Capítulo 5 #3
—Suena muy importante —observa Izabel—. Dinos, ¿qué clase de asesoramiento requerirás? —pregunta alzando su copa de vinascua antes de dar un largo sorbo.
—Bueno, por lo visto uno de los deberes del Consejo es gestionar las festividades y ceremonias del castillo.
Izabel casi se atraganta con la bebida.
—Perdona, perdona, ¿hablamos de planificación de eventos? ¿Nos mantienes alejados del frente para organizar fiestas ? Joder, ser amiga de una reina es la hostia.
Tomison y Nevah estallan en carcajadas y yo detengo la mirada en Venna, que ha estado callada todo este tiempo. Observa nuestros rostros mientras hablamos y mantiene una expresión indescifrable.
—¿Ven? —pregunto, dándole un golpecito en el hombro con el mío—. ¿En qué piensas?
Ella se vuelve hacia mí con una débil sonrisa que no termina de reflejarse en sus ojos.
—Será genial, Meryn. Pero hace rato que quiero preguntarte una cosa: ¿cómo está Saela?
Su preocupación me atraviesa como un cuchillo. Aprieto la mandíbula. No sé qué contestarle, aunque era obvio que lo iba a preguntar. Al fin y al cabo, ayudó a Stark a rescatar a Saela de los calabozos.
La verdad resulta abrumadora. Y peor aún: peligrosa.
Confío en mis amigos, pero la información sobre el estado actual de Saela es demasiado delicada.
Que se supiera que mi hermana es un sifón, aunque fuera por accidente, podría poner su vida en peligro.
La gente pediría su cabeza, por no mencionar lo mucho que dañaría mi credibilidad como reina que se opone a los sifones y a Killian.
Vacilo, trémula.
—Saela está descansando, y probablemente pase un tiempo hasta que esté lista para rodearse de gente. El… trauma de su cautiverio le ha afectado, y necesita tiempo para recuperarse.
Espero que eso no haya sonado demasiado calculado.
Venna se estremece.
—Lo siento. Dinos si hay algo que podamos hacer para ayudar.
—Lo que sea —secunda Nevah, y lo único que puedo hacer es asentir.
El ambiente decae. Ni siquiera me sorprende que Tomison, que suele ser el alma de la fiesta, diga:
—Se hace tarde. Probablemente debamos dejar que nuestra regente aquí presente haga una cura de sueño.
Nos despedimos entre abrazos, y yo aprovecho que todos están saliendo por la puerta para retener a Venna por el codo. Al girarse para mirarme, le pregunto:
—¿Podemos hablar un minuto?
Ella asiente y cierra la puerta tras Izabel.
Esto es un poco incómodo.
Izabel y yo somos más cercanas, en parte porque pertenecemos a la misma manada.
Venna suele pasar tiempo con los Estrategos, pero tiene sus propios compañeros Kryptos, sus propios amigos y mentores…
por no mencionar amantes. Sé que se ganó cierta reputación entre ellos durante las Pruebas.
Es posible que se haya implicado emocionalmente con alguien que esté en el frente.
La gente tiende a meter a Venna e Izabel en el mismo saco solo porque son gemelas, y eso no es justo para ninguna. Izabel es un libro abierto; Venna, no. Nunca lo ha sido. Y lo cierto es que no tengo ni idea de lo que quiere.
Tras inspirar hondo, le digo:
—Venna, si prefieres ir al frente con los demás, lo entiendo. Soy consciente de que quizá sea difícil decirme que no dadas las circunstancias. ¿Estás segura de que quieres quedarte?
Venna juguetea con el dobladillo de su camisa para evitar mirarme a los ojos.
—Sí. La verdad es que la idea de estar lejos de Izabel es espantosa, aunque estoy segura de que no se podrá evitar. Pero los cuatro sois Estrategos, líderes naturales. ¿De verdad crees que voy a serte útil siendo una Kryptos o solo me mantienes a tu lado porque soy la gemela de Izabel?
Me recorre una ola de alivio.
—Te he pedido que te quedes porque quiero que estés tú . Claro que serás útil. Eres la más lista de nosotros con diferencia. Me aseguraré de que tengas cosas que hacer que consistan en algo más que la planificación de eventos.
Ella ríe.
—Gracias. Enfrentarse a un batallón de sifones suena mejor que dejar que Izabel me arrastre a sus mundos de arreglos, distribución de asientos o lo que sea.
—Lo cierto —digo, pensando en voz alta— es que puedes echarme una mano ahora mismo. —Alzo la muñeca adornada con el mortífero y resplandeciente brazalete—. Tengo que ver cómo me deshago de esto. Está hechizado y no consigo quitármelo.
Venna asiente.
—Me pongo a ello. Y…, bueno, me gustaría pasar algún tiempo con Saela cuando esté mejor. ¿Puedo ayudarte a entretenerla? A lo mejor podría, no sé, enseñarle lengua de signos o algo así.
Se me forma un nudo en la garganta. No sé cuánto tiempo pasará hasta que pueda aceptar su oferta.
—Suena bien. Te… te lo diré cuando esté lista.
Nos damos las buenas noches con un abrazo y decido que utilizaré este tiempo extra con mis amigos para conocerlos mejor, ahora que ya no nos enfrentamos a una muerte casi segura a diario como sucedía durante las Pruebas.
A solas con mis pensamientos, resulta imposible evadir la tiranía del duelo, que vuelve para atormentarme.
Mis aposentos están impregnados de él; es casi como si lo respirara.
Mi mente no abandona a Saela ni un momento hasta que me dejo caer en la cama y me veo arrastrada por el denso torrente del sueño.
En cuanto cierro los ojos, la inconsciencia se apodera de mí tan rápido que casi parece que me he desmayado.
No es natural. Témpanos de hielo me taladran el cerebro.
Abro los ojos, presa del pánico.
Con la respiración entrecortada, me doy cuenta de que ya no estoy en los aposentos del alfa soberano. Me encuentro en ese mismo paisaje de sombras que no deja de asediarme. El mundo es impreciso pero inmediato , inidentificable pero opresor de un modo que sí reconozco.
Miro a mi alrededor con cautela. En cualquier momento, esa voz profunda e incorpórea que he oído con anterioridad dirá algo. Capto el eco de su aterrador rumor en la oscuridad.
Pero entonces interviene otra, una que conozco demasiado bien.
—Hola, gatita.
Se me hiela la sangre. Las náuseas amenazan con desbordarse.
Killian emerge de entre las sombras, con esa fría belleza de la que siempre ha hecho gala su rostro.
Se ha retirado el cabello dorado de la cara, lo que permite apreciar mejor la prominencia de sus pómulos y el antinatural resplandor azul de sus ojos, un color heredado cuando su antepasado, Alistair Brilloscuro, se trasladó al cuerpo de Killian por medio de la magia de transferencia de los sifones.
Sus carnosos labios se curvan en una afectuosa sonrisa que deja al descubierto las puntas de sus nuevos colmillos. Extiende los brazos a la espera de un abrazo.
En el pasado, habría corrido hasta él para que me estrechara entre ellos y le habría suplicado que no dejara de hacerlo.
Ya he aprendido la puta lección.
—Te he echado de menos —ronronea.