Capítulo 7 #2
Quiero romper a llorar, pero mantengo la compostura. No bastaba con que Killian pudiera meterse en mi cabeza, sino que también tenía que colarse en la de ella. Aunque no estamos seguros de que fuera él su conversor, parece lo más probable.
Me giro hacia Saela para preguntarle:
—¿Lo sientes? ¿A Killian? ¿O a alguna otra persona? ¿Notas alguna conexión con alguien?
Ella entorna los ojos, concentrada.
—No. Nada.
Vuelvo a entrelazar los dedos con los suyos.
—¿Seguro? Es importante, Sae.
Sus dedos tiemblan contra los míos.
—Te lo juro, Meryn. No noto nada.
¿Acaso sabría exactamente qué buscar? ¿La estarán compeliendo ahora mismo para obligarla a mentir?
Por mi propia salud mental, tengo que creer que no , que no tiene control sobre ella. No puede alcanzarla y nunca lo hará.
—Verás —interviene Aldrich—, no son solo los humanos los que corren peligro en presencia de un sifón.
—Tiene un modo tan clínico de hablar de ella que se me está empezando a nublar la vista con un haz de luz roja.
Las sombras de las mazmorras se ondulan a mi alrededor—.
Estás asumiendo un gran riesgo, alteza. Como él sea capaz de meterse en su mente y persuadirla mientras esté contigo a…
—Basta —le ordeno. Las sombras se desploman de golpe sobre el suelo ante el tono de mi voz.
Incluso ahora que no tengo la corona, reaccionan según mis designios, aunque de un modo totalmente ajeno a mi voluntad.
Tal despliegue sobresalta a Aldrich; siento una punzada de culpa.
Entiendo por qué dice todo esto, claro, pero no parece que sea consciente de lo personal que es para mí.
Estamos hablando de Saela, no de un experimento sifón sin más.
Saela, a quien tengo que proteger. Saela, a quien debo sanar.
Para empezar, soy yo la responsable de que esté así.
Suavizo el tono y, tras disipar las sombras, replico:
—Gracias por el consejo, líder Aldrich, y por haber recabado toda esa información. En contra de tus apreciaciones, sigo pensando que lo mejor es que Saela esté lo más cerca posible de mí para que pueda vigilarla constantemente y lo sepamos de inmediato en caso de que Killian esté tramando algo.
Aldrich asiente con rigidez y después inclina la cabeza.
—Lo comprendo, alteza. En ese caso, deberá estar en algún lugar que limite sus interacciones con los demás y donde podamos estar pendientes de ella.
Anassa me habla en la mente:
«Lleva a Saela a nuestros aposentos. Cuentan con un dormitorio adicional; yo me encargaré de vigilarla. Puedes hacer que ni Helene ni Grigore vayan al frente, ya que están al tanto de su condición, y reasignarlos como guardias. Cratos hablará con Stark al respecto».
Ese plan permitiría que Anassa me informara de inmediato en caso de que Saela vuelva a perder el control. Y, además, puede alimentarla si vuelve a sufrir un arrebato de hambre.
Hay algo más en su propuesta. Algo amable y reconfortante. Anassa desea vigilar a Saela.
Ahora, las tres somos familia.
Comparto el plan con el líder Aldrich y añado:
—Por favor, sigue investigando. Estoy muy agradecida por todo lo que has hecho por nosotras hasta ahora. Solo… solo necesito una cura. Tenemos que encontrarla.
Él me dedica una sonrisa melancólica e inclina la cabeza a modo de despedida antes de abandonar los calabozos.
—Saela —musito.
Ella no me mira.
—¿Te gustaría quedarte en mis habitaciones? —le pregunto.
Tiene la mirada vaga, vacía. Al encogerse de hombros, los cercos bajo sus ojos se vuelven más oscuros. Me está destrozando el corazón, pero no lo muestro. No quiero que sepa lo asustada que estoy. Seré fuerte por las dos. Siempre lo he sido.
Mi mente regresa a Saela una y otra vez a lo largo del día. Me ronda en cada tarea como un zumbido incesante.
Mientras ella se acomoda en mis habitaciones, Venna me lleva a visitar al herrero de palacio.
Examina mi brazalete de compromiso e intenta quitármelo, pero, una vez más, este se ciñe dolorosamente a mi muñeca hasta cortarme la circulación.
El herrero sacude la cabeza y nos informa de que no conoce ninguna magia que se asemeje.
¿Y el Acero Feroz? «Este no es un metal que yo haya visto forjar a humanos nunca», dice.
Vamos, una total y absoluta pérdida de tiempo.
Por lo menos, el herrero me entrega una nueva espada que lo sustituya.
No es tan vistosa como el Acero Feroz, claro, ni ostenta tanto simbolismo…
, pero tiene el tamaño perfecto para mi complexión y está mejor equilibrada que la espada de prácticas que usé durante las Pruebas.
Venna me promete indagar en algunas conexiones Kryptos y seguir buscando respuestas.
Y yo solo puedo pensar: «Investigar. A Saela le habría encantado».
Huelga decir que mi hermana no puede ayudar.
Después, Stark me acompaña al patio exterior para despedir a las nuevas fuerzas vinculadas que parten al frente de guerra.
Les ofrezco una soflama del todo insulsa y poco motivadora acerca de la valentía, la guerra y el deber.
Y pienso: «Saela habría sabido cómo arengarlos».
Las palabras siempre se le dieron mejor que a mí.
¿Volverá alguna vez a usar sus habilidades?
¿Podrá acabar sus estudios tal y como merece?
Al final, recalo en mis nuevos aposentos.
Grigore y su enorme lobo negro están apostados frente a la alcoba, lo cual me brinda un pequeño consuelo.
Alternará turnos diarios con Helene. Anassa, Cratos y Stark los respaldarán cuando puedan.
Los visitantes que acudan a mis dependencias tendrán prohibido acercarse a la puerta.
La excusa oficial es que Saela sigue indispuesta después de haber pasado meses en cautividad.
Saludo a Grigore con un murmullo y entro en la estancia que hace las veces de sala de estar.
La atravieso en dirección al dormitorio de Saela, que ya está repleto de libros…
¿Habrá sido cosa de Stark? El fuego arde en la chimenea y ella está envuelta en un nido de mantas sobre la cama, de espaldas a la puerta.
Ni siquiera se inmuta cuando me siento a su lado.
O está dormida o finge estarlo. La mera idea de que pueda fingir me rompe el corazón.
Estiro una mano vacilante y le acaricio el largo cabello castaño, tan parecido al que tenía yo.
Todo ha cambiado desde que tuve el pelo así.
Y, aun así, esto sigue siendo lo más importante.
—Voy a curarte, Sae —susurro.
¿A quién de las dos intento convencer?