Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—¿Y cómo funciona a nivel técnico? —pregunto, ignorando lo roja que me he puesto—. ¿Stark y yo podemos comunicarnos mentalmente?

Anassa asiente.

«Sí. Puedes contactar con Stark y él puede contactar contigo. Podéis conectar mentalmente cuando lo deseéis».

Supongo que eso puede ser útil. Sobre todo si alguna vez necesito orientación inmediata sobre cómo destripar a alguien.

—¿Qué hay de hablar con el lobo del otro, ya que estáis emparejados? ¿Tú puedes hablar con Stark? ¿Yo puedo hablar con Cratos?

Enseña los colmillos. No está muy a gusto con la pregunta.

«En teoría sí, pero ¡jamás se me ocurriría! Lo dicho: el vínculo entre un lobo y su jinete es sagrado. Hablar directamente con el jinete de otro lobo vinculado… Eso es una transgresión. Los lobos alfa pueden ponerse en contacto con los jinetes de su manada, pero solo si es estrictamente necesario».

Frunzo el ceño.

—Pero tú te comunicaste con Helene y Grigore cuando necesitábamos mostrarles que soy la auténtica heredera.

«Era una situación precaria. Todavía no habías probado a compartir recuerdos con todas las manadas y no tenías claro cómo hacerlo; además, era imprescindible informarles de inmediato.

No volveré a comunicarme con otros jinetes de ese modo; ya me he disculpado con sus lobos.

Aun así, sí, técnicamente tanto tú como yo podemos ponernos en contacto con cualquier jinete o lobo, dado que somos la dupla real».

Casi me da miedo preguntarlo, pero…

—¿Y los sentimientos de Stark? ¿Qué hay de sus pensamientos y emociones? ¿Los percibiría como percibo los tuyos?

Anassa sacude la cabeza.

«No de la misma manera. No es un flujo directo como nuestra conexión, y no puedes acceder a sus pensamientos si no forman parte de lo que pretende comunicarte deliberadamente, como tampoco él puede acceder a los tuyos.

Aunque las emociones más intensas sí pueden llegarte en alguna ocasión.

La naturaleza del vínculo favorece que haya filtraciones en todas nuestras conexiones».

Mientras reflexiono al respecto, me recuesto contra su pelaje. Al menos eso aclara mis dudas sobre si me ha leído la mente en varias ocasiones recientes. Debe de ser capaz de deducir lo que siento.

La verdad es que eso no me gusta nada. ¿Tan fácil soy de interpretar? ¿O es que… me conoce mejor de lo que creo?

Se me empiezan a cerrar los párpados. Qué día más largo. Mi primer día como reina y ha sido desastroso de principio a fin.

—Anassa —digo con suavidad—. Ya que tu madre fue la loba huargo de la última reina, ¿hay alguna perla de sabiduría que hayas heredado para mí? ¿Algo que deba saber acerca de ser reina?

Anassa suelta el aire por la nariz.

«Yo solo era una cachorra cuando la reina Chiara murió. No sé nada de gobernar. Tendremos que averiguarlo juntas».

Con un suspiro, entierro los dedos en la densidad de su pelaje.

—Tú y yo, ¿eh?

Anassa agita las orejas y se yergue. Detiene la mirada en el suelo.

«Tus amigos vienen hacia aquí».

—Ah, por fin —murmuro en dirección a la puerta.

Hace horas que los llamé. Oigo a Anassa levantarse, sacudirse y volver al exterior.

Abro la puerta justo cuando alguien llama y poco me falta para acabar en el suelo cuando la vehemencia del abrazo de Izabel cae sobre mí.

—Hoy ya me han machacado bastante, Iz —le digo entre risas. Y me aparto con suavidad de ella.

Al hacerlo, examino a mi mejor amiga para comprobar que no ha salido mal parada del lamentable espectáculo de antes.

Su largo cabello negro está recogido en una coleta alta que deja al descubierto el elegante contorno de su cuello, en el que no se aprecia ni un rasguño.

Ella entorna sus profundos ojos marrones; es evidente que está haciendo lo mismo que yo.

—¿Estás bien? —nos preguntamos a la vez.

—Vaya, sois como gemelas —comenta Tomison con una sonrisa juguetona al entrar en la habitación.

Le pasa un brazo a Izabel por los hombros, un gesto que ella interrumpe de inmediato con una sacudida y una mirada de irritación.

Venna da un paso al frente con los ojos entornados.

—Ja, ja. —Ella es la verdadera gemela de Izabel, tan parecida a su hermana que podría pasar por su reflejo a excepción del pelo.

Venna lo tiene muy corto, por encima de los hombros y veteado de azul oscuro, lo que la identifica como miembro de Kryptos, a diferencia de nosotros, que pertenecemos a Estrategos.

—Mira —interviene Nevah, que cruza el umbral para ofrecerme una botella de vinascua—. Me ha parecido que podría venirnos bien después de lo de hoy. —Echa un vistazo a la habitación y lanza un débil silbido—. No dejan de ascenderte, ¿eh, Cooper?

Cojo la botella y conduzco a mis amigos a la zona de la estancia que ofrece mejores asientos. Mientras admiran mis nuevos aposentos sin ninguna clase de discreción, descorcho la botella y sirvo unas copas. Después nos sentamos en la alfombra junto al fuego.

Nada más ponerme cómoda, Izabel me agarra de los hombros, me mira fijamente a los ojos y asegura:

—Voy a cargarme a Killian por lo que hizo. —Abro los ojos de par en par—. Va en serio. Habrá un océano de sangre. Ni siquiera encontrarán su cuerpo.

—¿No quieres que sirva para lanzar una advertencia? —bromea Tomison.

—Vale, pues solo encontrarán su cabeza —contesta Izabel con una expresión perturbadora.

Quizá que alguien se ofrezca a cometer un asesinato tan brutal por mí no debería reconfortarme, pero lo hace.

—Tendrás que ponerte a la cola —le digo con una media sonrisa.

Ella pone los ojos en blanco.

—Vale, pero por lo menos déjame algo que pueda apuñalar.

—Me lo apunto: conservar partes de su cuerpo para prácticas de tiro.

Nevah se cruza de brazos con un aire de preocupación en el rostro.

—En cualquier caso, ¿cómo salió de aquí?

Les pongo al corriente de lo que sucedió en su alcoba, asegurándome de mirar a Venna —que es dura de oído— para que no se pierda ni una palabra. Después incido en el recuerdo que he compartido con todos los vinculados en el que él se desvanecía en una espiral de sombras.

Venna ladea la cabeza y su cabello le acaricia el hombro.

—Suena mucho a una fisura. Ya sabes, como las que usamos los Kryptos para manipular la luz y las sombras y ocultarnos.

Tiene razón; justo como lo que ha sucedido en la arena, cuando la Kryptos de más edad aparecía y desaparecía.

—¿Así se llama, fisura? Pero no es más que un camuflaje, ¿no? No es que podáis desaparecer en un sitio y aparecer en otro.

—No —responde Venna con tono contemplativo.

—Killian dijo… —Su nombre me sabe horrible en la lengua. Trato de ignorarlo y continúo—: Dijo que algunos de los poderes de las manadas «bebían de los míos». Me pregunto si esa habilidad es una suerte de versión mejorada y extrema de lo que los Kryptos pueden hacer.

Venna asiente.

—Eso tendría sentido.

—Solo hay una forma de averiguarlo —resuelve Tomison—. ¡Haz la prueba!

Izabel le atiza en el pecho.

—Serás idiota, ¿cómo va a usar un poder que ni siquiera comprende?

—Estoy de acuerdo con Iz —secunda Nevah. Se muerde el labio inferior con preocupación antes de proseguir—: Después de lo que ha pasado en la arena, Mer…

Alzo una mano para interrumpir su diatriba, incómoda por el recordatorio. Cuánto poder ostentado como si nada. Cuántas muertes en mis manos. Apenas me he permitido pensar en ello desde que Stark me encontró en su despacho esta mañana.

Las imágenes de sus cuerpos se conjuran ante mis ojos, y me froto la cara para desterrar el pánico que amenaza con resurgir.

—Lo sé —digo, con el corazón latiéndome con fuerza—. Mis poderes… Mi fuerza… son peligrosos. Letales, incluso. Y todavía no los controlo. Es posible que pusiera en peligro mi vida y la de los demás.

Nevah me ofrece una sonrisa tensa pero conciliadora.

—Lo resolverás.

—Por cierto —dice Tomison—, ¿a alguien más le ha parecido que hoy los poderes de las manadas se han manifestado de una forma… rara?

Izabel y Nevah parecen reflexionar al respecto. Venna asiente.

—Fisurar ha sido más fácil de lo habitual. No tenía claro si se debía a la adrenalina del momento, o quizá a todo el tiempo que he pasado entrenando.

—Uno de los jinetes de Daemos lanzó una erupción de poder contra Iz y contra mí y dio la sensación de que, de alguna manera, rebotaba en él —añado—. Lo derribó de su propio lobo. No sé, tal vez sea el poder de la corona, que amplifica y altera la magia vinculada, ¿no?

Nos sobreviene un extraño silencio, y creo que no soy la única que se para a pensar en la cantidad de gente que ha perdido la vida a la vez gracias a la amplificación de mis poderes. Carraspeo.

—Escuchad, necesito hablar con vosotros de una cosa.

Tomison, juguetón, hace una reverencia.

—Dinos, oh, reina.

—Por favor, calla —mascullo, aunque me ha hecho sonreír.

Siguen tratándome como si fuera la de siempre , lo cual no hace más que reafirmarme en mi decisión de tratar este tema con ellos. ¿Eso basta para librarme de los nervios que siento? Pues no mucho.

—Mirad, la mayoría de los que han sido novatos con nosotros partirán al frente mañana. —«Suéltalo ya»—. Pero a mí me gustaría que vosotros cuatro os quedarais aquí conmigo. En el castillo. Si queréis.

Están todos callados, con los ojos muy abiertos. La verborrea se apodera de mi garganta:

—No tenéis por qué. No es una orden, ni mucho menos. Pero lo cierto es que ahora mismo necesito amigos en los que pueda confiar. Los necesito con desesperación, de hecho. Y yo confío en vosotros cuatro como…

—Sí —corta Izabel—. No íbamos a dejar que lidiaras con toda esta mierda de la realeza tú sola.

Qué palabras tan propias de Izabel.

—Obvio, sí —añade Tomison.

Nevah asiente.

—No querría estar en ninguna otra parte.

Venna no responde enseguida, pero se me relajan los hombros.

—Ay, qué bien. Al parecer, cuento con un grupo de asesores llamado el Consejo Palatino que se supone que tengo que conformar yo. El rey Cyril incluyó a sus parientes en él, así que he pensado que podríais ayudarme… Al menos de forma temporal, hasta que lleguen asesores de verdad.