Capítulo 9 #3
Con un profundo suspiro, recurro a los instintos de Estrategos. Utilizo mi habilidad para pensar en vez de mi habilidad para reaccionar .
No quiero ceder tan fácilmente. Él es mío . No descansaré hasta haber comprobado lo mucho que puede derramarse su sangre.
Pero soy la reina. Tampoco tengo por qué transigir con todo.
—Muy bien —respondo con la espalda erguida y la cabeza alta—.
Confío en tu experiencia, alfa soberana.
Aun así, conozco las habilidades de Killian mejor que nadie, por lo que le daré instrucciones al alfa Tormun antes de que se vaya.
Y me gustaría que me lo trajeran aquí para que pueda ejecutarlo yo misma.
Siegrid acepta con un leve asentimiento de aprobación.
Compromiso. Qué hermoso concepto.
—Más cosas —continúa Siegrid con firmeza—. Los preparativos para vuestra inminente coronación darán comienzo de inmediato. Propongo que tenga lugar en tres semanas.
Intento no soltar el tenedor por la sorpresa. Me parece demasiado pronto, aunque estoy segura de que cuanto antes se consolide mi posición, mejor.
—¿Tres semanas? ¿Puede… hacerse?
Siegrid se endereza, como si le ofendiera que hubiera cuestionado su capacidad para hacer algo.
—Obviamente.
—De acuerdo, entonces. Pues a coronarse se ha dicho. —La jocosidad de mi comentario no surte ningún efecto en este público. Carraspeo y señalo a Izabel, a la que le encantan estas mierdas—. Me gustaría que contarais con Izabel durante la planificación.
Ella sonríe de oreja a oreja, lo que hace que enseguida me cuestione si no me arrepentiré de esto.
—Sí, por favor. ¡Póngame manos a la obra, alfa soberana!
Siegrid se encoge de hombros.
—Muy bien. —Mira a Venna—. ¿Tú también quieres?
Venna dibuja un mohín con los labios y entorna los ojos.
—Yo paso.
—Venna estará ocupada con otras tareas —añado yo.
Tareas como averiguar qué es lo que hace falta para quitarme este puto grillete de la muñeca y que no puedan manipular más mi magia.
—La suma sacerdotisa de la Secta de la Diosa Sin Rostro ha venido con nosotros hasta Hielormenta —continúa Siegrid—.
Tendréis que reuniros con ella una o dos veces antes de la ceremonia, para prepararos.
Se aloja con su orden en los distritos plebeyos de la ciudad, pero vendrá al castillo para vuestros encuentros.
Asiento.
—¿Algo más para lo que deba prepararme?
—Los nobles. La coronación no puede llevarse a cabo sin que asista la mayoría.
Después de todo, si nadie acude a presenciarla, ¿qué grado de legitimidad tendréis?
Como he mencionado, Noemi viajará por los siete feudos durante las próximas tres semanas para asegurar la asistencia de la nobleza.
Es una de ellos, así que es de esperar que acepten sus propuestas.
Noemi sonríe ante sus palabras y se ruboriza de un modo muy favorecedor. Todo lo suyo lo es. Stark apenas ha apartado la vista de ella desde que se ha sentado, así que seguramente sea muy consciente de ello.
Aquí está de nuevo ese germen de celos, acompañado de una voz resentida que dice: «Genial, sal cagando hostias de mi ciudad».
¿Siento celos de la relación que Stark tiene con ella…
o siento celos de ella? ¿De su apariencia, su elegancia y su naturalidad?
Puede que la corona esté sobre mi cabeza, pero a ella le sentaría mucho mejor.
—Stark acompañará a Noemi en dicha misión diplomática —añade Siegrid.
Y a mí se me cae el alma a los pies. Bueno, al menos eso resuelve la incógnita. Está claro que lo que me pone celosa es su relación. La idea de que ambos recorran caminos juntos y duerman bajo las estrellas…
Stark vuelve la cabeza hacia su madre con una mirada tan abrasadora que podría quemarla de pies a cabeza.
—No se me ha informado de esto.
Siegrid se encoge de hombros.
—Es lo que se ha decidido —replica con frialdad—. Eres un componente necesario de la estrategia.
Ambos se sostienen la mirada con tanta hostilidad que empiezo a sentirme incómoda. No cabe duda de que esto es peor que las miraditas que nos hemos dedicado nosotras antes. Sé que la alfa soberana también es su superior, pero ¿de verdad es esta la relación que mantiene con su madre ?
El aire entre ellos es más gélido que el del peor de los inviernos.
Al final, Siegrid retira la atención de su hijo para dirigirla a mí, como si acabara de decidir que lo que él pueda opinar es irrelevante.
—La reputación de Stark lo convierte en alguien muy convincente en asuntos de esta índole. Es posible que algún que otro noble se muestre reticente a jurar su lealtad a la nueva reina, pero ninguno rechazará al alfa de Daemos en caso de que los… invite a hacerlo.
Yo me detengo a observar a Stark solo para descubrir que Noemi ha colocado la mano en su brazo, que acaricia con suavidad en un aparente intento de tranquilizarlo.
Creo que funciona; se ha reclinado en el asiento, donde machaca la carne con el cuchillo sin ninguna consideración, pero al menos ya no fulmina a su madre con la mirada.
—Si a él se le puede dispensar —digo—, entonces…
—Se puede —corta Siegrid con un tono de voz que no da pie a réplica alguna—. Como he dicho, está decidido.
Dedico lo que queda de velada a lidiar con la incómoda sensación de que, a pesar de ser reina, no mando sobre nada.
Concluido el banquete, me encuentro a Anassa en mis aposentos, hecha un ovillo frente a la puerta de Saela.
—¿Ha vuelto a comer? —pregunto con suavidad.
«No ha hecho falta todavía», responde Anassa.
Abro la puerta con cuidado y asomo la cabeza. La estancia está en penumbra. Saela duerme profundamente, acurrucada de lado, como solía ponerse cuando era más pequeña.
Dormida, casi parece la de siempre: una chica normal de once años cuyos hombros carecen del peso de un trauma inimaginable.
Me arrodillo a su lado y, despacio, le retiro un mechón de pelo del rostro, procurando no despertarla. Cuando abra los ojos, ese peso volverá a aplastarla. Lo sé. Pero, de momento, su semblante está relajado, con una expresión de paz.
Espero que dicha expresión signifique que no habita en ningún reino de sombras en el que Killian pueda visitarla mientras duerme o en el que su señor sifón la manipule.
Suspiro y apoyo el mentón en el borde del colchón. Contemplo su respiración pausada. Al ver cómo flexiona los dedos en sueños, tengo que esforzarme por no llorar.
Un golpe débil contra la puerta principal hace que me incorpore.
«¿Anassa?».
Ella responde sin palabras: ha vuelto a irse al bosque y no puede decirme quién es la persona que aguarda en la entrada. Miro a Saela un prolongado instante más mientras me dejo acunar por el silencio; después me levanto, salgo de su habitación y cierro.
Vuelven a llamar a la puerta, y dejo pasar un momento antes de abrir. Cuando lo hago, es Valstark con quien me encuentro.
Todavía lleva su atuendo formal, aunque puedo apreciar una sombra de su rebeldía en él.
Tiene la chaqueta desabrochada, al igual que los botones superiores de la camisa, lo que deja al descubierto más trazos de tinta rúnica.
También se ha desabrochado los puños. El cabello, que antes había estado impecablemente peinado, se muestra algo más desaliñado, como si se hubiera pasado los dedos por él en un par de ocasiones.
«O quizá lo haya hecho Noemi», me dice esa vocecilla celosa.
Antes de que pueda preguntarme por qué me late tan deprisa el corazón o si podrá oírlo, Stark alza la mano para enseñarme la aguja de tatuar que ha traído.
—Hay que ponerte las marcas por los vinculados que mataste en la arena —dice él con sencillez.
Sus palabras caen sobre mí como una jarra de agua helada. Mierda .
No es que hubiera olvidado lo que hice. Cómo perdí el control delante de todo el mundo, lo poco que me costó matar a tantos vinculados que acababan de superar las Pruebas y graduarse.
Pero con lo de Saela, la llegada de la alfa soberana y mis pesadillas , ha sido fácil desterrar de la mente mis fatídicos errores.
Segué esas vidas y es mi deber recordarlas.
Me hago a un lado. Stark entra en mis aposentos sin mirarme. Oigo el suave repiqueteo del tintero cuando lo deja junto a la mesita auxiliar que hay al lado del diván. Mi habitación sigue estando en penumbra, sumida en el silencio.
Y nosotros estamos completa e insoportablemente a solas.