Capítulo 18 #2
—Sé que Izabel odiaría que nos regodeáramos en la tristeza. Tendría algún plan para ayudarnos a todos a recuperarnos y a seguir adelante, sin dejar de hacer bromas. Sería insoportable, probablemente se le iría de las manos, pero, al final, todos nos sentiríamos mejor.
Le tiembla la voz, pero recupera la firmeza.
—Así que eso es lo que haremos. Por Izabel. Seguir adelante. Y saber que estaría orgullosa.
Venna baja de la plataforma; su padre avanza, toma una antorcha y prende la pira. Las llamas crecen con rapidez hasta ocultar la cara de Izabel.
Anassa se mueve detrás de mí, y luego los lobos rodean el claro —los lobos de todos los vinculados presentes— hasta formar un círculo y, uno a uno, empiezan a aullar, comenzando por Skaia, el huargo de Venna. El sonido es salvaje y sobrecogedor.
El rostro de Venna es una máscara estoica mientras contempla el fuego.
Esperamos a que las llamas consuman la pira, y los aullidos de los lobos se apagan hasta que solo queda el crepitar de la madera. Finalmente, el fuego alcanza su cénit.
Izabel y Asteio quedan reducidas a cenizas.
Los grupos de dolientes empiezan a moverse. Yo permanezco inmóvil mientras se despiden en silencio de la familia Brooks a medida que se van.
Stark me pone una mano en el hombro.
—Es hora de partir, mi reina.
Me he dado cuenta de que, siempre que intenta protegerme, me llama «mi reina».
Me estremezco, y una sensación de absoluto vacío me invade. Dejarla aquí lo hace definitivo. Sé que es irracional, pero no quiero que el funeral termine. Aferrarme a esta ceremonia es como seguir conservando una parte de ella.
Tragando con dificultad, me bajo de la plataforma y me dirijo al sendero que conduce de regreso a la ciudad. Anassa me sigue con solemnidad; percibe que esta vez necesito caminar.
Las lágrimas que ya no puedo contener me nublan la vista.
No veo a Tomison acercarse hasta que se planta delante de mí.
Me detengo en seco y lo miro.
—Tomison, lo…
—Es culpa tuya —me interrumpe con la voz rota. Se le ve demacrado, es evidente que no ha dormido. Es una expresión que conozco a la perfección.
Sus palabras son como una puñalada bienvenida en el pecho: por fin alguien ha dicho en voz alta lo que sé que es verdad. En muchos sentidos, es un alivio.
—Lo sé —susurro—. Lo sé, ojalá…
Pero él interrumpe y se cierne sobre mí, tambaleándose ligeramente.
—Esa copa era para ti. Ese veneno era para ti. Izabel no tenía enemigos. Seguiría aquí si no fuera por ti y por tu… tu ansia de poder.
Hay odio en su mirada.
Lo observo, temblando. Deberíamos estar unidos en nuestro dolor, pero él lo dirige contra mí. Da otro paso hacia delante, hasta que apenas nos separan unos centímetros.
A mi espalda, Anassa le enseña los dientes en señal de advertencia. El huargo de Tomison, Filikos, se sitúa junto a él, con un gruñido contenido al fondo de la garganta. Se produce un destello oscuro cuando Cratos aparece para colocarse entre ambos lobos.
Veo a Stark con la mano sobre la empuñadura de su espada, con el rostro endurecido. Todo se mueve en el filo de la navaja.
—Tenías que ser reina — continúa Tomison, con voz rasposa y casi irreconocible—. No podías conformarte con ser alfa. Tú la has matado. La has matado…
Filikos suelta un aullido desgarrador que se hace eco de la agonía de su jinete y, de pronto, se lanza hacia delante, con los ojos desorbitados, directo hacia mí .
Retrocedo de un salto para refugiarme contra el pelaje de Anassa mientras Filikos cierra la mandíbula alrededor del aire vacío. Pero no ha acabado. Se abalanza otra vez, con los colmillos cubiertos de baba en dirección a mi garganta.
—Mi familia tenía razón —grita Tomison—. Yo estaba cegado, pero ¡ellos vieron quién eres realmente!
Anassa gruñe, pero Cratos está sobre Filikos en cuestión de un segundo y lo estampa contra el suelo con su enorme pata. Filikos se revuelve, con los ojos marrones todavía clavados en mi cara. Hay muerte en su mirada. Quiere matarme.
Tomison guarda silencio. No incita a Filikos —al menos, no en voz alta—, pero tampoco lo detiene.
—Stark —suplico.
Entonces, sin pensarlo, lo busco con mi mente.
«No les hagas daño a ninguno de los dos».
Stark se abalanza sobre Tomison al instante y le rodea la garganta con uno de sus enormes brazos.
—Controla a tu lobo —le espeta Stark, con la voz dura como el acero.
Tomison no dice nada, solo me mira. La desesperación y el dolor que hay en su semblante se enredan en mis entrañas hasta provocarme náuseas.
A sus espaldas, Filikos forcejea debajo de Cratos, retorciéndose sin parar para liberarse. Cratos le araña la oreja y Filikos aúlla, un chillido agudo y lastimoso.
—Tomison, basta.
La alfa Egith aparece a nuestro lado.
Nunca la había visto tan imponente. Su gesto es frío y serio, y le brillan los ojos mientras se concentra en ambos.
Me enderezo por instinto ante su tono autoritario.
A través del vínculo mental que comparto con todos los vinculados, siento la reverberación de su orden; su voluntad férrea al imponerse sobre Tomison y Filikos, hasta que Tomison se desploma en los brazos de Stark.
Filikos deja de moverse debajo de Cratos al someterse al dominio de Egith.
Stark libera a Tomison, que se tambalea hacia delante, jadeando en busca de aire.
Veo un mundo entero de sufrimiento cuando su mirada se encuentra con la mía.
—Reina Meryn…
—Quedas relevado, Tomison —logro decir—. Te libero de tus deberes en el Consejo Palatino y del servicio activo en general.
Me oigo a mí misma como si escuchara a otra persona, alguien capaz de manejar este momento.
Un martilleo sordo me retumba en la cabeza. Hoy me he despedido de dos amigos. Relajo los dedos y los hundo en el pelaje de Anassa.
Repiro hondo.
—Vete a casa, Tomison. Necesitas tiempo para sanar.
Una pequeña multitud se ha congregado a nuestro alrededor y les lanzo una mirada fulminante. Los curiosos fruncen los labios y se dispersan, listos para difundir este numerito por todas partes, supongo.
Hundo los hombros. Permanezco donde estoy, junto a Anassa, mientras Egith escolta a Tomison. Stark y Cratos se quedan con nosotras, observándolos mientras se alejan.
Me doy la vuelta cuando alguien me tira de la manga; Venna está a mi lado, con la boca apretada en una fina línea.
—Está dolido —signa; está claro que no quiere que Tomison nos oiga.
Pero no se trata solo de Tomison; Filikos también está herido. Asteio no era su pareja, pero eran buenos amigos que se hicieron más cercanos por sus jinetes.
Lo que ha ocurrido hoy no ha sido una represalia planeada contra mí, han sido dos seres reaccionando con instinto lobuno frente a la persona a la que culpan de su dolor.
—Lo sé, lo sé. —Tomo aire con dificultad.
¿Cuántos aliados puedo permitirme perder?
Pero tampoco puedo esperar que Venna continúe, no sin tener antes tiempo para sanar—.
Venna, entenderé que quieras tomarte un descanso de tus deberes en palacio.
Valoro muchísimo tu ayuda, pero creo que ahora mismo deberías estar con tu familia.
Ella frunce el ceño.
—No, Meryn. No puedo quedarme de brazos cruzados sin hacer nada. Me asfixiaría.
Le tomo la mano y se la aprieto con fuerza.
—¿Estás segura?
—Lo peor que podría hacer ahora mismo sería quedarme quieta. —Su expresión es firme.
Me inclino hacia ella y la abrazo entre lágrimas.
—Vale. Está bien. Siempre que estés segura.
Venna permanece así unos segundos y luego se aparta.
—Pero pasa una noche o dos con tu familia —le insisto—. Puedes retomar tu puesto en el castillo por la mañana.
Asiente y se dirige hacia sus padres, quienes se despiden por última vez de los dolientes. Por un segundo fugaz, verla es como contemplar el fantasma de Izabel, pálido y sombrío.
Sacudo la cabeza en un intento de quitarme esa imagen de la mente y rodeo a Anassa con los brazos para esconder mis sollozos en su pelaje.
Soy la última en llegar a la reunión del Consejo Palatino, pero no interrumpo ninguna charla trivial al entrar.
Siegrid y Nevah estuvieron presentes en el funeral, por supuesto, pero aunque Igor y la senescal del castillo, Alienor, no conocían a Izabel, entiendo lo duro que ha sido este golpe para todos nosotros.
Los huargos permanecen sentados en silencio junto a la pared del fondo, atentos. Anassa se reúne con ellos y se acomoda sobre sus patas traseras, no sin antes intercambiar unos olfateos a modo de saludo.
Al recorrer con la mirada los rostros solemnes, me es imposible pasar por alto las sillas vacías: dos por Venna e Izabel, una de las cuales permanecerá vacía; una por Tomison, quien quizá nunca regrese y una por el consejero de Hielormenta, un cargo que deberá ocuparse tras la muerte de Gerhold.
La tristeza me invade mientras contemplo todos los asientos vacíos.
—Reina Meryn —dice Siegrid, casi con suavidad, al menos para lo que es ella.
Me sobresalto y luego me siento.
Hay un legajo de documentos frente a mi silla. La acerco hacia mí y hojeo los primeros pergaminos sin procesar nada de lo que dicen.
—Hay mucho que discutir en el día de hoy —continúa Siegrid, retomando sin esfuerzo su papel de líder de facto del grupo—, pero, antes de nada, debemos nombrar a un nuevo miembro del Consejo.
Sus palabras vienen seguidas de un silencio tan absoluto que casi resulta ensordecedor. No necesito recurrir a mis poderes para saber las imágenes que se les están pasando por la cabeza a todos.
Tomo una bocanada de aire superficial y vuelvo a ponerme en pie.
—Sí, quería comentaros una cosa sobre eso.
Apenas me funciona el cerebro por todo lo sucedido hoy, pero no servirá de nada esperar. Si quiero ser mejor que los Valtiere, debo reconocer mis errores y mi culpa e intentar mejorar.
Siegrid se incorpora a medias, como si fuera a interrumpirme, pero levanto una mano. Ella vuelve a sentarse, con expresión resignada.
—Lo que hice estuvo mal.
Miro de nuevo a las personas reunidas alrededor de la mesa. La senescal Alienor mantiene la vista clavada en sus manos entrelazadas, pero Igor, Siegrid, Nevah… Todos me observan con atención a la espera de que prosiga.