Capítulo 16 #3
—Que la Diosa me libre de impedir que los nobles se beban otra copa de vinascua —bromeo al dirigirme hacia la puerta antes de volverme hacia Stark—. ¿Vienes?
Siegrid me conduce de vuelta a la tribuna. Una sirvienta se apresura a entregarme una copa de vinascua espumoso en cuanto ocupo mi lugar en la cabecera de la mesa.
La copa es de un cristal reluciente, grabada con enredaderas serpenteantes y, en el centro, el escudo de Hielormenta. La observo, preguntándome cuántos años tendrá, si alguna de mis antepasadas habrá sostenido este mismo cáliz en su propia coronación.
Siegrid comienza los tradicionales brindis de coronación. Capto algunas de las palabras de su discurso claramente ensayado: «La tradición abraza el cambio necesario mientras avanzamos como nación» y otras frases medidas al dedillo.
«… con todo el apoyo de los guerreros vinculados y el mío, con el respaldo de la alfa soberana…».
Ojalá creyera que cuento con todo el apoyo de los guerreros vinculados. Con suerte, después de esta noche, las familias de mis amigos —y sus semejantes— empezarán a cambiar de postura.
Miro el mar de rostros frente a mí; todos permanecen en pie con sus copas alzadas, esperando a que Siegrid termine.
Al volverme hacia ella, veo a Stark a su lado y mi agotamiento se desvanece por un instante.
—¡Por la reina Meryn!
Las palabras se repiten y resuenan por todo el salón de baile. Levanto mi propia copa, sonriendo y asintiendo como si hubiera escuchado una sola palabra de lo que ha dicho. Al sentarme de nuevo, dejo la copa a un lado con cuidado. Esta noche no necesito nada que entorpezca mis sentidos.
Las conversaciones se reanudan en la sala y, por suerte, los cientos de miradas conspiradoras se apartan de mí. Suspiro de nuevo y, entonces, una mano me tapa los ojos.
—¿Quién es tu compañera de manada favorita? —pregunta Izabel. Le concedo un amago de risa cuando me suelta, toma una silla y se acomoda a mi lado. Desde el fondo de la mesa, Siegrid nos observa con desaprobación, pero no me puede importar menos.
Tomison ocupa la silla de al lado de Iz.
—Bonita fiesta, reinita.
Me río.
—Gracias, Tomtom. ¿Os lo estáis pasando bien?
Izabel hace una mueca.
—La verdad es que no. Como tu organizadora de eventos oficial, estoy obligada a decirte que todo ha salido a pedir de boca.
Tomison suelta una carcajada.
—Pero como tus amigos: esta fiesta da un mal rollo que te cagas.
—Vaya, ¿no os ha gustado la exhibición de los diez pavos reales asados? ¿Las minitartas que sospechosamente parecen tetas no han sido de vuestro agrado? ¿O es por los nobles que usan la borrachera como excusa para hacer… eso?
Señalo la pista de baile, donde varios nobles mayores y ebrios han acorralado a jóvenes plebeyas y vinculadas y las obligan a bailar. Técnicamente no les están poniendo la mano encima, pero aun así, presenciarlo es repugnante.
Izabel suspira.
—¿Ves? ¿Cómo es posible que hayan acabado así? Creía que mi puesto como organizadora de eventos me concedería ciertos privilegios, pero ni siquiera consigo que los sirvientes me traigan un trago de vinascua. Qué rollo.
Antes de que pueda responder, ve la copa de cristal junto a mi plato.
—Ah, vale, que era aquí donde lo teníais escondido. Hora de emborracharse como es debido y ver si eso hace que la ocasión sea un poco más tolerable.
Pongo los ojos en blanco y me inclino hacia ella para dirigirme a Tomison.
—Eres consciente de que la mujer a la que estás cortejando es una pésima influencia, ¿verdad?
Izabel se muestra indignada.
—¿Cortejando? ¿Él? No tengo ni idea de qué estás hablando. De hecho, creo que es la primera vez que lo veo. ¿Quién es? —Le pega un buen trago al vinascua.
—Pues anoche no decías lo mismo —ronronea Tomison, con la boca cerca de su oído—. Parecías saberte mi nombre a la perfección cuando gritabas…
Izabel se atraganta con la bebida.
Levanto una mano.
—Por favor, os lo suplico, es como si estuviera oyendo a mis padres hablar de sexo.
La risa de Izabel se le queda atascada en la garganta. Sufre otro golpe de tos. Abre los ojos de par en par y mira a Tomison, presa del pánico. Después me agarra el brazo, resollando.
La sangre abandona mi cuerpo.
Se pone en pie tambaleándose y Tomison y yo nos levantamos tan rápido que nuestras sillas caen al suelo. Le coloca una mano en la espalda.
—Iz…
La copa resbala de los dedos de Izabel y rueda por el suelo, rebotando una vez en los escalones antes de hacerse añicos en el siguiente impacto.
Mi amiga me observa con una mirada aterrada mientras da un paso atrás. Le ceden las rodillas y se desploma sobre la tribuna. Tiene la boca abierta, gritando sin emitir ningún sonido.
Un pánico helado me atraviesa, el hielo quemándome las venas.
—¡Izabel! —grito al dejarme caer al suelo a su lado mientras intento buscar algo que pueda hacer para ayudarla. Tomison hace lo mismo y le sostiene la cabeza sobre su regazo.
Empieza a convulsionar con violencia. Le sale espuma de la boca, roja debido a la bebida. O, comprendo con horror, debido a la sangre.
«Que alguien… llame a los lobos… —Envío el mensaje a través de mi mente, intentando concentrarme. Odio apartar la atención de Izabel siquiera un segundo, aunque solo sea mentalmente. Pero si Asteio está aquí, puede curar a Izabel—. ¡Anassa!».
A través del vínculo, siento cómo da la vuelta y corre en nuestra dirección, pero está a kilómetros de distancia.
Es demasiado tarde, comprendo con vaguedad. Lo que fuera que hubiera en la copa — mi copa—, ya se ha apoderado del cuerpo de Izabel.
La fiesta continúa a nuestro alrededor, copas tintineando y risas educadas.
Nadie más ve cómo el mundo llega a su fin ante nuestros ojos.