Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

—Cuando capturemos a Tormun, que lo haremos —gruño, alterado—, lo decapitaré y pondré su cabeza en una pica fuera de la Ciudad Vinculada.

Servirá como advertencia para todos los demás vinculados: no se va en contra de las reglas de la manada.

Respondemos ante una única autoridad: la reina Meryn Hielormenta.

Ella abre la boca, sorprendida, y luego suelta una risa suave, con las mejillas sonrojadas.

—Vaya. Odio admitirlo, pero eso me ha puesto cachonda. ¿A Noemi también le gusta que le hables así?

Sus palabras me ponen la polla dura. Le suelto la muñeca y trago saliva con dificultad. Joder, me destroza que piense que Noemi y yo estamos juntos, pero es mejor así.

—Stark —dice Meryn, y el sonido de mi nombre en sus labios se me graba en la memoria. Tardo un momento en procesar lo que dice—. Tu madre ha convocado una asamblea con todos los alfas. Los… alfas que quedan.

Con un suspiro, la sigo de vuelta al castillo.

Nos reunimos en la estancia que usa Meryn para las reuniones del Consejo Palatino, ya que es lo bastante grande como para albergar al menos a una docena de jinetes y sus lobos si fuera necesario. Anassa y Cratos adoptan posiciones defensivas alrededor de la habitación.

Mientras Siegrid, Egith y Hannelore entran, Meryn observa los mapas de Nocturna extendidos sobre la enorme mesa de roble, los cuales forman un complejo mosaico: cartas tácticas del frente, planos del terreno y mapas que detallan campañas militares pasadas.

Me siento a su izquierda y presencio cómo su expresión se vuelve cada vez más abrumada, lo que aviva la furia que siento contra Phylax y el puto alfa Tormun.

Egith toma la palabra como alfa de Estrategos.

—Bueno, como todos sabemos, Phylax forma la columna vertebral de nuestra defensa. Están, o estaban, situados en los puntos vulnerables más críticos, donde sabemos que los sifones tienen más probabilidades de hacer retroceder nuestras fuerzas.

Aprieta los labios y frunce el ceño mientras se coloca detrás de Meryn para señalar el mapa que se encuentra frente a ella.

—Sin embargo, todavía contamos con la mayoría de nuestras fuerzas de Daemos en esas zonas, además de suficientes soldados de infantería.

En una escaramuza con Astreona, deberían poder aguantar.

Aun así, últimamente una gran concentración de Phylax ha estado defendiendo la aldea de Villasabia, al este de Salvia.

Meryn enarca las cejas.

—¿No es ahí donde se cultiva la mayor parte del trigo de Nocturna?

Siegrid interviene.

—Sí, es una zona agrícola crucial para numerosos cultivos. Si los sifones se hacen con el pueblo y destruyen la cosecha, el suministro de grano de todo el país quedará devastado.

El color abandona el rostro de Meryn; refleja a la perfección la pesadumbre que se apodera de mi estómago.

—Y ahora no tenemos a nadie que lo proteja.

—Correcto —responde Siegrid, con la mirada clavada en Meryn—. Por eso debéis dirigiros lo antes posible a nuestro campamento en Villasabia para sumaros a la defensa.

—Tienes que estar de puta coña —digo con voz controlada, aunque el gruñido de Cratos delata mi indignación.

La alfa soberana frunce los labios con desdén al volverse hacia mí.

—Por supuesto que no —replica—. Meryn puede erigir escudos Phylax, y su capacidad es superior a la de un vinculado normal y corriente.

Necesitamos restablecer nuestras líneas en Villasabia cuanto antes, pero puede que nos lleve semanas trasladar los soldados de infantería suficientes.

Ella y Anassa pueden viajar mucho más rápido que un cuadrante de tropas.

Me pongo en pie y me giro hacia Meryn; resisto el impulso de reducir la ya de por sí corta distancia que nos separa para sujetarle el hombro.

—Mi reina, no tenéis por qué hacerlo —digo, ignorando la mirada asesina que me lanza la alfa soberana—. Vuestra seguridad es lo primordial ahora mismo, especialmente después del intento de asesinato.

Casi puedo ver los engranajes de su cabeza girando.

—Necesito escuchar el plan entero —responde antes de volverse hacia Siegrid y Egith.

Me veo obligado a reprimir un gruñido de frustración—.

No pretenderéis enviarme a Villasabia y esperar que todo salga bien, ¿no?

Todos sabemos que dejarme en el frente de forma indefinida no es una estrategia en condiciones.

Puede que Astreona sea una amenaza, pero Killian también, y alguien tiene que gobernar.

Siegrid sonríe.

—Esa es la mente de un Estratego. Tenéis razón. ¿Egith?

La alfa de Estrategos coloca un mapa sobre la mesa.

—Una vez fortifiquéis las defensas de Villasabia y nos consigáis algo de tiempo, Estrategos y Daemos llevaremos a cabo una distracción cerca de Salvia —explica mientras rodea una zona del plano con el dedo—.

Atraeremos a las fuerzas astreonenses lejos de Villasabia.

Con suerte, cuando se desplacen, ya habremos enviado refuerzos a vuestra posición y podréis partir hacia Hielormenta.

—¿Las fuerzas de Daemos? —pregunto con brusquedad—. ¿Necesitáis que las lidere?

La alfa soberana alterna la mirada entre Meryn y yo con tanta rapidez que cualquiera lo habría pasado por alto.

—No, tienes que quedarte con la reina. Sabes cuál es tu deber, ¿verdad? —A continuación, me dedica una sonrisa dulce.

Siegrid nunca en mi vida ha sido dulce conmigo.

Menuda zorra manipuladora. Pretende que Meryn regrese de esta operación con otro brazalete de compromiso en la muñeca.

—De acuerdo —mascullo entre dientes, molesto. De todas formas, ahora mismo estrangularía a cualquiera que intentara apartarme del lado de Meryn—. Me coordinaré con mi beta y mis gammas.

—Partiré hacia Salvia mañana —dice Egith—. ¿Os parece bien el plan, alteza?

Meryn asiente lentamente.

—Sí, tiene sentido. No podemos perder todo nuestro suministro de alimentos; ya estamos en una situación bastante desesperada. Pero querré regresar aquí lo antes posible para reagruparnos y decidir qué hacer con la… situación de Cuervofrío.

—Entonces queda decidido —declara Siegrid.

Cualquiera que la conozca tanto como yo sería capaz de percibir la satisfacción de su tono de voz—.

Hannelore y yo partiremos hacia Villasabia al amanecer.

Reina Meryn, debéis permanecer en el castillo un día más, dos como máximo, para organizar vuestra ausencia, y luego reuniros con nosotras cuanto antes.

Stark os acompañará… —Me mira—. Llevaos también a Noemi.

Creo que podrá ayudar a Meryn a reforzar sus escudos.

La conversación deriva hacia equipamientos y provisiones, y observo cómo Meryn se concentra con todas sus fuerzas, sin mucho que añadir pero claramente deseosa de absorber la máxima cantidad de información posible.

Cuando la reunión termina, me quedo atrás para hablar con Siegrid a solas. Meryn me dedica una mirada cargada de un significado que no alcanzo a descifrar al marcharse con Anassa.

Siegrid apenas espera a que la puerta se cierre antes de expresar su desagrado.

—¿Piensas seguir cuestionando mis decisiones, alfa Stark? ¿O es que tú también quieres desertar y abdicar de tu deber?

Me palpita un músculo en la mejilla mientras le sostengo la mirada.

—¿Qué estás tramando, Siegrid? Estás poniendo en peligro a nuestra reina. Creía que querías convertirla en parte de tu familia antes de deshacerte de ella.

Siegrid me mira con desdén.

—No seas infantil, Stark. ¿De verdad crees que yo, precisamente yo, la pondría en una situación que no puede controlar?

—Controlar sus poderes en un entrenamiento es una cosa —le espeto, incapaz de evitar que la rabia se apodere de mis palabras, avivada por la preocupación—. Ya viste lo que le pasó en la coronación. No tiene control y, además, teme lo que podría llegar a hacer.

La cabeza me late con fuerza. En el fondo, yo también temo lo que podría llegar a incitarla a hacer.

—No tiene control sobre el tuercesombras —responde Siegrid con altivez—. Y no le estamos pidiendo que lo utilice. Te aseguro que es más que capaz de manipular el poder de contención; de hecho, tiene un control y un alcance extraordinarios.

Gruño de frustración.

—¿Y qué hay del hecho de que Villasabia es una zona de guerra activa? Si resulta herida…, si la perdemos…

Cratos aúlla, su furia dolida es un reflejo de la mía, y Siegrid se sobresalta. Después me lanza una mirada asesina.

—Te aseguro que sé mejor que tú todo lo que estaría en juego si perdiéramos a Meryn Hielormenta.

Me acerco a ella con rapidez y la hago retroceder hasta quedar aprisionada contra la pared. Ni siquiera pestañea.

—¿Segura? —escupo—. Porque, casualmente, no hemos hablado del tema esta noche, pero yo no me he olvidado de que fuiste tú quien dio la orden de enviar a Tormun tras Killian, después de que Meryn te dijera que era una idea peligrosa. ¿Y qué ha pasado?

Ella se limita a levantar el mentón.

Hundo un dedo en su pecho.

— Tú eres la responsable de que toda una manada haya desertado.

Tú eres la responsable de que Villasabia se quede sin protección.

¿La gente inocente que morirá a causa de tu arrogancia porque no quisiste dignarte a escuchar el consejo de una mujer más joven?

Tienes las manos manchadas con su sangre, Siegrid.

La alfa soberana me aparta de un manotazo y continúa sin decir nada.

—Así que sí —siseo—, pienso seguir cuestionando tus decisiones. Porque no me voy a casar con esa mujer, pero me aseguraré de protegerla de personas como tú.

Por fin, algo se enciende en su mirada. Es desconcertante. Casi parece… orgullo.

Pero lo único que dice es:

—Puedes retirarte, alfa Stark.