Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

Meryn

Tengo los nervios a flor de piel. La alfa soberana llegó anoche con su comitiva de viaje, por lo que debo ofrecerles una recepción en el castillo esta tarde.

Eso implica que he tenido que dedicar la última hora a prepararme con mi nueva asistente personal, Brionna, quien apenas se atreve a mirarme a los ojos.

Por lo visto, la senescal Alienor y yo tenemos opiniones distintas sobre en qué consiste un «criado dispuesto». Tal vez ella no sea capaz de identificar el auténtico consentimiento después de tantos años de servir a los Valtiere.

La cuarta vez que a Brionna se le cae el cepillo dorado, me giro para mirarla directamente a la cara y ella da un respingo.

—Ni tú ni los demás miembros del servicio tenéis por qué sentir miedo, independientemente de lo que os hayan contado —le digo—. Hasta hace unos meses, vivía en el Barrio Este. Una de mis metas es mejorar el día a día de la gente de a pie.

Brionna ladea la cabeza.

—Me lo habían dicho, alteza.

Con una mueca, replico:

—Conque alteza, ¿eh? No soy ninguna alteza . Llámame Meryn, por favor.

Ella relaja los hombros. Parpadea, algo menos tensa.

—De acuerdo…, Meryn.

Yo sonrío, aliviada.

—Así es menos incómodo, ¿verdad?

Brionna asiente, un poco sonrojada. Por fin se está relajando.

Charlamos mientras se ocupa de mi cabello.

Me cuenta que proviene del Barrio Central.

Descubro que asistió a la misma escuela que Saela, solo que una década antes, lo que me alegra y, al mismo tiempo, me causa cierta tristeza; Saela nunca volverá a esa escuela y probablemente a ninguna otra.

El peso inasumible de lo sucedido me aplasta: la vida que había imaginado para las dos se ha desvanecido en el aire. Al final, se ha quedado en un sueño.

Saela ni siquiera me habla. Solo ha pasado un día; un día que ha transcurrido encerrada en su dormitorio, que, si bien no es una celda, tiene el mismo efecto. Aun así, me duele. Y odio mirarla y preguntarme… si Killian también está en su cabeza.

Aldrich y yo hemos dedicado la mañana entera a investigar posibilidades de revertir el sifonismo, pero no hemos encontrado nada mínimamente esperanzador. De todas formas, me niego a rendirme.

Cuando por fin está listo mi peinado —dos elegantes trenzas enlazadas entre sí en la nuca y que supone lo más parecido a un recogido que la longitud de mi cabello permite—, Brionna ha logrado tranquilizarse del todo.

Ya no se estremece. Me coloca la corona lobuna en la cabeza con cierto aire reverencial.

El poder se desata en mis venas y yo procuro no reaccionar ante esa desconocida descarga.

Me digo que no tardaré en acostumbrarme.

A todo: tanto a la magia como al resto de las cosas.

Alguien llama a la puerta, lo que me anuncia la llegada de mis amigos. Les he pedido que asistan a la cena como miembros provisionales de mi Consejo Palatino. Su primera responsabilidad consiste en protegerme de la extraña lucha de poder en la que estoy a punto de sumergirme con la alfa soberana.

A Izabel se le ilumina la mirada al ver mi túnica de un azul plateado y los pantalones oscuros de ante escogidos por Brionna.

—Ay, qué preciosa. Elegante sin ser cursi. Una elección perfecta.

Tomison le dedica una sonrisa a Brionna, dejando ver una hilera de dientes perfectamente alineados.

—Buen trabajo, chica nueva.

Se le pone toda la cara roja. Intento visualizar a Tomison a través de sus ojos; con ese abundante cabello cobrizo, alto, de complexión atlética y con una mirada confiada. Seduce a la gente sin ni siquiera proponérselo.

Izabel carraspea con más fuerza de la necesaria.

—¿Es obligatorio que coquetees con cada mujer con la que te cruzas?

—No seas borde —espeta Tomison de inmediato—. ¿Acaso no puedo elogiar a nadie?

Izabel se cruza de brazos y lo fulmina con la mirada.

—Lástima que no me fíe de la pureza de tus intenciones.

Nevah, ataviada con un vestido satinado de un vibrante color amarillo, refunfuña y se acerca a mí.

—¿No podrían estos dos follar de una vez? Tanto tonteo aburre.

—A Izabel le encantan los preliminares largos e intensos —bromea Venna. Su gemela se gira hacia ella con furia, pero Venna continúa—: Hora de irse o llegaremos tarde.

—Muy bien —dice Izabel con sequedad al pasar junto a Venna para entrelazar su brazo con el mío. Cruzamos la puerta y yo me despido de Brionna con un ademán—. ¿Algo que debamos saber de este importantísimo encuentro real?

Mientras avanzamos por los amplios pasillos del castillo, me planteo esa misma pregunta.

La primera vez que coincidí con Siegrid Therion, el día que me dijo que me habían elegido como alfa de Estrategos, sudaba a chorros por lo nerviosa que estaba.

Me hizo sentir diminuta. Como si no fuera más que una niña torpe que se hubiera tropezado con algo que no alcanzara a comprender.

Y así era, en parte, pero aun así… Ella lo sabía.

Lo supo incluso antes que yo. Conocía mi verdadera identidad y no pareció considerarme merecedora de ella.

Echo los hombros hacia atrás y canalizo la misma energía que reunía antes de lanzarme a la fosa de combate. Nuestros papeles han cambiado.

No permitiré que me vea débil o insegura.

—No lo tengo claro —respondo con sinceridad—.

La senescal Alienor ha dicho que no es más que un banquete de bienvenida para la alfa soberana y su comitiva.

Pero ya sabes que no es que yo asistiera a muchos eventos elegantes cuando era pequeña.

Si en algún momento incumplo algún protocolo de los vinculados o propio de la corte, ¿me avisarás?

Venna me da unas palmaditas en la espalda mientras caminamos.

—Cuenta con ello.

Cuando entro junto a mis amigos en el elegante comedor, ya hay cinco personas sentadas.

Todos se ponen de pie por deferencia al verme.

Esta noche solo habrá jinetes. Anassa se ha llevado a los lobos de la comitiva de viaje a cazar, a modo de bienvenida.

Nada transmite la alegría de un reencuentro como destripar presas juntos.

La alfa soberana es la última en levantarse, por supuesto, y al hacerlo la silla rechina tan fuerte contra el suelo que el eco que provoca resuena por toda la estancia.

Lleva una chaqueta verde hecha a medida y entallada a la perfección, con unos pantalones a juego.

Su cabello castaño, veteado de gris y con una mecha de color sangre, está recogido en un moño prieto.

Compone una expresión de severidad; aunque es posible que siempre la tenga.

De tal palo, tal astilla. Su apariencia lo deja claro: es poderosa y aquí manda ella.

Atónita, reparo en que la alfa soberana Siegrid ha tomado asiento a la cabecera de la mesa. Quizá los lobos no sean los únicos que disfruten de un poco de violencia esta noche. Me trago el repentino rencor y digo:

—Bienvenidos seáis todos.

Los ojos de Siegrid se detienen en mi corona. Al verla, después de tanto tiempo perdida, agita las aletas de la nariz y sus ojos se vuelven vidriosos. Algo me dice que ese despliegue de emoción no es poca cosa tratándose de ella. Entonces aprieta los labios e inclina la cabeza.

—Reina Hielormenta —dice—, hemos venido lo antes posible.

—Se gira, con la palma de la mano extendida hacia sus acompañantes—.

Esta es vuestra alfa de Kryptos, Hannelore Woodward.

—A la izquierda de Siegrid hay una mujer mayor de mirada penetrante y en cuyo cabello se distingue un mechón azul.

Es de menor estatura que la alfa soberana, aunque igual de seria que ella—.

Vuestro alfa de Phylax, Tormun Belrose. —El aludido se pone en pie al otro lado de Hannelore.

Es un hombre corpulento, de rasgos redondos y cejas prominentes con un mechón ambarino—. Y, por supuesto, ya conocéis a Egith.

Mi beta de Estrategos, Egith, está a la derecha de Siegrid.

Tiene la piel marrón oscuro y el cabello corto del mismo tono, en el que resalta un mechón plateado.

Verla me enternece. En su momento, fue estricta conmigo como instructora, pero siempre de un modo razonable.

De hecho, dado lo mucho que me resistí a convertirme en vinculada y aceptar a Anassa, tuvo una paciencia encomiable.

Los gammas de nuestra manada están en el frente mientras que Egith está aquí, pero ambas mantenemos el contacto con ellos.

—Me alegra mucho que hayas venido —le digo.

Ella asiente con un brillo de diversión en sus ojos oscuros.

—Desde luego. Quería ser testigo de la increíble transformación de novata plebeya inadaptada a nuestra legítima reina perdida.

A su lado hay una mujer que no reconozco y cuya presencia me paraliza un instante.

Probablemente sea la persona más hermosa que he visto en toda mi vida.

Su piel se asemeja a la porcelana y tiene una espesa melena rizada de un vibrante color rojo.

Es un tono que nunca he visto en la naturaleza, y casi parece resplandecer bajo las caricias de la luz de los candiles.

Tiene una nariz respingona enmarcada por dos brillantes ojos verde esmeralda sobre unos labios carnosos.

Aunque parece más bajita que yo, sus proporciones son una locura.

Todo en ella es estilizado: sus piernas, sus pestañas, su fino cuello.

Jamás había conocido a nadie que pudiera ser la encarnación misma de la elegancia.

Mis ojos reparan en la mecha ambarina de su cabello. Phylax, pues. Me pregunto qué hace aquí. ¿Será una beta? Sea quien sea, es arrebatadora.

Como si me hubiera leído la mente, Siegrid dice:

—Esta es Noemi, la hija de lord Caída Férrea.

—Oh, ¿eres una noble? —pregunto con el ceño fruncido por el desconcierto. No sabía que los nobles dejaran a sus hijos convertirse en vinculados.

—Medio noble —puntualiza Noemi con una sonrisa cordial—. Mi madre era una vinculada.

Eso explica la altura, entonces. No es tan alta como la vinculada promedio.

—Noemi será vuestra representante diplomática —prosigue Siegrid—, y contactará con los distintos feudos para fomentar la asistencia de la nobleza.