Capítulo 11
Meryn
Antes de que pueda convencer a mi cerebro de que tome una decisión, Stark se gira para levantarse. La electricidad entre nosotros se evapora. Mi mano resbala de su cabello en cuanto se aleja.
Cómo duele . Más de lo que debería, la verdad. Si esto hubiera ido a más, habría sido un error.
No me queda ningún corazón que entregar, y Stark no parece la clase de persona que se conforma con los restos de otra. Tiene dominio de sí mismo y es exigente. Lo querría todo.
Además, todo apunta a que ya tiene a alguien.
Yo me incorporo con una mueca. Su cuerpo, de espaldas a mí, está rígido. Me bajo la camisa para cubrir los tatuajes recién hechos. Una vez más, reina el silencio entre nosotros. Alza la mano y se la pasa por el pelo, justo por donde acabo de hacerlo yo, como para borrar mi rastro.
Me muerdo el labio. ¿Acaso me he imaginado esa luz en su mirada? ¿Ahora tengo alucinaciones como resultado del vínculo de pareja entre Anassa y Cratos o qué?
—Cuídate —digo en dirección a la pared— durante tu viaje… con Noemi.
Esto último lo pronuncio con más amargura de la que pretendía. Ahora no es el momento de interrogarlo sobre su relación, pero la curiosidad me está comiendo viva.
Stark vuelve el cuerpo parcialmente hacia mí. Su rostro es una máscara indescifrable.
—Si pudiera evitar marcharme, lo haría. Es solo que… —Suelta un gruñido de frustración.
—¿Qué? —exhorto.
Alza los ojos hasta los míos. En ellos advierto dolor.
—Mi deber es protegerte, Meryn. Es una mierda que tenga que irme. Pero convencer a los nobles para que vengan y respalden tu proclamación también es una forma de protegerte.
Parpadeo, un poco sorprendida de que nuestra relación le inspire algo más aparte de exasperación y molestias. Se me seca la boca mientras nos quedamos atrapados en esa mirada compartida, extraña e intensa, que dura demasiado. Oigo los latidos de mi corazón en los tímpanos.
Rompe el momento al decir:
—Ten cuidado con la alfa soberana, ¿de acuerdo? Siempre vela por sus intereses y por los de nadie más.
En serio, ¿qué pasa con estos dos? Parece que desprecia a su madre. Pero esta noche no tenemos tiempo de ponernos a charlar de traumas infantiles, y tampoco creo que busque una conversación de esa índole, así que me limito a asentir.
Se da la vuelta y gira un poco la cabeza para añadir:
—Buenas noches.
Me dejo caer en el diván. El eco de la puerta al cerrarse se propaga en mis oídos. «Estás fatal», sisea mi mente.
Sondeo en busca de Anassa para distraerme con esa cercanía que acabamos de empezar a cultivar.
«¿Dónde estás?».
Nuestras mentes entran en contacto durante unos instantes antes de que yo me yerga de pronto, presa de la vergüenza. Pues claro que iba a aprovechar para despedirse de Cratos, ya que también él se marcha por la mañana.
Pero, por la Diosa, no necesitaba ver eso .
Refuerzo el muro emocional que hay entre las dos y al que recurrimos para mantenerme al margen de su vínculo de pareja. Quizá su intimidad estuviera filtrándose de algún modo y tal vez sea esa la razón por la que no consigo deshacerme del recuerdo de la lengua caliente de Stark sobre mis costillas.
Qué bien me vendría creérmelo de verdad.
Por la mañana, antes de que dé comienzo la caza, comparto con Tormun, el alfa de Phylax, todo lo que sé acerca de los poderes de Killian y Alistair. Después, Siegrid me convoca. Me convoca . En las habitaciones reales , donde ya se ha acomodado, ¡como si la reina fuera ella!
Intento que no me afecte; al fin y al cabo, fui yo la que se apropió de sus aposentos, en primer lugar, y, de hecho, no quiero tener nada que ver con los que ocupa ella ahora. Pero, cuando llamo a su puerta, vuelve a asaltarme la sensación de que aquí soy irrelevante.
Ella abre la puerta deprisa.
—Adelante.
Siegrid se hace a un lado y yo entro. Contemplo cómo cruza la estancia. Lo cierto es que sí que se mueve como si fuera dueña hasta del aire que la rodea.
Luego, por primera vez, evalúo las que se supone que deberían haber sido mis habitaciones.
Los aposentos reales son atroces. Aunque no me cabe duda de que hay quienes emplearían otras palabras para describirlos, como elegantes, opulentos, resplandecientes; regios. Pero, a mis ojos, no son más que un despliegue innecesario de extravagancia.
Hay metales preciosos por doquier. El mobiliario es elegante, de aspecto delicado.
Está claro que quienquiera que diseñara las sillas dispuestas alrededor de la mesa redonda que hay a mi derecha escogió sacrificar la comodidad en aras de la estética.
En la estancia anexa veo una cama enorme con dosel, tan grande como para que quepan diez personas.
Lo peor de todo son las paredes. Están adornadas con cabezas de animales. Trofeos. La mayoría son de ciervos y alces, aunque también hay un zorro. Están disecados y hay joyas allá donde tendrían que estar sus ojos.
—Menudo despilfarro —mascullo, indignada ante lo injusto que es todo. Mientras los ciudadanos de Nocturna luchaban cada día por sobrevivir, su rey colocaba gemas relucientes en los cuerpos de animales muertos para exhibirlos como si fueran obras de arte.
Siegrid le echa un vistazo a la decoración.
—Estoy de acuerdo —dice—. Por no mencionar lo feo que queda. ¿Qué quieres hacer al respecto?
—Venderlo todo —respondo—. Empezad con cualquier cosa de estas habitaciones que no sea necesaria, y después haremos lo mismo estancia por estancia hasta acabar con todo el castillo.
Seguro que algún que otro noble o comerciante querrá hacerse con las reliquias de un rey muerto.
Invertiremos lo que saquemos en comunidades que lo necesiten, empezando por Hielormenta.
Siegrid asiente.
—Informaré a la senescal Alienor. —Toma asiento frente a la mesa, en la que han servido el desayuno, y después hace un gesto a su lado—. Siéntate.
Y a seguir órdenes otra vez.
Aun así, hago lo que dice. Siegrid apoya un brazo en la mesa. Me dirige una mirada que, aunque severa, no resulta desconsiderada.
—Faltan tres semanas para que el castillo esté a rebosar de nobles.
Tres semanas para pulirte. Debemos comenzar de inmediato.
La senescal Alienor continuará instruyéndote en etiqueta y protocolo, mientras que yo te adiestraré en tus nuevos poderes.
¿Cómo es tu acceso a los canales de comunicación vinculados?
Sus palabras hacen que me dé vueltas la cabeza.
—Pues… podría ser mejor. Soy capaz de llegar a cualquiera, como viste cuando informé a todo el mundo acerca de mi identidad, pero requirió muchísima energía por mi parte. Y todavía no tengo muy claro cómo contactar con individuos ajenos a mi manada.
Siegrid coge una uva y se la mete en la boca, pensativa. Al final, dice:
—Hace falta entrenamiento para entender cómo manipular la nueva corriente de conversación y conexión.
La conexión de una manada es como un río.
Como su alfa, puedes hacerte oír a través de ese río; tu voz llegará a cada rincón de tu manada.
Creo que eso ya lo sabes. —Asiento—. Como reina o como alfa soberana, en mi caso, tenemos acceso a un auténtico mar de conexiones.
Eso nos permite llegar a todos. Se puede acceder a los ríos de cada una de las manadas y se puede llegar a los afluentes que representan a los vinculados por separado.
—En teoría —musito.
—Sí, es complicado, no lo niego. La lejanía es un obstáculo, aunque la magia que ostentas tú puede imponerse a cualquier distancia con la suficiente concentración, como ya sabes.
Además, aunque puedas establecer contacto con cualquier vinculado, este solo se dará si tú inicias la conexión, no al revés.
Solo tú puedes abrir el canal y solo tú puedes cerrarlo.
—A excepción del vínculo de pareja —señalo.
Siegrid me dedica una larga y críptica mirada.
—Sí —dice al cabo de un momento, con un tono de voz sorprendentemente alentador—.
Es posible que Anassa ya te haya informado al respecto.
Si tu lobo tiene un vínculo de pareja, y parece que es el caso, puedes contactar con el jinete de su pareja y este puede hacer lo mismo contigo.
Lo suyo es aprovechar al máximo esa conexión tan singular.
—En sus ojos se conjura un brillo que me inquieta.
Antes de que pueda identificarlo, Siegrid se traga otra uva y se reclina en la silla—.
La voluntad individual también puede ser un obstáculo.
Si alguien no desea hablar contigo, puede alzar barreras mentales igual que harías tú con tu lobo.
Aunque es posible que seas capaz de superarlas.
—No lo haría —digo en voz baja.
Siegrid ignora mi comentario.
—Lo único que puede ayudarte a entender cómo se navega en las aguas de la comunicación es la práctica. La dedicación. No es culpa tuya que no puedas manejar los vínculos en tu estado. Eres débil.
Qué recordatorio tan agradable de que esta mujer es la madre de Stark.
—Pero crees que puedo cambiarlo.
O al menos eso espero.
—Cualquier músculo puede fortalecerse. Trabajaremos en ello en nuestras sesiones. También tienes que poner en práctica tus poderes, ya que ahora puedes disponer de la magia de las cuatro manadas.
Yo parpadeo, sorprendida.
—¿Sí? ¿Seguro?
Siegrid aprieta los labios, como si mi falta de conocimiento le resultara irritante.
—Por supuesto. Por lo que sabemos de las reinas Hielormenta, tú eres el hilo conductor de todos los poderes de las manadas vinculadas. ¿No has notado que los poderes de los demás han aumentado ahora que has reclamado tu lugar?
Fue bastante obvio durante la batalla en la arena por la forma en que esa mujer de Kryptos se volvió totalmente invisible, o por la fuerza inusual del chico de Daemos, o por cómo Stark derribó toda una estructura arqueada; pero no había caído en la cuenta hasta este preciso momento.
Dejo escapar un suspiro tembloroso.
—Vale. ¿Qué implica ser el hilo conductor?
Alza un hombro.