Capítulo 8
Stark
Si alguien me hubiera dicho que un día perdería horas de sueño por velar a un sifón, me habría reído en su cara. Y después, probablemente, le habría partido el cuello como medida de prevención, dado que me habría parecido demasiado estúpido para dejarlo con vida.
Sin embargo, aquí estoy, sentado en el duro suelo del pasillo haciendo justo eso.
Apenas ha pasado un cuarto de hora desde que relevé a Grigore de su turno y ocupé su lugar frente a las habitaciones de Meryn para garantizar tanto que no reciban visitas indeseadas… como que Saela no salga a buscar un tentempié.
Cratos está hecho un ovillo a mi lado, descansando pero con los ojos verdes bien abiertos, listos para la acción.
Ambos hemos estado repasando mentalmente los acontecimientos del día, hablando sobre lo que habrá que hacer por la mañana; en particular, las tareas que tenemos asignadas antes de la coronación.
Ahora que los vinculados más recientes han partido a la batalla, el día de mañana se presenta tranquilo.
Fue raro verlos marchar y no ir con ellos.
Llevo alejado del conflicto (y del resto de la manada Daemos) demasiado tiempo.
Por suerte, mi beta está allí y mantiene una comunicación constante.
Pero, de algún modo, aunque me haya pasado los últimos cuatro meses esperando con impaciencia a que Meryn espabilara y reclamara la corona, siempre di por hecho que volvería a la carga.
Con la cabeza gacha, respiro hondo y me crujo el cuello. Siento cómo crece la inquietud dentro de mí. No me gusta estar sin hacer nada y tampoco sentir que no estoy al mando. Los últimos meses he sufrido demasiado ambas cosas. Basta para que un hombre pierda la cabeza.
Del interior de la habitación que hay a mis espaldas me llega una suave tos femenina. Aprieto la mandíbula. Como no tenga cuidado, acabaré loco por ella.
Anoche, cuando tuvo ese sueño, el mamonazo de Cratos se abrió para mí. Sentí su agonía con tanta nitidez como si fuera mía. Nunca había recorrido estos pasillos tan deprisa, desesperado por ponerle fin.
Y entonces, ahí estaba ella, vestida con un maldito camisón de seda que se le había subido hasta las caderas, con los pezones erectos bajo la fina tela y ese condenado vínculo de pareja a flor de piel.
Le toqué el brazo para despertarla y casi pierdo los estribos, fascinado por la increíble suavidad de su piel.
Mi tacto le hizo emitir un débil gemido, y yo necesité todo mi autocontrol para no ir más allá y comprobar qué otros sonidos podía arrancar de sus labios con mis manos.
Por suerte, abrió los ojos. Y luego me mintió a la cara. Fuera lo que fuera, no había sido una simple pesadilla, de eso me di cuenta. Su mentira cayó sobre mí como un jarro de agua fría en pleno invierno.
Para entonces, Cratos ya había recuperado el escudo, y yo ya le había echado un buen vistazo a la auténtica pocilga en la que había convertido su habitación en apenas unas horas.
¿Quién puede vivir así? Mi aversión me ayudó a combatir cualquier remanente insensato de atracción.
No sé qué voy a hacer con Meryn Hielormenta.
Pero, dado que arrancarle la ropa y tumbarla sobre la mesa del desayuno no es una opción, puede que le patee su insufrible trasero la próxima vez que ponga a prueba mi paciencia.
Alzo la cabeza con brusquedad al oír el golpeteo de unas botas que se aproximan por el corredor.
Es lo bastante tarde como para que cualquiera que no estuviera de servicio ande fuera de la cama.
Cratos se levanta, listo para lo que sea.
Después, la persona en cuestión dobla la esquina y aparece en la galería.
Yo gruño por dentro al reconocer su rostro: la alfa soberana.
Siegrid, mi madre. Su comitiva de viaje debe de haber llegado justo ahora.
Está tan impecable como de costumbre, con su entrecano cabello castaño recogido en un moño sobre la nuca; una mezcla de elegancia y pragmatismo.
Lleva el uniforme de gala. Las prendas de cuero brillan relucientes, desde las hombreras hasta la punta de las botas.
Su piel es casi tan morena como la mía, de un color tostado en el que se aprecian las leves arrugas de preocupación que le surcan el entrecejo; pocas, dada la cantidad de tiempo que ha pasado en el frente, como si incluso su tez acatara sus órdenes de mantenerse lo más perfecta posible.
Se le iluminan los ojos al reconocerme.
—Alfa —saluda con frialdad mientras deja el equipaje en el suelo del pasillo.
Su inmenso lobo huargo de color negro, Genicos, se acerca a Cratos y ambos se olisquean a modo de saludo.
Yo asiento.
—Alfa soberana.
«Ojo, que tanta ternura te va a ablandar», interviene Cratos, y yo intento no hacer una mueca.
«Sal de mi cabeza y calla, cojones», espeto, irritado. Percibo la versión lobuna de una carcajada.
Siegrid alza una mano para señalar la puerta a mi espalda.
—¿Hay alguna razón por la que estés acampado delante de mis aposentos a estas horas? ¿Algo que quieras decirme en persona?
Claro, acaba de llegar y no sabe nada acerca del cambio de habitaciones que ha habido.
—Ahora es aquí donde duerme la reina Meryn —informo, lacónico, antes de forzarme a dar más detalles—. No estaba cómoda con la idea de tomar posesión de las dependencias del rey Cyril, dado lo ocurrido entre sus familias. Estoy seguro de que lo entiendes.
—Ajá —replica Siegrid con una neutralidad condenatoria—. La reina debería contar con una alcoba digna de su posición. Lanzaría el mensaje de que asume el lugar que le corresponde. Pero da igual. Si Meryn no quiere esas estancias, ya me las quedo yo.
Coge su equipaje y se da media vuelta en dirección al ala del rey, con Genicos pisándole los talones, antes de que me dé tiempo a decir nada.
La observo alejarse con una opresión en el pecho.
Puede que tenga razón. Quizá lo mejor hubiera sido que Meryn ocupase los aposentos del rey, le resulte cómodo o no.
En cualquier caso, enseguida me asalta la idea de que ojalá se nos hubiera ocurrido otro lugar para alojar a Siegrid en vez de permitir que se adueñe de un espacio tan poderoso como el de las dependencias reales. Ya es bastante poderosa.
Antes de doblar la esquina, Siegrid se gira hacia mí, expectante.
—¿Alfa? Podrías venir conmigo para informarme de los acontecimientos de esta última semana. Ya que estás aquí.
Me supera en rango. Siempre me ha superado. Todavía rechino los dientes ante la manera que tiene de esperar obediencia inmediata de todo el mundo, pero en particular de mí.
«¿Hay algo más enternecedor que el amor maternal?». La diversión de Cratos convierte mi enfado en resignada aceptación. Él vuelve a acomodarse frente a la puerta.
«Debería quedarme aquí a vigilar contigo».
«Creo que podré apañármelas yo solito con una renacuaja chupasangre. Ve».
Con un suspiro, me pongo en pie y recorro el pasillo en pos de Siegrid.
Gracias por tu ayuda, Cratos.
Siegrid deambula por las ostentosas estancias reales mientras la pongo al corriente de todo lo sucedido desde la muerte de Cyril.
Ella se dedica a quitar retratos de las paredes y a apilarlos en el suelo para reorganizar el mobiliario a su gusto.
Es típico de Siegrid actuar como si fuera la señora del lugar.
Un resentimiento familiar hacia ella empieza a bullir en mi pecho.
No es la dueña del mundo, no le corresponde controlarlo a su antojo.
—Los sirvientes pueden ocuparse de eso por la mañana —comenta, con la mirada puesta en el montón de retratos del rey fallecido mientras yo prosigo con mi informe.
Salta a la vista que da por hecho que yo me ocuparé de gestionarlo. Empiezo a rechinar los dientes.
—¿Cuál es tu punto de vista respecto a nuestra nueva reina, ya que has pasado bastante tiempo adiestrándola?
Siegrid se deja caer en un gran sillón orejero junto a la chimenea, descansando por fin.
Ha dejado una de sus bolsas de viaje sobre el asiento que tiene enfrente y no hace amago de retirarla para que yo tome asiento también.
No sé cómo, pero consigo no gruñir de frustración.
Qué jugada tan propia de Siegrid: forzarme a dar con un modo de estar en igualdad de condiciones.
Arrastro una de las endebles sillas de madera del comedor y me siento delante de ella.
Nunca deja de ser una estratega. A menudo tengo la impresión de que ve a los demás —sobre todo a mí— como piezas con las que jugar sobre un tablero. Habría sido una Estrategos formidable si su evidente dureza no la convirtiera en una Daemos de manual.
—La reina Meryn… —Medito acerca de qué decir y qué no. Debo ser sincero, pero tampoco quiero darle demasiada información. Es difícil fiarse de Siegrid—. Es agresiva, despiadada. Tiene una lengua afilada y escaso autocontrol.
«Y, a pesar de todo, podría llegar a ser una gobernante digna y justa, si consigo mantenerla alejada de ti ».
Siegrid entorna los ojos y echa la cabeza hacia atrás.
—Sí, me suena.
Si yo soy agresivo y despiadado, es tan solo porque ella me educó para serlo. Pero ignoro la pulla.
Alza los brazos y se cruje los nudillos mientras se inclina para realizar un estiramiento.
—Hum… Supongo que es joven. Aun así… —calla un momento, pensativa.
Parece que está comunicándose con Genicos, aunque este está sentado frente al fuego con los ojos cerrados—.
Quizá sería mejor despacharla y preparar a su hermana pequeña en su lugar.
Sí, podríamos hacerlo si quisiéramos. Cuanto más jóvenes, más fácil es convertirlas en lo que queremos que sean.
Además, la pequeña no ha estado tan expuesta al escrutinio público.
Sería más inteligente moldearla desde cero, convertirla en algo que el populacho fuera a aceptar de buena gana.