Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 6
12%

Capítulo 6

Meryn

Estoy soñando —susurro para mis adentros mientras miro con creciente horror al hombre que me ha traicionado de forma tan flagrante.

El hombre que me quitó el trono.

Que destrozó a mi hermana.

Por no mencionar todo lo que me hizo a mí…

Los hombros empiezan a temblarme de rabia.

Solo un sueño. La gente despierta de los sueños.

Los labios de Killian se curvan en una peligrosa sonrisa que conozco demasiado bien y con la que asoman sus colmillos.

—Si esto es un sueño, ¿cómo es que yo también lo comparto?

Se me tensan tanto los músculos que me duelen las articulaciones.

Killian da un paso y desaparece en la espesa tiniebla. Reaparece a varios metros de donde se ha evaporado, sin apartar la mirada de mí mientras se aleja con paso firme del remolino de neblina negra.

Inspiro con brusquedad a la par que retrocedo, presa de una aversión que se propaga por mis venas.

«¡Despierta!». Grito las palabras en mi cabeza. Si la fuerza bruta fuera suficiente, ya sería libre.

Killian se detiene. Por fin, aparta los ojos de mí para recorrer con ellos el sombrío espacio en el que nos encontramos. Ladea la cabeza y la deja tan inmóvil que resulta antinatural. Después, se gira hacia mí.

—Estamos solos.

No sé qué significa eso. ¿Se refiere a la voz que he oído en este lugar? Ahora está en silencio, pero…

Killian suspira con alivio y parte de la tensión depredadora que desprendía se desvanece de su cuerpo.

—Nos encontremos donde nos encontremos, Alistair no está aquí.

Oh. Killian está solo en su mente.

Se deja envolver por las sombras de nuevo y reaparece más cerca de mí.

Su mirada es tierna, suplicante. Se parece mucho al hombre al que creí conocer; el que cuidaba de mí tras los combates, el que se preocupaba por mi madre.

El hombre que conquistó mi corazón. El que se lo quedó para hacerlo añicos de forma irremediable.

Lo odio. Desde un punto de vista racional, sé que lo odio. Pero al estar tan cerca de su embriagadora presencia, de su hermoso rostro, de esos labios que han recorrido cada curva de mi cuerpo…

Me da vueltas la cabeza.

—Escúchame, Mer, por favor —ruega, mientras se acerca.

Me aparto de inmediato.

—Que te den —siseo.

Ya caí en sus mierdas una vez. No volverá a pasar. Y menos ahora.

Él alza una mano en señal de derrota.

—No te tocaré. Solo quiero que sepas que…

lo sucedido hoy con la comunicación de la manada…

, ese no era yo . Era Alistair. Es muy fuerte y su magia de sangre, muy poderosa.

Cuenta con miles de años de conocimiento acerca de los poderes del linaje Hielormenta.

Conoció a tus antepasadas. El control que tiene sobre tu magia resulta incomprensible.

Con la cara ardiendo, alzo la muñeca y sacudo el brazalete de compromiso delante de él.

—Así que es por esto, ¿no? Lo está utilizando para absorber mis poderes y corromper la magia vinculada.

Killian se aproxima más.

—Sí. No funciona del todo como él esperaba, pero sí lo suficiente. Nunca podrás derrotarlo. —Se me retuerce el estómago. Creo que voy a vomitar—. Pero, ahora que estamos solos, puedo decirte que estoy de tu parte. Solo necesito que vuelvas conmigo, que me des una oportunidad.

Es una jodida recreación de la conversación que ya tuvimos. ¿Cuántas veces espera que caiga en la trampa? ¿Cuántas veces cree que voy a perdonarlo?

Killian confunde mi aborrecimiento con reflexión y aprovecha para acercarse un poco más.

—No tuve elección en esto. Me criaron para desempeñar este papel.

El corazón me late en los oídos. No voy a perdonarle, pero esto, lo de asumir un papel que no has pedido… Si lo dice en serio, puedo entenderlo.

—Juntos podríamos destruirlo, gatita.

Ese apelativo me devuelve a mi ser.

No, no hay entendimiento.

Lo empujo con tanta fuerza que lo hago trastabillar.

— Deja de llamarme eso, maldito trozo de mierda.

Killian parpadea, desconcertado.

Las sombras a mi alrededor empiezan a retorcerse y a deslizarse por mis piernas y por mis brazos, al igual que en la arena. La oscuridad percibe los gritos silenciosos que normalmente retengo en las profundidades de mi pecho y los arranca de cuajo; les da poder.

—Sea lo que sea lo que hayas hecho para traernos a este lugar, ponle fin —exijo.

Cada sílaba hace que las sombras se sacudan y retuerzan, pero Killian permanece inalterable.

Curva la comisura de los labios.

Y ahí está de nuevo. El Killian que acudía a mi cama, con mis dedos recorriendo su mejilla y los labios curvándose de esa manera exacta. Y yo besaba esa pequeña manifestación de diversión. Ha dejado un vacío en mi interior que no creo que pueda llenar nunca.

Hace apenas unos días, él era todo mi mundo. Duele. Duele .

Quiero darle un puñetazo en las costillas, arrancarle el corazón y dárselo a Anassa para merendar.

—Yo no soy el responsable de este reino de sombras —dice finalmente—. Creo que es un efecto secundario inesperado de ese precioso brazalete de compromiso que llevas. Di por hecho que eras tú la que me arrastraba hasta aquí a propósito.

La repulsa que siento me eriza el vello.

Su sonrisa se acentúa hasta convertirse en una mueca cruel.

—Quizá tu subconsciente te esté queriendo decir que tú también me echas de menos.

Es como si una mano helada me acariciara la espalda y me envolviera el cuello desde atrás. Abro la boca para gritarle, pero no lo consigo.

No sé qué palabras emplear.

No puedo admitir lo sucedido.

Él era mi futuro entero. Todo parecía tan real como cualquier otra cosa. Me tragué cada mentira con avidez y desespero. Y las cosas que me hizo…

Las cosas que le… rogué que me hiciera.

Empiezan a temblarme las manos. Es una advertencia de que tengo que parar. No puedo dejar que estos sentimientos tomen las riendas.

No puedo pensar en lo lejos que llega su traición, que se extiende como un torrente de podredumbre por cada fibra de mi ser. Si dejo que se propague, puede que jamás me reponga.

«Para», ordeno.

Y, una vez más, las sombras responden. Se elevan como torres de oscuridad antes de lanzarse furiosas contra Killian.

Por un momento, me embarga la sensación de triunfo.

No quería ceder a ella en la arena, pero aquí…

Aquí es maravillosa. Y él es un oponente a mi altura.

Si lo estrangulo con mis sombras, pues que así sea.

Entonces, Killian alza la mano para asir la oleada de oscuridad antes de apartarla sin miramientos. Lo hace con una facilidad pasmosa, sin apenas fijarse en ella. Sus ojos están demasiado ocupados atravesándome y ahogándome en su penetrante océano azulado.

Un escalofrío me recorre la columna vertebral. Es horrible. La oscuridad es mi poder (la encarnación de mi ira, al parecer) y, sin embargo, puede manipularla sin esfuerzo.

Aunque, bien pensado, siempre ha sabido cómo manipularme, ¿no?

La sonrisa de Killian, que se acerca un poco más, se vuelve más amplia.

—Entiendo que estés enfadada conmigo ahora, Meryn, pero pasará, estoy seguro. Volverás a mí. ¿Crees que puedes ser reina sin que yo gobierne a tu lado? Nunca serás capaz de sacar adelante un país.

Killian extiende el brazo a un ritmo terriblemente veloz. Me toma de la barbilla con la misma desconsideración con la que se apropia de mi magia.

Intento alejarme, pero sus dedos me aferran inmisericordes, aprietan hasta que duele.

Ahora, su rostro está tan cerca del mío que lo que me separa de sus labios no es más que su aliento al decir:

—Eres mía . Y siempre lucharé por nosotros. Nunca te dejaré marchar.

Una vez más, me sacudo con violencia para zafarme de él y me giro para echar a correr hacia la oscuridad. Las sombras, cada vez más profusas, se ciernen sobre mí.

Doy vueltas.

Me golpeo la nuca con algo tan duro que se me tiñe de negro la visión.

Al abrir los ojos de nuevo, el mundo de los sueños se ha esfumado.

Me encuentro de nuevo en mi dormitorio, en la cama, enredada entre unas tiránicas sábanas.

Me retuerzo para luchar contra ellas, con el corazón tan desbocado que me cuesta respirar.

Después, alzo la vista y poco me falta para chillar.

Hay alguien delante de mí, envuelto en sombras.

—Meryn —dice Stark con voz ronca. Tiene la expresión constreñida. A juzgar por la fina línea en la que se han convertido sus labios, diría que es preocupación.

Tengo la cara húmeda. Me llega un sabor salado. Estoy llorando. Diosa, ¿por qué últimamente me paso la vida llorando? A medida que se apaciguan mis latidos, me percato de que estoy empapada en un sudor frío.

—¿Qué haces aquí? —pregunto, sin tener muy claro cómo debería sentirme.

Tengo el estómago revuelto por culpa del encuentro con Killian y, sin embargo, hay algo en la adusta presencia de Stark que consigue tranquilizarme, y lo hace al instante.

Después de todo lo que hemos pasado juntos en los últimos días, mi cuerpo parece reconocer algo que mi mente no logra comprender: Stark hace que me sienta segura.

—Anassa percibió temor a través del vínculo, pero no puede llegar hasta ti, así que se lo dijo a Cratos —explica él con rigidez.

Me pregunto si eso es todo. Si mis emociones no habrán sido lo bastante fuertes como para filtrarse hasta él también.

Trago saliva y me paso la mano por el pelo. Él también respira con dificultad.

—Así que has venido. —Lo miro arqueando una ceja—. ¿Corriendo o qué?

Él traslada su peso de un pie a otro. Aprieta los puños.

—¿Te encuentras bien?

—Solo ha sido una pesadilla —replico de inmediato, sin querer hablar de ello o revivirlo.

No obstante, mi sangre se calienta. ¿Notará que estoy mintiendo? ¿Puede percibirlo por medio del vínculo?

Está tan cerca que su aroma a almizcle y ámbar me inunda los sentidos y destierra de mi mente cualquier amargo rastro de Killian.

Siento el extraño impulso (tal vez mío, tal vez fruto del vínculo que une a nuestros lobos) de inclinarme hacia él y rodearlo con los brazos; de aceptar su fuerza y su protección.

Él está aquí. Killian, no.

Stark se endereza, aunque sus manos no dejan de estar cerradas. Es evidente que no me cree.

—Ya veo —dice finalmente.

Desvía la mirada para contemplar el dormitorio en penumbra, lo que me hace verlo como debe de verlo él: hace apenas doce horas que este lugar se convirtió en mío, pero las superficies ya están repletas de ropa, mapas y cuadernos.

No he traído gran cosa de las dependencias de los novatos, pero lo poco que tengo parece haber estallado en un desastre que lo cubre todo. Lo ordenaré por la mañana. O no. Da lo mismo.

Resopla, desdeñoso, en un claro gesto de desaprobación, y la atracción momentánea que he sentido hacia él se diluye por completo. Pues claro que es un obseso de la limpieza.

Carraspea y dice:

—Me disculpo por perturbar tu descanso. Deberías intentar dormir un poco más.

Me doy cuenta de pronto de que mi brazo está cálido. Percibo un remanente de sensibilidad. Creo que Stark me ha tocado ahí para despertarme.

—Vale —digo distraída—. Pues… buenas noches, ¿no?

No hay reacción alguna en su semblante. Se limita a darse la vuelta y a marcharse a paso rápido, como si no pudiera esperar a perder de vista mi caótica morada.

Los aposentos se me antojan extrañamente vacíos sin él.

Una vez sola, me quedo donde estoy, sentada en la cama y con la mirada perdida.

Permanezco así hasta que el sudor se enfría y se torna pegajoso; hasta que los restos de la presencia de Stark se evaporan y los de Killian regresan, reptando por los bordes de mi cama, camuflándose en las sombras que acechan desde las esquinas de mi habitación.

Me froto el brazo y me recuesto, pero me niego a dormirme de nuevo.

Nunca en mi vida quiero volver a estar atrapada en ese lugar con Killian, vulnerable a sus provocaciones e incapaz de escapar.

Nunca .

Lo que queda de noche transcurre con inquietud. Cada vez que el sueño empieza a vencerme, me despierto sobresaltada. Al final decido que mi tentadora cama es el problema, así que me levanto.

Después, me pongo el atuendo de cuero y me siento frente al escritorio para estudiar los mapas un rato antes de mirar por la ventana, a la espera de que despunte el alba.

Sigo con la vista puesta en el paisaje cuando veo que Anassa se acerca a las grandes puertas de cristal. La dejo pasar. Ya la he puesto al día de lo que ha sucedido con Killian, de ese extraño sueño que era más que un sueño.

Ahora, ella se me queda mirando y hunde el hocico con fuerza en mi costado.

—Ay —musito apartándola—. Ataques antes de desayunar no, por favor.

«Percibo tus emociones. No dejes que el miedo eclipse tu ira. Recuerda la furia que sientes, tu deseo de destruirlo. La indolencia es la mejor aliada del mal».

Asiento, consciente de que tiene razón. Aun así, tanto la falta de sueño como la imagen persistente de Killian han conseguido carcomerme las entrañas.

—Ha dicho algo en lo que no dejo de pensar…

Que no puedo ser reina sin él y que nunca seré capaz de sacar el país adelante.

Y sí, racionalmente sé que estaba intentando hacerme sentir insegura y débil, y que no debería dejar que me afecte.

—Me pierdo en el dorado de sus ojos sin poder evitar que las palabras broten de mis labios—.

Pero ¿no tiene razón, aunque sea un poco?

A mí no me han educado para esto. No sé cómo liderar a una nación entera.

Mi única credencial es que una antepasada mía que vivió hace quinientos años fue reina.

Siempre he despreciado a las clases altas por obtenerlo todo sin esfuerzo, solo por el privilegio de su sangre, y ahora aquí estoy yo, haciendo exactamente lo mismo.

Anassa me acerca la cabeza, de forma más delicada esta vez. Extiendo la mano y me refugio en la suavidad de su pelaje.

«Sí —admite—. Es bastante hipócrita. —Suelto una carcajada—.

De todas formas, no puedes darle la espalda a la magia que ahora corre por tus venas —prosigue—.

¿Quién debería reinar si no? ¿Killian, que es la persona menos adecuada?

¿Alguno de los nobles, que han estado implicados en las fechorías perpetradas por la familia real?

Puedes ganarte el derecho a llevar la corona si aprendes a merecértela.

Olvida lo que te digan y concéntrate en ser una buena líder».

—De acuerdo —le digo—. Puedo hacerlo. Y, por favor, ¿podrías no hablar con Cratos de esto? No estoy preparada para que se sepa que, por lo visto, tengo una conexión mental con Killian. Está demasiado… reciente.

«Vale —responde Anassa—. Me lo callaré de momento, pero…».

Se interrumpe de pronto y se endereza. Sus orejas se yerguen; oye algo que a mí se me escapa.

—¿Qué sucede?

«Saela está despierta».