Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—¿Están…? —No tengo el suficiente vocabulario en lengua de signos como para decirlo. ¿Cómo se me ha podido pasar pedirle a Venna que me dé un curso intensivo de términos sexuales?—. ¿Juntos?

—Desde hace una semana por lo menos —me responde Venna, también por señas, con las cejas enarcadas.

—Y son asquerosos — grita Nevah por detrás.

Izabel nos mira por encima del hombro con expresión molesta.

—¿Te refieres a nosotros? Para ser alguien que no paraba de suplicarnos que «nos acostáramos de una vez», estás siendo bastante borde.

Nevah levanta las manos.

—Ya, porque pensaba que os quitaríais el calentón y se acabaría la tontería. ¡Pero no! Que si «Izzy» por aquí, que si «Tomtom» por allá, ¡y follando por todas partes! Estoy harta de verte las tetas, Izabel.

Estallo en carcajadas.

—¿De verdad, Izzy? ¿Tomtom?

Tomison sonríe con picardía, aunque tiene la cara igual de roja que el pelo. Extiende un brazo hacia Nevah para que se acerque.

—Ay, Nev. Perdona si te hemos hecho sentir incómoda.

Nevah y Agmatta se lanzan hacia ellos y Nevah le da un empujón juguetón. Tomison casi se cae de Filikos.

—Me alegro por vosotros, de verdad, pero os rogaría que os cortarais un poco con vuestra fiesta del amor delante de mí.

Venna y yo cabalgamos detrás de ellos, y la cabeza me da vueltas. Una semana… y yo no tenía ni idea. Se supone que Izabel es mi mejor amiga. Les pedí a los cuatro que se quedaran por mí, y ahora apenas los veo salvo cuando les encargo alguna cosa.

—Oye —los llamo desde el lomo de Anassa cuando nos acercamos a la Ciudad Vinculada—, Venna y yo tenemos que hacer un recado, pero ¿y si después os acompaño a visitar a vuestras familias?

Me gustaría ver de dónde provienen. Por una vez, podríamos pasar un día en el que no todo gire en torno a mí.

Izabel da un chillidito, y hasta la reservada Venna sonríe de oreja a oreja ante mi idea.

—A padre le encantaría —dice esta.

Al mirar a Nevah y a Tomison me encuentro con rostros serios.

—Será mejor que nos saltemos la mía por ahora —responde Nevah despacio. Su expresión se endurece y Agmatta reduce el paso—. Mis hermanos podrían estar ocupados, y sé que mi tía está en casa, pero…

No termina la frase, así que me vuelvo hacia Tomison.

—¿Y bien?

Niega con la cabeza, pero no dice nada.

—¿Qué me estoy perdiendo? —pregunto, confundida. Quizá solo quieren pasar tiempo a solas con sus familias y yo me estoy entrometiendo.

Nevah tose antes de volver a hablar.

—Mi familia… no lleva muy bien los cambios. Todavía no se han posicionado por completo a tu favor. Estoy trabajando en ello, y creo que terminarán dando su brazo a torcer, pero no me parece que estén listos para recibirte en su casa.

Se me oprime el pecho. ¿La familia de mi propia amiga?

Tomison asiente, aunque evita mirarme a los ojos.

—Lo de mi familia es peor. Mi madre y mi abuela se están quedando en la Ciudad Vinculada por ahora, pero no te apoyan. Creen que podrías ser una impostora. Están… están pensando en marcharse a Cuervofrío. —Su tono es calmado, pero percibo cierto deje defensivo.

—Pero ¡Killian es un sifón ! —exclamo—. Se lo mostré a todo el mundo. ¿Cómo pueden plantearse apoyar a un sifón?

Por fin levanta la mirada, su boca forma una fina línea.

—No te creen, Meryn —dice sin rodeos, y siento una puñalada en el estómago—. Es tu palabra, tus recuerdos, contra los suyos. Y creen que los tuyos son…, bueno, falsos. Incluso cuando he intentado decirles lo contrario, se han negado a escucharme.

Con la cabeza dándome vueltas, me dirijo a Anassa.

«¿Sabías que la situación era tan grave? Creía que Siegrid lograría convencerlos a todos».

Pero no responde; su mente se ha convertido en una tormenta furiosa. Se lanza hacia Tomison y Filikos, con las orejas hacia atrás y empieza a rodearlos.

Filikos retrae los labios para mostrar los colmillos y empieza a gruñir.

«Anassa, no —le pido en vano, pues sus instintos se han apoderado de ella—. Nuestros amigos no son el enemigo».

Me ignora, ya sea por elección o por instinto.

Y se abalanza sobre Filikos.

—¡Meryn, detenla! —chilla Izabel.

Hundo las manos en el pelaje de Anassa sin dejar de tirar con fuerza mientras me zarandea sobre su lomo, pero su furia no tiene fin. Clava los colmillos en el pescuezo de Filikos y lo sacude.

—¡Meryn! —grita Tomison, con el miedo grabado en la mirada.

«¡ ANASSA ! Te lo ordeno: ¡detente!».

Los lobos se separan y Anassa retrocede dos pasos, todavía gruñendo.

«No pueden controlar lo que sienten sus familias —le digo con firmeza—. Esto no es culpa de Tomison ni de Nevah, y atacarlos por algo que no pueden controlar solo nos dividirá más».

«¡La manada es la manada! —responde Anassa, mientras su ira se filtra por el vínculo—. La lealtad debe ser absoluta por parte de todos. De lo contrario, ¿de qué nos sirve?».

«No somos fanáticos, ¿recuerdas? Eso es cosa de la sacerdotisa rarita y de su rebaño. Sé que los lobos tenéis vuestras propias dinámicas, pero no podemos atacar a los nuestros por tener dudas. Eso solo los alejará».

Al final, Anassa lo deja pasar, pero se tira el resto del camino hasta la Ciudad Vinculada enfurruñada. Después de eso, la conversación languidece, y me siento culpable porque, cuando Venna y yo nos separamos del resto para hacer nuestro recado, respiro aliviada.

Creía que mantener a mis amigos aquí sería una fuente de consuelo.

Tal vez las reinas no puedan permitirse ese lujo.

Las botas empiezan a apretarme los dedos, por lo que me las quito en cuanto entro en mi habitación. Caen sobre un montón de zapatos tirados que sé que debería guardar, pero no me molesto en hacerlo.

Acabo de desplomarme en un sillón cuando Saela sale a recibirme. Me incorporo al instante, alerta de nuevo.

Me alegra verla levantada. Últimamente hemos dejado la puerta de Saela sin cerrar con llave; Anassa la ha alimentado con sangre animal y mi hermana no ha mostrado señales de querer atacar a nadie, por lo que estamos lo bastante seguras de que no es peligrosa.

Aunque Helene y Grigore siguen haciendo turnos, por supuesto.

Le decimos a Saela que es para mantener a otros fuera, no para retenerla a ella dentro. No sé si nos cree.

—¿Ya has vuelto? ¿Cómo ha ido? —Saela no ha mostrado interés por nada desde… desde que Killian hizo lo que hizo. Pero se ha sentido fascinada de una forma algo siniestra con el brazalete de compromiso.

Quizá quitármelo signifique una pequeña victoria contra el cabrón que le arruinó la vida.

Espero que no sea algo más; que no se trate de una manifestación del vínculo señorial.

¿Está Killian en su mente? ¿La estará dirigiendo para que preste atención al brazalete?

Tengo que dejar de pensar en cosas así o nunca seré capaz de relajarme en su presencia.

Le hago un gesto para que se siente a mi lado. Ella recoge la pila de ropa del cojín y la lleva a mi habitación antes de sentarse.

—Podías haberla dejado en el suelo —digo.

Saela pone los ojos en blanco.

—Bueno, solo tengo la confirmación de que está hecho con la magia de un sifón; lo que ya sabíamos.

—Suspiro y miro el brazalete, extendiendo la mano para que ambas podamos observar el brillo ominoso del rubí—.

No tiene ni idea de cómo quitármelo, y dijo que tampoco debería hacer ninguna locura como cortarme la mano, porque la magia podría volverse en mi contra y matarme.

Saela frunce la boca, pensativa. Sube los pies al sillón y los recoge bajo su cuerpo. Contengo una sonrisa. Me gusta verla interesada en algo, aunque sea algo así de grotesco.

—¿Y qué hay de la espada? —Saela se ha mostrado igual de fascinada por mis historias sobre el Acero Feroz, y le ha pedido a Aldrich que le traiga cualquier leyenda que encuentre sobre él. Está convencida de que será importante para mi reinado.

Todos esperábamos encontrar a alguien que pudiera volver a forjar la hoja a partir de los fragmentos que quedaron. Sin embargo, al igual que con mi brazalete, todos los herreros de la ciudad se han negado, desconcertados. Ahora los trozos permanecen guardados bajo mi cama en un zurrón polvoriento.

—El coleccionista ese, Jorgen, dijo que no parecía metal forjado por humanos —le cuento mientras me muerdo el labio y miro por la ventana, hacia los pinos más alejados—. La verdad es que parece que no sabemos nada. Se perdió mucho conocimiento a causa de la maldición de sangre.

Saela juguetea con un hilo suelto del brazo del sillón, aplastándolo para que se quede pegado, aunque vuelve a levantarse cuando retira el dedo. Su rostro esperanzado, porque pensaba que le traía información nueva, se transforma en una expresión distante que se está volviendo demasiado habitual.

Frunzo el ceño; desearía poder hacer más para sacarla de su caparazón. Se siente mejor cuando tiene algún misterio que resolver, como averiguar todo lo posible sobre el Acero Feroz.

Bajo la mirada al collar de nuestra madre que lleva al cuello. La gema parece tener un brillo suave incluso cuando no le da la luz. Igual que el ópalo de mi corona…

¿ Podría tratarse de la misma clase de ópalo? Una Lágrima de Diosa, como lo llamó la suma sacerdotisa.

No he conseguido sonsacarle más información sobre su significado. De hecho, apenas nos hemos reunido para repasar los rituales de la coronación. Tengo la sensación de que la sacerdotisa me evita porque no cumplo con sus estándares de «auténtica creyente».

Estudio el rostro de Saela. Quizá investigar otra cosa la ayudaría. No le perjudicará. Y yo haría lo que fuera por sacarla de su duelo y su depresión.

—Saela…, necesito tu ayuda con algo.