Capítulo 12
Stark
El único lugar en el que encuentro la paz es a lomos de mi huargo; Cratos es tan veloz como una ventisca y logro despejar la mente.
Lo único que existe es el enorme lobo negro debajo de mí y el movimiento de nuestros cuerpos, el viento azotándonos la piel y el pelaje.
Es un respiro de todo. De la responsabilidad de mi cargo.
De la punzada de preocupación que sentí esta tarde cuando Killian se comunicó con las manadas.
Y de pensar en… ella.
Como a qué sabía cuando le lamí el tatuaje anoche, tan dulce como el caramelo. Tuve que recurrir a mis numerosas décadas de perfeccionado autocontrol para no retenerla y seguir hasta que ambos estuviéramos satisfechos.
Sacudo la cabeza en un intento por borrar esa imagen de mi memoria para no empalmarme de nuevo… Se nota que hace demasiado tiempo que no me acuesto con una mujer.
«Recuerda dónde estabas —me digo—. Arrodillado sobre un montón de su ropa sucia». Sí, eso ayuda. Meryn Hielormenta es una mala idea , no importa lo bien que sepa. Especialmente ahora que Siegrid es consciente del vínculo de pareja de nuestros lobos y que quiere usarlo contra ella.
La hermosa mujer a mi lado me observa desde lo alto de su ágil huargo marrón, Ephyse.
La tez pálida de Noemi es tan blanca como el entorno nevado que nos rodea, pero su cabello es una llamarada ardiente contra el paisaje que se desdibuja a causa de nuestra velocidad.
Por suerte, cabalgamos demasiado rápido como para hablar en voz alta.
Como ella es una Phylax, nuestros lobos no pueden comunicarse entre sí mentalmente.
Agradezco el silencio; Noemi siempre ha sido una puta cotilla.
Cuando paramos por la noche para acampar, resulta más que evidente que Noemi está a punto de explotar por todo lo que se ha estado guardando.
La hago esperar mientras exploro con Cratos las inmediaciones; he de asegurarme de que no tendremos compañía indeseada.
Mientras, monta nuestras sencillas tiendas y enciende el fuego.
Cuando regreso, me tiende una tira de carne seca y coloca sobre el fuego un conejo que cazó Ephyse. Apenas me he dejado caer en el suelo cuando Noemi se vuelve hacia mí, con los ojos esmeralda brillando con picardía, y va directa al grano.
—Así que Cratos se ha emparejado —dice con delicadeza, pero la mirada que me lanza es afilada y divertida.
—Así es —respondo con sequedad, dando por zanjada la cuestión.
—¿Y tú cómo lo llevas? —Parece decidida a insistir—. Ya sabes, con la jinete.
—Es complicado.
Se le curvan los labios en una sonrisa juguetona y me da un empujoncito con la bota.
—Complicado, ¿eh? Tú y yo sabemos bastante sobre eso.
Le devuelvo el empujón con más fuerza y casi pierde el equilibrio, aunque no para de reír.
— Vale, vale —se rinde—. No haré más preguntas. Por ahora.
Mala señal.
Suspiro y me invade la culpa. Hace mucho que no nos vemos y sé que me estoy comportando como un imbécil. No se lo merece.
—Mira, no hay mucho que contar —cedo al cabo—. No hay nada entre la reina y yo, si es lo que insinúas.
Mi lengua sobre su piel suave; sus ojos color avellana al encontrarse con los míos, abiertos y vidriosos, con una expresión a la que yo quería darle más significado del que probablemente tenía; sus manos enredadas en mi pelo, acercándome a ella…
Sus. Malditas. Habitaciones. Desordenadas.
No hay nada entre nosotros y nunca lo habrá.
Se me viene a la cabeza el poder que exhibió, las sombras sacudiéndose a su alrededor como un glorioso y violento torbellino.
El terror que provocó en los demás y la fascinación que despertó en mí.
Incluso ahora, el recuerdo hace que me arda la sangre.
Mis instintos feroces al enfrentarse a su completa falta de control…
, es como una chispa que se encuentra con la cerilla que podría incendiar el reino.
—Ajá. —Noemi enarca las cejas, incrédula, y se da la vuelta para avivar el fuego.
Me conoce demasiado bien.
Crecimos juntos en la casa de mi tía abuela. Siegrid me dejó a cargo de ella en cuanto su cuerpo se recuperó lo suficiente del parto como para regresar al frente. El soldado Phylax que me engendró murió antes de que yo naciera.
Gertie acogía a niños que quedaban bajo su amparo, y Noemi fue una de los muchos que entraron y salieron de la casa al cabo de los años, pero fue la única que se quedó para siempre.
Su padre no la quería y su madre falleció por culpa de la guerra cuando ella apenas tenía seis años.
Estaba perdida y era frágil, además de muy hermosa ya por aquel entonces; la clase de niña que puede atraer la atención equivocada.
En cuanto la vi por primera vez, me convertí en su protector.
Aunque, por supuesto, al final le fallé.
Noemi se sienta a mi lado; la luz de la hoguera parpadea contra su tez pálida y crea sombras profundas. Unas arrugas de preocupación le surcan el rostro.
—¿Cuándo fue la última vez que los viste? —pregunto. Me percato de cómo una punzada de irritación cruza su rostro; soy capaz de leerla tan bien como ella a mí, y siempre lo ha odiado.
Parece pensativa mientras retira la caza del fuego, corta un poco de carne para cada uno y vuelve a sentarse.
—Probablemente… —Se muerde el labio inferior, una manía que casi ha logrado superar con el paso de los años—. En la ceremonia de graduación de los vinculados, supongo. He estado en el frente desde entonces.
Se le ensombrece el rostro y deseo poder matar hasta el último miembro de la Casa Caída Férrea; al diablo la campaña de Meryn para ganarse el apoyo de los nobles.
—No me separaré de ti —digo, y le tomo la mano para darle un apretón—. Nadie te hará daño.
Noemi levanta la vista y me aguanta la mirada, un extraño momento de vulnerabilidad para ella. Entonces un tronco estalla en el fuego y ambos nos volvemos hacia las llamas.
Vuelve a ponerse esa máscara de frialdad.
—Ya no soy esa niña pequeña, Valstark. Sé cómo protegerme.
—Lo sé, pero no lo harás sola. Recuérdalo.
«Concédeme cinco minutos con cualquiera de ellos si intentan algo —gruñe Cratos en mi mente—. Te lo suplico».
Suelto una risa lúgubre y le transmito su mensaje a Noemi, quien deja escapar una risita débil.
—Seguro que saben a podrido, Cratos —le dice.
Me termino la comida y me tumbo, apoyado sobre el codo, mirando al cielo. Es una noche nublada y no se ve ni una sola estrella.
—Ve a descargar tu agresividad con un ciervo o algo —le digo a Cratos en voz alta por el bien de Noemi—. Haz el favor y tráele un aperitivo a Ephyse.
«Marchando uno extrasangriento», responde con sarcasmo.
Oigo a Noemi moverse y después siento su calor cuando se acomoda a mi lado. Toma mi mano y la aprieta, pero no hay pasión en el gesto, solo amistad.
—Gracias —dice, y vuelve a sonar como ella misma. Permanecemos en un cómodo silencio durante un par de minutos hasta que suspira, se pone en pie y se estira; las manos en la parte baja de la espalda—. Me voy a dormir —añade—. Yo cociné, así que te toca limpiar.
—Por favor, si fue Ephyse quien se encargó de todo —respondo, metiéndome con ella más por costumbre que por otra cosa.
Me levanto para recoger, y los movimientos familiares al limpiar me tranquilizan hasta que casi —casi— dejo de querer asesinar a cada miembro de la familia de Noemi.
Cuando por fin extiendo mi petate, vuelvo a distraerme al pensar en cierta reina de ojos color avellana y en lo que podría haber pasado anoche si ambos hubiéramos decidido pensar un poco menos.
Me cabrea que mi mente regrese a ella, una y otra vez, como un halcón que vuelve a la mano de su amo.
Solo hay una explicación.
«Para», le espeto a Cratos, quien continúa en el bosque.
«Que pare, ¿qué? —responde—. ¿De cazar? Creía que la idea era descargar algo de agresividad».
Suelto un siseo irritado.
«Sabes perfectamente de lo que hablo. Vuelve a levantar los putos escudos del vínculo de pareja. Sé que odias estar lejos de Anassa, pero ya hemos hablado de esto miles de veces. No quiero sentirlo».
«Los escudos permanecen tan fuertes como siempre, poderoso alfa. —Me imagino su sonrisa lupina—. Estás pensando en ella, ¿eh?».
Ignoro su diversión e intento concentrarme en dormir. En poner la mente en blanco. En respirar el aire frío. Cualquier cosa antes que ceder a la opresión frustrante que siento en el pecho y a la mujer que, al parecer, la provoca.
La ciudad de Caída Férrea parece sacada de un cuento: casas pintadas de colores vivos, hileras de pinos cuidados y amplias avenidas pavimentadas. Es elegante, casi idílica. No se parece en nada al lugar de pesadilla que imaginaba cuando Noemi me habló de ella.
Pero sé mejor que nadie que la belleza puede ayudar al mal a ocultarse a simple vista.
Noemi me sorprende echando un ojeada a nuestro alrededor.
—A padre le gusta que todo se vea bonito —dice a modo de explicación.
Se libra de oír mi réplica grosera porque llegamos a las puertas del castillo, donde nos reciben dos sirvientes que parecen agobiados. Los habíamos avisado de nuestra llegada por paloma, por lo que los alojamientos para los lobos están preparados.
—Los filetes crudos llegarán enseguida, alfa Stark —dice uno de los sirvientes antes de inclinarse. Ninguno de ellos mira a Noemi en busca de aprobación. Mi humor se ensombrece.
El castillo de Caída Férrea es sumamente ostentoso: los tapices cubren cada centímetro de las paredes con colores chillones, unas gruesas alfombras se superponen bajo nuestros pies sin dejar ni un solo hueco a la vista de la fría piedra e incluso los apliques de la pared están decorados.
Nuestras habitaciones de invitados, por el contrario, son austeras. Enarco las cejas al mirar a Noemi cuando nos dejan a solas en ellas.
—¿No te han reservado una habitación mejor por ser la hija del lord?
Ella resopla.
—No me hagas reír. Tenemos suerte de que no nos hayan puesto en los aposentos de los sirvientes. Ya sabes que el clan Caída Férrea no me considera parte de la familia. —Se gira con brusquedad y entra en su habitación para asearse.