Capítulo 18
Meryn
Dos días después, observo desde la ventana de mi alcoba cómo los nobles de Nocturna abandonan el castillo de Hielormenta.
La escena se ve borrosa y onírica a través de los cristales ondulados de la ventana. Esta mañana, la niebla helada ha descendido desde las montañas. Lo cubre todo, humedeciendo el paisaje y apagando los colores.
Es como si mi duelo se hubiera vuelto tangible. Una manta de tristeza, pesada, espesa y helada que hunde sus dedos gélidos en mi carne y en mis huesos. Me pregunto si alguna vez volveré a sentir calor.
Pero hay mucho que hacer.
Necesito hablar con Siegrid y Tormun sobre el progreso con Killian; el brazalete que me rodea la muñeca es un recordatorio constante y doloroso de su amenaza.
Necesito una actualización del frente de guerra.
Necesito ver cómo está mi hermana, quien no ha salido de su habitación desde la coronación, aterrorizada ante la posibilidad de ser el próximo objetivo.
Pero no puedo apartarme de la ventana; el interior de mi cabeza es un zumbido sordo.
Es un desfile interminable de caballos y carruajes. Carros cargados de baúles llenos de ropa de gala, perlas y perfumes. El castillo se vacía poco a poco de los últimos restos de la coronación, dejando atrás nada más que tristeza.
¿Qué habrá sido de la ropa de Izabel? De todos sus preciosos vestidos de fiesta.
Su ropa de montar de cuero, la chaqueta nueva que sus padres le habían hecho para las Pruebas y que apenas le había dado tiempo a estrenar.
El pensamiento me sube por la garganta y me impide respirar. Apoyo el rostro contra el cristal helado y cierro con fuerza los ojos enrojecidos. El vidrio frío me escuece contra la piel tirante y surcada de lágrimas.
Les sugerí a la senescal Alienor y a Siegrid, más por cumplir que por verdadero interés, que quizá debería estar presente en la partida de los nobles para dejarles una última impresión, pero ambas coincidieron en que la impresión que se llevaban era más que «adecuada» por el momento.
Nadie tuvo que decir en voz alta que era una impresión de violencia. De castigo rápido y despiadado.
No me arrepiento de haber matado al consejero; se merecía lo que le ocurrió. Pero ¿su familia? Los maté sin pararme a pensarlo. Pura emoción que mis sombras transformaron en un arma letal.
¿Es esta la clase de gobernante en la que me convertiré? ¿Es esto lo que se necesita para arrancar este reino de las garras de Killian y Alistair Brilloscuro?
El desfile de nobles continúa, pero aparto la vista. Mi mirada apunta en dirección al dormitorio de mi hermana cuando llaman a la puerta.
Es Stark; ha venido para escoltarme al funeral de Izabel. Ha insistido en acompañarme como mi guardia cada vez que abandone mis aposentos, por lo menos, durante las semanas posteriores al envenenamiento.
Él y Anassa siempre están ahí , siempre están presentes. Es como si fuera una niña frágil a la que hay que vigilar, y está empezando a irritarme.
En algún rincón de mi mente se esconde una mujer que quiere espetarle que está bien, que es fuerte. Soltar un comentario mordaz y escapar de su cautelosa sobreprotección.
Pero estoy demasiado vacía como para encontrarla.
Abro la puerta y veo su enorme figura, vestida de luto.
Aunque rara vez se pone otro color. El negro le queda bien; un heraldo de la muerte.
Va demasiado guapo para un funeral, con el rostro recién afeitado.
Aspiro su aroma y quiero enfurecerme contra el molesto consuelo que me provoca, porque no merezco consuelo.
Dejamos a Saela atrás y salimos para reunirnos con nuestros huargos. Hoy Anassa está tan nerviosa como yo. Le acaricio el pelaje y ella resopla.
«Hemos perdido a un buen lobo y a una buena jinete —dice—, pero tu angustia se filtrará por todo el vínculo como no tengas cuidado. El recuerdo de Izabel vivirá en ti para siempre. Ahora es el momento de que lideres».
—De acuerdo —respondo en voz baja, hurgando en ese pequeño hueco para encontrar a la mujer audaz y fuerte que solía ser.
Con esfuerzo, vuelvo a ponerme la máscara de quien no permite que las dificultades la destrocen.
¿Cuántos golpes puedo soportar antes de que esa ilusión se rompa para siempre?
Enderezo los hombros, monto en Anassa y le hago un gesto a Stark. Avanzamos sobre nuestros huargos al mismo tiempo hacia el lugar del funeral, un claro en el límite de la Ciudad Vinculada.
Cuando llegamos, consigo estrecharles la mano a los padres de Izabel y Venna sin temblar.
—Nos honráis con vuestra presencia, reina Meryn —murmura su madre.
Vuelvo a cogerle las manos y se las aprieto con torpeza en un gesto de apoyo.
—Vuestra hija significaba mucho para mí —consigo decir; las palabras son un pálido espectro de lo que realmente era nuestra relación.
Venna se encuentra a su lado, con el rostro pálido y los ojos inyectados en sangre. Apenas me mira un instante antes de asentir y desviar la mirada. La entiendo. Si yo estuviera en su lugar, no sé si sería capaz de hablar sin venirme abajo.
Stark y yo ocupamos la plataforma a la izquierda de la familia, donde han reservado un espacio para la nueva reina.
Miro a mi alrededor. El paisaje es árido pero muy bonito; el terreno rocoso, austero, cubierto de pequeños pinos que se funden con el bosque y después con las montañas, se asoma hasta donde alcanza la vista.
La niebla empieza a disiparse, y la luz de media mañana se filtra entre las ramas de los pinos, iluminando la pira funeraria de Izabel.
He visto morir a muchos vinculados, pero este es el primer funeral de uno de ellos al que asisto; tales indulgencias no nos estaban permitidas como novatos, al menos, no bajo el reinado de los Valtiere.
Ahora, sin embargo, la gente ha acudido en masa para honrar a Izabel: su enorme familia; jóvenes amigos de la Ciudad Vinculada que todavía no han participado en las Pruebas; Tomison y Nevah, por supuesto; Egith, ahora la alfa de Estrategos, para rendir homenaje a nuestra compañera de manada caída.
Y muchos más: la doncella de Izabel en el castillo, dos niños de una familia noble que se quedaron a honrarla antes de regresar a su feudo tras haber entablado amistad con ella en algún evento real hace años.
A muchos otros no los sitúo, pero no me resultan ajenos porque compartimos la misma expresión de dolor.
Intento fingir que no me doy cuenta de que todos evitan mirarme. A mi espalda, la presencia de Stark me tranquiliza. Preparado para defenderme, como siempre; sea o no merecedora de esa protección.
De acuerdo con la tradición de los vinculados, la pira es muy alta. Han vestido a Izabel con una armadura ceremonial. Su loba, Asteio, quien murió cuando mi amiga exhaló su último aliento, yace junto a ella. Juntas en la muerte, tras demasiado poco tiempo juntas en vida.
Parpadeo para evitar que se me caigan las lágrimas. «Es hora de que lideres».
Después de una breve pieza musical interpretada por una mujer que no reconozco, el padre de Izabel y Venna pronuncia unas palabras de bienvenida antes de apartarse para que su otra hija recite el panegírico.
Se mueve con rigidez, como si tuviera que recordarle a sus piernas cómo caminar, a sus miembros cómo moverse, sin su hermana a su lado. Le tiemblan las manos cuando saca un pergamino de la chaqueta y traga saliva.
Su madre ahoga un sollozo, y yo me muerdo el interior del labio hasta casi hacerme sangre. Cierro los ojos un instante y luego los clavo en Venna, quien empieza a hablar.
—Hasta ayer, no hubo ni un solo día en el que estuviera separada de mi hermana.
—Se detiene para recomponerse. Una de las nobles empieza a llorar detrás de mí—.
Siempre supimos que ser vinculadas significaba que probablemente algún día nuestros caminos se separarían.
No es raro que los vinculados mueran jóvenes, ya sea en las Pruebas o en el frente.
Cuando éramos pequeñas, solíamos hablar del tema: cuál de las dos se iría primero, y cómo.
Venna sonríe levemente, mirando a sus padres.
—Yo siempre decía que Izabel moriría con las botas puestas mientras llevaba a cabo un acto valiente y temerario. Creo que, si pudiera hablarnos ahora mismo, diría que está encantada de haberse ido estando de fiesta.
Miro a sus padres. Su padre deja escapar una risa ahogada. Su madre se limita a negar con la cabeza, con la mirada perdida.
El tono de Venna se vuelve serio.
—Al presenciarla cada día, al conocer a tantos que han muerto defendiendo a nuestro país, la muerte empieza a parecernos algo normal y corriente, pero la vida de mi hermana no es una abstracción ni una estadística.
Cada día me miraré al espejo y me preguntaré cómo habría envejecido este rostro en Izabel.
Cada día me despertaré con la mitad de mi corazón perdido para siempre.
Venna mira al frente, y veo el instante en el que sus ojos se encuentran con los de Tomison.
Ambos permanecen inmóviles, sin apartar la mirada.
El tiempo se ralentiza mientras el duelo se expande en ondas, enviando pequeños hilos de dolor a todo y a todos, como millones de grietas en un cristal hecho añicos.
Finalmente, Venna baja la cabeza, sujetando el pergamino frente a su semblante inexpresivo, como si se hubiera olvidado de lo que estaba haciendo.
Se me parte el corazón. Hundo los hombros bajo el peso del dolor.
Si me hubiera tomado esa copa, Izabel seguiría viva. Si nunca hubiera entrado en sus vidas, Izabel y Venna seguirían juntas. Tomison e Izabel todavía tendrían un futuro juntos.
El dolor es como una prensa que me comprime el pecho, y me cuesta respirar.
«Compórtate, niña —me reprende Anassa—. Por injusto que sea, debes convertirte en un lugar donde los demás puedan descansar de su sufrimiento. No puedes perderte en él tú también».
Exhalo con brusquedad; el vapor de mi aliento se condensa en el aire fresco. Inspiro de nuevo. Una y otra vez. Respiro , hasta que el consejo de Anassa echa raíces.
Venna se recompone y observa los rostros reunidos.