Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

Meryn

Traed a su huargo ahora mismo! —ruge una voz. El sonido me retumba en los oídos como una campana antes de que me dé cuenta de que soy yo. Soy yo quien está pidiendo ayuda—. ¡Necesitamos un médico! ¡Traed a alguien, a quien sea!

Stark aparece a nuestro lado en cuestión de segundos. Rodea con sus fuertes brazos las piernas de Izabel para intentar inmovilizarla.

—¡Grigore, trae al médico de palacio! —repite Stark con el rostro sombrío—. ¡Si hay alguien con conocimientos médicos, que suba aquí ahora mismo!

Me echo hacia atrás mientras Tomison y él intentan sujetar el cuerpo trémulo de Izabel. Lo único que puedo hacer es mirar horrorizada cuando Venna aparece junto a nosotros, con las lágrimas resbalándole por las mejillas al contemplar a su hermana.

Cuando aparto la vista del rostro de Venna y vuelvo a mirar hacia abajo, sé de inmediato que es demasiado tarde: Izabel ha dejado de moverse. Tiene los labios azules, aún salpicados con aquella espuma roja, y los ojos vidriosos, sin vida.

—No… —susurro al tomarla de la mano. Está fría, inerte. Retiro los dedos al instante, con el estómago revuelto.

La persona más vivaz que he conocido… apagada en un estúpido parpadeo.

Me encuentro con la mirada de Tomison. Está pálido, conmocionado.

Venna se deja caer de rodillas junto al cuerpo sin vida de su hermana, mientras Stark y yo nos apartamos. La abraza y la acuna con suavidad. El lamento primitivo que abandona su boca es desgarrador. No suena humano.

Stark me ayuda a levantarme. Unas olas de un frío penetrante anegan cada uno de mis miembros. Mi mente está aterradoramente tranquila, como un lago helado.

Esa copa era para mí.

Izabel ha muerto por beber vinascua que era para mí.

Me estremezco cuando otra ola gélida me atraviesa los huesos.

Es entonces cuando noto cómo las sombras de la habitación han empezado a retorcerse, palpitando al ritmo de mi corazón, cómo se mueven cada vez que flexiono los dedos. Esa corriente que sentí en la arena resuena dentro de mí como un oscuro latido y me insta a rendirme, a dejarlo entrar.

Aprieto los puños por instinto e hilos de sombras se enroscan desde todas las direcciones. Se envuelven alrededor de mis dedos, me recorren los brazos como una extensión de los tatuajes de mi cuello.

El poder es embriagador, absoluto.

Abro la mano derecha por probar y mil tentáculos de sombra salen disparados. Trepan por las paredes y se retuercen alrededor de los candelabros, apagando hasta la última llama que encuentran, sumiendo el salón de baile en la oscuridad.

—Meryn —grita Siegrid desde donde se ha unido a nosotros en la tribuna.

Su desaprobación no me afecta.

Mis ojos se cruzan con los de Stark y él inclina la cabeza. Un asentimiento, quizá… alentador.

La oscuridad ha tomado el control. Una pequeña parte de mí se percata de que no estoy actuando como yo misma, como la reina que quiero ser, pero…

No me importa.

No me importa si pierdo el control. No me importa si dejo que mis emociones me consuman, si me expongo a algo siniestro.

El poder que se apodera de mi pecho es salvaje y aterrador, y destierra cualquier pensamiento, cualquier sentimiento que no sea la necesidad de liberarlo. La oscuridad que siento dentro de mí es profunda, como una cueva que no tiene fin.

De todas formas, Siegrid no es lo bastante fuerte como para detenerme.

Libero la bola de sombras con la otra mano. Con una satisfacción violenta, observo cómo cada una de las puertas de la estancia se cierra de golpe. Los nobles se encogen de miedo ante el sonido, y yo me embriago de sus murmullos temerosos.

Mi voz es más grave de lo habitual, calmada y letal.

—¿Quién es el responsable de esto?

El salón se sume en el silencio, el único sonido es el de los sollozos entrecortados de Venna.

—¡¿Quién es el responsable del asesinato de Izabel?! —Me dirijo al frente de la tribuna real a zancadas, con los brazos extendidos en una súplica al poder que me rodea y envuelve la oscuridad a mi alrededor como una armadura.

Observo a los presentes, con la vista y los sentidos agudizados a medida que la magia me atraviesa las venas y se apodera de mi torrente sanguíneo.

Nadie da un paso al frente.

La cabeza me va a mil cuando reproduzco los segundos de antes del brindis. Una camarera me trajo la copa. Tengo el momento grabado en la memoria: recuerdo la copa adornada, el rostro de la mujer… Era alguien que no conocía, alguien de cabello claro.

No pertenecía al personal habitual.

Deliberadamente, me bajo de la tribuna, con las sombras ondeando detrás de mí como una capa viviente. La mirada me arde con rabia, un calor blanquecino que choca con los tentáculos de sombra helados que se enroscan alrededor de mis muñecas, mi cuello y se entrelazan en mi pelo.

Los nobles, los vinculados y los sirvientes retroceden a medida que me acerco a ellos.

Me tomo mi tiempo, metódica. Nadie va a poner un pie fuera de aquí hasta que yo lo diga.

Al fin la localizo junto a un grupo de sirvientes que sí reconozco. Permanece detrás de ellos, intentando esconderse.

«A por ella».

Como en el resto de las ocasiones en las que he utilizado el tuercesombras, no le digo qué hacer. Basta con un impulso de mi emoción y las sombras reaccionan y se mueven a su antojo.

Un oscuro hilo de poder se enrosca alrededor de sus tobillos y la arrastra por el suelo pulido. Los nobles, sorprendidos, se apartan con rapidez, mirando boquiabiertos mientras la mujer cae desplomada ante mí. La gente se apresura a alejarse, ensanchando el círculo a mi alrededor.

Veo a Stark por el rabillo del ojo y noto cómo permanece cerca; se coloca detrás de mí.

Bien. No va a interferir.

—¿Tú quién eres?

La mujer solloza y se retuerce contra las sombras. Estas se deslizan desde sus tobillos para amarrarle los brazos a los costados y rodearle el cuello, dejándola indefensa.

—Nadie, yo solo… ¡No soy nadie, alteza! —Su voz es fina y aguda—. Solo era un trabajo. No sabía lo que estaba haciendo, ¡os lo juro por la Diosa!

Se revuelve inútilmente en el suelo, un grotesco eco de las últimas convulsiones agonizantes de Izabel.

—Explícate —exijo con un gruñido.

La ira de Anassa crece con más y más fuerza mientras corre hacia el castillo, impelida por la necesidad de estar aquí, a mi lado. Su presencia en mi mente renueva mi fuerza.

Los lloriqueos de la mujer resuenan a través del silencioso salón de baile. Un par de nobles empiezan a retroceder en dirección a las puertas.

«Detenedlos».

Las sombras se disparan hacia cada una de ellas, bloqueando visiblemente las salidas. Empiezan a brotar más sollozos en distintos puntos de la sala, pero ignoro el sonido y vuelvo mi atención hacia mi presa.

Ella llora y gimotea mientras me suplica que la libere.

—¡No sabía lo que iba a pasar! ¡Me dijo que podía confiar en él, que estaba haciendo lo correcto por Nocturna! ¡Solo me dijo que era la copa de la reina, que era importante que os la entregara a vos y solo a vos!

—Muéstramelo. —Sin que yo se lo ordene, las sombras arrastran a la mujer hasta ponerla en pie y le sueltan el brazo—. ¿Quién era ese hombre?

Le tiembla el brazo al levantarlo, pero, vacilante, señala a un individuo. Un hombre al que conozco muy bien de las reuniones del Consejo: el consejero de Hielormenta. Ese miserable baboso cuya supervisión de mi ciudad no ha sido más que una maldición.

Por instinto, extiendo las manos hacia él.

Las sombras lo interpretan como una orden y se precipitan en su dirección más rápido que el propio pensamiento.

La oscuridad se arremolina a sus pies y se transforma en cuerdas espinosas que se enredan alrededor de las piernas del consejero Gerhold.

Las sombras lo alzan en el aire, elevándolo más y más, hasta dejarlo colgado por los pies sobre la mesa de su familia.

Su esposa lanza un grito desgarrador y se estira hacia arriba para intentar alcanzarlo. Sus dos hijos, hombres de mi edad, se encogen aterrados sin apartar la vista de su padre.

Los ignoro.

—¿De verdad creías que podrías intentar matar a la reina legítima y salir impune? Eres el responsable de esto. Le arrebataste al mundo una luz pura y brillante, y pagarás por su muerte.

El consejero está rojo de ira, su ropa se agita con torpeza, pero, aun así, me dedica una mueca de desprecio. Su expresión es tan altiva como los retratos que cuelgan de él por toda la ciudad.

—¿A quién cojones le importa que haya muerto una vinculada? Solo hice lo que otros eran demasiado cobardes para intentar. Tú no eres mi reina.

Su mujer chilla y se tapa los ojos.

—¡Larga vida al rey Killian! —grita el consejero con actitud desafiante, y varios nobles cerca de él intentan controlar sus expresiones.

Aprieto la mandíbula; la venganza y la furia se encuentran dentro de mi pecho y se funden en algo letal. Se me oscurece la visión.

Las sombras responden y engullen por completo la mesa del consejero, incluida su familia. Durante un instante, ese rincón desaparece. El grito ahogado de Gerhold resuena… y luego se corta.

La súbita ausencia de sonido me devuelve a la realidad. La ola de furia que me arrastraba se disipa y tomo una bocanada de aire, presa del pánico.

No.

No.

Intentaba evitar esta demostración de poder violento; intentaba demostrar que no era alguien a quien debieran temer…

Las sombras retroceden, pero su tarea ya está hecha.

Hay cuatro cadáveres destrozados en el suelo. No solo maté al consejero…, también maté a su mujer y a sus hijos.

Empiezan a temblarme las manos y lucho por ocultarlo. No puedo permitir que nadie vea lo afectada que estoy por mis propios actos.

Haría cualquier cosa por proteger a quienes me importan, y las sombras comprenden esa parte más oscura de mí, la hacen aflorar incluso cuando sé que no debería mostrarla.

La cabeza y el corazón me duelen y me laten vacíos cuando regreso a la tribuna real, donde me giro para comprobar que todos y cada uno de los presentes me están observando.

—Acabáis de presenciar de lo que es capaz vuestra reina.

La garganta me raspa como cristal roto; la voz que emerge de mí es extraña y terrible. ¿En quién me he convertido?

Siegrid tenía razón: nunca debí permitir que el tuercesombras me dominara. Tendría que haber mantenido el control.

Aun así, alzo la barbilla. Debo parecer fuerte y firme ante todos ellos. De alguna forma, como sea , tengo que convencerlos de que no estoy loca.

—La traición del antiguo consejero de Hielormenta no podía quedar impune. Intentó asesinar a vuestra soberana. Mató a una de mis consejeras más cercanas. Mató a mi…

La opresión que siento en la garganta me impide continuar. Por suerte, la presencia de Anassa se aviva en mi mente, como un roce cálido de su pelaje contra mi cerebro. Y más aún… su aprobación. Puede que haya perdido el control, pero mi huargo volvería a hacerlo.

No estoy segura de que eso me reconforte.

—La traición contra el reino no será tratada con indulgencia —añado—. Y parece que debo dejar algo claro: ante mis ojos, los nobles, los vinculados y la plebe tienen el mismo valor. Todas las vidas importan.

«Pues bien que has arrebatado vidas con gran facilidad», se burla mi conciencia. Aprieto los labios para acallar el pensamiento. Ya habrá tiempo más tarde para la autoflagelación y el arrepentimiento. Ahora mismo, debo imponer orden.

Se oyen sollozos ahogados procedentes de todas las mesas. Casi puedo oler el miedo de los nobles. La plebe también se encoge. Los vinculados, en cambio, me observan con respeto.

—No pretendo gobernar Nocturna con mano dura —anuncio—, pero si descubro más conspiraciones contra mí o contra el reino, los culpables serán castigados con rapidez y con el nivel de justicia correspondiente. Os protegeré a vosotros y a vuestras familias con el mismo fervor.

Al estudiar la estancia, me encuentro con las miradas de algunos de los nobles que conocí antes. Cada uno de ellos me dedica un leve asentimiento.

La tensión que me rodea es densa y asfixiante. Permanezco allí un minuto más, hasta que todos agachan la cabeza en señal de sumisión.

—Stark.

—Mi reina —responde al acercarse.

—Encárgate de que retiren los cuerpos. —Percibo su asentimiento a lo lejos. Después me vuelvo hacia Siegrid—: Que nadie abandone los terrenos del castillo hasta que yo lo autorice. Debemos asegurarnos de que esta conspiración haya quedado… anulada.

Ella asiente antes de transmitirle la orden con sequedad a un par de vinculados.

Se acercan a las salidas, y las barreras de sombra que había creado se funden en el suelo.

Los vinculados abren las puertas y nobles y plebeyos salen a toda prisa, buscando poner la mayor distancia posible entre ellos y yo.

Los ignoro y me vuelvo hacia donde mis ojos se negaban a mirar: el cuerpo inerte de mi amiga.

Su cabeza todavía reposa sobre el regazo de Tomison. Nevah permanece agachada junto a él mientras le frota la espalda y le susurra al oído. Intenta sacarlo del aturdimiento mudo en el que cayó desde que el cuerpo de Izabel dejó de moverse.

Mi primera amiga en todo esto, ahora sin vida en el suelo.

Por mi culpa.

Venna se levanta del lado de su hermana y me mira en silencio, suplicante. Como si hubiera algo que pudiera hacer, algo que ofrecer. Pero ¿qué puedo decir?

Todo esto es culpa mía… por haber reclamado este trono, por haberme ganado enemigos.

A Venna le cambia la cara mientras la miro sin saber qué hacer. Le resbalan las lágrimas por las mejillas y su expresión oscila entre el dolor y la furia. Finalmente, acorto la distancia y la estrecho entre mis brazos. Ella me abraza con fuerza y algo se rompe dentro de mí.

Lloro.

No sé si pasan minutos u horas antes de que sienta la presencia de Anassa, sus garras arañando el suelo. El huargo de Venna, Skaia, camina detrás de ella.

Venna y yo nos separamos para acercarnos a nuestras lobas. Nos aferramos a sus pelajes en busca de consuelo. Pero la magia de huargo no es capaz de curar esta pena.