Capítulo 15 #2
Igor establece contacto visual conmigo desde su asiento junto a su esposa, Prina, y asiente.
A su lado se encuentran las mujeres de la lavandería, las viejas amigas de mi madre.
Van tan formales que apenas las reconozco.
Le sonrío a Mae, quien lleva el cabello bien peinado y adornado con flores blancas.
Me escuecen los ojos; esa sensación de injusticia regresa. Si mi madre estuviera aquí.
La siguiente sección está llena de vinculados de alto rango, todos vestidos con costosísimos y elegantes ropajes. Reconozco a algunos de ellos, como a la alfa de Kryptos, Hannelore, que está sentada junto a Egith. A muchos otros, no.
Me sonrojo cuando clavo la vista en Stark, una fila por delante de ellos, junto a la alfa soberana.
Vuelve a vestir de oscuro, en esta oportunidad de un rojo Daemos; el color de la sangre.
Sus hombros anchos y los torturadores tatuajes que le cubren el cuello y las manos realzan el corte impecable de su traje de una manera casi perversa.
Como si me sintiera —siempre me siente—, levanta la cabeza. Cuando nuestros ojos se encuentran, se le suaviza el rostro durante el más breve instante. Sus ojos se deslizan sobre mí como la caricia de una pluma sobre la piel. Se me extiende el rubor hasta el pecho.
Me obligo a apartar la mirada, con el pulso acelerado por algo más que los nervios.
La tribuna del fondo sostiene el trono que el rey Cyril ocupó hace poco más de un mes. Una trompeta anuncia mi llegada mientras avanzo por el pasillo, arrastrando la cola a mi paso.
Saela camina a mi derecha, ligeramente detrás de mí. Anassa sigue el ritmo a mi otro lado.
Fila tras fila, la asamblea reunida se pone en pie y permanece así incluso después de que haya pasado. Cientos de rostros se vuelven para observar mi avance por el largo pasillo central.
Mi camino hacia el trono.
No estoy segura de qué me intimida más: si los nobles cuyos rostros reflejan una hostilidad apenas disimulada, con el ceño fruncido y los labios en una mueca, o la gente que me observa con expresiones sinceras de asombro.
Dejo todo eso a un lado y me concentro en la suma sacerdotisa, una persona en la que apenas había pensado antes de esta semana, pero que ahora se ha convertido en una espina constante en mi costado.
La suma sacerdotisa se alza sobre la tribuna con una túnica dorada ornamentada y el pelo blanco, una vez más, recogido en elaboradas trenzas alrededor de la cabeza.
Entre las manos arrugadas sostiene una botella de aceite sagrado trabajada en filigrana.
Puede que los ojos verdes y llorosos de la sacerdotisa la hagan parecer débil, pero yo percibo la agudeza que se esconde en ellos, aunque nadie más lo haga.
A su lado, sobre un pedestal, se encuentra la corona dorada de Hielormenta con sus lobos en pleno salto.
No es ningún secreto —por lo menos así me lo ha hecho saber a mí— que me considera inadecuada para el trono.
Cada decisión que he tomado sobre esta coronación, desde negarme a desnudarme ante una multitud hasta insistir en que no era necesario apresurarse a traer una serpiente marina sacrificada para alimentar a los nobles, la ha recibido con un ceño de desaprobación.
A estas alturas, esas malditas arrugas que le rodean la boca y yo somos mejores amigas.
Aun así, aquí está.
Cuando llego a la tribuna, me doy la vuelta para encarar a la congregación reunida. Saela toma asiento en la primera fila y Anassa se coloca detrás de mí, junto al trono.
—Meryn Hielormenta, heredera al trono de Hielormenta, anheláis convertiros en la reina de la sagrada nación de Nocturna —proclama la suma sacerdotisa, con un torrente de voz mucho más fuerte de lo que su cuerpo haría suponer.
—Así es mi voluntad —respondo, siguiendo el guion que hemos ensayado una y otra vez.
—Humillaos ante el pueblo al que deseáis servir. Humillaos ante la propia Diosa Sin Rostro —clama.
Los nobles se enderezan en sus asientos y estiran el cuello. Más de unos cuantos hombres tienen una mirada lasciva.
Lo siento, putos pervertidos, pero no voy a desnudarme para vuestro placer. En lugar de eso, me arrodillo; una tarea bastante complicada por culpa de este aparatoso vestido dorado. Me llegan murmullos de decepción procedentes de la multitud. Después apoyo la cabeza en el suelo.
—Me humillo ante el pueblo y ante la propia Diosa. Ruego que me evalúe y reconozca mi elección con la debida aprobación. —Las palabras casi me hacen estremecer. Nunca olvidaré la forma en la que Cyril Valtiere pronunció esa frase cuando nos conocimos por primera vez.
Como si se creyera un dios.
Permanezco en esta posición postrada durante un minuto entero. En teoría, si la Diosa estuviera ahí arriba y presenciase todo esto, este sería el momento en el que me fulminaría. Por eso sé que toda esta ceremonia es una pantomima. ¿Qué clase de diosa habría permitido que los Valtiere continuaran?
—Podéis levantaros, Meryn Hielormenta —anuncia finalmente la suma sacerdotisa.
Alzo el torso, pero permanezco arrodillada y giro el cuerpo hacia ella. La suma sacerdotisa destapa el aceite sagrado. Cuando el olor intenso y amargo me golpea, trato de no vomitar.
Y entonces lo veo. Lleva un gran anillo de sello en el pulgar. Y en el centro… un ópalo en forma de lágrima. Igual que el de mi corona. Igual que el del collar de Saela. Empieza a vibrarme la sangre. ¿Es otra Lágrima?
La suma sacerdotisa hunde el pulgar en el líquido oscuro, lo que me obliga a mirarla a los ojos.
—Con vuestro poder, ¿gobernaréis por todos?
—Con mi poder, gobernaré por todos —repito.
Me extiende el ungüento por la frente; una vez, dos veces, formando una equis.
—Con persuasión, ¿hablaréis por todos?
—Con persuasión, hablaré por todos. —Mete de nuevo el pulgar en el aceite antes de trazar una línea vertical sobre mi boca. Mantengo los labios apretados para que el sabor amargo no me llegue a la lengua.
—¿Antepondréis a vuestro pueblo en cada acto de creación y destrucción?
Extiendo las manos hacia ella, con las palmas hacia arriba.
—Antepondré a mi pueblo en cada acto de creación y destrucción.
Traza una línea gruesa en cada palma.
—¿Vuestro corazón buscará proteger en vez de dañar? —pregunta.
—Mi corazón buscará proteger en vez de dañar.
Me dibuja otra equis —una pasada, dos pasadas— sobre el esternón.
Después se acerca al pedestal que sostiene la corona, dándole la espalda a la multitud. Nadie más puede ver el brillo codicioso que se refleja en su mirada ni la forma en que aprieta los dedos contra el centro de la pieza, sobre el ópalo. Por un momento, temo que no vaya a entregármela.
Anassa deja escapar un gruñido grave, tan leve que confío en ser la única que lo ha escuchado.
¿De verdad cree la suma sacerdotisa que estas joyas están conectadas de alguna forma con la Diosa Sin Rostro?
O quizá simplemente le gusta llevar las joyas a juego.
En cualquier caso, la suma sacerdotisa por fin se vuelve y me coloca la corona sobre la cabeza con suavidad.
Su voz resuena firme, y el brillo fanático de su mirada no vacila.
—Por la gracia todopoderosa de la Diosa sin Rostro, yo os proclamo reina Meryn Hielormenta, legítima soberana de Nocturna y protectora del vínculo.
Con un estruendo ensordecedor, las puertas del salón del trono se abren de golpe.