Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Debe de ver la rabia apenas contenida tras mi fachada civilizada, porque esboza una sonrisa torcida y baja la cabeza antes de marcharse.

Noemi y su padre, lord Caída Férrea, son los siguientes.

El vestido de Noemi es llamativo, ceñido y de un rojo fuego que casi iguala el color de su cabello.

Llamarlo vestido quizá sea una exageración.

Es una prenda hecha de tiras entrecruzadas que apenas le cubren el cuerpo, lo que deja muy poco a la imaginación.

Me recuerda a los bailes celebrados durante las Pruebas de Vinculación.

Parpadeo, sorprendida; cuando la conocí, me pareció una chica recatada.

Su atuendo resulta apagado en comparación con la riqueza que adorna a lord Caída Férrea.

Su traje es de un terciopelo chillón, la empuñadura de su espada está adornada de rubíes y numerosas piedras preciosas relucen en los anillos de sus dedos.

Noemi se mantiene ligeramente detrás de él, con la cabeza inclinada.

—Lord Caída Férrea…, ¿sois el padre de Noemi?

El lord suelta una carcajada despectiva.

—Engendré a Noemi, de eso no cabe duda, pero en Caída Férrea no reconocemos a los bastardos como hijos o herederos. —Nos recorre con una mirada de desaprobación a mi hermana y a mí—. Pero sí, Noemi pertenece a Caída Férrea.

La cabeza, que ya me late con fuerza, me arde ante sus palabras, y desvío mi atención de Noemi a ese hombre. Un padre que habla de ella como si fuera una cosa que posee en lugar de una hija.

Lord Caída Férrea juega con la empuñadura enjoyada de su espada mientras habla en tono despreocupado.

—Pero consideramos un motivo de orgullo contar con una vinculada que exhibir como una de las nuestras, por supuesto.

¿Qué coño?

Vuelvo a mirar a Noemi, quien aparta la vista como si estuviera avergonzada.

Necesito causarle buena impresión a este cabronazo y al resto de las sanguijuelas repugnantes de esta sala. Pero mi boca no obedece a mi cerebro.

—Como vuestra nueva reina, también considero un motivo de orgullo contar con tantos nobles vacilantes que exhibir como míos.

Extiendo la mano en lo que espero que sea una forma regia, manteniendo el rostro lo más inexpresivo posible, mientras lord Caída Férrea me estudia, claramente sin saber cómo tomarse mis palabras. Se inclina hacia delante y me besa la mano; me entran ganas de ir a lavármela de inmediato.

Cuando por fin se marchan, la suma sacerdotisa da un paso al frente. No me percaté de su silueta encorvada detrás de la imponente figura de lord Caída Férrea, por lo que me pilla por sorpresa. Supuse que se habría ido tras completar las partes ceremoniales de la coronación.

Ese fervor fanático ha regresado a sus ojos cuando sube los escalones hacia la tribuna, se aproxima y se queda tan cerca de mí que me incomoda.

—Suma sacerdotisa —digo con inquietud—, gracias por oficiar la ceremonia.

En lugar de responderme, se vuelve hacia Saela y extiende la mano. Mi hermana da un paso atrás, asustada. Todas las alarmas se me disparan de inmediato.

—¿Tenéis dos ? — sisea la suma sacerdotisa, acercándose más.

Tiene la vista clavada en el ópalo del collar que Saela lleva al cuello. La otra Lágrima de Diosa. Se lanza hacia delante como si fuera a arrancárselo.

—Suma sacerdotisa —espeto, y la mujer se yergue con expresión irritada—. Olvidáis cuál es vuestro lugar.

—No, vos olvidáis el vuestro, alteza. —Levanta la mano para mostrarme el anillo de ópalo—. Vos misma lo dijisteis: no sois una verdadera creyente. No sois digna de portar una Lágrima en vuestra familia, y mucho menos dos. Son símbolos sagrados de la Diosa. Me pertenecen.

La ira me invade, y por el rabillo del ojo veo cómo las sombras empiezan a retorcerse.

«Mierda, mierda, mierda».

Ahora no. No puedo perder el control.

Tras respirar hondo, digo:

—Como os dije, tengo la mente abierta respecto a la Diosa. Si tan indigna me consideráis, quizá deberíais haber rechazado oficiar la ceremonia. Pero las reliquias de mi familia pertenecen a mi familia.

Asiento en dirección a Siegrid, quien se acerca con rapidez.

—Siegrid, la suma sacerdotisa está exhausta y desea retirarse. ¿Os importaría encargaros personalmente de que llega a sus aposentos?

Siegrid me hace una reverencia y luego toma del brazo a la suma sacerdotisa para llevársela.

—Eso ha sido rarísimo —masculla Saela.

—Y que lo digas —respondo—. Hablando de estar exhausta, ¿preparada para volver a tu habitación?

Saela asiente, agradecida, y llamo a Helene con la mano. Cuando ambas se marchan, bajo las escaleras y paso junto al resto de los nobles que esperan. Ignoro las miradas inquisitivas que me lanzan.

Necesito aire. De pronto esta sala cavernosa me resulta asfixiante.

Hay una puerta lateral detrás de una mesa repleta de chocolates y pasteles. Me dirijo hacia ella lo más rápido que me permite mi pesado vestido y estos estúpidos zapatos. Conduce a uno de los balcones que dan a los terrenos del castillo.

Dejo que la puerta se cierre a mi espalda y me acerco a la barandilla. La piedra fría es una maravilla contra mi piel ardiente. En el aire flota un olor a nieve.

No pasa más de un minuto o dos antes de que mi soledad se vea interrumpida. La puerta se abre con una ráfaga de aire cálido y húmedo que proviene del interior.

Quizá sea el sonido de sus pasos sobre la firme piedra del suelo del balcón.

O quizá sea un cambio sutil en el fondo de mi mente, la conciencia de Anassa que, al retorcerse y mezclarse con la mía, me otorga una intuición casi lobuna.

Pero, de alguna forma, no necesito darme la vuelta para saber que se trata de Stark.

Trago saliva con dificultad, pero mantengo la mirada al frente y observo cómo los árboles del patio se estremecen bajo el viento helado.

Stark guarda silencio mientras se coloca a mi lado en la balaustrada.

No lo miro, pero siento su movimiento, percibo el calor que emana de él, su brazo apoyado a escasos centímetros del mío mientras se inclina y contempla el exterior.

Durante un rato, ninguno dice nada, y el silencio se posa sobre mí como una manta reconfortante. Es extraño estar en su presencia y, al mismo tiempo, sentirme tan… en paz.

Finalmente siento que me mira, y me giro para encontrarme con sus ojos oscuros, dos pozos de noche bajo la tenue luz.

Se me corta la respiración, y la tensión que hay entre nosotros desde ayer regresa con todas sus fuerzas. ¿Cómo sería aceptar su oferta? ¿Tatuarlo en algún lugar íntimo y descubrir el tacto de su piel con mi lengua?

—¿Escondiéndote de tus terroríficos súbditos? —Su voz grave y burlona estropea el momento. Pero mantiene la vista clavada en la mía y, de alguna manera, sé que detrás de esa pregunta se esconde preocupación.

—Solo hasta que se vayan todos a dormir.

—Suelto una risa débil. Él se limita a mirarme, como si absorbiese cada detalle de mi apariencia—.

¿Acaso puedes culparme? Un puñado de lameculos que de normal trata a los vinculados como la mierda, de pronto se deshacen en halagos para decirme lo felices que están por mí, lo encantados que están de servir a la reina legítima.

Sinceramente, preferiría clavarme agujas en los ojos.

Mi comentario le arranca un bufido, aunque no baja la mirada.

—Sean lameculos o no, necesitas que te muestren su apoyo, aunque sea una completa farsa.

—Lo sé —suspiro.

—Su riqueza, los soldados de sus feudos, la influencia que ejercen sobre sus súbditos, todo eso es…

— Lo sé — replico con brusquedad, con la irritación desbordada mientras me giro para encararlo y me inclino hacia él—. Puede que actúe como una idiota la mayor parte del tiempo, pero no soy una completa imbécil.

Las nubes se están disipando, y la luz de la luna perfila su cabello, los ángulos de sus pómulos, lo que lo hace parecer un héroe salido de uno de los cuentos de Saela… o un villano. Esta noche lo noto distinto, creo, aunque no logro precisar por qué. Algo en la expresión de su rostro.

—Estás preciosa —dice en voz baja. Tal vez me lo esté imaginando, pero juraría que percibo anhelo en su tono.

¿Será cosa del vínculo de pareja de nuestros lobos? ¿O… algo más?

Un deseo que también ha empezado a crecer en mí. Uno que me confunde tanto que me apresuro a sofocarlo.

—Me alegra saber que no me presenté en mi coronación con un aspecto horrible.

Hace una mueca, pero se acerca un poco más, hasta que su aliento me envuelve con su calor. Hasta que me llega su aroma a ámbar y a almizcle con tanta intensidad que se retuerce en mi interior y le prende fuego a mis venas.

—Lo siento. Pero cuando te vi ayer, parecías llevar un mes sin dormir.

Alza la mano hacia mi rostro y, por un momento, creo que me va a acariciar la mejilla, a inclinar mi cara hacia la suya. En cambio, me roza con las yemas de los dedos bajo los ojos, donde sé que, debajo del maquillaje, se esconden unas ojeras tan oscuras como un hematoma.

Quiero ofenderme, pero tiene razón. Apenas he dormido. Me da demasiado miedo acabar de nuevo en ese reino de sombras, atrapada con Killian, incapaz de escapar de él.

Quizá sea hora de pedir ayuda, de contarle la verdad a alguien, además de a Anassa. Sé que puedo confiar en él. Pero, cuando abro la boca para explicarme, la puerta a nuestras espaldas se abre de nuevo y golpea la piedra del muro.

Ambos nos giramos hacia la recién llegada: Siegrid. Nos examina con atención, después, sonríe.

Me aparto de Stark para evitar que saque sus propias conclusiones sobre lo que sea que está ocurriendo aquí.

—Es la hora de los brindis tradicionales —dice Siegrid—. Sin embargo, dudo que empiecen hasta que nuestra monarca regrese a su mesa…

Consigue impregnar la palabra «monarca» de respeto, irritación y cansancio al mismo tiempo. Casi admiro la forma en la que logra que las palabras parezcan un insulto sin, técnicamente, decir nada negativo sobre mí.

Adiós a mi conversación sincera con Stark. Un sentimiento de decepción me inunda el pecho, pero sé que Siegrid tiene razón.