Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

Meryn

Es imperativo que me mueva para no desplomarme al pensar en los vinculados a los que maté. O en el tatuaje que van a hacerme… O en la sensación en mi piel cuando Stark pase la lengua por ella.

Me ruborizo. La última vez que me tatuó, en el campo de batalla de Salvia…

Estuvo a punto de que sucediera algo entre nosotros —a pesar de que yo aún estaba con Killian, a pesar de lo convencida que estaba de que odiaba a Stark—.

Y eso fue en una tienda de campaña, con varios soldados más al otro lado de la lona.

Para mantenerme ocupada, cojo una caja de cerillas y me pongo a encender velas y candiles por toda la sala de estar hasta que queda lo suficientemente iluminada como para que ambos veamos con claridad.

—¿Y Anassa? —pregunta Stark, sin mirarme todavía.

—En el bosque.

Cabecea hacia la habitación de Saela.

—¿Y…?

—Dormida.

Stark señala la estancia que tiene enfrente, en la que ahora se advierte el desorden, y alza el labio superior en una mueca de disgusto.

—¿Qué es esto?

No es solo mi dormitorio el que parece víctima de una avalancha de objetos y cachivaches. La sala de estar es un desastre.

Sobre buena parte del mobiliario, hay vestidos y prendas que Brionna ha hecho que me pruebe.

Varios vasos de agua reposan en, al menos, cuatro superficies.

En la mesa del comedor hay un cuenco de fruta a medio comer de la que se desprende un olor dulzón con un ligero matiz a podrido.

La ordenada pila de libros que había en el suelo debe de haberse caído en algún momento y ahora es…

, bueno, un montón de libros, podría decirse.

—¿A qué te refieres? —pregunto inocentemente.

Se acerca más a mí, con una rabia contenida y peligrosa latente en su mirada.

—Ya vi esto en tu dormitorio la otra noche. ¿Los criados se niegan a servirte? Porque eso es inaceptable. Hablaré con la senescal Alienor de inmediato y…

Alzo una mano.

—Para. Agradezco esa…, eh…, actitud tan enérgica que estás dispuesto a adoptar por mi bien, pero sí que tengo una criada personal.

Él vuelve a mirar la habitación, confuso.

—Pues hay que reemplazarla.

—Le he dicho que deje las cosas así —explico—. El desorden lo he causado yo, por lo que resulta extraño que alguien lo solucione por mí. Ya recogeré. En otro momento.

Stark resopla con fuerza.

—Es su trabajo, Meryn. Le pagan para que lo limpie. ¿De verdad estás a gusto viviendo así?

Me encojo de hombros.

—No estoy acostumbrada a tener tantas cosas. Tiene su encanto.

—Pues lo siento, pero es asqueroso. —Me dedica una mirada de reprobación, y yo comprendo que está acostumbrado a conseguir lo que se le antoja cuando pone esa cara. Es como el presagio de un trueno antes de que el cielo se parta en dos—. Limpia tu mierda, princesa.

—¿Qué ha pasado con lo de «mi reina»? —inquiero, molesta ante su timbre autoritario.

—Compórtate como una princesa malcriada y se te tratará como tal, alteza.

Abro mucho los ojos, presa del ardor de deseo que discurre por mi piel. Carraspeo y desvío la mirada para que no se percate del ridículo efecto que me han causado sus palabras autoritarias.

—Lo tendré en cuenta —le digo con moderación, mientras advierto que algo más que una mera curiosidad se fragua en mis adentros.

¿Cómo lidiaría Stark con una princesa malcriada?

Probablemente Noemi pueda decírmelo. Diosa, no debería pensar esto.

Ha venido por una razón —. Bueno, ¿nos ponemos con los tatuajes o qué?

—No es que haya muchos precedentes para este tipo de marcas —me dice, señalando la tinta. Por suerte, parece que va a permitirme ignorar esos pensamientos—. Los vinculados rara vez matan a los suyos fuera del entrenamiento, así que puedes elegir dónde las quieres.

Sus palabras hacen que recobre la noción de lo grave que es la situación. Los vinculados no deberíamos matarnos entre nosotros si no es en el entrenamiento. No es propio de nosotros. Solo alguien horrible mataría a uno de los suyos… Y qué decir de una docena.

—Puede ser en cualquier zona —añade, interrumpiendo la espiral de pensamientos culpables, como si lo hubiera visto en mi mente y hubiera intervenido para ponerle fin.

Yo trago saliva, pensativa.

—Pues en las costillas.

Cerca del corazón. Así, si alguien me mata del mismo modo en que yo maté a Henrey, tendrán que introducir su hoja en el diseño. Será un recordatorio perpetuo del daño que he causado y de lo imprescindible que es que mantenga mi poder a raya.

Stark no se mueve, y entonces me doy cuenta de que está esperando a que actúe.

Sin mucha delicadeza, deshago los nudos de seda de mis caderas y retiro la túnica de mis hombros. La camisa interior no me protege demasiado del frío, que me muerde la piel desnuda.

Stark se quita la chaqueta y se arremanga la camisa, exponiendo así la musculatura de sus antebrazos. Las venas bajo sus tatuajes se marcan con cada movimiento y, de pronto, me da la impresión de que nos estamos desvistiendo para disfrute del otro.

Aparto la mirada.

Me acerco al diván para despejarlo de la ropa que tiene encima y que tiro al suelo; ignoro la mirada reprobatoria que me gano con ese gesto.

Después me siento, coloco los dedos bajo la fina tela de la camisa interior y me la subo justo hasta el nacimiento de los pechos para dejar al descubierto la zona donde quiero que la aguja haga su trabajo.

Cuando alzo la mirada, veo a Stark ahí de pie, quieto, con los ojos fijos en mí.

—Stark —digo.

Sueno tranquila, pero el ambiente se ha vuelto asfixiante de pronto.

Él se gira y coge la tinta.

—La ropa podría causarte irritación —me dice con tono sereno—.

Cuando acabemos, déjatelo vendado hasta que se cure.

—En cuanto fija sus ojos oscuros en mí, me asalta un cosquilleo que me recorre los brazos y el costado expuesto.

Se arrodilla a mi lado con una implacable mirada—. Túmbate. Así será más fácil.

—Seguro que eso se lo dices a todas —bromeo, y entonces mi mente traicionera vuela al instante hacia Noemi y se los imagina a ambos enredados en un sinfín de posturas.

Al ver que no dice nada, me doy cuenta de que tiene la mirada atrapada en la zona de piel que muestro. Después de eso, me quedo sin palabras. O quizá sí las tenga, pero no quiero decirlas.

Los tatuajes se le contraen alrededor de los dedos con los que sostiene la aguja.

Que deslice una de sus manos callosas por mi abdomen me deja completamente sin aliento.

Noto la presión de la cálida palma con la que me mantiene quieta.

La última vez que me tocaron así, de esta forma tan directa, fue con Killian.

Pensé que, después de todo lo sucedido, esta sensación me resultaría repugnante.

Pero no; me reconforta. Sana una herida en lo más profundo de mi ser.

Le sostengo la mirada y siento como el impacto de un rayo atravesando mi cuerpo. No tardo en desviar mi atención, ansiosa por frenar el rubor que se extiende por mis mejillas.

Stark le pone fin a esta tortura en cuanto hunde la aguja en mi piel.

El pinchazo constituye un alivio muy bien recibido para el torbellino que asediaba mi mente: un recordatorio de por qué me están haciendo estos tatuajes.

Normalmente me abandono a la sensación y dejo que mi cuerpo se familiarice con el dolor físico.

Que me libere del caos que me sacude la cabeza.

Pero entonces recuerdo lo que me dijo el otro día: «Pégame a mí . Hazme daño a mí ».

Sé que, sin duda, recurrir a un tipo de dolor para eclipsar otro no sea la solución.

Así que inspiro profundamente e intento experimentarlo…

todo: el mordisco del tatuaje, la culpa aplastante, la extraña e indeseada atracción que siento por Stark y los celos que esta me provoca, mi corazón aún roto y lo mucho que todo eso me confunde.

Una tormenta de sentimientos se desata en mi interior y yo la abrazo. Duele; un dolor que me presiona el corazón y los pulmones. La presencia de Stark es abrumadora.

Inhalo, tratando de soportarla.

Al final, mis pulsaciones se apaciguan.

—¿Cuándo te vas? —pregunto con un hilo de voz.

Intento que suene trivial, pero está demasiado cerca de mí, por lo que las palabras me salen algo trémulas.

Stark se detiene y pasa un paño limpio sobre su obra. Después, la aguja me perfora de nuevo.

—La alfa soberana quiere que partamos mañana por la mañana.

Se le tensa la mandíbula bajo la barba oscura y, por un momento, me da la impresión de que va a decir algo más. Pero no lo hace.

Me cabrea. Todo este asunto me cabrea.

Me doy cuenta de que no quiero que se vaya. Y no es solo por esa extraña reacción que… En fin. Su presencia hace que me sienta más segura.

Últimamente me siento como si estuviera en mitad de un estanque helado, a la espera de que el hielo se quiebre. Stark es como una mano que se ofrece para devolverme a la orilla.

—Deja de moverte —me pide con voz un tanto áspera.

Yo lo intento , pero el pecho me duele casi tanto como las costillas.

Mientras él se centra en lo que tiene entre manos, yo me centro en él.

En el aleteo de sus pestañas cuando recorre su trabajo con la mirada.

En el marcado contorno de su mandíbula, cubierta de una barba incipiente, y en la cicatriz oculta que atisbo por un momento al girar la cabeza.

En la leve arruga que se dibuja en las esquinas de sus ojos en cuanto los entorna para tatuar los trazos más finos.

Sus manos resultan amables a pesar del tamaño y la fuerza que tienen, a pesar de lo que han hecho, y yo no puedo quitarme de la cabeza la idea de que hay facetas de él, en lo más profundo de su ser, que yo no conozco. Que quizá nadie conozca.

Bueno, nadie salvo, tal vez, Noemi.

El sonido del recipiente de tinta al regresar a la mesa me saca de mis pensamientos. Paso un rato barajando la posibilidad de pedirle que continúe, que mantenga las manos cerca de mi piel.

Estoy perdiendo la cabeza.

Parpadeo con rapidez y me retuerzo un poco para ver lo que ha hecho.

Es una bella serie de runas entrelazadas en las que se aprecian referencias a cada uno de los símbolos de las cuatro manadas.

Comprendo que hay doce líneas sin necesidad de contarlas, una por cada vida que segué.

No es justo que haya conseguido que algo tan espantoso tenga un aspecto tan hermoso en mi cuerpo.

De pronto, la mano de Stark se detiene en la curva de mi cintura, y el estómago se me pone del revés. Me presiona la piel con los dedos con suavidad, desprendiendo olas de calor. Me sostiene con firmeza y se inclina hacia delante.

Pues nada, adiós a mis apacibles pulsaciones.

Después ladea la cabeza y abre la boca. Su aliento me acaricia la piel, más sensible de lo habitual debido al trazo de la aguja.

Me pasa la lengua por el cuerpo. Por las costillas, bajo el corazón, muy cerca de los pechos, que empiezan a arder. Lame las largas estelas de tinta y tengo que contener la respiración para que mi reacción no sea audible.

Justo cuando creo que va a parar, vuelve a repasar todo el dibujo. En esta ocasión, su lengua resulta más insistente, como si quisiera devorarme. Como si mi sabor acentuara su hambre.

Cuando por fin se endereza, estoy al borde del delirio. Abre los ojos y los clava en los míos. Me quedo un rato sin poder moverme, ni respirar, ni parpadear. Toda la estancia se desmorona a mi alrededor. Killian no existe. Tampoco la coronación. Ni la rebelión.

Tan solo está Stark.

Mi mano se mueve por voluntad propia hasta su mandíbula. Con la yema de los dedos, recorro la textura áspera de su barba incipiente, antes de detenerme en la piel tierna y distinta de su cicatriz oculta. Se me separan los labios.

Ahora ya no soy la única con la respiración acelerada.

No tengo ningún control sobre mis dedos, que recorren libres su rostro, desde el pómulo hasta la sien. Se hunden en su espeso cabello oscuro. Mi cuerpo se enciende ante la sensación que me produce. Tiene el pelo suave y su aliento me roza la muñeca cuando le aparto algunos mechones.

Lo sujeto del pelo. Él se inclina de forma casi imperceptible hacia mí. Cada centímetro que nos separa parece gozar de vida y electricidad propias. Capto hasta el más mínimo movimiento de sus músculos, hasta las alteraciones más sutiles en su semblante.

Sus ojos se mantienen fijos en los míos. Hay una extraña llama en lo más hondo de sus pupilas, como un fuego que llevara siglos ardiendo. Contiene el aliento y mi atención cae hasta su boca.

La excitación se adueña de mí.

Es como si nos retáramos a acortar la distancia. ¿Tendré valor para hacerlo?