Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 8 #2
16%

Capítulo 8 #2

«¿Despacharla?». La sugerencia desata una oleada de violencia en mis entrañas, y me pongo en pie tan deprisa que la silla cae al suelo con estrépito.

Sin embargo, apenas me da tiempo a dar un paso en su dirección cuando la puerta se abre de pronto, despidiendo unas cuantas astillas que se dispersan por el suelo.

Cratos está agachado en posición de ataque, con los colmillos al descubierto bañados en saliva. Le dedica un fiero ladrido a Siegrid, que retrocede un poco, azorada. Creo que jamás la había visto tan estupefacta. Bien.

Genicos se levanta de un salto, gruñe en respuesta y se precipita sobre Cratos.

Ambos empiezan a forcejear, convertidos en un amasijo de pelaje negro y mordiscos.

Se estampan contra una mesita para el té que se hace añicos.

Genicos es más alto que Cratos, pero mi lobo posee una complexión más robusta y musculosa.

Con los ojos inyectados en sangre, Cratos inmoviliza a Genicos y fija la mandíbula en torno al cuello.

Después, mira a Siegrid al tiempo que emite otro gruñido grave de advertencia.

—¿Qué significa esto? —vocifera Siegrid con un tono de voz estridente—. Cratos, ¿qué estás haciendo?

Cómo disfruto de su cara de desconcierto.

—Has dejado caer la posibilidad de cargarte a la jinete de su pareja. No le gusta la idea.

Parece imposible, pero sus cejas se arquean aún más y, por un instante, se queda boquiabierta. Después cierra la boca de golpe, sacude los hombros y se yergue de nuevo.

—Mis disculpas, Cratos —le dice directamente a mi lobo—. No era consciente de ello, así que cambiaré de estrategia. Tu pareja no sufrirá daño alguno.

Con delicadeza, Cratos libera a Genicos de su agarre. Este no tarda en darle un cabezazo acompañado de un gruñido. Después se retira al otro lado de la estancia, lo que no impide que yo bufe de todas maneras.

Cambiar de estrategia. Porque eso es todo lo que ve en Meryn: una estrategia.

Siento un ardor reptando por la nuca. Sé muy bien lo que les sucede a aquellos a los que Siegrid ve como herramientas en vez de como personas.

Después de todo, yo soy su instrumento más perfeccionado.

Puede que me preocupe la influencia que yo mismo tenga en Meryn, pero la de la alfa soberana sería mucho peor.

Siegrid se acomoda con suavidad en su asiento y yo enderezo el mío para sentarme también.

—Así que Cratos es la pareja del huargo de Meryn, ¿eh? Qué interesante que no me mencionaras ese detalle.

Cratos está tumbado a mi lado, con los ojos todavía clavados en Siegrid, como si esperara otra amenaza. Está claro que esto le importa más que vigilar a Saela, y no lo culpo.

«Grigore —pienso en dirección a mi compañero de manada—, Cratos ha tenido que dejar su puesto, así que, por favor, retoma la guardia frente a la alcoba de la reina de inmediato».

Después recorro el lomo de Cratos con la mano para calmarlo.

—Perdona por pensar que la mujer vinculada a la pareja de Cratos tenía derecho a saberlo antes que nadie. En cualquier caso, ¿desde cuándo te interesa mi vida?

Las facciones de Siegrid se contorsionan en una mueca y, por un segundo, tengo la impresión de estar frente a un espejo, lo que me pone de peor humor.

—Sabes de sobra que esto está por encima de ti —espeta ella—. Se trata de la reina, Stark. ¿Eras consciente de que, históricamente, los lobos de las reinas Hielormenta siempre estuvieron emparejados? ¿Y que lo normal es que sus respectivos jinetes acaben igual?

Noto un escalofrío.

—No, no era consciente de ello, dado que sueles guardarte mucha información para ti, alfa soberana.

Ni siquiera parpadea ante la aspereza de mi voz.

—Pues es un giro de los acontecimientos excelente. Deberías ir a por ella; reclamarla.

«Estoy de acuerdo», secunda Cratos.

Me da un vuelco el estómago. Lo último que necesito es pasar más tiempo cerca de Meryn.

—Y una mierda —replico—. ¿Has perdido el juicio?

Siegrid se encoge de hombros en un gesto despreocupado, como si acabara de hacer una sugerencia relacionada con el color de las paredes en vez de con un interés romántico.

—¿Por qué no? Vuestros lobos están emparejados. Tienes una reputación espantosa por tus escarceos en el frente, por lo que queda claro que no estás comprometido con nadie. Es poderosa y relativamente atractiva. No es lo peor a lo que podrías aspirar.

Recuerdo las largas piernas tonificadas de Meryn, expuestas ante mí bajo la luz de la luna; en sus senos bajo ese fino camisón; en esa boca que tiene, capaz de soltar los peores improperios pero que da la impresión de ser dulce si se saborea.

Por desgracia, el atractivo de Meryn no tiene nada de relativo .

«¿Sabes? Es probable que acabes viéndola desnuda», comenta Cratos, por si no tenía bastante.

«Una palabra más y te mando de cabeza a las perreras», lo amenazo.

Por muy atractiva que sea la reina, esa es una línea que no pienso cruzar jamás.

Lo que sucedió en la arena, cuando mató a esos vinculados…

Yo lo provoqué. Vi el instante en el que dudó de si usar sus poderes; el caos dentro de mí tomó las riendas, habló y la incitó a actuar.

Cuando segó esas vidas, sentí un oscuro entusiasmo propagarse por mis venas: un poder puro y sin alteraciones.

Debería hacer que todos los hombres se postraran a sus pies.

Nuestro país necesita que sea una líder firme y estable.

Yo solo la corrompería. La faceta más depravada de mí ansía hacerlo.

Siegrid se limita a entrelazar las manos sobre el regazo y a fruncir el ceño como si el que hubiese dicho una majadería fuera yo.

—Tendría mucho sentido, y haría que nuestra familia ganara aún más control.

Y ahí está ese recordatorio de nuevo: con Siegrid, todo se reduce al control .

Puede que yo sea una mala influencia para Meryn, pero tengo que mantenerla alejada de Siegrid a toda costa. Yo soy la prueba viviente del daño que la alfa soberana puede llegar a causar en una persona en nombre del poder y su conservación. Como le toque aunque sea un pelo a la reina…

Me levanto de golpe y empiezo a pasearme por la habitación. Como mi cuerpo deje de moverse un segundo, acabaré partiéndole esa cara de complacencia que tiene, y no creo que sea de recibo que pegue a la mujer que me trajo al mundo, la verdad.

—Para empezar —digo sin dejar de caminar—, no estoy interesado en conquistarla. Ha dejado bastante claro que le caigo mal, y te aseguro que es mutuo. No la soporto, y pasar más tiempo del estrictamente necesario con ella me suena a tortura.

—No es imprescindible que una persona te caiga bien para estar con ella —apunta Siegrid.

Alucinante.

—Para seguir —continúo en voz alta—, aunque estuviera interesado, estás hablando de una mujer a la que le rompieron el corazón de la peor forma posible hace apenas unos días. Es una absoluta ruina emocional.

Siegrid resopla.

—Los corazones se curan. Tarde o temprano tendrá que casarse.

¿Quieres condenarte a sufrir a través del vínculo de pareja de vuestros lobos mientras ella desposa a otro?

El futuro matrimonio de la reina es un asunto de Estado.

Estés o no interesado, nuestra familia tendrá que asesorarla a la hora de tomar la decisión.

—Enmudezco, demasiado atónito para opinar—.

Solo te pido que lo pienses, nada más, alfa Stark .

Se las ingenia para hacer que el título suene como un insulto; su voz es cortante como un cuchillo, pero no termina de penetrar en mi interior gracias a los años y años que he pasado reforzando mis defensas.

Ya no puedo más con este toma y daca; he llegado al límite por esta noche. Con la mirada puesta en Cratos, digo:

—Hora de volver a nuestras labores de vigilancia.

Él se levanta y le muestra una vez más los dientes a Siegrid, acompañando el gesto de un gruñido. Después, al volverse, sacude el rabo frente a ella, la atiza en la pierna y sale con aire despreocupado por la puerta medio astillada.

—Por cierto —digo, deteniéndome en el umbral y lanzándole una mirada de fingida inocencia a la alfa soberana por encima del hombro—.

Han transformado a la hermana de Meryn en un sifón.

La reina la mantiene en sus aposentos, y como se te ocurra mirarlas aunque sea un poco mal, te arrancaré los ojos de cuajo.

Cierro de un golpe con lo que queda de la puerta y me marcho.