Capítulo 16
Meryn
Los vinculados se ponen en pie de inmediato, con las armas desenvainadas. Tardo un par de segundos en darme cuenta de lo que está pasando.
Son los huargos. Irrumpen en la sala del trono en masa.
Debe de haber unos cincuenta por lo menos; las garras repiquetean con fuerza contra el mármol reluciente.
Su presencia se cierne sobre todos nosotros mientras llenan la estancia: cabezas altas, ojos brillantes y músculos ondeantes a causa de sus movimientos gráciles.
Los nobles retroceden, asustados. Jadeos y murmullos se propagan entre la multitud cuando se giran bruscamente y estiran el cuello para observar la procesión que desborda los límites del salón.
Parte de mi ferocidad lobuna despierta al contemplar cómo se invierten las tornas. Siento un destello de satisfacción ante su incomodidad. «Bien —pienso—. Que sean ellos los vulnerables por una vez».
Incluso los nobles que asistieron a las Pruebas estaban sentados lejos de los huargos, observando los acontecimientos desde la distancia. Esta es la vez que más cerca ha estado la mayoría de ellos de los lobos, especialmente de tantos. Me enorgullece ver que la plebe controla sus reacciones.
Algunos de ellos son los compañeros de los vinculados presentes en la ceremonia, pero sé que otros todavía no han elegido jinetes. Entre ellos, cuatro cachorros saltan juguetones, uno de cada color de la manada.
Saela chilla de alegría.
—Qué monada —dice.
«¿Qué es esto?», le pregunto rápidamente a Anassa.
Tarda un segundo en responderme, pero me transmite sus emociones. Está sorprendida, conmovida y profundamente emocionada.
«Han venido a mostrar su respeto y su lealtad hacia nosotras como dupla real».
Se me llenan los ojos de lágrimas y le hundo los dedos en el pelaje áspero.
Cuando entra el último lobo, que apenas cabe dentro de los límites del salón, Anassa avanza hasta situarse delante del trono. Alza su enorme cabeza plateada y blanca, tensa los músculos y echa el hocico hacia atrás en un aullido sobrecogedor.
El sonido es el fantasma de todas nuestras pérdidas, el eco de las reinas Hielormenta, y atraviesa el lugar como una ola. Despierta la voz de los demás lobos. Le responden de la misma forma, aullando al unísono. Su canto resuena bajo el techo abovedado y me sacude hasta lo más hondo.
Los nobles observan, sin palabras, mientras los lobos guardan silencio y comienzan a moverse como uno solo. Los huargos hacen una reverencia, primero ante Anassa y luego ante mí. Después, con la misma rapidez y sorpresa con la que entraron, abandonan la estancia en fila.
La suma sacerdotisa se aclara la garganta para devolver la atención de la multitud hacia mí.
—¡Larga vida a la reina! —exclama.
La asamblea se levanta. Los nobles, los vinculados y la plebe gritan al unísono, aunque de forma mucho más caótica que los lobos.
—¡Larga vida a la reina! —corean.
Las palabras suenan vacías.
El día de la coronación es interminable y se funde con la noche en un enorme borrón.
Cuando hice mi entrada en el salón de baile, seguida por Anassa, Saela, Siegrid y el resto de mi séquito, la luz de miles de velas titilantes y relucientes candelabros me deslumbró con su belleza.
Pero ahora, horas después, las luces danzantes son como mil pinchazos diminutos en los ojos, lo que agrava mi dolor de cabeza, que continúa taladrándome las sienes.
Anassa se marchó con el resto de los huargos hace horas, guiada por el instinto de la caza.
Me dijo que quería crear una nueva tradición para los lobos, ya que todas las de la era Hielormenta habían sido olvidadas.
De vez en cuando me llegan fragmentos de su conciencia mientras corren por la nieve, rodeando el monte Matalobos en dirección a los bosques más profundos (y a sus enormes presas).
Qué suerte tiene la cabrona.
Por desgracia, las recientes tradiciones de los Valtiere no se han olvidado.
Las mesas del salón de baile rodean un espacio despejado donde siete bailarinas de la ciudad participan en una «actuación especial».
Así la llamó la senescal Alienor cuando insistió en que debíamos llevarla a cabo, pues los nobles la esperarían.
La «actuación especial» es una especie de estriptis erótico.
Las bailarinas son todas preciosas y talentosas. Me impresiona su físico. Pero…
—¿Seguro que esto es apropiado para un banquete de coronación? —me pregunta Izabel al colocarse detrás de mí. Presido la mesa principal, que está cubierta de platos y platos de comida. Llevamos horas comiendo una exquisitez absurda y deliciosa tras otra.
Ambas observamos cómo una de las bailarinas se inclina hacia delante, se enrosca las piernas alrededor de la cabeza y expone su —por suerte, cubierta— entrepierna a una mesa de nobles a los que poco les falta para que se les caiga la baba.
—Me has quitado las palabras de la boca —murmuro cuando otra de las bailarinas se pone de puntillas.
La mujer que está a su lado la agarra por el vestido y la hace girar.
La primera bailarina da piruetas por el salón a medida que se le va desenrollando la prenda hasta quedarse solo con unas pezoneras y unas braguitas brillantes.
Acaba la actuación abriéndose de piernas y varios nobles silban.
—Es muy flexible —dice Saela con inocencia, con la boca llena de venado.
Puede tomar comida normal, otra de las cosas que aprendimos gracias a la investigación de Aldrich, aunque la sangre es lo único que la alimenta. La comida es solo una cuestión de placer. Y para alguien que rara vez se ha visto expuesta a este tipo de banquetes, Saela está más que encantada.
—Hazme un favor —le digo a Izabel—. Averigua cuánto les está pagando la senescal Alienor a estas chicas y triplica la cantidad.
—Hecho —responde—. Venía a avisarte de que la ronda de saludos está a punto de empezar.
Suspiro cuando se forma una larga fila de nobles en las escaleras que ascienden a nuestra tribuna.
—Enseguida voy, gracias.
El plan de Siegrid ha sido todo un éxito: los nobles hacen cola para saludarme, para rendir sus respetos a su nueva reina. Todo va según lo previsto. Ya solo falta que su reina quiera hablar con alguno de estos malditos mentecatos lloricas.
Me levanto a regañadientes y ocupo el trono situado junto a la mesa real. Saela se coloca a mi lado. Lo está haciendo genial, pero en cuanto acabemos aquí, tendré que mandarla a la cama.
—Alteza —entona un hombre mayor con voz algo nasal. Se mueve despacio y juraría que le crujen las rodillas cuando se inclina para jurar lealtad en nombre de su casa.
—Lord Caída Floral —respondo, agradecida de que Siegrid me obligara a estudiar los nombres, títulos y retratos de cada lord y lady—. Y lady heredera.
La joven mujer a la derecha de lord Caída Floral, quien también permanece arrodillada, se pone en pie y me ofrece una caja dorada.
—Felicidades, alteza. Os hemos traído esto como una pequeña muestra de gratitud por haber recuperado a nuestra legítima reina.
Le sostengo la mirada en busca de sarcasmo, pero mantiene una expresión seria.
¿Será posible que estos nobles de verdad estén abiertos a tener a una reina plebeya y vinculada?
Como única hija del lord, la lady heredera de Caída Floral está destinada a heredar su patrimonio y sus responsabilidades cuando este fallezca.
Tiene un aspecto firme y una mirada dura como el pedernal. A lo sumo rondará los cincuenta.
Se da cuenta de que la estoy analizando y arquea una ceja, con los ojos brillando.
—Estamos deseando conoceros mejor, mi reina.
Cuando se aleja, rebusco en mi mente el nombre del siguiente lord que se aproxima, un hombre alto y delgado con un bigote ralo, pero se me escapa. Él tampoco me lo ofrece, y veo cómo su mirada se vuelve calculadora cuando se da cuenta de que no estoy segura de quién es.
—Os felicito por este día trascendental —dice, con la voz rebosante de falsedad.
—Gracias por haber venido —murmuro, distraída por el esfuerzo de enlazar su rostro con alguno de las pinturas que estudié.
Le dirige una mueca de desprecio a Saela y luego se marcha sin despedirse. Saela y yo nos miramos, pero no hay tiempo para hablar antes de que la fila de saludos continúe avanzando.
De alguna forma, los dos siguientes son mejores y peores: una pareja joven a la que, por suerte, identifico como primos lejanos del linaje real de los Valtiere, unos primos segundos o algo así.
A pesar de que hace poco que decapité a uno de sus familiares y le arrebaté el trono a otro, se deshacen en halagos. El marido se inclina tanto que la cabeza casi le llega al suelo, y la esposa solloza mientras me toma la mano y la presiona contra su frente.
Es una adoración servil y claramente falsa, pero supongo que no puedo culparlos. Intentan persuadirme de que no los encierre por ser parientes lejanos de los anteriores gobernantes.
Me vuelvo y agarro mi copa de agua para darle un par de tragos rápidos.
El consejero de Hielormenta, Gerhold Herzog, es el siguiente en acercarse.
Ese hombre zalamero es una parte necesaria pero indeseada de mi Consejo Palatino, y me paso todas nuestras reuniones semanales intentando no entablar conversación con él.
En el Barrio Este solían correr rumores sobre cómo otorgaba contratos reales a quienes le hacían favores…
especialmente a mujeres jóvenes y hermosas.
Ahora que he tenido la desgracia de conocerlo, me creo esas habladurías a pies juntillas.
—Habéis cambiado la ceremonia de coronación —dice sin rodeos, a modo de saludo.
—Así es —respondo, intentando no fruncir el ceño—. Algunos elementos no se ajustaban a mí.
Él sonríe con desdén.
—Discrepo, Meryn.
Me estremezco ante el uso tan casual de mi nombre de pila. Viniendo de él, es un desaire intencionado.
—Esos elementos os habrían sentado muy bien —añade.
Me arde la cara. Cerdo de mierda.
Mi primera tarea, ahora que ya he sido nombrada reina de forma oficial, será encontrarle un sustituto adecuado, un consejero competente para Hielormenta en quien se pueda confiar para dirigir nuestra ciudad en condiciones.