Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

«Pero sabes por qué sugiere esto», le digo. Salta a la vista. A Siegrid le gustaría tener un alfa de Estrategos que no le lleve la contraria.

«Sí, pero yo misma iba a sugerírtelo».

—Lo entiendo —le digo a Siegrid, lo que parece complacerle. Le complace tanto que confirma mis sospechas—. Me haré a un lado y dejaré que los lobos decidan.

«Será Sofos, el huargo vinculado a Egith —informa Anassa—. Puedo influir en la decisión. Ambos nos serán leales a nosotras por encima de todo».

Si Anassa lo cree, entonces me fío de ella.

—Tómate un descanso y reúnete con Hannelore en la zona de entrenamiento de Kryptos después del almuerzo para proseguir con tu trabajo —indica Siegrid—. Le haré saber que se la requiere.

Suena peligrosamente similar a una orden, pero lo dejo pasar. Lo único que quiero es salir de aquí.

Regreso a mis aposentos para comprobar cómo está Saela. Lo que encuentro no me sorprende. Es evidente que ha salido de entre las sábanas, se ha aseado y vestido, solo para volver a meterse bajo las sábanas.

—Eh, Sae —saludo con un suspiro. Me agacho para recoger los zapatos que tiene tirados por ahí y los coloco junto a la cama—. ¿Cómo vas? —Ella no dice nada—. Háblame, por favor —le ruego.

Me conformaría con sacarle una sonrisa…

Nada.

—Sé que esto ha sido difícil para ti, pero me rompe el corazón verte así. ¿Quieres salir y tomar un poco de aire fresco?

Saela resopla. No me mira, pero no necesito que lo haga para saber que está furiosa.

—¿Acaso no sería un peligro para mí misma y para los demás? Déjame en paz, Meryn.

Abro la boca para responder, pero entonces noto un intenso tirón en la mente. Un jadeo escapa de mis labios. Saela se gira a toda velocidad, alertada por el sonido.

Me fallan las rodillas, por lo que tengo que sentarme en la cama.

Esta sensación…

Es él otra vez.

«Vinculados —dice Killian, o Alistair, según él, a través de los ríos—. Habéis tenido tiempo suficiente para reconsiderar vuestras lealtades. El feudo de Cuervofrío me ha recibido con los brazos abiertos, y hará lo mismo con vosotros».

Malditos traidores de mierda. Aprieto con fuerza las sábanas de Saela y fijo la mirada en el brazalete de compromiso de mi muñeca. Está más ceñido que nunca, con esas sombras oscuras acechando en el rubí una vez más.

—¿Meryn? —pregunta Saela, inquieta.

Empiezan a temblarme los hombros de ira. Tengo que parar esto. Tengo que sacarlo de ahí como sea. No tiene ningún derecho a dirigirse a mi gente como si fuera la suya.

«¿Crees que puedo alzar un muro contra él?», le pregunto a Anassa con urgencia.

«Inténtalo. Deprisa».

Con los ojos cerrados, evalúo el océano de comunicación que hay en mi mente. Su malévola energía también está ahí, como una nube oscura que se cierne sobre todos los arroyos y afluentes que se ramifican hacia las manadas. Inspiro hondo y entonces…

Empujo .

El muro que erijo es más fuerte que cualquier barrera que Anassa o yo hayamos interpuesto entre nosotras. Es acero puro y se extiende sin parar hasta proteger de su influencia a todos los vinculados. Ella también lo imbuye de su poder.

Mi piel se perla de sudor al instante, al tiempo que empieza a palpitarme la cabeza.

Es como si algo me estrujara el cerebro y lo exprimiera como si fuera una fruta de la que sacar zumo.

Pero ignoro el malestar. Soporto el dolor con tal de mantenerlo fuera.

Y funciona… Su perversa influencia se aleja.

—¡Meryn! —Saela me ha agarrado de la muñeca para tirar de mí, pero yo sigo con los ojos rigurosamente cerrados.

«Más —impele Anassa—. Ya casi está».

Un grito me desgarra el pecho en mi intento por continuar elevando ese muro que lo contenga. Al fin, algo se asienta. Está fuera; ha sido expulsado del todo de los canales de comunicación. Lo noto.

«¿Se quedará así? ¿Crees que lo hemos echado definitivamente?».

Anassa necesita un momento para contestar.

«Puede que tengamos que reforzarlo de vez en cuando. Pero… de momento parece que funciona».

Abro los ojos de golpe y me encuentro con la mirada preocupada de Saela. Casi sentiría alegría ante el hecho de que algo haya conseguido conmoverla de no ser por lo cerca que estoy de colapsar de dolor.

El terror se apodera de mi cuerpo. La cojo por los hombros y ella murmura:

—¿Qué…?

—¿Lo oyes? —pregunto.

Se zafa de mí y retrocede sobre la cama en dirección a la pared.

—Mer, ¿de qué hablas? ¿Estás bien?

—De Killian —presiono—. ¿Puedes oírlo? ¿Lo oyes ahora?

Tiene los ojos desorbitados, preñados de temor. Sacude la cabeza.

—Yo… no. No, ya te lo dije. Nadie se está comunicando conmigo, de verdad.

Parece decirlo muy en serio… ¿Puedo creerla? ¿Puedo fiarme de mi propia hermana?

Debo hacerlo. Porque si no confío en ella, ¿en quién lo haré?

Abro los brazos para que nos abracemos. Acude a mí y aprieta su pequeño cuerpo contra el mío. La envuelvo con fuerza.

—Me has asustado —murmura.

Apoyo la cabeza en la suavidad de su pelo y exhalo un profundo suspiro.

También ella me asusta a mí.

¿Habrá alguien en toda Nocturna capaz de confiar en mí si se descubre que cobijo a un sifón?