Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

Meryn

Por fin ha llegado el día.

Mi coronación.

Y mi hermana es un auténtico desastre.

Saela está acurrucada contra el costado de Anassa en su dormitorio, llorando en silencio.

Todavía no dejamos que los sirvientes se acerquen a ella, por lo que Helene la ayudó a ponerse un elegante vestido azul hielo.

Tiene la cara completamente roja y parece tan delicada como una muñeca mientras solloza contra el pelaje de Anassa.

Se me encoge el corazón. Sigue siendo una niña.

Siegrid y yo decidimos que Saela debía asistir a la coronación a pesar del riesgo que ello suponía. De lo contrario, la gente haría demasiadas preguntas. Su apariencia no ha cambiado mucho desde que se convirtió en sifón, ya que ha aprendido a retraer los colmillos.

Me acerco y me siento a su lado con cuidado. Saela me mira y sus sollozos se detienen de inmediato, pero no puede evitar que se le caigan las lágrimas.

—Me-Meryn.

—Sae —le digo mientras le acaricio el pelo—, ¿qué ocurre?

—No quiero ir. Habrá mucha gente. Volveré a hacerle daño a alguien —logra decir de forma entrecortada. Alarga el brazo hacia mí.

Le tomo la mano y niego con la cabeza.

—Todo irá bien, Saela.

Hoy Anassa ha salido a cazar más temprano de lo normal, por lo que mi hermana se ha alimentado hace nada. Nos llevó un buen rato limpiarle la sangre seca del pelo. La sangre animal debería contener su hambre durante un par de días.

—El ci-ciervo no fue suficiente —llora, aunque ambas sabemos que no es cierto—. No quiero hacerle daño a nadie.

—Hemos tomado precauciones. Te lo prometo. Anassa y yo estaremos cerca de ti durante toda la ceremonia y la recepción. Y si empiezas a encontrarte mal, basta con que nos hagas una señal y te escoltarán fuera de allí de inmediato.

Saela enreda los dedos en el pelaje de Anassa. El apoyo de mi loba siempre la calma. Helene, Grigore y Siegrid tampoco le quitarán el ojo de encima.

Con suavidad, añado:

—Pero tienes que asistir. Para la gente sigues siendo solo una princesa del reino. Si no acudes a la ceremonia, causará confusión.

En nuestras reuniones semanales del Consejo Palatino, Igor me dijo que los plebeyos estaban haciendo preguntas sobre la princesa. Yo no era particularmente querida en el Barrio Este, pero Saela sí; la niña inteligente y avispada que estaba destinada a superar sus circunstancias.

Ahora la consideran una heroína: alguien que sobrevivió a un horrible secuestro, ayudó a liberar a otros niños y se convirtió en princesa.

Está claro que va a transformarse en un símbolo querido de nuestra nación…

y también realzará mi propia reputación.

Siempre y cuando mantengamos en secreto su verdadera condición. Siempre y cuando encontremos una cura.

Saela deja caer la cabeza contra el costado de Anassa. Mi huargo inclina el cuello y la empuja suavemente con el hocico. A Saela se le curvan los labios en un amago de sonrisa. Empiezan a secársele las lágrimas.

—Puedes hacerlo —le digo—. Te lo prometo. Puedes hacerlo.

Toma una bocanada de aire temblorosa. Se ve que está nerviosa, pero me aprieta la mano y dice:

—Somos hijas de Madre.

He tenido más tiempo que Saela para asimilar la muerte de nuestra madre. Sumado a todo lo demás, ha sido muy duro para ella, pero estamos planeando ir a visitar su tumba juntas una vez haya pasado la coronación.

El dolor me oprime el pecho. ¿Qué pensaría mi madre al ver este día? Debería haber sido ella quien estuviera aquí, quien reclamase su trono, quien eligiese gobernar.

Por un segundo, casi puedo ver cómo habría sido esa vida: una madre cariñosa, fuerte y cuerda. Una hermana protegida de todo el dolor y el sufrimiento de estos últimos meses. Una infancia en la que no me hubiera ido a la cama con hambre al menos una vez por semana.

La lista de cosas que Killian y su familia nos arrebataron tendría mil páginas.

Me trago el nudo que se me forma en la garganta y le doy un beso en la coronilla.

—Hijas de Madre.

Llaman a la puerta del salón. Entonces oigo la alegre voz de Izabel.

—¡Oh, gran y poderosa reina! ¡Estamos aquí para servirte con diligencia!

—¿Preparada? —le pregunto a Saela.

Ella asiente, aunque su mirada es de preocupación.

Durante las últimas semanas, ha visto a mis amigas ocasionalmente, lo justo para que no se preocupen en exceso. Ve a Venna con más regularidad por las clases de lengua de signos, algo que ha sacado a Saela de su miseria durante diez minutos.

Aun así, preferimos mantener las clases breves. Todavía no saben lo que le ha pasado.

Tomo a Saela de la mano y la conduzco fuera de su habitación.

Exhalo en cuanto veo a Izabel, Venna y Nevah.

Las gemelas llevan el mismo diseño pero en diferentes colores.

La parte superior del corpiño está fruncida, las mangas caen con fluidez y dejan los hombros al descubierto, y el cuerpo del vestido es de una tela lisa y brillante que parece deslizarse por sus siluetas como el agua.

El de Izabel es de un naranja bruñido y lleva el pelo arreglado con destreza sobre un hombro.

El traje de Venna es de un lila claro y, al contrario que su hermana, su pelo corto cae dispuesto en ondas suaves.

Nevah lleva puesto un vestido plateado intenso que combina con la mecha plateada de sus rizos oscuros.

Tiene tirantes finos, una gran abertura a un lado y pedrería bordada que cae en cascada desde el corpiño hasta el final de la tela.

También adorna su pelo con pedrería a juego entrelazada, lo que hace que brille de la cabeza a los pies.

Si yo finjo ser una reina, ellas parecen, sin lugar a dudas, los miembros más importantes de mi corte.

—Gracias a la Diosa que estáis aquí —digo. Venna le da un pequeño abrazo a Saela y mi hermana empieza a relajarse.

—¿Y tu vestido? —pregunta Nevah con entusiasmo. Incluso Nevah y Venna han acabado sucumbiendo a la emoción de este día a medida que se acercaba. La energía de Izabel es contagiosa.

Brionna y mis otras asistentes vinieron antes para peinarme y maquillarme, pero he preferido reservarme el momento de ponerme el vestido de coronación para mis amigas.

—Por aquí —les digo mientras las conduzco hasta donde está envuelto para protegerlo—. Adelante.

Venna es la primera en alcanzarlo e Izabel lo observa con emoción mientras su hermana retira con cautela los envoltorios. Iz cierra la mano alrededor de mi brazo en cuanto lo ve. Apoyo la mía sobre la suya y recorro la prenda con la mirada.

Es el vestido de una reina, de eso no cabe duda.

Una obra maestra de la costura, de un azul profundo, bordado con una filigrana de miles de cristales dorados diminutos que captan la luz como estrellas cuando Venna lo levanta.

El escote cae en un pronunciado pico, casi osado.

Sin embargo, las mangas largas hacen que el vestido sea recatado y, por suerte, ocultarán mi asqueroso brazalete de compromiso.

Dos aberturas se extienden a lo largo de los muslos, pero no son más que unos añadidos prácticos que me permitirán montar a Anassa sin problema si es necesario.

—Oh —susurra Nevah mientras pasa las yemas de los dedos por la larga capa y su cola. Es blanca, pero está cubierta de bordados dorados de lobos corriendo, saltando, casi danzando.

—Eres una reina —dice Saela con asombro, como si al ver este vestido por fin se lo creyera.

—Asegurémonos de que los demás piensen lo mismo —respondo con humor.

—¿Empezamos? —pregunta Izabel, señalando el vestido, y yo asiento.

Ponerme el vestido sin echar a perder el pedazo de peinado que me han hecho es toda una odisea, pero, con la ayuda de mis amigas, lo consigo.

Cuando levanto la cabeza para estudiarme en el espejo una vez más, la fuerza se asienta en mi sangre Hielormenta.

Puede que no me reconozca, pero, cuando miro mi reflejo, veo a una reina.

Veo a la reina Chiara con su propio vestido de coronación, como si estuviera de pie a mi lado, con la mano sobre mi hombro.

Me aferro a esa imagen mientras me acerco al salón del trono, con mi hermana y mi huargo siguiéndome. Incluso cuando entro y contemplo las elaboradas decoraciones, no permito que mi determinación vacile.

Es el mismo salón del trono en el que vi a la reina Chiara cuando me puse la corona por primera vez. Y ahora está engalanado para un espectáculo lujoso.

La sala está inundada de flores de los invernaderos.

Miles de flores rojo sangre colocadas con primor para que parezca que crecen por las paredes, que se enroscan sobre el trono dorado, y que incluso caen desde el alto techo, como una amenaza hermosa; exquisita, con un leve matiz de violencia contenida.

Pedí algo que visualmente no gritara: «¡Estoy un poco trastornada y podría mataros a todos de un momento a otro!». Por desgracia, la senescal Alienor dijo que los Valtiere siempre ponían flores escarlatas en las coronaciones y que los nobles no esperarían menos.

El aire está cargado con el perfume natural de las flores. Es tan intenso que casi puedo saborearlo, floral y empalagoso.

Me palpita la cabeza de dolor; un recordatorio del escudo contra Killian que he seguido reforzando. Hoy Anassa y yo hemos arrojado más poder contra él. Lo último que necesitamos es que Killian se comunique con todos los vinculados en medio de la ceremonia. Espero que sea suficiente.

Miro hacia atrás para asegurarme de que Saela sigue bien. Tiene los ojos abiertos de par en par, pero me dedica un leve asentimiento y una sonrisa temblorosa.

—Colócame la falda si se me enreda, ¿vale? —susurro—. Creo que caerme de morros echaría por tierra el efecto.

Saela me recompensa con una risita suave.

La sala está dividida por un pasillo alfombrado, con filas y filas de sillas a cada lado. La plebe permanece sentada en la parte de atrás, portando las mejores prendas que poseen.