrible.
Giro el brazalete de compromiso con violencia. El rubí que antes me parecía precioso, ahora se asemeja a una mancha de sangre coagulada contra mi piel. Me obligo a quedarme quieta.
—Fue horrible —repito en voz baja—. Las cosas que me dijo… Nunca me dejará en paz. Puede meterse en mi cabeza, en mis sueños. Tiene mis poderes.
Stark me mira con intensidad, con los labios apretados.