Capítulo 18 #3
De pronto, tengo la boca seca.
—Yo… La familia del consejero no debería haber salido herida. Alcé las manos con ira. No pensé y dejé que la emoción tomara el control de mi poder. Y… esa no es la clase de reina que quiero ser. No quiero gobernar con miedo. Y lo lamento.
Me quedo sin palabras y me dejo caer en el asiento, sintiéndome insuficiente.
Tras otro rato en silencio, es Igor quien habla.
—Tienes razón, Meryn. Lo que hiciste fue terrible. En ese momento, me avergoncé de en quién te estabas convirtiendo.
Su mirada sobre mí es firme y, a su lado, La senescal Alienor asiente una vez con decisión. La decepción que irradia mi querido amigo —mi familia, en realidad— es más de lo que puedo soportar.
Se me encoge el estómago. Tiene razón, por supuesto.
Matar a toda esa familia fue un acto de maldad. ¿Acaso pensaba que había algo que pudiera decir para compensar lo que hice? ¿Las palabras son suficientes frente a una matanza sin sentido? ¿Existe alguna razón que pueda justificarlo?
—Bueno —interviene Siegrid con tono enérgico—, puede que esto no os sirva de consuelo, pero deberíais saber que los vinculados no comparten la opinión de Igor.
La noticia se ha extendido en el frente de guerra y por toda la Ciudad Vinculada.
La gente está impresionada por lo que hicisteis y por lo rápido que os vengasteis en nombre de uno de los nuestros.
Nevah asiente levemente.
—Mi familia ahora está de tu lado.
Siegrid tiene razón; no es un consuelo. Es un recordatorio de que quienes tienen instinto de manada valorarán la crueldad y la lealtad, incluso aunque eso conlleve el riesgo de enemistarse con el resto de la población.
Igor frunce los labios en señal de desaprobación y aparta la mirada.
¿Es este el destino de una reina vinculada? ¿Ser solo otro rostro de violencia y destrucción? ¿Cómo puedo mantener el equilibrio?
—Aun así —continúa Siegrid—, coincido en que deberíais haber mantenido vuestro poder bajo un control estricto. Pero lo hecho, hecho está. Volvamos a la tarea que tenemos entre manos en lugar de perder más tiempo. ¿La vacante del Consejo?
—Debería ser Igor —respondo en voz baja.
Levanta la mirada de inmediato, con el ceño fruncido.
Igor niega con firmeza.
—No, Meryn. No tengo la experiencia ni el conocimiento necesario para hacer justicia al cargo.
—Coincido —interviene Siegrid—. El puesto debería ocuparlo una familia noble.
Cómo no.
—¿A quién recomiendas entonces, Siegrid? —pregunto con amargura.
Ella no responde.
—No sabemos qué familias nobles nos seguirán siendo leales.
—Digo en voz alta lo que todos están pensando—.
Mientras tanto, alguien debe asumir de inmediato el liderazgo de la ciudad.
Dedicaremos tiempo a evaluar candidatos adecuados y elegiremos el reemplazo del consejero con la debida consideración.
Hasta entonces, quiero que Igor ocupe el puesto de forma temporal.
Sé que puedo confiar en él, y eso es lo único que me importa ahora mismo.
El silencio en la sala es tenso y parece prolongarse de forma indefinida.
Finalmente, Igor suspira y coloca sus manos rechonchas sobre la mesa.
—De acuerdo, gata callejera —dice, usando el apodo que me puso cuando era niña—. Lo haré, por ahora, pero empezaremos la búsqueda de un nuevo consejero permanente de inmediato.
Siegrid se encoge de hombros.
—Entonces queda decidido. Pasemos al esfuerzo de guerra. —Hojea la pila de pergaminos sobre la mesa—. Mañana partiré para reunirme con las fuerzas de Tardorlin.
Espero que el alivio que siento ante la idea de que Siegrid regrese al frente no sea demasiado evidente.
Igor y Siegrid se enfrascan en una minuciosa conversación sobre el despliegue de las tropas y los calendarios de entrenamiento.
Igor se asegura de entender todos los detalles del reclutamiento del ejército, una responsabilidad que, en teoría, siempre ha sido del consejero de Hielormenta; un buen punto de partida para que comience a asumir un papel más activo.
Me paso las manos por la cara; el agotamiento y la frustración se fusionan en una niebla turbia que hace que todo parezca borroso y ligeramente distante.
Estamos en el último punto del día: algunos nombramientos que la senescal Alienor quiere hacer en la guardia del castillo. Al parecer, es una fuerza aparte del ejército o de los vinculados, algo que, probablemente, ya debería saber.
Y entonces se desata el infierno.
Siegrid es la primera en sentirlo, por lo que se pone de pie con tanta violencia que desliza su silla hacia atrás y esta cae con un estruendo.
Genicos, su lobo, corre a su lado, gruñendo y con el lomo erizado.
Busco a Anassa con mi pensamiento y entonces también lo siento: una ruptura enorme y aterradora. Como si un hacha gigante se hundiera en ese mar mental donde me conecto con el resto de los vinculados y lo atravesara, cercenando un río entero, tan doloroso como perder una extremidad.
«¿Qué está pasando?», le pregunto a Anassa con urgencia, presa del pánico. No lo entiendo; me palpita la cabeza y se me nubla la visión ante la magnitud de lo ocurrido.
Anassa también se pone en pie con el pelaje erizado.
Nevah se aparta de la mesa, con una expresión aturdida en el rostro.
Los no vinculados miran a su alrededor con cautela, incapaces de percibir lo que hemos sentido todos nosotros.
Lo que apenas estoy empezando a comprender.
—Es… es la manada Phylax —logra decir Siegrid con voz entrecortada, la primera en verbalizarlo—. Ha…
Traga saliva y me mira. Está completamente pálida.
—La manada entera ha desertado y se ha unido a Killian.