Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

Stark

Por las miradas de desprecio que reflejan los rostros de lord y lady Villagélida, cualquiera diría que los estoy arrastrando a Hielormenta para un funeral y no para una fiesta multitudinaria.

Cuando llegamos a las afueras de la ciudad, Cratos acelera para colocarse junto a Ephyse y Noemi. Durante los últimos días hemos viajado más despacio de lo que a los huargos les gustaría, y todo porque los nobles tienen que ir montados en caballos extremadamente lentos.

—Estoy deseando librarme de estos amargados —le digo a Noemi mientras señalo con la cabeza al grupo de Villagélida que nos sigue.

Ella mira hacia atrás, luego enarca las cejas y aprieta los labios.

—¿Qué? —gruño—. Llevan callados todo el día.

Noemi ahoga una risa.

—Es complicado saber qué decir cuando el gran alfa de Daemos y su huargo te están fulminando con la mirada todo el rato.

Resoplo.

—Es mi cara habitual, lo sabes perfectamente.

—Lo que tú digas, gruñón —responde—. Mira, casi hemos llegado a la polvorienta y poco aprovechada residencia de Hielormenta. Los acompañaré hasta allí. ¿Por qué no vuelves al castillo?

No hace falta que me lo diga dos veces. Cratos y yo partimos enseguida en esa dirección. En cuestión de minutos, el castillo aparece en el horizonte. Desmonto y entro con paso decidido mientras Cratos se desvía para buscar a Anassa.

Lo primero es informar a Siegrid. Cuando me abre la puerta, veo que su proyecto de redecoración ha avanzado de forma considerable.

Han desaparecido los ridículos trofeos de caza de las paredes, junto con los muebles estrambóticos y ostentosos que preferían los Valtiere.

En su lugar, parece que Siegrid se ha instalado en la habitación del regente.

Un tapiz de su casa con nuestro sello familiar cuelga en una pared y unas gruesas cortinas con los colores Therion, rojo fuerte y blanco, cubren las ventanas.

Para mí no tienen ningún valor sentimental. Puedo contar con los dedos de las manos las veces que he estado en su casa de la Ciudad Vinculada.

—He oído que la representación de Villagélida es tan cuantiosa como esperábamos —dice Siegrid a modo de saludo.

—Sí —respondo—. Entregados en persona, con todas las partes del cuerpo intactas, tal y como pediste.

Al menos, las partes humanas.

Anoche, en el campamento, oí a lord Erlyn Villagélida hablar sobre las tradiciones de la coronación con algunos de sus cortesanos.

Al parecer, el nuevo monarca suele desnudarse ante toda la congregación para humillarse ante la Diosa Sin Rostro. Mientras está desnudo, la suma sacerdotisa lo unge con aceites sagrados.

—Cyril Valtiere no era un hombre poco atractivo, eso os lo aseguro —alardeó Erlyn—, pero esperad a ver a nuestra joven y firme reina exhibida ante nosotros, cubierta de aceite para nuestro deleite. Será humillante y delicioso.

No tuve que hacer nada; Cratos se me adelantó.

Antes de que pudiera detenerlo, Cratos arrastró la montura de lord Villagélida hasta la hoguera. Después, mientras Erlyn palidecía de horror, mi huargo se comió a su caballo.

Fue brutal y cruel, pero ni siquiera yo puedo frenar los instintos de un lobo.

—A mi huargo no le hace gracia la idea de que humillen a nuestra nueva reina —dije con total tranquilidad mientras Erlyn vomitaba en el fuego—. Os recomiendo que lo tengáis en cuenta antes de relatar cualquier otra tradición que os gustaría ver recreada.

Ahora miro a la alfa soberana al otro lado de la habitación.

Está sentada a la mesa del comedor, entre montones de pergaminos y un desayuno consistente en pan y fruta, todavía a medio terminar.

A pesar de lo temprano que es, ya está arreglada y con su uniforme militar.

Me pregunto si dormirá con él puesto. Siegrid nunca permitiría que alguien la viera vestida con ropa informal; no le gusta mostrarse vulnerable. Ni siquiera ante su hijo.

—¿Cómo van los preparativos para la coronación? —pregunto, curioso por saber si Cratos intentará comerse más corceles antes de que esto termine.

Siegrid suspira.

—En su mayoría bien, aunque la reina ha rechazado varias de las tradiciones habituales. Ha accedido a que la unjan con aceite —contesta.

Me quedo quieto; la sangre empieza a hervirme.

—Pero se niega a desnudarse, y la suma sacerdotisa está enormemente ofendida —prosigue—. Aun así, saldremos adelante.

No levanta la vista; está concentrada en los papeles. Firma una orden, coge otro papel y empieza a estudiarlo mientras habla.

—¿Te han dado problemas en los otros feudos?

—Nada que no esperáramos —respondo antes de sentarme frente a ella y servirme un café templado—. Caída Férrea sigue siendo un patán, pero vendrá. Caída Floral no quiere correr riesgos, como siempre. Los demás estarán todos allí. La sala estará llena, tal y como querías.

—Los demás… —reflexiona—. Cuervofrío no, claro. ¿Te has enterado de que la hija mayor atiende a Killian personalmente? Los tiene comiendo de la palma de su mano. El alfa Tormun está esperando el momento adecuado para atacar, pero se ocupará de él pronto.

Su voz es distante, analítica. Le da un delicado sorbo a su té antes de dejar la taza de nuevo sobre el platillo.

Si le perturba la idea de que la hija de doce años de lord Cuervofrío esté atendiendo al nuevo sifón portador de Alistair Brilloscuro, conocido por su inclinación hacia las jovencitas, no lo demuestra.

Me cuesta que no se me refleje en el rostro la rabia que me invade, así que su siguiente comentario me pilla por sorpresa.

—Stark, antes de que te vayas, debo decirte algo más. He decidido que te casarás con la reina.

Durante un segundo, la habitación se sume en un silencio que permite oír el lento goteo del agua que sueltan los carámbanos de hielo del alféizar de su ventana al derretirse con el sol.

—¿Perdón? —suelto con voz baja y letal.

Me sostiene la mirada, desafiante.

—Ya me has oído. Te casarás con la reina.

No necesito invocar mi fuerza; fluye sola. Con un leve movimiento de mano, libero una ráfaga en su dirección, sin llegar a alcanzarla, que vuelca la mesa. El plato del desayuno se estrella contra el suelo y los trocitos salen disparados.

Cualquier otra persona se encogería de miedo ante la violencia que habita dentro de mí, capaz de salir a la superficie en cualquier momento.

Pero Siegrid simplemente parece aburrida.

—Creía haber dejado bastante clara mi postura la última vez que sacaste el tema —gruño—. No me interesa.

«Mentiroso —susurra una oscura voz en mi mente—. Mientes».

Con un chasquido de dedos, las sombras descienden sobre la habitación y enderezan la mesa. Es un mensaje claro: por muy fuerte que sea, la alfa soberana lo es más y posee un tipo de magia que no conoceré hasta que llevemos a cabo sus ritos funerarios.

—Sí —responde con suavidad—. Me decepcionó tu reacción.

Ahora que he podido pasar más tiempo trabajando con la reina, tengo mi propia opinión.

Es extremadamente poderosa e inexperta. No gobernará en condiciones sin una mano firme que la guíe.

Si te conviertes en su esposo, podremos gobernar en su nombre.

El asco y el horror crecen dentro de mí con tanta fuerza que casi tiemblo. No quiere moldear a la fuerza a Meryn a su imagen y semejanza. Quiere apoderarse por completo de su trono.

—La juzgas mal —mascullo entre dientes. Gobernará de forma impecable si consigo mantener la «mano firme» de Siegrid lejos de ella. Si logro mantener suficiente distancia entre nosotros como para que la propia violencia de Meryn se mantenga a raya.

Siegrid entrecierra los ojos.

—Tal vez. Pero como encargados de Nocturna, no podemos correr ese riesgo. Podemos convencerla si le mostramos los registros históricos y le señalamos que las antiguas reinas Hielormenta siempre se casaban con su jinete vinculado. Quizá al principio proteste, pero acabará por aceptarlo.

—¿Y qué hay de mí? —gruño.

Puede que Siegrid se haya olvidado de esto a causa de la prisa que tiene por apoderarse del trono de Meryn, pero se ha tirado casi treinta años convirtiéndome en una pesadilla viviente.

Un villano no tiene lugar al lado de una reina.

—Tienes que dejar de ser tan terco —me espeta con brusquedad—. Tus sentimientos no importan. Se nos ha presentado una oportunidad que no podemos desaprovechar. Organizaremos una boda rápida. Y sería muy conveniente que la dejaras embarazada lo antes posible.

Su piel bajo mi lengua. Sus suaves sonidos de placer.

«Joder».

Tras recobrar el control, me recuerdo que Meryn no está en condiciones de casarse con nadie, y menos aún con alguien a quien odia.

Con alguien que disfruta invocando su oscuridad, que la empujaría hacia la peor versión de sí misma.

Siegrid hace una pausa y mira por la ventana mientras escoge sus próximas palabras.

—Un hijo con los poderes de los linajes Therion e Hielormenta…

La expresión de su rostro me revuelve el estómago. Como si estuviera hambrienta y acabaran de ponerle delante un festín opulento.

Entonces entiendo todo lo que está planeando. Una vez nazca ese niño —su nieto, el bebé sobre el que podrá tener un control absoluto y al que pretende moldear a su imagen—, hará justo lo que amenazó con hacer desde un principio: eliminará a la reina.

Voy a matarla. Tengo que matarla. Es la única forma de mantener a Meryn —y a Nocturna— a salvo.

Bajo la mano poco a poco hacia la daga que llevo atada al muslo. Si Cratos no estuviera en estos momentos… ocupado… con Anassa, sé que se presentaría aquí de inmediato y le arrancaría la garganta él mismo.

La alfa soberana se vuelve hacia mí y añade:

—Ayudará a legitimar su derecho al trono. Con mi hijo a su lado, los vinculados tendrán que aceptarla.

Su sed de poder la ha vuelto loca.

Conmigo a su lado, puede que los vinculados acepten a Meryn, pero la plebe y los nobles huirían en masa junto a Killian. Ya desconfían bastante de ella. No necesitan que el carnicero del ejército de Nocturna, sentado en el trono como rey consorte, añada más miedo a su preocupación.