Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

Stark

Esta tarde el sol brilla de cojones sobre la nieve; los destellos afilados que lanza hacen que me ardan los ojos.

La niebla de la mañana, apropiada para el funeral, por fin se ha disipado.

Pero dejó algo húmedo e inquieto en mi interior, algo que necesito expulsar del cuerpo con movimiento y viento.

Me llevo la mano a la frente y entrecierro los ojos en dirección a las terrazas de los lobos. Noemi por fin guía a Ephyse cuesta abajo hacia nosotros. Ya era hora. Ha estado muy callada y aturdida desde que despidió a la comitiva de Caída Férrea.

«No es la única», dice Cratos, y me da un empujón con su gran hocico negro. Lo aparto.

«¿Y te extraña? Prepárate para correr a toda velocidad. Quiero que me ardan los músculos».

Meryn ha estado insoportable estos últimos días, y ha empeorado después de lo ocurrido con Tomison esta mañana.

Quizá su trauma se esté filtrando a través del vínculo.

O, lo que es más inquietante aún, quizá me importa que esté mal.

Al fin y al cabo, la culpa de que perdiera el control en su coronación fue mía. Una vez más, la sentí al borde de su poder y, una vez más, la llevé por el mal camino…, lo que trajo consecuencias desastrosas.

Necesito mantenerme alejado de ella. Ella lo necesita.

—¿Preparado? —pregunta Noemi con impaciencia al acercarse, con la mano apoyada en la cadera. Como si fuera yo el que nos hubiera estado retrasando.

Mi respuesta nunca llega porque una sacudida brusca y desorientadora me retuerce la mente. Aprieto los dientes y me apoyo en Cratos. La sensación es tan extraña, desconcertante y antinatural , que tardo una fracción de segundo en verlo.

Noemi se ha desplomado. Su pelo es una llamarada roja contra la nieve, como sangre derramada. Está hecha un ovillo en el suelo, con ambas manos sobre los oídos y los ojos cerrados con fuerza. Está herida.

El pánico me atraviesa las venas cuando corro hacia ella.

Antes de que la alcance, Noemi se incorpora con brusquedad para evitar que la toque. Se endereza y se pone de pie. Se me cierra la garganta y doy un paso atrás, desconcertado. Hay algo raro en sus movimientos cuando se vuelve hacia Ephyse, como si mantuvieran una comunicación mental.

¿Qué cojones está pasando?

—¿Noemi?

—Tengo que irme —contesta de forma atropellada. Su expresión habitual, cálida y abierta, está ahora tensa…, dura e irreconocible.

Se monta a lomos de Ephyse a toda velocidad antes de volverse hacia Cratos y hacia mí. Estamos bloqueando la bajada más rápida desde esta parte de las terrazas de los lobos; para marcharse, tendrá que pasar por encima de nosotros.

Una alarma resuena dentro de mí.

—¿Adónde vas, Noemi? —Puede que sea el rostro de mi amiga, pero no reconozco a la mujer que se encuentra sobre Ephyse.

—Phylax se une al rey Killian. —Su voz es plana, sin matices. Ella y Ephyse se mueven hacia la derecha para intentar rodearnos.

Con un único movimiento, les corto el paso. Agarro a Noemi por la muñeca, la bajo de Ephyse de golpe y la tiro al suelo. Caemos sobre roca helada y aprovecho el impulso para rodar con ella.

Cratos da un paso al frente para protegernos con su cuerpo y le lanza a Ephyse un gruñido amenazador.

—Ni de puta broma —le espeto a Noemi. Uso la rodilla para inmovilizarla contra el suelo.

Ella se revuelve hacia un lado e intenta pegarme un puñetazo en la cara, pero no tiene ninguna oportunidad contra el alfa de Daemos. Le sujeto la otra mano y le retuerzo las muñecas hasta inmovilizarla por completo.

—Puedes luchar contra esto, Noemi —le digo mientras, de fondo, Ephyse muerde a Cratos, quien suelta un gruñido de advertencia que hace vibrar el suelo—. Puedes hacerlo. Resiste.

Ya le he fallado antes. Ese peso vive enterrado en mi médula ósea, me inunda las venas de dolor cuando menos me lo espero. No le fallaré de nuevo.

Noemi se retuerce inútilmente bajo mi agarre, con los ojos desorbitados, sin responder.

«Joder».

Cratos y Ephyse se han apartado de nosotros y se rodean el uno al otro sin parar de gruñir. Cratos suelta un ladrido de advertencia, un sonido que conozco a la perfección. Es el ladrido que emite justo antes de atacar para mutilar.

«Cratos, Ephyse no sabe lo que está haciendo. No le hagas daño».

En ese instante de distracción, Noemi libera una mano de mi sujeción con una fuerza insospechada y me abofetea con brutalidad. Vuelvo a agarrarla. Tiro de ella hacia mí hasta que nuestras caras casi se tocan.

—Concéntrate, Mimi —le espeto, rezando para que le llegue la dureza de mi voz—. Alistair Brilloscuro está dentro de Killian. No puedes irte con él.

Un destello de angustia le cruza el rostro. Hay una parte de ella que puede oírme.

Aprieto los dientes con frustración.

Es raro, casi impensable, que un miembro de la manada se resista a la orden de su alfa. Aun así, los recientes acontecimientos han demostrado que es posible, ya sea por la corrupción de nuestra magia o por la rotura del Acero Feroz. Ese malnacido de Jonah y sus lacayos han conseguido aislarme.

¿Qué podría atravesar esa barrera? ¿Qué podría hacer que Noemi escuchara ?

Puede que haga falta alguien cuya autoridad supere a la de Tormun. Alguien como nuestra reina.

«Ven enseguida —digo a través del vínculo que tanto me ha costado evitar—. Y trae a Anassa».

El silencio dura un segundo, dos. Después, sin hacer preguntas, responde:

«De acuerdo».

Suspiro, aliviado, y vuelvo a concentrarme en mantener sujeta a Noemi. Se le están poniendo las manos blancas bajo mi agarre. Le estoy haciendo daño.

Pero soltarla… le haría mucho más daño.

Los minutos se alargan de forma dolorosa, pero, finalmente, Meryn y Anassa salen del castillo.

Meryn va a lomos de su huargo, que se salta las escaleras para llegar hasta nosotros en tres enormes zancadas. Se baja de Anassa con rapidez, quien corre para ayudar a Cratos a contener a Ephyse.

—Oblígala a oponer resistencia a la orden —le exijo, pero suavizo el tono al ver la conmoción en su mirada—. Por favor. Ayúdala.

Una tormenta de emociones cruza el semblante de Meryn, pero asiente. Se arrodilla junto a nosotros y toma el rostro de Noemi entre sus manos. Mi amiga sigue forcejeando contra mi agarre.

—Soy tu reina —dice Meryn con firmeza, con voz de acero—. Te ordeno que no obedezcas a tu alfa. Debes permanecer aquí, en Hielormenta, a mi lado.

Mientras Meryn habla, Anassa se lanza hacia delante y derriba a Ephyse. Este intenta quitársela de encima. Anassa le rodea la garganta con las fauces, pero se ciñe a sujetarlo, sin morderlo. Se limita a dejar clara su amenaza.

La lucha abandona el cuerpo de Ephyse al mismo tiempo que Noemi se relaja entre mis manos. Espero un minuto más, por si se trata de un engaño, y luego le suelto las muñecas y me pongo de pie. Le tiendo la mano para ayudarla a levantarse.

La expresión devastada que veo en su rostro cuando se incorpora es como un puñetazo en el estómago. Pocas cosas me dan miedo, pero la idea de que se marche, de que se vea obligada a ponerse del lado de Killian después de todo lo que su padre le hizo…

Nunca me lo perdonaría.

Se le llenan los ojos de lágrimas y aparta la mirada, avergonzada. Retira la mano de la mía y retrocede tambaleándose, respirando con dificultad.

—Lo siento mucho —dice Meryn al colocarse a su lado—. Detesto la idea de imponerle una orden a alguien. En otras circunstancias, ni se me ocurriría hacerlo. Solo lo hice porque creí que era necesario…

Noemi levanta una mano para interrumpirla. Se la ve más tranquila, aunque todavía tiembla un poco.

—No te preocupes —responde en voz baja—. Gracias.

Noemi está pálida, casi parece a punto de romperse. Los años que pasó en el frente la ayudaron a recuperar su confianza y su fortaleza, pero, de pronto, siento que tengo ante mis ojos a la persona que era cuando salió de las Pruebas.

—Tendremos que dejar el paseo con los huargos para otro día, Valstark —añade, aunque se dirige más a la nieve que a mí—. Creo que necesito tumbarme un rato.

Ephyse se acerca a ella por detrás y le acaricia el pelo con el hocico. Su dueña se da la vuelta y hunde la cara en su pelaje desgreñado al tiempo que le rodea el cuello con los brazos. El sentimiento de protección sigue ardiéndome dentro del pecho mientras observo cómo entran en el castillo.

¿Qué se sentirá al estar separado de tu manada, de tu alfa?

«Casi ningún Phylax del frente se resistió a la orden —gruñe Cratos, con una indignación ardiente que iguala a la mía—. Los lobos de nuestros gammas dicen que hay unidades enteras de Phylax que simplemente… se han ido».

Me vuelvo hacia Meryn, quien también observa cómo Noemi se aleja, con una expresión indescifrable.

—Te agradezco la ayuda —le digo con aspereza—. Noemi… es como de mi familia.

Los ojos color avellana de Meryn se encuentran con los míos.

—¿Solo familia?

Detrás de su pregunta se esconde algo más. Sé lo que debe de parecer desde fuera. Pero quizá sea mejor que piense que Noemi y yo estamos juntos; es mejor cerrar cualquier puerta que pueda resultar peligrosa si se deja abierta.

—La quiero —respondo con sinceridad, mientras siento que el corazón se me encoge. Ella emite un leve sonido de asentimiento desde el fondo de la garganta—. ¿Qué ha pasado?

Suspira. Anassa ya ha regresado y Meryn se recuesta en ella en busca de apoyo.

—No lo sé. No lo entiendo. El alfa Tormun estaba convencido de que capturaría a Killian. ¿ Cómo han logrado convencerlo Killian y Alistair? ¿Cómo ha podido arrebatarnos a toda una manada?

Me arden los dedos ante la necesidad de acercarme a ella, de alisarle la arruga de preocupación que se le forma en la frente. Qué impulso más irritante.

En su lugar, le sujeto la muñeca y le toco el pequeño trozo de piel que asoma bajo su chaqueta. Se sobresalta ante el contacto. El calor de su piel me quema las yemas de los dedos, me recorre hasta que una llama prende en lo más bajo de mi vientre.

Aprovecho esa sensación para alimentar mi rabia.