Capítulo 9 #2
La amenaza en su voz resulta evidente. Noemi no se dedicará a enviar amables invitaciones. Su «fomento» no dará pie a posibles declinaciones.
Yo señalo a mis amigos.
—Egith ya conoce a estos cuatro, pero he solicitado que se queden aquí Izabel y Venna Brooks, Tomison Thorne y Nevah Rivenson. Desempeñarán la función de miembros provisionales de mi Consejo Palatino hasta que me haya asentado del todo en mi posición y seleccione a los integrantes permanentes.
Siegrid asiente con un sonido gutural difícil de identificar. No lo aprueba, supongo.
—Tengo entendido que otro de vuestros miembros provisionales del Consejo es un plebeyo, ¿es así?
¿Será eso un problema?
—Sí, Igor. Era mi vecino cuando vivía en el Barrio Este y es como de mi familia. Confío en él más que en nadie en este mundo.
Siegrid se me queda mirando un rato, y soy consciente de que ha captado los matices que subyacen en mis palabras: «Confío en él más que en ti, así que ni se te ocurra cuestionar su pertenencia al Consejo».
—Comprendo, alteza. Es bueno que contéis con un Consejo cuyas directrices vayáis a seguir —dice con una amabilidad tras la que se oculta una indirecta: «Porque todos sabemos que seguir directrices no es tu punto fuerte».
Los cinco nos acomodamos en las sillas vacías y yo me adueño del asiento más significativo, justo frente a Siegrid. Mientras los demás terminan de sentarse, la puerta del comedor se abre de golpe. Sobresaltada, alzo la mirada.
Stark hace su aparición con esas zancadas que tan familiares me resultan, ataviado con ropa de gala.
El aire de la habitación parece evaporarse.
Lleva una chaqueta oscura, cómo no. La suavidad de la tela hace que su mirada parezca más dura, más afilada.
Su largo cuello bronceado está al descubierto, lo que permite una vista cómoda de sus múltiples tatuajes de muerte.
Son dos los conceptos que se encienden en mi mente: peligroso; delicioso.
Se me entrecorta la respiración —poco disimuladamente, la verdad— en una estancia a rebosar de gente. ¿Qué cojones me pasa? Trato de disimular mi reacción concentrándome por completo en los músculos de mi cara para que no delaten lo que pasa en mi incontrolable mente.
Noemi, por su parte, no se anda con tantos miramientos. Con una exclamación ahogada al verlo, se pone en pie.
—¡Valstark! —exclama.
Se lanza a sus brazos y yo me crispo por instinto.
Pero ¿esta tipa quién es? ¿Una amiga? ¿Un…
romance? Solo de pensarlo me asalta una extraña incomodidad.
Unos inesperados recuerdos relampaguean en mi memoria: la lengua de Stark en mi cuello.
Sus dientes en mi brazo. El calor de su cuerpo junto al mío en la cama de Tardorlin.
Lamentablemente, resulta demasiado fácil imaginarlo como el amante de alguien, y sabe la Diosa la ligereza con la que los vinculados se toman el sexo. Trago saliva e intento no sonrojarme.
Los brazos de Stark envuelven a Noemi de una forma que parece casi protectora . Después, sus ojos se detienen en los míos por encima del hombro de ella. Yo apoyo el codo en la mesa y articulo con los labios, sin emitir sonido alguno: «¿Valstark?».
Por toda respuesta, él frunce el ceño y se aparta de ella.
Le coloca uno de esos largos, preciosos y rutilantes mechones de pelo detrás de la oreja.
Es un momento tan íntimo que me veo obligada a apartar la mirada.
Me siento como una intrusa. Sí, lo más probable es que sean amantes. La gente guapa tiende a juntarse.
Puedo controlar las facciones de mi rostro, pero fallo estrepitosamente a la hora de controlar el fluir de mi sangre. Me arden las mejillas.
—Hola, Mimi —responde Stark en voz baja, áspera y grave. En ella se percibe un afecto sincero, la clase de aprecio que solo le he visto manifestar con Cratos—. Te he echado de menos.
Vaya, vaya, qué enternecedor. Tienen apelativos cariñosos y todo.
La verdad es que no termino de entender por qué esto me toca tanto las narices.
Se trata de Stark. No somos nada más allá de una reina y su guardaespaldas.
¿Tendrá algo que ver con el vínculo de pareja?
Quizá la conexión que une a Anassa y Cratos siempre implique cierta incomodidad cuando tenga que ver a Stark con otra mujer y asumir que comparte su intimidad con alguien más.
Anassa debe de haber detectado que he pensado en ella porque su presencia arroja luz en mi mente.
«No —explica, divertida—. Ya te lo dije: te estoy manteniendo por completo al margen de mi amor por Cratos. Estos patéticos celos que sientes son enteramente cosa tuya».
Resulta difícil no resoplar.
«¿Quién es?».
Y Anassa, la muy perra, tan solo responde: «Alguien importante para él».
«Ojalá te atragantes con un hueso de ciervo».
Stark se deja caer en el asiento junto a Noemi, y juraría que las costuras de su chaqueta han estado a punto de reventar al sacar la silla.
Noemi se inclina hacia él de inmediato, apoyando sus gráciles brazos en los reposabrazos.
Él también se inclina. Cuando llega el servicio para servir el primer plato, sus cabezas siguen pegadas la una a la otra para facilitar una discreta conversación que no logro oír.
Ignoro el extraño nudo que se me ha formado en la garganta y me centro en charlar con Nevah e Izabel.
«Celos», ha dicho Anassa. Por muy irracional que suene, tal vez tenga razón.
Pero es tan… absurdo. Acabo de salir de una relación catastrófica.
No tengo ánimo para pensar en otros hombres.
Lo último que necesito es desarrollar algún tipo de sentimiento por alguien cuyo lobo resulta que está emparejado con el mío. Alguien que ni siquiera me cae bien .
Además, dudo que algún día vuelva a confiar en que mis sentimientos sean míos de verdad y no solo producto de mi mente acomodada a que nuestros lobos estén juntos. Vínculos que se van enredando y me manipulan de la misma manera que…
Otra vez no.
Casi he insistido lo suficiente como para creerlo cuando veo que Noemi le toca el brazo a Stark.
Le dice algo en voz baja y él sonríe. Me cago en mi vida, ¡sonríe!
Una sonrisa de verdad. Una sonrisa que le ilumina el rostro como el sol de la mañana iluminaría el mundo.
Una sonrisa que le hace parecer más joven.
Nunca lo había visto así. No tenía ni idea de que pudiera sonreír de este modo.
Siegrid carraspea de forma audible y la sonrisa se diluye en los labios de Stark, quien clava la mirada en su madre.
—Tenemos mucho que discutir, así que disculpadme si voy directa al grano —dice Siegrid—. He estado valorando el asunto de Killian Valtiere con mis alfas.
Yo me indigno. Soy una de esos alfas. Y, además, soy la reina. ¿Por qué no se me ha incluido en la reunión? ¿Acaso no se fía de mi juicio con relación a Killian?
Siegrid prosigue:
—Se ha decidido que el alfa de Phylax, Tormun, lidere una cohorte de caza especial que interceptará al antiguo príncipe y lo eliminará.
Saldrán lo antes posible. —Tengo muchas preguntas—.
Ya nos han llegado informes de inteligencia que indican que Killian está estableciendo una base en un feudo del oeste. Todavía no…
—Si vais a ir a por él, yo me sumo —intervengo.
Las palabras han escapado de mis labios sin que me haya dado tiempo a meditarlas demasiado. Pero él es mío . Yo debo darle caza. Yo debo matarlo. No permitiré que nadie me quite eso.
Con aire despreocupado, Siegrid da un sorbo de vinascua.
—Ni hablar.
—Con el debido respeto —replico—, Killian no es como otras amenazas a las que os hayáis tenido que enfrentar.
Tiene acceso a mi magia. Ya habéis comprobado por vosotros mismos que puede acceder a nuestra comunicación de manada.
Alistair Brilloscuro, un antiguo sifón con unos poderes cuya magnitud desconocemos, habita en su cuerpo.
Y, como bien sabéis, este es un asunto personal para mí.
Lo resolveré por mí misma. Es más, necesitáis que vaya; soy la única cuyos poderes quizá puedan hacer frente a los suyos.
—Con el debido respeto —repite Siegrid—, alteza, nos enfrentamos a un único sifón, no a un ejército. Llevo lidiando con ellos desde antes de que nacierais, y vos sois reina desde hace menos de una semana. No lleváis ni seis meses siendo vinculada.
—Lo estás subestimando y eso es un error —replico.
—El error es vuestro, dado lo poco que sabéis sobre la guerra —contraataca ella—.
En este momento hay solo una tarea de la que debéis ocuparos, solo una: asistir a vuestra propia coronación y ser coronada reina de Nocturna de forma oficial.
Si falláis en algo tan simple como eso, entonces es que no merecéis el título.
Recibo sus palabras como una bofetada.
La mesa se sume un silencio absoluto ante nuestro cruce de miradas.
—Alteza —interviene el alfa Tormun con mucha menos condescendencia, rompiendo por fin la tensión—. Yo me ocuparé. —Esboza una sonrisa amable al tiempo que levanta sus enormes brazos tatuados y los apoya sobre la mesa—. He matado más sifones que casi cualquier otro guerrero vinculado en la historia.
Stark deja escapar un pequeño bufido, lo que me hace pensar que esa es una cuestión por la que han discutido más de una vez.
Tormun parece simpático, pero se está poniendo de parte de Siegrid. Está ninguneando mis apreciaciones. Me está ninguneando a mí.
Las sombras que cercan la estancia empiezan a temblar. Veo que Siegrid se percata de ello por el rabillo del ojo. Aprieta los labios.
Lo único que se me ha dado bien en la vida ha sido pasar a la acción. Que me dejen atrás sería criminal.
¿Así van a ser las cosas a partir de ahora? ¿No voy a ser más que una figura decorativa que permanece aislada en el palacio a la espera de las órdenes de mi alfa soberana?
—Hay momentos y lugares en los que es adecuado que os impliquéis —dice Siegrid con un tono de voz más gentil para intentar apaciguarme. Sé lo que pretende: quiere evitar una explosión incontrolable de mi poder—. Pero no llegarán hasta que os hayan coronado.