Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

Meryn

Quién será Saela ahora? ¿La fiera criatura que le rajó la garganta a Helene o la chica que yo conozco? La chica que siempre he conocido.

Cuando llego a los calabozos, el líder Aldrich ya está ahí esperando. Ha sido su loba, Daphne, la que ha alertado a Anassa. Tras lo sucedido ayer en la arena, Aldrich se hizo con algunos textos de carácter histórico que tenía sobre los sifones y regresó a las mazmorras para estudiar a Saela.

Parece que no ha llegado a irse en ningún momento.

—Está despierta —le digo al llegar a su lado.

Como sabe que no es una pregunta, permanece callado.

Me acerco a ella con cuidado. No me da miedo que pueda hacerme daño, aunque quizá debería. Sin duda, su aspecto actual, extraño e inhumano, lo hará.

Saela está hecha un ovillo en el pequeño catre, con las rodillas pegadas al pecho y los brazos alrededor de las piernas, como si quisiera hacerse pequeña hasta desaparecer.

Se me hace un nudo en la garganta. No le sentará bien que ahogue una exclamación en su presencia, pero…

Qué menuda y frágil me parece, a pesar de la sangre y las vísceras que todavía manchan su ropa y su piel, resecas también en su cabello oscuro. Sus grandes ojos están anegados en lágrimas, al tiempo que sus afilados colmillos asoman un momento para volver a esconderse en cuanto me ve.

Qué adorable y temible.

Mi mundo se tambalea y debo esforzarme por mantener el equilibrio.

El futuro que imaginé y por el que tanto luché…

se ha desvanecido . Nos lo arrebataron únicamente para devolvernos uno deformado y distorsionado, como si fuera tinta contaminada con agua, que se diluye hasta volverse casi irreconocible.

Pero sus sollozos suenan exactamente igual que siempre, y es eso lo que quiebra mi estupor. Ahora mismo, no me importa nada más. Es distinta, sí, pero la que está en esa celda sigue siendo mi hermana.

—¡Meryn! —me reclama con la voz rota.

—Déjame entrar —digo apresurada, apretándome contra los barrotes.

Cuando miro a Aldrich, que es quien tiene las llaves, veo que tensa la mandíbula.

—No sé si es buena idea que…

—¡Que me dejes entrar! —exijo.

Bajo su barba, sus labios se convierten en una fina línea. Sacude la cabeza, pero introduce la llave en la cerradura.

—Sae —murmuro—, lo siento mucho. Quería venir antes, pero…

Mi hermana alza las manos ensangrentadas antes de que pueda llegar hasta ella.

—¡Para! Para —ruega entre lágrimas—. Tiene razón. No deberías acercarte a… mí. Soy malvada .

Tiembla con fuerza. Sus colmillos aparecen para volver a desaparecer.

Niego con la cabeza e intento abrazarla, pero trastabilla hacia atrás y se arrastra hasta la parte trasera del catre.

—T… Tienes que matarme, Meryn —dice con las lágrimas desbordadas—. Por… por favor.

Lo dice en serio. Sus palabras me cercenan las entrañas más de lo que nunca creí posible; rompen una parte de mí misma que, de algún modo, aún estaba intacta.

—Soy peligrosa. ¡Mordí a esa mujer! —Respira sin orden ni concierto. Está pálida y se sacude con tanta violencia que se golpea la cabeza contra la dura pared de piedra—. ¿La… la maté? ¡¿La maté ?!

Ahora avanzo más despacio hacia ella, asustada ante la posibilidad de sobresaltarla o empeorar las cosas.

Algo desconocido y doloroso me atraviesa el cuerpo, como si unas manos invisibles se tomaran su tiempo en despedazarme, en desgarrarme la piel en un millar de direcciones distintas sin que pueda hacer nada por impedirlo.

Miedo, comprendo… Auténtico pavor como nunca lo he sentido hasta este instante, con mi hermana al límite. ¿Que la amenace un peligro externo? Vale, me ocuparé de ello.

Pero esto, esto …

Es muy frágil y habla en serio. Quiere morir; lo veo en el rictus de sus labios. Y lo que es más: espera que la ayude. Es una lucha por seguir respirando, pero no puedo dejar que se percate.

Y si doy un solo paso en falso, esas manos invisibles nos destruirán a las dos sin remedio.

—Helene está bien, Saela. —Mis palabras rezuman urgencia, pero también amabilidad. Quizá si le hablo con calma pueda transmitirle ese aplomo a ella también y sacarnos a ambas de este punto de no retorno—. La curó su lobo. Nadie está herido.

Saela no parece oírme cuando le digo que no le ha hecho daño a nadie. Quizá la culpa sea demasiado poderosa. Me siento despacio a su lado. Mi hermana no se aparta.

—Mátame. —La súplica en sus ojos es evidente, lo que hace que el corazón se me parta en dos—. Tengo que desaparecer. No deb… debería…

— Por favor —susurro yo.

Mis palabras se pierden en el eco de sus sollozos.

—¡Prefiero morir que ser esto ! —se lamenta Saela—. Nuestro enemigo. Tu enemigo.

Y lo peor de todo es que lo entiendo. Es todo cuanto sabemos: que los sifones son malvados.

Mataron a nuestro padre. Pero si Killian, Cyril y todos los reyes que los precedieron pudieron vivir durante siglos sin que nadie se diera cuenta de que eran sifones, entonces debe de haber algún modo de que ella pueda convivir a salvo entre nosotros.

No permitiré que la muerte se cierna sobre ella. Daré con la manera de revertir lo sucedido y, hasta entonces, haré lo que siempre he hecho: protegerla.

Atrapo su pequeño brazo. Ella abre los ojos de par en par.

—Ni hablar, Saela —la reprendo con un tono férreo, severo.

Tiene que saber sin atisbo de duda que no pienso dejar que le pase nada.

Por primera vez, enmudece y permite que recuperemos nuestros roles. Yo, la hermana mayor que la cuida; ella, la niña pequeña para la que soy la única figura sólida de autoridad.

—Encontraremos la manera de arreglar esto. Juntas —le digo. Señalo a Aldrich—. Este es el líder Aldrich. Es la persona más lista del castillo, y me está ayudando a averiguarlo todo acerca de los sifones. Puedes fiarte de él.

Saela echa un vistazo por encima de mi hombro para mirarlo y después inclina la cabeza y asiente con timidez. Luego deja escapar un suspiro tembloroso. Una nueva lágrima le surca la mejilla ensangrentada. Y entonces se desmorona. Saela se abandona a mis brazos.

Me invade el alivio. La aprieto contra mí para abrazarla. Siento su peso sobre el regazo mientras la mezo y le beso el pelo.

Ella llora entre mis brazos. Esta vez, no es un llanto desquiciado y aterrorizado. Es un llanto suave. El sonido de una muchacha que necesita consuelo. Un consuelo que procuro darle mientras le acaricio el cabello y le susurro lo mucho que la quiero. La querría en cualquier circunstancia.

Me pesa el bolsillo, lo que hace que me acuerde del colgante de ópalo de nuestra madre. Me fijé en él de camino a mis aposentos y me ha parecido que tenía sentido traerlo. Lo saco, lo desabrocho y lo pongo alrededor del cuello menudo de Saela.

Mi cansancio parece acentuarse nada más entregarle el collar. Interesante… ¿Estaría reforzando mis poderes, como lo hace la corona? Sus ópalos son similares. Tomo nota mental de la ocurrencia para meditar al respecto más tarde.

Sobre el pecho de Saela, la joya reluce con un irisado fulgor mermado por la penumbra de los calabozos, lo que no impide que la sienta cálida al tacto cuando apoyo la palma de la mano en ella.

—Esto era de Madre —le digo en voz baja—. Lo transmitieron de generación en generación a través de las mujeres de nuestra familia, desde la reina Chiara. Dijo que era un amuleto protector. Se alegraría de saber que, ahora, te protege a ti.

Saela asiente. Sus dedos recorren la superficie de la joya.

—Gracias. Es como tener una parte de ella conmigo.

Yo la tomo de la otra mano.

—Sae, ¿cómo ha pasado esto?

—No me acuerdo. —Sorbe por la nariz y se abraza más a mí—. Fue en las mazmorras, cuando Stark y Venna vinieron a por mí. Debió de suceder algo, pero… —niega con la cabeza—. Cuando intento pensar en ello, no me viene nada.

Miro a Aldrich.

—Creo que los sifones manejan algún tipo de manipulación mental, pero ¿pueden borrar la memoria?

Aldrich se rasca la barba con aire pensativo.

—Cuanto más viejos son, más poderosos se vuelven. No sabemos de qué son capaces los sifones de más edad porque rara vez nos topamos con ellos. Así que sí, es posible. Todo lo es.

Pues qué bien. Me esfuerzo mucho por no torcer el gesto para que Saela no vea lo mucho que me preocupan sus palabras.

En voz baja, pregunto:

—¿Va a poder subsistir a base de sangre animal?

—Sí, en teoría. —Aldrich se da la vuelta y coge uno de los polvorientos libros que tiene en el suelo—.

Aquí he encontrado el registro de un prisionero sifón que nuestras fuerzas mantuvieron bajo observación hace ya unos cuantos siglos.

Lo alimentaron exclusivamente con sangre animal y vivió durante años, aunque nunca recobró su característica fuerza de sifón y, a diferencia de los otros, mostró claros signos de envejecimiento.

Interesante. Una versión débil de Saela que, además, envejezca es algo que puedo asumir… siempre que esté viva. Al inspirar profundamente, un regusto a sangre y piedra húmeda me inunda el paladar.

—Me gustaría sacarla de la celda. No debería quedarse aquí después de haber pasado meses encerrada.

Aldrich se pone tenso.

—Aconsejaría precaución. No deberíamos arriesgarnos a que esté demasiado cerca de otros humanos. —Oigo las palabras que no pronuncia: «No vaya a ser que pierda el control»—. Y hay algo más que debes saber.

Enarco una ceja y él responde a mi mirada, incómodo.

—He leído que hay una cosa llamada vínculo señorial —dice con una mueca—. No está en el temario porque no es algo que influya en nuestra manera de enfrentarnos a ellos. Los sifones neófitos tienen un vínculo con quien los convirtió.

Se me escapa un suspiro de alarma.

—¿Un vínculo vínculo ? ¿Como el que tenemos nosotros con nuestros lobos o con los demás?

La mueca de Aldrich se vuelve más marcada; las líneas de expresión de su rostro resaltan aún más.

—Sí, suena parecido. Hay un cierto nivel de conexión mental que permite que los sifones vinculados se comuniquen.

Todo apunta a que también implica cierta capacidad de compulsión.

Al igual que un soldado vinculado no puede desobedecer a su alfa, un sifón debe obedecer el mandato de su señor cuando lo compele.