Capítulo 13
Meryn
Estoy de pie ante las puertas del palacio con la vista clavada en una pequeña sombra del suelo, deseando que se mueva.
«Estírate. Haz algo. Chócame los cinco».
Anassa se despereza a mi izquierda, donde estaba acurrucada.
«¿Es posible que estés empeorando? Parece que tu progreso ha retrocedido».
Suspiro y me apoyo en ella con las piernas doloridas.
Entrecierro los ojos en dirección al camino que desciende hacia el Barrio Norte y la ciudad que, hasta hace muy poco, llamaba hogar.
Se suponía que nos tocaba recibir a la suma sacerdotisa en su llegada al castillo, pero, al parecer, la Diosa Sin Rostro no se rige por el tiempo, porque llega extremadamente tarde.
La corona empieza a hacer que me palpiten las sienes. Aunque, en realidad, últimamente todo me produce ese efecto. No he parado de fortalecer el muro de comunicación contra Killian y casi me he acostumbrado a este dolor de cabeza permanente.
«¿No tienes ningún sabio consejo sobre cómo controlar este poder, entonces?».
Han sido dos semanas de práctica constante y, para mi sorpresa, he dominado los poderes de la manada con relativa facilidad; quizá se deba a la propia fuerza de Anassa.
Me resulta muy sencillo invocar un escudo o impulsar una ráfaga.
Empiezo a dominar la fisura y ahora soy capaz de extender una contención sobre una gran superficie.
Todavía intentamos mejorar con la clarividencia; ya logro ver pequeños fragmentos con un día de antelación, a veces incluso dos, pero, como previno Siegrid, las visiones no siempre son claras.
Pero ¿el tuercesombras? Eso es otra cosa.
Las sombras todavía no acuden a mí cuando las reclamo.
No puedo controlarlas. Y cada día que pasa, Siegrid se frustra un poco más.
«Cuando quiero conseguir algo, gruño o enseño los dientes; con eso suele bastar».
A modo de experimento, dejo escapar un gruñido en dirección a la sombra. Nunca se sabe.
Una empleada del castillo que espera a la suma sacerdotisa casi pega un salto al oír el sonido, por lo que le dedico una sonrisa conciliadora.
—Lo siento —digo—. Cosas de vinculados.
«No le mientas a la pobre niña. Ni se te ocurra volver a intentarlo —suelta Anassa, con un resoplido—. Suenas peor que un cachorrito debilucho».
Me salvo de responder cuando el carruaje de la sacerdotisa por fin cruza las puertas interiores del castillo. Va escoltado por guardias mujeres con túnicas vaporosas y montadas en hermosos caballos moteados. Menuda entrada más ceremoniosa.
La suma sacerdotisa llegó a Hielormenta con Siegrid, pero se ha estado alojando en la Secta de la Diosa Sin Rostro, en la ciudad.
Ahora, a falta de una semana para mi coronación, se trasladará a la habitación de invitados del castillo.
La senescal Alienor hizo traer algunos iconos religiosos desde la ciudad para colgarlos en las paredes y darle la bienvenida.
Todos bastante inquietantes, si me preguntan.
Aunque, para ser justos, debe de ser complicado representar a una entidad sin rostro sin que resulte perturbadora.
Preparar su llegada me pone nerviosa. Es importante que le muestre respeto para que podamos contar con los fieles de la Diosa entre mis partidarios. Mi familia nunca fue particularmente devota, por lo que me preocupa ofenderla de alguna forma.
Anassa permanece sentada por educación mientras la comitiva se detiene frente a nosotras. Los caballos suelen asustarse al encontrarse ante lobos enormes que podrían zampárselos como tentempié.
«No tienes de qué preocuparte —insiste Anassa—. Son seguidores de las viejas tradiciones, por lo que deberían ser tus simpatizantes más devotos, deseosos de ver restaurado el antiguo linaje de reinas».
Enderezo los hombros y doy un paso adelante, consciente de la pesada corona que me presiona la frente. Parece demasiado formal para la ocasión, pero La senescal Alienor insistió en que era apropiada para recibir a alguien de esta categoría.
—Suma sacerdotisa —digo con un nivel de respeto que espero sea el adecuado.
—Reina —responde con sequedad al bajar del carruaje.
De primeras, da impresión de fragilidad.
Es bajita y está arrugada, con manos de piel fina y cubiertas de manchas por la edad, y una larga melena blanca trenzada de manera minuciosa alrededor de la cabeza.
Se mueve despacio, como si temiera caerse.
Pero entonces se endereza y veo la ardiente luz en sus ojos verdes, que se intensifica a medida que recorre mi rostro hasta detenerse en mi corona.
No…, esta mujer es de todo menos frágil.
Avanza en mi dirección con sorprendente rapidez y extiende su mano deformada hacia mi corona. Retrocedo tambaleándome y casi tropiezo con Anassa, quien se pone de pie de un salto y lanza un gruñido de advertencia a la sacerdotisa.
La suma sacerdotisa se queda quieta, y la ira cruza su rostro con tal rapidez que casi llego a pensar que ha sido producto de mi imaginación. Entonces alza las manos y dice:
—Mis disculpas, alteza. Me sorprendió ver una Lágrima.
—¿Una Lágrima? —pregunto, confundida.
Señala mi corona y añade:
—¿Puedo?
Me vuelvo hacia Anassa en busca de consejo. Hay algo en todo esto que no me encaja .
«Si intenta huir con ella, me la cargaré de un mordisco. Es seguro dejar que la examine, si es lo que quieres».
Me llevo la mano a la cabeza, desenmaraño la pesada corona dorada de mi pelo y se la entrego a la sacerdotisa con cuidado. Ella me la arrebata de las manos con avidez, con un destello de codicia en la mirada. Acaricia el ópalo central con la yema del dedo.
— Esto es una Lágrima de Diosa —señala con solemnidad—. Se rumoreaba que, antaño, había una Lágrima en la corona, pero creía que se había perdido a manos de los sifones.
Frunzo el ceño. ¿Se refiere a lo ocurrido en Astreona? ¿O acaso sabía que la familia de Killian eran todos sifones antes de que yo misma revelara esa información?
Vuelve a clavar la mirada en mí, pero no logro formular ninguna pregunta.
—Decidme, Meryn Hielormenta. ¿Sois una verdadera creyente? —Acaricia la corona con cariño.
Me estremezco por dentro. En el mejor de los casos, he cuestionado la existencia de la Diosa Sin Rostro; en el peor, la he negado.
Y esta intromisión me parece hostil e intencionada, como si su juicio sobre mí y mi reinado dependiera de mi respuesta.
Pero ¿de verdad debería mentirle a la máxima autoridad religiosa?
—He encontrado consuelo rezando a la Diosa Sin Rostro en momentos de necesidad —respondo con sinceridad, con la esperanza de que sea suficiente.
Ve a través de mí al instante.
—Pero no fuisteis criada asistiendo a los servicios del templo, ¿verdad? ¿No habéis forjado una relación personal profunda con la Diosa ni con ninguno de sus acólitos? ¿No permitís que su gracia guíe vuestra vida en todos los sentidos?
Se me revuelve el estómago. Mi primer encuentro con la mujer que se supone que debe supervisar mi coronación y voy y fallo una prueba para la que ni siquiera me había preparado.
—No —respondo con la boca seca—, pero espero que mi previa falta de relación con la Secta de la Diosa Sin Rostro no impida una futura. Tengo la mente abierta.
—Hum. —La suma sacerdotisa se aferra con más fuerza a la corona, y siento el impulso repentino de arrebatársela. En su lugar, extiendo la palma. Ella se lo piensa durante un momento y luego me la devuelve con toda la calma. Vuelvo a colocármela sobre la cabeza.
La suma sacerdotisa me roza al pasar y se dirige con paso veloz hacia el castillo; sus guardias la siguen. La trabajadora del castillo me lanza una mirada de sorpresa y luego echa a andar tras ella, gritando:
—¡Permitidme mostraros vuestros aposentos, suma sacerdotisa!
Suelto un suspiro cargado de tensión.
«¿Qué coño ha sido eso?».
«Una fanática —responde Anassa—. Uno de los tipos de seres humanos más peligrosos que existen. No debemos perderla de vista».
Asiento. Mientras me vuelvo hacia el castillo, pienso con amargura en la buena impresión que esperaba causar.
¿Es que ninguno de los líderes de Nocturna es normal?
Al día siguiente, Venna y yo tenemos una cita con un contacto que ha encontrado en la Ciudad Vinculada. Es un coleccionista, alguien que podría hablarnos sobre el brazalete que me rodea la muñeca.
Siegrid sigue insistiendo en que el brazalete de compromiso no supone ningún problema. En cuanto Tormun capture a Killian, podremos quitármelo y la rareza que ha estado corrompiendo la magia de la manada desaparecerá.
Y él ya no podrá alcanzar a ninguno de los vinculados a través de nuestra comunicación de manada, aunque, hasta ahora, la barrera mental que Anassa y yo levantamos se ha mantenido firme.
Tal y como lo cuenta, parece de lo más simple.
Aun así, necesito hacer algo. Apenas puedo dormir; me preocupa demasiado acabar de nuevo en ese reino de sombras, atrapada con Killian.
Cada vez que poso la mirada en el rubí oscurecido, recuerdo los terribles errores que cometí con él.
Una dolorosa esquirla de tristeza envuelta en una mentira exquisita.
Si logramos averiguar qué es el brazalete —o, mejor aún, cómo quitármelo ya—, podremos asegurarnos de que algo así no vuelva a usarse jamás.
Venna y yo nos reunimos en el patio trasero que conduce a la Ciudad Vinculada. Izabel, Tomison y Nevah se nos unen. Cuando me di cuenta de adónde íbamos, insistí en que vinieran todos. Hace mucho que mis amigos no se toman un descanso ni ven a sus familias.
El trayecto hasta la Ciudad Vinculada es rápido.
Izabel y Tomison lideran la marcha con sus huargos mientras discuten de una forma que obviamente es tonteo, como siempre.
Pero Asteio y Filikos caminan muy juntos, y sus colas se rozan de vez en cuando.
Y entonces… Tomison coge de la mano a Izabel y ambos entrelazan los dedos. Bueno, eso no es normal.
Miro a Venna y a Nevah, sorprendida, y les hago señas para que Izabel y Tomison no me escuchen.