Capítulo 14 #2
Aun así, sus palabras me hacen vacilar y enfrían el fuego que se había apoderado de mi visión.
Si mato a Siegrid ahora, la coronación se vendrá abajo.
La alfa soberana tiene más poder e influencia sobre los vinculados que cualquier otra persona en todo el país.
Si queremos tener una mínima oportunidad de que las cosas salgan bien, necesitamos que siga al mando de nuestras fuerzas y que esté del lado de Meryn.
Al menos, por ahora.
—Hablaremos de esto cuando pase la coronación —digo con seriedad.
—Claro —responde ella con una sonrisa de satisfacción ante mi aparente conformidad—. Hagamos eso. Empezaré a buscar una fecha para la ceremonia.
Hago una reverencia y me marcho a toda prisa, incapaz de contener la rabia. Logro recorrer la mitad del pasillo antes de perder el control y estrellar el puño contra la pared, destrozando el yeso.
El golpe resuena por el pasillo vacío.
Una puerta se abre de golpe… y ahí está ella.
Mierda.
Meryn parece sobresaltada y sostiene una daga en posición defensiva. Cuando me ve, la envaina y pone sus ojos color avellana en blanco. Se lleva las manos a las caderas con irritación.
—¿Ahora te metes con las paredes? ¿Qué te ha hecho? ¿Mirarte mal?
Doy dos pasos hacia ella y la examino con preocupación. Unas ojeras oscuras y amoratadas se extienden bajo sus ojos y su piel está muy pálida. Ha perdido peso en las últimas tres semanas; tiene el rostro hundido, casi espectral.
¿Qué ha pasado mientras yo no estaba?
Podría haberme mantenido en contacto con ella; habría bastado con reabrir ese peligroso río que corre entre nosotros.
Pero, en vez de eso, confié en los informes de Grigore, Helene y la alfa soberana; me conformé con oír que no me estaba perdiendo nada importante.
Me conformé con mantener las distancias con ella por el bien de mi propia cordura.
Está claro que fue un error.
Siento un hormigueo en la mano ante las ganas de acariciarle la mejilla, de trazar círculos en ella con la yema del pulgar. Descarto esa idea. Tocar su rostro es una pendiente resbaladiza que conduce justamente a lo que Siegrid quiere.
Hacia arrastrar a Meryn conmigo a la oscuridad.
Las palabras se me escapan.
—Tienes un aspecto horrible.
Suelta una carcajada.
—Primero la pared y ahora yo. Bueno, yo también me alegro de verte, alfa Stark. Bienvenido de nuevo.
Meryn se da la vuelta hacia su habitación y se apresura a cerrar la puerta.
Pongo el pie en el marco para detenerla, desesperado por mantenerla en mi campo de visión, desesperado por estudiar cada parte de ella hasta descubrir qué ha ocurrido.
—¿No quieres saber cómo me fue el viaje? —le pregunto—. ¿No te provoca curiosidad saber si tu «despiadado esbirro» mató a más nobles pobres e inocentes?
Se sonroja y aparta la mirada, con la culpa cruzándole el rostro. Supongo que ella tampoco ha olvidado esas palabras.
—De acuerdo. ¿Quieres pasar?
Meryn se da la vuelta y me guía hacia la sala de estar, pero no avanzo mucho más allá de la puerta antes de quedarme paralizado.
Han pasado tres semanas y, al parecer, todavía no ha dejado que sus asistentes le ordenen la estancia.
A estas alturas ya ni siquiera se ven los muebles; si no supieras la verdad, pensarías que el diván y las sillas están tapizados con una tela hecha de retazos.
La mesa del comedor ha desaparecido por completo bajo los mapas.
—Al menos habrá alguien que levante todo este desorden para limpiar debajo, ¿no? —bufo—. ¿O debemos empezar a preocuparnos por que los roedores estén montando sus casas aquí? ¿Cuánto falta para que tengamos que llamar al exterminador de palacio?
Meryn deja escapar un sonido ofendido.
—Lo pillo. Soy un sapo hediondo y mi habitación es un hoyo inmundo. ¿Quieres hablar o no?
Clavo la mirada en ella. Parece estar pasando por un momento complicado, pero incluso ahora percibo un fuego desafiante y familiar en su postura.
—No eres un sapo hediondo.
—Veo que lo de que vivo en un hoyo no lo niegas. ¿Cómo me describirías, entonces? ¿Cómo un marrano feo?
Estamos cruzando una línea peligrosa.
—¿En busca de cumplidos, alteza? —digo para desviar el tema.
—Bueno, cuando un hombre atractivo me dice que tengo un aspecto horrible, tiendo a creerle.
Se me acelera el pulso ante sus palabras, pero su bravuconería no logra disimular el hecho de que la he herido. Joder.
—Me disculpo por mi franqueza. No tienes un aspecto horrible, solo parece que no has dormido mucho.
Meryn casi hace una mueca y aprieta los labios. ¿Qué me está ocultando?
—Han sido unas semanas bastante agotadoras, pero estoy bien. Bueno, ¿qué pasa con los nobles?
—Han venido todos, salvo Cuervofrío. Acabo de llegar con la comitiva de Villagélida. Te alegrará saber que me comporté el resto del viaje. No fue necesario sacrificar a ningún primo más.
—Gracias. —El rostro de Meryn se tiñe ligeramente de rosa cuando formula su siguiente pregunta—: ¿Has…? ¿Necesitas el tatuaje? Eh… Por lo de ese primo, quiero decir. ¿Necesitas que te eche una mano?
El color le devuelve algo de vida a la cara y siento que una incómoda calidez se me arremolina en el estómago. Joder, está preciosa cuando se avergüenza.
Algo primitivo empieza a abrirse paso a través de mi férreo control. ¿Hasta dónde se le extiende el rubor? ¿Le llegará hasta el tatuaje de debajo de los pechos?
Me entrego a mi hambre; quiero ver hasta qué punto puedo hacer que se ruborice.
—¿Ansiosa por lamerme, princesa?
Meryn clava los ojos, muy abiertos, en los míos, sin pestañear.
Dudo que sea consciente de que lo hace, pero se pasa la lengua rosada por los labios.
Miro fijamente la resplandeciente humedad; se me calienta la sangre al imaginarme sus labios y su lengua sobre mí, lamiéndome donde me ha causado dolor, bajando hacia mi…
—¡Meryn! —grita una vocecita joven. La puerta de Saela se abre con un chirrido y la niña de once años entra en la sala de estar—. Oh, hola, alfa Stark.
Tomo una bocanada de aire temblorosa y hago una reverencia, aprovechando el momento para recomponerme. ¿Qué cojones estaba haciendo?
—Princesa Saela —digo hacia la alfombra sucia. Tomo aire de nuevo y me enderezo—. Me alegra verte así de bien.
A diferencia de Meryn, la pequeña tiene un aspecto mucho más saludable que la última vez que la vi. Su piel ha recuperado su color habitual. También parece haber aprendido a controlar los colmillos, pues los mantiene ocultos. De primeras, nunca dirías que no es una niña como otra cualquiera.
Meryn se aclara la garganta.
—Sí, Anassa ha estado alimentando a Saela con regularidad. Todavía no hemos encontrado una cura, pero Aldrich continúa con su investigación.
Saela parece un poco avergonzada ante el comentario y se desliza hasta el diván. Aparta algunas de las prendas de Meryn y se acomoda en el sofá con las rodillas pegadas al pecho.
Meryn observa a su hermana con atención y tristeza.
—Saela ha estado investigando por su cuenta —añade con un entusiasmo forzado. Esta última se limita a asentir—. Cuéntaselo al alfa Stark, Sae.
Con un suspiro, la niña levanta la vista hacia mí.
—¿Has oído hablar alguna vez de una Lágrima de Diosa?
Niego con la cabeza.
—No me suena de nada. ¿Qué es?
Meryn cruza la habitación y se sienta junto a su hermana.
—No estamos seguras, pero la suma sacerdotisa llamó «Lágrima de Diosa» al ópalo de mi corona, y se la veía muy emocionada. Dijo que creía que se había perdido a manos de los sifones.
Saela se saca un collar de debajo de la túnica, uno que reconozco al instante. La reliquia real que ha pasado de generación en generación en su familia. La gema es grande, está incrustada en un delicado soporte de oro y parece emitir una luz tenue desde lo más profundo de su interior.
—Si el ópalo de la corona de Meryn es una Lágrima de Diosa, quizá este también lo sea —añade Saela en voz baja—. He estado intentando entender de dónde viene el término. Tal vez nos ayude a aprender más sobre la historia de nuestra familia.
—¿Por qué no se lo preguntas a la suma sacerdotisa? —sugiero con el ceño fruncido.
Meryn tuerce la boca con disgusto.
—No se ha mostrado muy comunicativa. Digamos que la suma sacerdotisa y yo no nos hemos puesto de acuerdo esta última semana.
—Me sorprende oír que no te llevas bien con alguien —digo con soltura.
Meryn coge un zapato del suelo y me lo lanza, pero logro esquivarlo con una sonrisa.
—Me pondré a investigar yo también —les aseguro a ambas antes de hacer otra reverencia—. Y Meryn, sobre lo que estábamos hablando…, ya se encargó Noemi.
El rubor le sube de nuevo a las mejillas y le baja por el cuello.
—Ah, sí, claro.
—Pero ahora que sé que estás interesada en prestar esos servicios, eres más que bienvenida a ocuparte de ello la próxima vez. Donde quieras.
Me doy la vuelta antes de poder ver su reacción, pero ella farfulla algo y empieza a toser. Cuando cierro la puerta de sus aposentos, oigo a Saela preguntar:
—¿Te encuentras bien?
Me digo a mí mismo que solo lo he dicho para fastidiarla.
Casi me lo creo.